viernes, 9 de febrero de 2018

24. Para decirlo con cariño, siempre que llora mucho un niño.

Texto: Michael Ende en El libro de los monicacos
Imagen: Andreea Retinschi


¡Ay, ay, hu, hu, no puedo más!,
¡Hi, hi, jamás
Voy a ser bueno, ya verás!
¡Pobre de mí, pobre de mí!,
¡Bua, bua, hi, hi!...
¡Quiero ser malo porque sí!

¡Ay, ay, hu, hu, oh, oh! ¿Qué hare?
¡Hi, hi, no sé,
Ya lo veré, hu, hu, he, he!
¡Pobre de mí!, ¿qué os hice yo?
¡Bua, bua, oh, oh!...
¡No soy tan malo, no, no, no!

25. La competición

Texto: Michael Ende en El libro de los monicacos
Imagen: Michael Witte



Pasé hace muchos años, muchos años
por Villabaja-medio-arriba,
lugar de usos algo extraños,
de gente vaga… y muy activa.

Por la calle y la carretera
observé cierta agitación;
parecía como si hubiera
alguna gran competición.

Al ver que andaban apostando,
pensé: ¿carrera, cacería?...
pregunté a uno y otro bando…
y ahora sabréis lo que ocurría

Acudí, pues, a unos viveros,
y el encontrar me alegró mucho
a dos famosos jardineros:
el “Rechoncho” y el “Larguirucho”.

Eran los héroes de la fiesta,
la gente estaba enloquecida.
Y ahora, ¿qué?... ¡Pum!: por respuesta
suena el disparo de salida.

El “Larguirucho” y el “Rechoncho”
cavan cada uno un agujero
yo, allí parado, soy un troncho;
la multitud, un gallinero.

Da éste sus más altas notas
al ver cómo los dos obreros
siembran cada uno dos bellotas
en los citados agujeros.

“¡Bravo!, ¡genial! –el pueblo grita-
¡qué sembrador tan imponente!”,
y anima a cada bellotita
a dar un árbol velozmente.

“El primer árbol de los dos
qué sólo tres metros alcance,
va a ser el nuestro, quiera Dios,
¡y triunfador en este lance!”

Así me dijo uno. Yo seguí
hacia otro pueblo mi jornada.
Cuando volví, me sorprendí:
todos allí, como si nada.

Tercera vez pasé, doy fe,
por Villabaja-medio-arriba:
dos arbolitos encontré…
y un gentío a la expectativa

No sé si es una impertinencia
decir que en esa población
tienen muchísima paciencia…
y falta de imaginación.

jueves, 8 de febrero de 2018

El hijo del pintor, mi especial homenaje a Michael Ende

Texto: Marinella Terzi en El té de las cinco
Imagen: ---


Micha no era un niño cualquiera. Era el hijo de un pintor. De un pintor, además, que no dibujaba cosas reales, no. Dibujaba sueños, y a veces, pesadillas. Y eso marca.

"El hijo del pintor". Col: Sopa de Libros. Ed: Anaya, 2015 
 
Los libros de Michael Ende me han acompañado desde mi infancia. Leí “Jim Botón y Lucas el maquinista” con ocho años, y, enseguida, “Jim Botón y los trece salvajes”. Fue un impacto, disfruté tanto con ellos… De hecho, son los libros que más recuerdo de los numerosos que tenía de niña. Por supuesto, entonces no tenía ni idea de quién era su autor, pero sí conocía perfectamente a Jim, y al bueno de Lucas. Años después, ya adulta, leí un libro que me dejó chocada, era distinto a todo lo que había leído anteriormente. El título, “La historia interminable”. Resultó que su autor era alemán y que se llamaba Michael Ende. La obra me llamó tanto la atención, que quise indagar más sobre la biografía y los otros libros del escritor. Así descubrí que, sin saberlo, él ya llevaba años formando parte de mi vida porque era el creador de Jim Botón, ni más ni menos. Luego, durante mi etapa de editora, tuve el enorme privilegio de traducir varios libros suyos -“El teatro de sombras”, “El secreto de Lena”, “El pequeño títere” y “El ponche de los deseos”- y de conocerle personalmente en 1990, durante su visita a El Escorial para participar en un curso sobre literatura fantástica. Sé por propia experiencia que los argumentos no nacen de la nada y que, por muy imaginativos que sean, están firmemente enraizados en las vivencias de los escritores. "El hijo del pintor", mi nueva novela, nació porque deseaba dar forma a ese niño reflexivo, profundamente imaginativo, que absorbía cultura y arte por todos sus poros. La pintura, los cuentos, el teatro… estaban presentes en Ende aun antes de su propio nacimiento, a pesar de la época en que le tocó crecer: en la Alemania del nazismo. El Tercer Reich acabó con las aspiraciones pictóricas de su padre, Edgar Ende, y marcó su literatura para siempre.

49. Canción nocturna de Stan Laurel



Texto: Michael ende en Carpeta de apuntes
Imagen: LeightonNoyes


Escucha, Oli, viejo hermanito, escucha.

¿No oyes la nieve de los años pasados, cómo cae por nuestras imágenes en copos ennegrecidos? En los relojes viven las grandes arañas del tiempo, tejen velos hora tras hora y de la jungla del vacío salen resoplando las iguanas.

No debes tener miedo, Oli, en esa maleza de lianas de celuloide. Yo, tu Stan, estoy contigo. Pero escóndete, mi gordo amigo, escóndete lo mejor que puedas: por prudencia Oli, no por miedo.

Yo te acuno en mis brazos. Sigue soñando un poco, quédate acurrucado en nuestras desgajadas ramas de la realidad, caliéntate en el calor de tu vientre: ¿quién va a calentarte si no? Caliéntame también a mí, Oli, hundido en el follaje seco, helado, que se deshace chirriante, el follaje de nuestras carcajadas hace tiempo extinguidas. Sigue durmiendo, soñando, todavía no ha cantado el gallo que anuncia que no somos nadie. Sigue durmiendo, soñando, respirando, sonriendo, Oli, mi alma gemela. Escucha, aún sigue nevando esa nieve ennegrecida.

¿Qué queríamos custodiar nosotros, espantapájaros, lo recuerdas tú? ¿Y contra qué aves siniestras nos han colocado?

Escucha mi dormida voz, Oli, la voz de un durmiente en tu dormido oído, Oli, el oído de uno que duerme, un cuchicheo entre dos, en el hondo, hondo, manantial del sueño, apenas intuido, no hablado y menos aún escuchado: una vez, mi infantil gordito, llegará a ocurrir que nunca hayamos existido. ¿Pero entonces qué, hermano, entonces qué, amigo mío, entonces qué, mi único consuelo, qué pasará si alguna vez, en efecto, nunca hemos existido?

He aquí que nos retorcemos los dos, torcemos los labios, apretamos los diente, resollando en medio del sueño que no quiere soltarnos, y de pronto nos estremecemos, no despiertos aún, nos abrazamos en mortal terror, saltan por el aire los sombreros, y miramos fijamente en la oscuridad, pero todo está en silencio por siempre jamás, sólo la nieve de los años pasados sigue bajando y transforma todo en noche. Murmuramos algo, nos miramos por debajo de los párpados semicerrados, sólo vemos el blanco del ojo del otro, se nos queda la boca abierta, y volvemos a recostarnos, cada uno en su fatigoso suelo, y yo no sé qué mano echa la pesada tapadera sobre el pozo de nuestro letargo, de modo que sigue resonando largo tiempo. En las húmedas paredes de la oscuridad aún se quiebra un último sonido y viene definitivamente el vacío y el silencio. Cuando de vez en cuando nos damos la vuelta de un costado al otro, todavía suspiramos ¿cuándo?

Entonces tú estás de pronto y dices: Stan, despierta, por qué duermes tanto, levántate, vámonos al mundo, pues tamos aquí para realizar cosas, grandes y pequeñas, podemos hacerlas porque somos fuerte y sabios, y al fin y al cabo sabemos de qué va. Y de verdad que somos una radiante pareja, yo con mi sabrosa corbata, que me inunda de inmensa fuerza, y con mi apasionante bigotito, y tú, hermano cara de harina con la melena del rompedor de corazones, tú, a quien a veces, totalmente por equivocación, le sucede que hace milagros, aunque por lo general inadecuados.

Y luego soñamos que nos frotamos los ojos, que bostezamos, estiramos los miembros, nos levantamos y salimos cargados de energía y hacemos cosas grandes o importantes y el mundo nos corona de laurel. Pero cuando nos miramos los dos, el uno en el espejo del otro, sólo era otra vez verdura mustia lo que teníamos sobre las cabezas.

¿Crees tú, Oli, que Dios ha sabido alguna vez de nosotros?

Duerme, mi admirado amigo, ¿por qué es tan difícil mantener la dignidad cuando le cae a uno un martillo en el dedo gordo del pie? ¿Por qué es tan difícil llevar a cabo una gran empresa cuando le suenan a uno las tripas y de la otra esquina llega el aroma de salchichas asadas? ¿Por qué es tan difícil no rascarse en presencia de elegantes damas, cuando se tienen piojos? ¿Por qué es tan difícil esperar pacientemente cuando a uno se le ha olvidado a qué?

Las horas gotean como una tortura china y nos retumba en el cerebro como el martillo, inexorable del reloj del universo.

Que no, Oli, que cualquier pequeñez es muy grande para nosotros, y ser un hombre real es superior a mis fuerzas.

Y siempre que todo volvía a salir mal, decíamos: una vez no importa. Pero dos veces una vez tampoco importa. Y así mismo trescientos setenta y cuatro veces una vez –qué maravilla- tampoco importa. Ay, si fuésemos blancos o negros, pero como somos grises nos borran de la agenda de Dios. Somos como violines que enferman porque nadie sabe la canción que hay en ellos.

Ay, Oli, hermano querido, creo que tengo hipo.

Aquí estoy, sentado en el suelo del universo, llorando mi lloriqueo de pestañas de conejo del que se ríen hasta los ángeles.

Me gustaría tanto abrazar la luna, Oli. No el montón de escoria de los astrónomos, comprendes, sino la luna de los poetas. Pero siempre que me acercaba a ella, había eclipse de luna. Era tu sombra, Oli, la que lo causaba. Honradamente: he pensado muchas veces en dejarte para siempre. Por eso, Oli, te lo ruego, no me dejes.

Vamos a redimirnos mutuamente ¿qué te parece la idea? Pues Dios, ya lo ves, no puedo. Tienes que entenderlo: sólo conseguiríamos llenarlo de vergüenza.

¿Sabías que yo sé silbar con los dedos? ¡Mira! ¡Qué me mires, Oli, por favor!

Yo silbo con los dedos la canción de una amable sábana por cuyos agujeros silba el viento.

Yo silbo con los dedos la canción de mi corazón que tiembla de frío.

¿Qué voy a hacer si no? ¿Por qué me das golpes en los dedos?

¿Me oyes, Oli, mi único amigo: tú, al menos?

Yo silbo con los dedos mi miseria a través de la noche de nieve ennegrecida que todo lo hace invisible, a través del viento del vacío, la canción de mi soledad, yo, que no quedo en una chancleta.

Yo, que no quepo en una chancleta…


jueves, 1 de febrero de 2018

El hijo del pintor, de Marinella Terzi

Texto:  Elena Martínez Blanco en El alijo, revista de literatura infantil y juvenil
Imagen: Portada del libro



¿De dónde surgieron los hombres grises en la obra de Ende? ¿Sabíais que cuando era pequeño le tocó vivir rodeado de ellos en su Alemania natal? Su padre, Edgar, fue un pintor al que esos hombres grises prohibieron pintar porque no entendían las obras que creaba su imaginación, y Micha, el joven Michael Ende, aprendió a crear mundos imaginarios que más tarde nos regalaría en papel. 
 
OPINIÓN
 ¿Habéis leído Momo o La historia interminable? Si es así, la lectura de este libro seguro que os hace sonreír a pesar de la dureza del trasfondo que contiene. 
Marinella Terzi nos brinda la oportunidad de conocer la infancia de uno de los autores favoritos de varias generaciones de niños y niñas: Michael Ende. Es una novelita corta, apenas 69 páginas, pero que nos abren el mundo de la familia Ende, en la que la creatividad y la imaginación campaban a sus anchas hasta que aparecieron los hombres grises, esos hombres malvados que no querían que hubiese diversidad ni fantasía, que llevaban la Nada allá por donde pasaban. Esos hombres grises que fueron los culpables de la destrucción de miles de vidas… 
Leyendo sobre la infancia de Micha, como le llamaba en casa, conocemos a Edgar, su padre, un pintor surrealista de cierta fama que guardaba como oro en paño su caja de dibujos, en la que iba guardando las ideas que se le ocurrían para trabajar en ellas posteriormente. Vemos en él a un hombre tremendamente creativo, obligado a callar su arte por la incomprensión de unas personas que querían acallarle no solo a él, sino a toda Europa. 
Como contraste, Lise, la madre de Micha, es un personaje fuerte y luchador, quien saca a la familia adelante en los momentos más difíciles y que entiende a la perfección que su marido, el artista, es en el fondo un niño grande al que hay que cuidar porque tiene la cabeza en el mundo de la fantasía.
Aprendemos también la importancia de las palabras, el poder que pueden ejercer en otras personas, tanto para bien como para mal. Nuestro querido Micha, que había heredado el don de entrar en el Reino de Fantasía en su cabeza, hace uso de esas palabras para vencer a un futuro hombre gris, para plantar en él la semilla que quizá un día hiciese de él un hombre, por lo menos, con un poquito de color. 
Entre estas páginas veremos referencias indudables a las obras más conocidas de Ende y que, sin duda, se empezaron a fraguar en su infancia, cuando las palabras en su mente eran un refugio ante tanto monocromismo que reinaba a su alrededor. Recomendable para introducir la obra de este autor a nuestros alumnos y trabajar el contexto histórico que rodeó su infancia.

La historia interminable, la mítica novela de fantasía cuyo autor se avergonzó de la película

Texto: Juan Rivera en ABC Cultura
Imagen: Wolf-Waldemar

 

En 1979 la novela «La historia interminable» llegó a las librerías alemanas bajo su nombre real, «Die unendliche Geschichte». Desde el mismo momento en el que salió fue un éxito de ventas, traduciéndose en años posteriores a más de 36 idiomas. Los libros del germano Michel Ende (1929-1995) se han convertido en uno de los referentes mundiales de la novela juvenil.

La novela y su argumento han sido objeto de muchas interpretaciones y versiones. Ha sido tanto película, como serie de animación y videojuego, ha inspirado a músicos a componer canciones y ha sido reeditada varias veces en versiones comentadas y como audiolibro. Incluso el filme fue reestrenado de nuevo el pasado 22 de julio.

La prolífica descendencia generada también ha conseguido éxitos por méritos propios. Las tres películas que plasman «La historia interminable» fueron éxitos de taquilla tras sus respectivos estrenos. En conjunto y por separado, las tres películas son consideradas un clásico de la narrativa audiovisual, sobre todo por el aquel entonces novedoso uso de los efectos especiales.

Sin embargo, pese a los éxitos de taquilla las adaptaciones de «La historia interminable» no contaron con la aprobación de Ende. El autor de los libros lo consideró una adaptación plana y comercial del profundo mensaje presente en las novelas y pidió que retirasen su nombre de los títulos de crédito.

Más allá de ser una simple novela juvenil, su autor siempre defendió el transfondo metafísico y de crítica oculto en su novela. En un primer momento fue catalogada como una «historia de aventuras para niños», siendo necesarias varias lecturas para llegar al fondo verdadero. Lo que su autor denominó «una búsqueda del paraíso a la inversa».

En la «La historia interminable» se narran dos aventuras diferentes, la del guerrero Atreyu, personaje de un mundo literario, y la del joven Bastián, lector de las aventuras del guerrero como forma de evadirse de su realidad diaria. En realidad, la novela narra una búsqueda del paraíso desde un punto difierente al habitual.

Inspirado por la obra de Dante en su Divina Comedia, el proceso por el que maduran ambos protagonistas en «La historia interminable» es una búsqueda del estado perfecto de las cosas. Atreyu, cumpliendo su tarea como guerrero y Bastián, encontrando un mundo en el que siente que pertenece más que al real. La alegoría principal de la búsqueda del paraíso va un paso más allá en el segundo volumen, cuando Bastián comienza un viaje de verdad por los paisajes de las historias que ha estado leyendo, cerrando el círculo de la evasión y sintiendo que ha encontrado su lugar en el mundo.

La obra también se inspiró en el transfondo filosófico creado por el alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche. En «La historia interminable» el triunfo de la voluntad, representado por Bastián en su deseo de evadirse en un mundo de fantasía, se ve entorpecido por obstaculos que son más evidentes en las fantasiosas aventuras del guerrero Atreyu y sutiles en el caso del niño lector. Conforme avanza la obra, la busqueda de la felicidad como triunfo de la voluntad también pierde sentido.

miércoles, 31 de enero de 2018

48. Orgánico y mecánico

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Kimberly



Lo orgánico (lo animado) se caracteriza porque en cada detalle está contenida otra vez de manera específica la totalidad. En cada hoja está contenido todo el árbol, en cada célula a su vez, la hoja; o en grande: cada árbol contienen a su manera específica todo el mundo vegetal, y el mundo vegetal contiene el cosmos. De ahí proviene la idea de la antigua astrología de que todo lo que sucede en lo grande ha de realizarse igualmente en cada una de las partes de la totalidad y en la parte de la parte. No en razón de una causalidad –ahí radica el malentendido de nuestro tiempo-, sino en razón de las correspondencias.

En ese principio de lo orgánico también estaba basada cualquier cultura de la humanidad: el todo se revela en cada detalle. A partir de una cucharilla de té de estilo rococó se puede reconstruir, en el fondo, todo el palacio de Sanssouci. Y a partir de Sanssouci, la manera de ser y de vivir de toda una época de la humanidad.

Muy diferente es el principio mecánico. En él se ensamblan partes completamente heterogéneas para formar un todo lógico-causal. Un automóvil es un complicado producto formado a base de relaciones de causa-efecto, pero en su esencia, el motor de combustión no tiene nada que ver con el engranaje diferencial; lo uno no se puede encontrar en lo otro.

Pero como el hombre de hoy está habituado a pensar en categorías lógico-causales (no en correspondencia), ya no es una cultura lo que surge sino sólo una conexión de causalidades (en el mejor de los casos).

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Aquel que quiera hacer magia tiene que poder dominar y aplicar su capacidad de desear