30.7.20

Michael Ende y el misterio del dinero.

Texto: Franz Bohner en Humane Wirtschaft
Imagen: Igor Morski




En su cuento Die Bahnhofskathedrale stand auf einer großen Scholle Michael Ende hace que un anciano predicador intervenga. Predica sobre el misterio del dinero desde el púlpito «con grandes movimientos de brazos»1. «El dinero puede hacerlo todo», hace gritar Ende al predicador, «conecta a las personas entre sí dando y recibiendo, puede transformar todo en todo, el espíritu en tejido y el tejido en espíritu, las piedras en pan y crear valores de la nada, es testigo de sí mismo en la eternidad, es omnipotente, es la figura en la que Dios habita entre nosotros, es Dios»2.

Aquí se abordan en primer lugar los posibles efectos beneficiosos del dinero. A través de dar y recibir conecta a la gente. Conduce a la prosperidad si está disponible para la gente como un medio neutral de intercambio en calidad de sirviente. Pero si el hombre permite que el dinero se convierta en un instrumento de dominación que solo sirve a una minoría rica, entonces el dinero arruinará a una gran parte de la humanidad. El dinero «se engendra a sí mismo por toda la eternidad», clama el predicador. Lo que se quiere decir con eso es la multiplicación del dinero a través del principio del interés y del interés compuesto. ¿Quién no conoce la historia del penique, que si se hubiera invertido al cinco por ciento en el año cero y hubiera sobrevivido a todos los colapsos monetarios a lo largo de la historia habría crecido mientras tanto hasta convertirse en una fortuna, que correspondería al valor de miles de millones y miles de millones de guineas de oro puro?3.

El dinero se ha convertido hoy en un ídolo, pero el predicador del pasaje de Ende dice: «Es la forma en que Dios habita entre nosotros, es Dios». El Evangelio de Mateo, en cambio, dice: «No podéis servir a Dios y a Mammon»4. Por ello, la lucha por el interés corre como un hilo a través de la historia de la iglesia. En el lado protestante, sin embargo, ya en 1600 el principio de rechazo de Lutero de los pagos de intereses «se rectificó discretamente y se tuvo en cuenta la economía monetaria resultante»5. La Iglesia Católica luchó mucho más tiempo y de manera más prolongada y continuada con la cuestión del interés. La supresión sin reemplazo del canon de interés en el nuevo Código de la Iglesia de 1983 marca el fin de la prohibición católica sobre el interés6.

¿No es significativo que en las expresiones de la iglesia «La situación económica y social en Alemania»7 y «por un futuro en solidaridad y justicia»8, publicadas por las dos grandes iglesias, la palabra interés ya no aparezca?

El predicador de la historia de Ende tiene mucho que decir sobre el dinero. En la siguiente cita, Ende también sitúa al sector bancario en la perspectiva del lector. Esto sugiere que, con el interés, el monopolio podría ganar a largo plazo. Todos hemos aprendido de niños en la escuela que una cantidad de dinero de 100 marcos a una tasa de interés del 5 por ciento en el primer año trae 5 marcos, en el segundo año ya 5.25 marcos de interés, etc. La pregunta por quién tiene que ganar el interés por los activos financieros en constante crecimiento, muy rara vez se plantea en las clases de matemáticas, si es que se hace. Así también los bancos anuncian animadamente la sugerencia de que todos los inversores podrían participar en el milagroso aumento de dinero. Al final, el predicador lleva este pensamiento al absurdo: «Donde todo el mundo se enriquece de todo el mundo, todo el mundo se enriquece al final. Y donde todo el mundo se enriquece a costa de todo el mundo, ¡nadie paga los costes! Maravillas de todas las maravillas! Y si preguntan, queridos creyentes, ¿de dónde viene toda esta riqueza? Entonces os digo: ¡viene del beneficio futuro de sí mismo! Es su propio beneficio futuro el que ya disfrutamos ahora! Cuanto más hay ahora, mayor es el beneficio futuro, y cuanto mayor es el beneficio futuro, más hay ahora. Así que somos nuestros propios creyentes y nuestros propios deudores para la eternidad, y nos perdonamos nuestras deudas, Amén»9.

Geiko Müller-Fahrenholz utiliza la imagen de la falsa eternidad del dinero10. El tiempo no nos pertenece a nosotros, sino solo a Dios. Por lo tanto, no debemos dirigir el paso del tiempo en nuestras fábricas. Esto es exactamente lo que sucede en la economía monetaria. Las ganancias de interés solo son posibles porque el tiempo trabaja para el capital. ¿No se hace realidad la frase «el tiempo es oro» solo a través del interés? ¿Quién no puede pensar en los Hombres grises de la novela Momo de Michael Ende? ¡Estos Hombres grises roban a la gente sus flores-hora!

El hecho de que Michael Ende estuviese intensamente involucrado con el dinero también es evidente en su último libro Michael Ende's Zettelkasten11. Allí dedica un capítulo entero al tema del «dinero y crecimiento». En el reportaje sobre la producción teatral del libro Der satanarchäolügenialkohöllische Wunschpunsch de Ende, en el que también aparece una bruja del dinero12, Ende explica su opinión sobre el dinero a Helmar von Hanstein, director de dramaturgia del Volkstheater de Múnich: existe un «elemento formador de carcinoma» en nuestro sistema monetario, que hace que nuestra economía «esté continuamente enferma»13.

Rudolf Steiner también utilizó ocasionalmente la imagen del «carcinoma social» o de la «formación de úlceras»14, esta última en relación con los ingresos por intereses para los que no existe una consideración correspondiente.

El hecho de que el dinero sea, por cierto, para muchos una institución misteriosa, es atestiguado por otra declaración del predicador de Michael Ende15: «¡Misterio de todos los misterios —y el bienaventurado toma parte en ello—! ¡El dinero es la verdad y la única verdad. Todos deben tener fe en ello!». La ambigüedad de la «fe en ello» no puede pasarse por alto en el contexto del hambre y la miseria en el mundo. Mueren por nuestro dinero es el título de uno de los libros de Susan Sontag.

Nuestra palabra Münze, al igual que la palabra inglesa money, se refiere a la diosa protectora romana de las monedas, a saber, Moneta (latín: recordatorio). Moneta era el apodo de la diosa Juno. Su símbolo era la balanza. Ella tenía eso en común con la Aequitas, la diosa de la igualdad. Es el símbolo, pues, de que el dinero siempre debe estar en equilibrio con lo que llamamos justicia distributiva16. En las provincias de habla griega, Moneta estaba representada por Némesis, que era la diosa de la retribución. Castigó a la gente por sobreestimar sus propias habilidades. Por tanto, según Geiko Müller-Fahrenholz, la domesticación del dinero era algo razonable desde el punto de vista económico y político, ya que si el dinero se separaba de la justicia, asomaba el peligro de una amenaza. Desde este punto de vista, uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es entender los mecanismos y flujos del dinero.



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1 Michael Ende, Der Spiegel im Spiegel. Ein Labyrinth. dtvVerlag München, 1990, p. 41.
2 Ibid.
3 Margrit Kennedy: Geld ohne Zinsen und Inflation. Ein Tauschmittel, das jedem dient. Goldmann Verlag München 1993. Ver también en Internet: www.INWO.de
4 Mat. 6, 24.
5 Roland Geitmann, Bibel, Kirchen, Zinswirtschaft. Zeitschrift für Sozialökonomie, Fascículo 80, pp. 17-24. Bezug: Gauke GmbH -Verlag für Sozialökonomie. Véase también www.sozialoekonomie.de
6 Véase n. 5.
7 Zur wirtschaftlichen und sozialen Lage in Deutschland, publicado por la oficina de la iglesia del EKD, Hannover y por la secretaría de la conferencia de obispos alemanes, Bonn (1994)
8 Für eine Zukunft in Solidarität und Gerechtigkeit, editado por la oficina de la iglesia del EKD, Hannover y la Secretaría de loa Conferencia de Obispos Alemanes, Bonn (1997)
9 Michael Ende, Der Spiegel im Spiegel. Ein Labyrinth Op. Cit. p.41 y siguiente.
10 Geiko Müller-Fahrenholz in: Von der falschen Ewigkeit des Geldes. SüdwestfunkKirchenfunk, Tansmitido el 8. Dezember 1996, 7:50 horas en S2 Kultur.
11 Michael Ende, Michael Endes Zettelkasten. Stuttgart, Wien, 1994, p. 275 y siguiente.
12 Michael Ende, Der satanarchäolügenialkohöllische Wunschpunsch. Stuttgart, 1989
13 Der Dritte Weg, Mayo 1992, p. 15 y siguiente. Bezug:W. Schmülling, Erftstr. 57, 45219 Essen
14 Rudolf Steiner, Aufsätze über die Dreigliederung des sozialen Organismus und zur Zeitlage 1915-1921 (GA 24). Dornach, 1. Auflage 1961, p. 215 y siguiente..
15 Michael Ende, Der Spiegel im Spiegel. Ein Labyrinth Op. Cit. p.41 y siguiente.


15.7.20

Momo nuevamente contado

Texto: Oliver Sachs en Initiativ.
Imagen: Christer




El documentalista de Momo, Oliver Sachs, acerca de las crisis y las oportunidades de crecimiento.

Durante siete años Michael Ende escribió su historia Momo. Cuando apareció en 1973, se extendió rápidamente por todo el mundo. La novela fue traducida a cuarenta idiomas y sigue siendo uno de los libros más leídos en el mundo actual. Millones de niños aprendieron sobre la naturaleza de la niña Momo y sobre su lucha contra los ladrones de tiempo por parte de sus padres que les leían el cuento. Para muchas personas, esta vez se ha creado una profunda conexión con la gentil heroína.

Mientras trabajábamos en nuestra primera película, sentimos esta conexión una y otra vez, y también en las conversaciones después de las proyecciones aprendimos que Momo abre los corazones.

Michael Ende ha jugado con cuestiones y teorías sociales en muchas de sus historias y contenidos ocultos que no se revelan a primera vista. Hay una interpretación de Julia Voss del cuento de hadas Jim Botón Darwin’s Jim Knopf— en la que las referencias al Tercer Reich y al Darwinismo Social se hacen claras. Y Momo también contiene un nivel más profundo que hasta ahora apenas se ha notado, lo que hace de la historia un valioso patrimonio, un estímulo, casi una guía para nuestro presente, que ha sido acogido por los mafiosos grises.

Momo vive en las ruinas de un anfiteatro en un pequeño lugar sin nombre. Este lugar está cada vez más bajo la influencia de hombres grises que animan a la gente a ahorrar su tiempo haciendo una tentadora oferta: dicen que devuelven el tiempo ahorrado después de años con intereses e intereses compuestos. Esto cambia mucho a la pequeña comunidad en poco tiempo, porque el tiempo ahorrado nunca vuelve a sus propietarios.

«He llegado a la conclusión de que nuestra cuestión cultural no puede resolverse sin que el problema del dinero se resuelva al mismo tiempo, o incluso de antemano», escribió Michael Ende en una carta sobre los antecedentes de su historia. Así que podemos entender Momo como una parábola sobre los sistemas monetarios, su construcción y sus efectos en la comunidad humana.

La construcción de un sistema monetario también se revela en la pregunta que plantea un banco cuando crea dinero. Al conceder un préstamo, el acto de la creación en nuestro sistema actual, es la cuestión del crecimiento: «¿Eres lo suficientemente poderoso para devolvernos en el futuro más de lo que invertimos hoy en ti?».

Nuestro dinero proviene de una promesa de crecimiento. Y esta promesa, que precede al dinero, influye en el carácter de los servicios económicos que se financian con este dinero. Cuanto mayor sea el potencial de crecimiento económico que pueda generar una actividad, mayor será la remuneración.

Hace unos cuatro años me enfrenté desesperadamente a la imposibilidad de financiar a mi familia, de vivir de forma sostenible y, al mismo tiempo, de dedicar mi trabajo a proyectos que me parecían significativos para el mundo. Experimenté este fracaso como una incapacidad personal.

Durante este tiempo tuve un entrenador que me aconsejó que me prostituyera para tareas bien pagadas y que dedicara el resto de mi tiempo y el dinero que ganaba a proyectos que me parecieran significativos. Con esta estrategia, mis honorarios se duplicaron en un corto período de tiempo y cambiaron mi trabajo: trabajé cada vez más en publicidad. Recientemente, este intento me llevó a una producción de películas de imagen altamente remunerada para una empresa que desarrolla sistemas de control remoto para centrales nucleares, y al borde de la depresión.

La preocupación por el dinero me ha llevado a actuar en contra de mis creencias y gastar más y más energía y tiempo generando crecimiento económico. He funcionado como la rueda dentada de una máquina cuyos efectos son particularmente dramáticos debido a la actual interconexión global de la economía: El crecimiento requiere la explotación de los recursos naturales y humanos hasta el límite de su capacidad de recuperación y más allá.

En Momo, Michael Ende enfatizó la explotación de la vida humana. Cada vez más personas desaparecen detrás de su trabajo, que es cada vez menos propio, porque la calidad y el contenido del trabajo se consideran secundarios a su velocidad. El tiempo privado ocupa cada vez menos espacio, los niños son descuidados y consolados con bienes de consumo, los encuentros interpersonales y las amistades se vuelven más fugaces. La gente se olvida de tomar tiempo para los demás y de escucharse los unos a los otros. La falta de tiempo también se refleja en los hábitos de conversación: surgen discusiones y disputas.

Durante la visita de Momo al Maestro Hora, el Señor del Tiempo, se nos habla de una enfermedad causada por los Señores Grises. El «aburrimiento mortal» es la descripción de una depresión.

Nuestro sistema monetario es la culminación consistente y sistémica de una antigua historia humana. Es una historia de jerarquía, de poder y de propiedad. Sus cualidades influyen en nuestra percepción y comportamiento. Se han manifestado a lo largo de generaciones en estructuras sociales, en nuestros corazones y en patrones de comportamiento.

El trauma del dinero tiene muchas manifestaciones. Lo encontramos en la destrucción de nuestros recursos naturales, desgarra a la comunidad humana en ricos y pobres, actúa como un poder amenazador de las riquezas sobre la democracia, crea competencia y presión de tiempo y un número creciente de agotamiento, depresión y suicidios.

El dinero genera temor existencial y por lo tanto se convierte en la principal causa de que la gente sacrifique su tiempo y energía por una actividad que no corresponde a su naturaleza. Nos convierte en hombres grises.

Al mismo tiempo, el dinero y su construcción ofrecen una gran oportunidad para habitar de forma sostenible nuestro planeta en el futuro y preservarlo para nuestros hijos y nietos. ¿Cómo sería si nuestro dinero estuviera impregando por los valores que son importantes para nosotros en lugar de por el crecimiento cuantitativo? ¿Cómo nos afectaría el dinero impregando por el aire limpio o la comunidad auténtica?

Con el conocimiento de estas conexiones sería posible por primera vez utilizar creativamente el potencial de estos sistemas y moldearlos de acuerdo con las necesidades del planeta y de la sociedad. Podríamos alinear el poder de la sociedad con los valores que son importantes para nosotros.

Momo podría hacer una importante contribución a este salto de conciencia, porque el libro todavía goza de una popularidad ininterrumpida en la actualidad. Los niños de esa época han crecido y ahora leen Momo a sus propios hijos. Muchos de ellos todavía sienten cercanía y apego por la niña que derrotó a los hombres grises hace 40 años. Nuestra relación con Momo es profunda porque es emocional.

A pesar de sus apasionados esfuerzos por llevar las características de los sistemas monetarios a la conciencia racional del público, Michael Ende fracasó durante su vida. Tal vez el momento no haya llegado aún, alguna crisis económica que aún no se había notado. El mundo seguía dividido entre el bien y el mal, Occidente y Oriente, perezoso y trabajador, culpable e inocente, los beneficios del sistema seguían siendo demasiado poderosos y los efectos destructivos demasiado lejanos.

Una razón para esto podría ser también que las columnas de números y fórmulas no están almacenadas en nuestra memoria. Son tan fugaces como el humo y el frío de los hombres grises.

La historia de Momo nos conmueve porque está estrechamente ligada a nuestra experiencia personal y, sin embargo, las consideraciones matemáticas y económicas están en el fondo del libro.

La conexión emocional con Momo me da la esperanza de que estas consideraciones reciban hoy una nueva y amplia atención.


19.5.20

La historia interminable y su traducción

Texto: Manuel Santos Varela en El escritor en su laberinto
Imagen: Tina


Si has leído la sección CINE habrás visto el cartel de la película LA HISTORIA INTERMINABLE bajo el título "Las seis películas que menos me han gustado en toda mi vida".

Sí, sí, ya sé que hay gente que se escandaliza al saberlo, gente que se emocionó con las andanzas de Atreyu cuando la vio en el cine y no entiende cómo puede haber alguien que tenga dicha película entre las 6 peores de cuantas ha visto, y eso habiendo visto algunos cientos. Esas personas, invariablemente, no habían leído antes la novela.

Si la hubiesen leído habrían hecho en el cine lo mismo que yo: enfermar.

Pero hoy no voy a hablar de esas personas.

Hoy voy a hablar de las que, habiendo leído el libro, se quedan con la copla de que el Reino que estaba en peligro y debía ser salvado por un humano se llamaba Fantasía.
Pues no. No se llamaba Fantasía. Se llamaba Fantasia.

Hay docenas de blogs en los que el autor habla de este libro como si realmente lo hubiese leído, y sin embargo, cuando se trata de referirse al reino de la Emperatriz Infantil, al mundo que está siendo devorado por la Nada, sistemáticamente lo llama Fantasía en lugar de Fantasia.
Aporto cinco ejemplos.

http://tiras-zero.blogspot.com.es/2013/07/la-historia-sin-fin-la-novela.html
http://www.libroadicto.net/2010/04/la-historia-interminable-michael-ende.html
http://ende.blogcindario.com/2009/07/00164-1-fantasia-en-peligro.html
http://lacasadeaisling.blogspot.com.es/2008/08/resea-de-libro-la-historia-interminable.html
http://lashistoriasdeluba.blogspot.com.es/2013/02/resena-la-historia-interminable.html

¿Qué pensarán estas personas? ¿Pensarán que al traductor se le ha escapado más de cien veces la misma falta de ortografía? ¿Pensarán que se puede ser tan torpe?
Miguel Sáenz se llama el traductor. ¿Habrá hecho mal su trabajo?

Yo creo que lo hizo demasiado bien. Me explico. Empezaré por la traducción del título.

El original, obra del alemán Michael Ende, está (claro) en alemán.
Se titula Die unendliche Geschichte.

En la traducción de Miguel Sáenz, “La historia interminable”.

Unendliche se traduce habitualmente como “infinito”, luego un traductor apresurado habría optado por “La historia infinita”. Pero la palabra “infinito” tiene en español más resonancias espaciales que temporales, más resonancias relacionadas con fronteras que con el final de los cuentos, así que “La historia interminable” debe juzgarse como un acierto.

Había otra opción, “La historia eterna”, pero en español decir de una historia que sea eterna se asocia con la idea de que nadie la olvidará durante generaciones, y ese matiz en la palabra unendliche no está.

¿Y por qué no “La historia sin fin”? Porque alteramos sin ninguna justificación la estructura del título, artículo+sustantivo adjetivado. Y porque la palabra "ohne" no la veo por ningún sitio.

¿Y por qué no “La historia inacabada”? Pues porque unendliche ni es una forma verbal ni sugiere que la historia se haya quedado a medio contar, como si le faltasen páginas.

Esto nos lleva otra vez al cine: "La historia inacabada”, aunque no sirve como título para el libro, resulta que habría sido el título perfecto para la película. Titulándola así, "La historia inacabada", el que va a verla al cine no se lleva a engaño, sabe que se enfrenta a una película en la que le van a contar una historia que está sin acabar, una historia que se ha dejado a medias, una historia a la que se le ha amputado una mitad, a la que de hecho no solo le falta una mitad sino la mejor mitad.

Faltan personajes clave, Graógraman, Xayide, Uschtu, Schirkrie, Yisipu, Árgax, los Schlabufos y sobre todo Yor, el minero ciego, protagonista de un capítulo inolvidable, esclarecedor, esencial.

No sigo, no sigo porque buscaría las señas del director y me iría a visitarlo con un árbitro y cuatro guantes de boxeo "Toma. Dos son para ti. Véndate las muñecas y póntelos que te voy a despejar la mente".

Sí, ya sé que alguien intentó arreglarlo con las continuaciones. Ya sé que en la película “La historia interminable II” sí que interviene un personaje femenino llamado Xayide. Se parece a la Xayide de la novela como un abeto a una trucha. Al cerebro de chorlito que dirigió esta basura infumable también habría que visitarlo con cuatro guantes de boxeo. ¡Y sin árbitro!


Volvamos a la traducción del libro.

Con la traducción del título hemos empezado bien. “La historia interminable”. La mejor opción, sí, señor.

Pero dentro, entre otros problemas que el traductor resuelve estupendamente, tenemos uno muy serio y muy difícil: ¿cómo se llama ese reino al que Bastián debe acudir?

En el original alemán se llama Phantásien.

Punto primero. No merece la pena buscar semejante palabra en el diccionario: seguro que no está porque en alemán no existen las tildes. Lo más parecido que hay en el diccionario es Fantasie, “fantasía”. Con mayúscula aunque sea sustantivo común y no propio, porque en alemán todos los sustantivos empiezan con mayúscula. Como aquí se trata del nombre de un país o un reino o un imperio, en español también le pondremos mayúscula. Lo más parecido, por tanto, es la pareja Fantasie – “Fantasía”.

Punto segundo. Lo usual, lo normal, es escribir Fantasie y no Phantasie, que es correcto pero suena raro, arcaico, rebuscado, incluso un poquito pedante.

Punto tercero. La palabra Phantasien, sin F, sin tilde y como femenino plural, la usó el doctor Sigmund Freud en sus textos sobre los aspectos psiquiátricos de las ensoñaciones repetitivas en estado de vigilia. Luego, a una persona que haya estudiado psiquiatría, Phantásien le hará pensar en Sigmund Freud y en las ensoñaciones que se nos pasan por la cabeza cuando nos quedamos embobados mirando al techo.

Punto cuarto. Plural, he dicho hace un momento. Claro. Si es que se trata de un sustantivo femenino acabado en –ie. Fantasie. ¿Cómo ha de ser el plural? Sí, eso mismo, lo has adivinado: Fantasien. Es más, aunque el alemán sea un ejemplo excelente de idioma con declinaciones basadas en sufijos, la palabra Fantasien es (casi) invariable: de no ser por el artículo determinativo (no puede omitirse) permanecería igual en los cuatro casos: nominativo, genitivo, dativo y acusativo. De modo que a lo largo de la novela, nos encontramos en los cuatro casos la palabra Phantásien.


Así, la pareja más apropiada ya no es Fantasie – “Fantasía”, sino Fantasien – “Fantasías”. Y el reino de la Emperatriz Infantil, conceptualmente, no sería el Reino de Fantasía ni el Reino de la Fantasía sino el Reino de las Fantasías. O en lenguaje freudiano "El Reino de las Ensoñaciones", lo cual enlaza con ese capítulo clave en el que Yor, el minero ciego, nos explica sobre qué tipo de estratos se asienta Phantásien.

¿Cómo se mete todo eso en la traducción al español? Muy sencillo: no hay manera.

¿Acertó el traductor con la opción “Fantasia” para traducir Phantásien?

Yo creo que la intención era muy buena.


Uno. Phantásien suena familiar pero sin estar en el diccionario. Lo mismo que “Fantasia”.

Dos. Phantásien contiene, con ojos alemanes, una falta de ortografía. Lo mismo que “Fantasia”. Con una exquisita simetría: a la versión alemana le sobra una tilde y la española le falta.

Tres. Phantásien, con ojos alemanes, puede ser perfectamente el nombre de un país, dada su terminación _ien. Sin ir más lejos, como Spanien. Fantasia, con ojos españoles, también parece nombre de país: acaba en _ia, siendo palabra llana. Sin ir más lejos, como Alemania. Precisamente por esto hay que descartar “Fantasías”, “Fantasias” o cualquier otra variante con aire de ser un plural: en español ya no sonaría a nombre de país. Digo más: la terminación _ia, etimológicamente, es “el país de los”. Así, Alemania es el país de los alemanes. Y el traductor, proponiendo “Fantasia” como país de los “Fantasios” es muy respetuoso con la etimología española (1).

Conclusión: el traductor no hizo su trabajo bien, sino demasiado bien.

Me temo que su buenhacer no ha dado el fruto apetecido: muchísima gente se limita a ver “Fantasía” donde pone “Fantasia”. A las pruebas me remito.

Donde consta una palabra con falta ortográfica, que no está en el diccionario y que respeta la etimología de los nombres de países en español (las mismas características que presentaba el original alemán Phantásien), ellos ven una palabra sin falta de ortografía, que sí está en el diccionario y que no respeta las raíces etimológicas del español.

No sé si decir que esta sorprendente capacidad de visión es fantástica, fantastica, fántastica, fantasticá o incluso fhäntâztika. No me decido.

No habría que darles opción a los lectores descuidados.

No habría que darles opción a ver una palabra conocida en donde consta una palabra ajena al léxico idiomático en que leemos la novela.

En la versión inglesa, el traductor – británico – corta por lo sano. A Phantásien le adjudica el nombre "Fantastica". Esa palabra, en medio de un texto inglés, ya no puede resultar léxicamente más remota porque en inglés ninguna palabra acaba en _tica.

La traducción de Miguel Sáenz es impecable.

Pero "Fantasía" y "Fantasia" se parecen demasiado.

En lugar de quitar la tilde habría sido mejor añadir algo que a un ojo hispano le resulte tan extravagante como la tilde a un alemán; por ejemplo, la tilde a izquierdas que usan los franceses.

En conclusión, para traducir Phantásien, yo habría elegido “Phantàsia”.
Ya no hay forma de ver una palabra que esté en el diccionario, ya no hay forma de pasar por alto la extraña ortografía. Y, sí, sigue sonando a país exótico.

No era nada fácil traducir este libro. Yo le pongo a Miguel Sáenz un 10 sobre 10 y me quedo tan ancho. Que la gente vea tildes donde no las hay, no es culpa suya.

¿Qué ocurre, que al cabo de los años se ve que en lugar de “Fantasia” habría sido preferible “Phantàsia”? Sí, pero... qué fácil es acertar a toro pasado. El mérito del traductor sigue siendo el que era: mayúsculo.

Y de la versión cinematográfica, ¿no añado nada?

Pues hombre, puedo añadir que en la versión cinematográfica, rodada of course in american english, Phantásien pasa a ser, simplonamente, tontamente, neciamente, estúpidamente, idiotamente, torpemente, injustificablemente, lerdamente, insoportablemente, desesperantemente, Fantasy.

Lo dicho. Cuatro guantes de boxeo.








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Notas

(1) Merece la pena ampliar este punto en un aparte, por si alguien quiere leerlo.

Durante años ha existido en el vocabulario español una anomalía: Rumanía. La pronunciábamos así porque es lo correcto en rumano. Lo correcto, en español, es llamar al país de los rumanos Rumania, con el acento tónico en "ma", como ya hace cada vez más gente, gracias a Dios, aunque por otra parte sea obvio que el idioma español está hecho unos zorros.

La anomalía fonética que suponía pronunciar Rumanía en lugar de Rumania quizá llegue a corregirse del todo, pero otras anomalías ya no tienen remedio, como Cataluña; anomalía idiomática basada en que Cataluña es el nombre fonéticamente correcto en catalán, igual que Rumanía es fonéticamente correcto en rumano. La palabra correcta en español es – sería – Catalania (país de los catalanes). Lo mismo ocurre con Vasconia (país de los vascos), que sería el nombre etimológicamente correcto.

Es más, para España y Bretaña (que se llaman así por influencia catalana y francesa), lo correcto sería Hispania y Bretonia. Ya puestos, incluso Castilla debería ser Castilia. Y Aragón, Aragonia.

Con que alguien me dé la razón en todo esto ya no tengo ni ensoñaciones. Menos aún, cuando la discusión etimológica se confunde con una discusión política. Y eso que – algo es algo – en Zaragoza han abierto un gran centro comercial con el nombre Aragonia. Cada vez que lo veo, me froto los ojos; no vaya a ser una alucinación.

Andalucía es otra rareza, con el acento tónico fuera de sitio, pero en este caso las raíces fonéticas y etimológicas son muy difíciles de rastrear y pueden estar en parte en el latín (Vandalis, país de los Vándalos) y en parte en el árabe (Andalus, denominación de las tierras que están al otro lado del estrecho). Andalusia, con acento tónico en la “u”, suena muy raro pero la opción Vandalia suena más rara todavía. Así que, en el caso de Andalucía, vale más convivir con la acentuación extraña que pretender arreglarla.

Hay países que no acaban en _ia sino en _landia, y otros en _istán. Sí, claro, los que no fueron bautizados en latín. El equivalente de _ia (país de los) en germano es _land (de ahí nombres como Islandia, Finlandia, Tailandia, Groenlandia...) y en persa es _istán (Paquistán, Afganistán, Tayikistán...).

También hay nombres de países cuya etimología es ajena a todo lo anterior, como Mónaco o Liechtenstein. La explicación es muy simple: no nacieron como países; nacieron como ciudades. No tienen nombre de país; tienen nombre de ciudad.


1.5.20

12. En el que empieza el viaje hacia lo desconocido y los dos amigos ven "La corona del mundo"

Texto: Michael Ende en Jim Botón y Lucas el maquinista
Imagen: Mathias Weber






— ¡Jim, despierta!

Jim se incorporó, se frotó los ojos y preguntó medio dormido:

— ¿Qué sucede?

— Es la hora —dijo Lucas— . Tenemos que partir en seguida.

Jim acabó de despertarse. Miró hacia afuera por la ventana de la cabina. La plaza estaba desierta. Amanecía pero todavía no se veía el sol.

Entonces se abrió la puerta de la cocina y salió el señor Schu Fu Lu Pi Plu. Llevaba un paquete en la mano y se dirigió hacia Emma; le seguía el pequeño Ping Pong con una carita muy triste, pero se esforzaba para adoptar un aspecto solemne.

—Aquí traigo —dijo el cocinero mayor— unos bocadillos que he preparado para los honorables extranjeros. Los he hecho según una receta lummerlandesa. Espero que les gusten.

— Gracias —respondió Lucas—. Le agradezco mucho que haya pensando en esto.

De repente Ping Pong se puso a llorar. A pesar de su buena voluntad no podía ocultar su pena.

—Huhuhu, honorables extranjeros —gimió mientras se secaba las lágrimas que resbalaban por su minúscula cara—, perdónenme por estar llorando. Pero los niños de mi edad — huhuhu — lloran muchas veces sin saber por qué...

Lucas y Jim sonrieron emocionados y Lucas dijo:

— Lo sabemos, Ping Pong. ¡Adiós, amigo y salvador nuestro!

Por último llegó el emperador. Estaba más pálido que de costumbre y parecía muy serio.

—Amigos —dijo— , que el cielo os proteja a vosotros y a mi hijita. De ahora en adelante no me preocuparé sólo de Li Si, sino también de vosotros. He empezado a quereros.

Lucas, por la emoción, lanzó grandes nubes de humo por su pipa y gruñó:

—Todo irá bien, Majestad.

—Aquí os traigo té caliente —dijo el emperador entregándole a Lucas un termo de oro—. El té caliente es muy adecuado para los viajes.

Lucas y Jim dieron las gracias, subieron a la locomotora y cerraron las puertas de la cabina. Jim abrió la ventanilla y exclamó:

— ¡Hasta la vista!

— ¡Hasta la vista...! ¡Hasta la vista! —contestaron los que se quedaban. Emma se puso en movimiento y todos saludaron con la mano hasta perderse de vista.

Había empezado el viaje hacia Kummerland, la Ciudad de los Dragones.

Primero cruzaron las calles desiertas, luego llegaron a la llanura y dejaron atrás los tejados de oro de Ping.

El sol empezaba a salir y el tiempo era todo lo maravilloso que se puede desear para una expedición.

Viajaron todo el día sin ninguna interrupción, a través de las tierras de China, hacia el misterioso «Valle del Crepúsculo».

Al segundo día pasaron por extensos jardines, campos y pueblos donde los campesinos y las campesinas con sus niños y los niños de sus niños les saludaban agitando las manos. Nadie tenía ya miedo de Emma. La noticia de que dos extranjeros con una locomotora iban a liberar a la princesa Li Si, se había extendido por todo el país como un reguero de pólvora.

Al tercer día, los dos amigos pudieron admirar uno de los famosos castillos chinos de mármol blanco. Se levantaba en el centro de un lago. Sostenido por graciosas columnas, parecía flotar sobre el agua. En él vivían jóvenes damas nobles. Lucas y Jim pudieron ver a las muchachas que les saludaban con sus abanicos de seda y contestaron a sus saludos con los pañuelos.

Cuando se detenían, la gente se acercaba y les llevaba grandes cestos con frutas y golosinas de todas clases para ellos y agua y carbón para la locomotora.

Al séptimo día de viaje llegaron por fin a la puerta oriental de la gran muralla. Los doce soldados que estaban de centinela y que se parecían mucho a los de la guardia de palacio, arrastraron una gigantesca llave, tan grande que tres hombres casi no podían con ella. La metieron en la cerradura y la hicieron girar con un esfuerzo enorme. Las formidables hojas de la puerta oriental se abrieron con un chirrido imponente. Nadie recordaba que esto hubiera ocurrido jamás.

Cuando Emma pasó delante de ellos dirigiéndose hacia la puerta y lanzando grandes volutas de humo, los centinelas gritaron: «¡Viva, viva! ¡Vivan los héroes de Lummerland!»

Pocos minutos más tarde los viajeros se hallaban ya en pleno «Bosque-de-las-mil-Maravillas».

No era fácil encontrar, a través del bosque, un camino transitable para una locomotora, y un maquinista que no conociera su oficio tan bien como lo conocía Lucas, se hubiese atascado sin remedio.

El «Bosque-de-las-mil-Maravillas» era una enorme jungla salvaje de árboles de cristal multicolores, de enredaderas y flores extrañas. Y como todo era transparente se podía ver el gran número de animales raros que vivían allí.

Había mariposas grandes como sombrillas. Papagayos de colores que se movían, como acróbatas, por las ramas. Enormes tortugas con grandes bigotes en sus caras blancas, se arrastraban por entre las flores y por las hojas se paseaban caracoles rojos y azules, llevando a hombros sus casas de muchos pisos, muy parecidas a las casas de Ping con sus tejados de oro, aunque a escala reducida. A veces aparecían graciosas ardillas con unas orejas muy grandes que durante el día les servían de velas para navegar por el aire y por la noche, cuando se acostaban, para envolverse como si fueran mantas. En los troncos de los árboles se enroscaban serpientes gigantescas que brillaban como el cobre; eran completamente inofensivas porque tenían una cabeza en cada extremo del cuerpo y por este motivo nunca se ponían de acuerdo consigo mismas y nunca acababan de decidirse hacia qué lado querían arrastrarse. Por esto, no eran capaces de cazar ningún animal y se alimentaban con verduras, porque las verduras están quietas y no se pueden escapar.

Un día, Lucas y Jim vieron a un grupo de corzos, asustadizos y rosados, que bailoteaban en un claro del bosque.

Naturalmente, todo era muy interesante y Jim hubiese bajado muy a gusto para pasear un rato por el «Bosque-de-las-mil-Maravillas», pero Lucas sacudió la cabeza diciendo que le parecía mejor dejarlo para otra ocasión. En aquellos momentos no tenían tiempo. Era preciso liberar, lo más pronto posible, a la pequeña princesa.

Necesitaron tres días para cruzar la selva porque adelantaban muy poco. Al tercer día, de repente, terminó la espesura y muy cerca, como un pintoresco telón, apareció la montaña estriada de rojo y blanco, llamada «La Corona del Mundo». El hecho de que Lucas y Jim hubiesen podido ver desde la playa el formidable macizo que distaba de allí muchos cientos de millas, demuestra lo extraordinariamente altos que eran aquellos picos.

Los dos amigos se sentían impresionados por el majestuoso panorama que contemplaban.

Las montañas estaban tan cerca las unas de las otras que no había que pensar en encontrar un paso. Detrás de la primera cadena había otra y detrás de la segunda una tercera y detrás otra y siempre otra. Los picos se elevaban hasta las nubes y cruzaban todo el país, de norte a sur.

Cada montaña resplandecía con sus estrías rojas y blancas, horizontales o en diagonal, en líneas onduladas o en zigzag. Algunas eran cuadradas y otras parecían verdaderos dibujos.

Después de haber permanecido un rato contemplando las montañas con sus hermosos dibujos, Lucas sacó el mapa y lo desdobló.

—Bien —dijo — , ahora comprobaremos dónde está «El Valle del Crepúsculo».

Había descubierto que Jim le miraba con admiración, porque él en el papel sólo veía un lío de líneas y puntos de colores y nada más.

—Mira aquí —dijo Lucas señalando con el dedo un lugar del mapa—. Estamos aquí y aquí está «El Valle del Crepúsculo». Hemos salido del bosque demasiado hacia el norte. Tendremos que volver un poco hacia el sur.

— Como quieras, Lucas —dijo Jim, confiado. Se dirigieron, pues, hacia el sur siguiendo la montaña y pronto descubrieron un paso entre los altísimos picos. Se dirigieron hacia allí.

11. En el que Jim Botón conoce de modo inesperado el secreto de su nacimiento

Texto: Michael Ende en Jim Botón y Lucas el maquinista
Imagen: Mathias Weber


 
El emperador, Lucas y Jim, con el séquito de los dignatarios, se dirigían tranquilamente hacia el salón del trono atravesando los corredores de palacio.

— ¡Ha llegado usted en el momento preciso, Majestad! —le dijo Lucas al emperador mientras subían por la ancha escalera de mármol— . Esto hubiera podido tener un fin fatal. ¿Cómo supo usted de nosotros?

— Por un chiquillo diminuto que entró de repente —contestó el emperador—. No sé quién es, pero parecía un chiquillo decidido e inteligente.

— ¡Ping Pong! —exclamaron Lucas y Jim ala vez. —Es el niño de los niños del cocinero mayor, el que tiene ese nombre tan complicado —añadió Jim.

— ¿El señor Schu Fu Lu Pi Plu? —preguntó el emperador, sonriendo.

— ¡Exactamente! —dijo Jim— . ¿Pero dónde está Ping Pong?

Nadie lo sabía y todos empezaron a buscar. Por fin encontraron al pequeño. Se había envuelto en una esquina de una cortina de seda y estaba durmiendo. Para un niño de su edad, el salvamento había representado un esfuerzo demasiado grande. Cuando vio que los dos amigos estaban salvados, cayó en un sueño tranquilo y profundo.

El mismo emperador se inclinó hacia él, lo levantó y lo llevó con cuidado a sus propios aposentos. Allí lo colocó en su cama con dosel. Lucas y Jim miraban emocionados a su pequeño salvador cuyos débiles ronquidos parecían el canto de un grillo.

— Le premiaré imperialmente —dijo el rey en voz baja—. Y en cuanto al superbonzo Pi Pa Po, podéis estar tranquilos. Él y sus compinches no escaparán a su castigo.

Desde entonces, como es natural, todo les fue estupendamente bien a los dos amigos. Les colmaron de todos los honores imaginables y cuando alguien se cruzaba con ellos, les hacía una reverencia hasta el suelo.

Durante toda la mañana reinó en la biblioteca imperial una gran agitación. La biblioteca se componía de siete millones trescientos ochenta y nueve mil quinientos dos libros. Todos los hombres cultos de China estaban ocupados en la lectura de aquellos libros. Tenían la orden de buscar con urgencia lo que comían los habitantes de la isla de Lummerland y cómo se guisaba.

Por fin lo encontraron y avisaron en seguida a la cocina imperial, al señor Schu Fu Lu Pi Plu y a sus treinta y un niños y niños de niños (siempre uno más pequeño que el otro) los cuales eran también cocineros. Aquel día el señor Schu Fu Lu Pi Plu hizo la comida con sus propias manos. Él y su numerosa familia se habían enterado, naturalmente, de lo que había sucedido y se sentían orgullosos de Ping Pong, el miembro más joven de la familia y estaban todos muy nerviosos.

Cuando la comida estuvo a punto, el señor Schu Fu Lu Pi Plu se puso la gorra de cocinero más grande que tenía y que era del tamaño de un almohadón y llevó personalmente la comida al comedor imperial.

A los dos amigos —Ping Pong seguía durmiendo— les gustó tanto la comida que les pareció que no habían probado nunca nada tan bueno en su vida, exceptuando, quizás, el helado de fresa de la señora Quée. Alabaron debidamente el arte culinario del señor Schu Fu Lu Pi Plu y el cocinero mayor se sonrojó de alegría y su cabeza redonda brillaba como un tomate.

Además, esta vez, había verdaderos tenedores, cucharas y cuchillos para comer. Los hombres cultos habían leído que en Lummerland se usaban y le habían ordenado al platero de la corte imperial que hiciera en seguida unos cubiertos.

Después de la comida, el emperador y los dos amigos estuvieron paseando por una gran terraza. Desde ella se dominaba toda la ciudad con sus mil tejados de oro.

Se sentaron debajo de una gran sombrilla y charlaron un rato de esto y de aquello. Luego Jim fue corriendo a la locomotora a buscar un juego. Los dos amigos le explicaron al emperador las reglas y jugaron los tres. El emperador estaba muy atento pero perdía a menudo y se alegraba por ello. Pensaba para sí: «Si estos extranjeros tienen tanta suerte, es posible que consigan liberar a mi pequeña Li Si.»

Por último apareció Ping Pong, que se había despertado. Entonces les sirvieron chocolate y pastel preparado según una receta lummerlandesa y Ping Pong y el emperador, que no conocían nada semejante, probaron las dos cosas y encontraron que sabían a las mil maravillas.

— ¿Cuándo pensáis salir hacia la Ciudad de los Dragones, amigos? —preguntó el emperador cuando hubieron terminado de merendar.

—Tan pronto como sea posible —contestó Lucas—, antes sólo tenemos que enterarnos de la importancia que tiene en realidad esta Ciudad de los Dragones, dónde está, cómo se llega a ella y otras cosas semejantes.

El emperador asintió.

— Esta noche, amigos —prometió— , os enteraréis de todo lo que se sabe en China de esa ciudad.

Luego el emperador y Ping Pong llevaron a los dos amigos al jardín del palacio imperial para pasar el tiempo hasta la noche. Les enseñaron todas las curiosidades, como, por ejemplo, los maravillosos juegos de agua chinos y los surtidores; hermosos pavos reales paseando orgullosos sus colas que parecían de oro verde y violeta y ciervos azules con cuernos plateados que se acercaban confiados y eran tan mansos que se podía montar en ellos. Había también unicornios chinos cuya piel brillaba como la luz de la luna, búfalos de color de púrpura, de pelo largo y ondulado, elefantes blancos con diamantes incrustados en los colmillos, pequeños monos sedosos con caras alegres y miles de otras curiosidades.

Por la noche cenaron en la terraza, y cuando terminaron volvieron todos al salón del trono. Allí, entretanto, se habían hecho grandes preparativos.

El gigantesco salón estaba iluminado por miles de candelabros con piedras preciosas. Los veintiún hombres más cultos de China estaban reunidos allí y esperaban a Lucas y a Jim. Habían traído documentos y libros en los que se podía encontrar todo lo conocido sobre la Ciudad de los Dragones.

Se puede imaginar fácilmente lo cultos que debían de ser aquellos veintiún hombres, cuando en aquel país donde los niños pequeños son ya tan listos, eran reconocidos como los más cultos. Se les podía preguntar todo; por ejemplo cuántas gotas de agua hay en el mar o la distancia hasta la luna o por qué el mar Rojo es rojo o cómo se llama el animal más raro, o cuándo será el próximo eclipse de sol. Todo esto lo sabían de memoria.

El nombre que se les daba a estos hombres era el de «Flores de la Sabiduría». Pero la verdad es que no se parecían en nada a las flores. Algunos de ellos, por lo mucho que habían estudiado y por lo mucho que habían aprendido de memoria, se habían ido encogiendo y tenían la cabeza exageradamente desarrollada. Otros, de tanto leer y estar sentados, se habían vuelto pequeños y gordos y sus posaderas eran grandes y aplanadas. Los de la tercera clase, de tanto estirarse hacia los libros de las estanterías más altas, se habían vuelto largos y delgados como mangos de escoba. Todos llevaban gruesas gafas de oro y ésta era precisamente la señal que les distinguía. Cuando los veintiún «Flores de la Sabiduría» hubieron saludado, primero al emperador y luego a los dos amigos echándose al suelo sobre el vientre, Lucas empezó a preguntar:

— Ante todo, quisiera saber una cosa —dijo encendiendo su pipa—: ¿cómo se sabe que la princesa está en la Ciudad de los Dragones?

Un sabio de los de la clase de mango de escoba se adelantó, ajustándose las gafas y explicó:

— Esto, honorables extranjeros, ha sucedido de la siguiente manera: la princesa Li Si, dulce como el rocío, pasaba hace un año las vacaciones de verano junto al mar. De repente un día desapareció sin dejar rastro. Nadie supo qué había sido de ella. La terrible incertidumbre duró hasta que, hace dos semanas, unos pescadores encontraron en el río Amarillo una botella con un mensaje. El río Amarillo nace en la montaña con estrías rojas y blancas y pasa por delante de las puertas de nuestra ciudad. Lo que se encontró era un biberón como los que usan las niñas para jugar a muñecas. Dentro había una carta de nuestra princesa, la que se parece a un pétalo de flor.

— ¿Podríamos ver la carta? —preguntó Lucas.

El sabio buscó entre sus papeles y le tendió a Lucas una hojita doblada. Lucas la desdobló y leyó en voz alta:

«¡Querido desconocido! Quienquiera que seas, lleva este mensaje lo más rápidamente posible a mi padre Pung Ging, el muy poderoso emperador de China. Los 13 me han raptado y vendido a la señora Maldiente. Hay muchos otros niños aquí. Por favor, salvadnos porque este cautiverio es terrible. La señora Maldiente es un dragón y mi dirección actual es:

Princesa Li Si (en casa de la señora Maldiente)

Kummerland

Calle Vieja número 133

Piso tercero izquierda.»



Lucas dejó caer la tarjeta y se abandonó a sus pensamientos.

— ¿Maldiente...? —murmuró— . ¿Maldiente...? ¿Kummerland...? Esto lo he oído yo en algún sitio.

— Kummerland es el nombre de la Ciudad de los Dragones —aclaró el sabio—. Figura en un libro antiguo.

Lucas se quitó la pipa de la boca, dio un silbido de sorpresa y exclamó:

— ¡La historia empieza a ser interesante!

— ¿Por qué? —preguntó Jim, asombrado.

— ¡Escucha, Jim Botón! —dijo Lucas gravemente—, ha llegado el momento de que te enteres de un gran misterio, el misterio de tu llegada a Lummerland. Eras entonces demasiado pequeño y no te puedes acordar de nada. Llegaste en un paquete postal que nos trajo el cartero.

Y le contó a Jim, cuyos ojos se volvían cada vez más grandes por la sorpresa, lo que sucedió en Lummerland. Por último dibujó en un pedazo de papel la dirección que había en el paquete.

— Detrás, como remitente, había solamente un gran número 13 —dijo, y dio por terminado su informe.

El emperador, Ping Pong y los hombres cultos habían escuchado con atención y comparado la dirección escrita por Lucas con la de la carta de la princesa.

— ¡No hay duda alguna! —anunció un sabio de los de la clase de los bajos y gordos que era un experto en tales asuntos—, no cabe duda de que se trata de la misma dirección. Sólo que la de la princesa esta clara y bien escrita, mientras la de Jim Botón procede de alguien que casi no sabe escribir.

— ¡Pero entonces la señora Quée no es mi verdadera madre! —exclamó Jim de repente.

—No —contestó Lucas—, esto le ha causado siempre una pena muy grande.

Jim permaneció un rato en silencio y luego preguntó temeroso:

— ¿Entonces quién es mi madre? ¿Crees que puede ser la señora Maldiente?

Lucas sacudió la cabeza pensativo.

—No lo creo —dijo—, la princesa escribe que la señora Maldiente es un dragón. Antes habría que averiguar quiénes son esos «13». Son ellos los que mandaron el paquete donde estabas tú.

Pero nadie sabía quiénes eran los «13 ». Ni siquiera los «Flores de la Sabiduría».

Es comprensible que Jim estuviera nervioso. Puede uno imaginarse lo desconcertante que debe de ser enterarse tan de repente y tan inesperadamente de hechos de tanta importancia sobre uno mismo.

— De todas formas —dijo Lucas— , ahora es necesario que vayamos a la Ciudad de los Dragones para otro asunto. No sólo para liberar a la princesa Li Si, sino también para descubrir el misterio del nacimiento de Jim Botón.

Siguió fumando pensativo y continuó:

— ¡Es verdaderamente asombroso! Si no hubiéramos venido a China no hubiéramos dado nunca con esta pista.

— Sí —dijo el emperador—, aquí hay seguramente un gran misterio.

—Mi amigo Jim Botón y yo lo descubriremos — dijo Lucas, serio y decidido—. ¿Dónde está Kummerland, la Ciudad de los Dragones?

Se adelantó un sabio de los de la clase de los encogidos con frente grande. Era el geógrafo mayor de la corte y conocía de memoria todos los mapas del mundo.

—Muy honorables extranjeros —dijo con semblante afligido—, desgraciadamente ningún mortal conoce la situación exacta de la Ciudad de los Dragones.

— ¡Claro! —dijo Lucas—, porque si no, el cartero la hubiera encontrado.

—Pero suponemos —continuó el sabio— , que tiene que estar más allá de la montaña estriada de rojo y blanco. Como la botella que contenía el mensaje de la princesa llegó aguas abajo por el río Amarillo, la ciudad tiene que estar aguas arriba. Pero sólo conocemos el curso del río Amarillo hasta la montaña con estrías rojas y blancas. En aquel lugar sale de una gruta muy profunda. Nadie sabe dónde nace realmente.

Lucas estuvo un rato pensativo, echando grandes nubes de humo hacia el techo del salón del trono.

— ¿Se puede entrar en la gruta? —preguntó por fin.

—No —contestó el sabio— , es absolutamente imposible. El agua sale de ella con demasiada violencia.

— Bueno, pero en algún sitio el río tiene que nacer — dijo Lucas— ¿No se puede ir al otro lado de la montaña para investigar?

El sabio desdobló delante de Jim y de Lucas un gran mapa.

— Este es un mapa de China —aclaró el geógrafo mayor de la corte—. Como es sabido, la frontera del reino está constituida por la mundialmente famosa muralla de China que rodea al país por todas partes menos por el lado del mar. Tiene cinco puertas: una al norte, una al noroeste, una al este, una al sureste y una al sur. Pasando por la puerta del este se llega al «Bosque-de-las-mil-Maravillas». Atravesando este bosque se llega a la montaña con estrías rojas y blancas que se llama «La Corona del Mundo». Por desgracia es absolutamente inescalable; pero algo más al sur, existe una garganta que lleva el nombre de «El Valle del Crepúsculo». Esta garganta nos ofrece la única posibilidad de cruzar la montaña. Pero hasta hoy nadie lo ha intentado. «El Valle del Crepúsculo» está lleno de voces y sonidos misteriosos y resulta tan terrible escucharlos que nadie es capaz de soportarlo. Más allá de este valle se supone que se extiende un inmenso desierto. Lo llamamos «El Fin del Mundo». Siento no poder decir nada más porque allí empieza un territorio completamente inexplorado.

Lucas miró atentamente el mapa y volvió a meditar. Luego dijo:

— Pasando por el «Valle del Crepúsculo» hasta el otro lado de la montaña y siguiendo siempre hacia el norte, forzosamente hay que volver a encontrar en algún sitio el río Amarillo. Entonces se podría seguir su curso aguas arriba hasta llegar a la Ciudad de los Dragones. Quiero decir en caso de que esté realmente junto al río Amarillo.

—No lo sabemos con certeza —dijo el sabio, cauteloso— , pero lo suponemos.

— Bueno, de todos modos lo intentaremos —aseguró Lucas—. Me gustaría llevarme el mapa, por si acaso. ¿Quieres preguntar algo, Jim?

— Sí —contestó Jim—. ¿Cómo son los dragones en realidad?

Se adelantó un sabio bajo y gordo, con las posaderas planas y dijo:

— Soy el decano de los profesores de biología de la corte imperial y estoy enterado de lo referente a todos los animales del mundo. Por lo que se refiere a la especie de los dragones, tengo que admitir que desgraciadamente la ciencia está a oscuras. Los escritos que he consultado son sumamente inexactos y están tan llenos de contradicciones que se le ponen a uno los pelos de punta. Aquí tienen ustedes algunas ilustraciones, pero no puedo decirles si se ajustan o no a la realidad.

Y les entregó las ilustraciones.

—Bueno —dijo Lucas y siguió fumando ilusionado—, cuando volvamos les podremos decir cómo son exactamente los dragones. Por ahora creo que ya sabemos todo lo necesario. ¡Muchas gracias, señores «Flores de la Sabiduría»!

Los veintiún hombres más cultos de China se echaron respetuosamente al suelo sobre el vientre, luego recogieron sus papeles y abandonaron el salón del trono.

— ¿Cuándo estaréis en condiciones de emprender el viaje, amigos? —preguntó el emperador cuando estuvieron solos.

—Yo creo que mañana por la mañana temprano — contestó Lucas —, muy temprano, antes de salir el sol. Tenemos que hacer un viaje muy largo y no conviene que perdamos tiempo.

Luego se dirigió a Ping Pong y le rogó:

— Consígueme una hoja de papel, un sobre y un sello, por favor. Lápiz ya tengo. Tenemos que escribir sin falta una carta a Lummerland antes de salir hacia la Ciudad de los Dragones. Nunca se sabe lo que puede suceder.

Cuando Ping Pong le hubo entregado lo que deseaba, Lucas y Jim escribieron una carta muy larga. En ella le decían a la señora Quée y al rey Alfonso Doce-menos-cuarto el porqué se habían marchado de Lummerland, explicaban que Jim conocía ya la historia del paquete y que marchaban hacia Kummerland, la Ciudad de los Dragones, para liberar a la princesa Li Si y descubrir el misterio del nacimiento de Jim. Para terminar añadían saludos cariñosos para el señor Manga. Lucas firmó, y debajo, Jim dibujó una cara negra.

Luego metieron la carta en el sobre, pegaron el sello, escribieron la dirección y se fueron los cuatro a la gran plaza a echarla en el buzón.

Allí, a la luz de la luna, estaba Emma, sola y abandonada.

— ¡Ahora que pienso en ello! —dijo Lucas y se volvió hacia el emperador y Ping Pong—. Emma necesita agua fresca y además tenemos que llenar el ténder de carbón. Cuando se emprende un viaje hacia lo desconocido, nunca se sabe si se podrá encontrar un combustible decente.

En aquel momento, el cocinero mayor Schu Fu Lu Pi Plu, salió por la puerta de la cocina para contemplar la luna. Cuando vio a los extranjeros, al emperador y a Ping Pong junto a la locomotora, les deseó humildemente unas buenas noches.

— ¡Oh, querido señor Schu Fu Lu Pi Plu! —dijo el emperador—, ¿verdad que usted podrá darles a nuestros amigos agua y carbón de su cocina?

El cocinero mayor asintió amablemente y todos se pusieron a trabajar. Lucas, Jim, el cocinero mayor y el mismo emperador transportaron cubos llenos de carbón y de agua desde la cocina hasta la locomotora.

Ping Pong no quiso parecer inactivo y ayudó también, aunque, naturalmente, sólo pudo llevar un cubito que era casi del tamaño de un dedal.

Por fin estuvo el ténder lleno de carbón y la caldera de Emma llena de agua.

— ¡Bien! —dijo Lucas, satisfecho—. ¡Muchas gracias! Ahora vayámonos a dormir.

— ¿No queréis pasar la noche en palacio? —preguntó el rey, asombrado.

Pero Lucas y Jim dijeron que preferían dormir en la locomotora. Allí estaban muy cómodos y estaban acostumbrados a ella.

Se despidieron y se desearon buenas noches. El emperador, el cocinero mayor y Ping Pong prometieron volver a la mañana siguiente, muy temprano, para desearles buen viaje. Entonces se separaron.

Lucas y Jim subieron a la cabina de la locomotora, Ping Pong y el cocinero mayor se fueron a la cocina y el emperador desapareció en palacio.

Todos se durmieron en seguida.

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