martes, 15 de abril de 2014

Ende, Fantasia y Marx

Texto: La novela "La historia interminable” y el pensamiento crítico-filosófico de Carlos Marx por Julio Pino Miyar en Encontrarte
Imagen: Die barke de Edgar Ende (1933)



El autor alemán de literatura para jóvenes Michael Ende (1929 – 1995) creó con su célebre novela “La historia interminable”, una de las más fecundas alegorías contemporáneas sobre los problemas que registra la conciencia en su inmersión en el mundo de los símbolos y los mitos culturales.

Nuestra psicología no sólo representa, en su comportamiento y motivaciones, el reflejo directo de la realidad circundante sobre la base del conocimiento sensible, por la sencilla razón de que la conciencia es también producto de una historia y un lenguaje que la remite a temas mucho más generales en cuanto universales. Las ideas arquetípicas y los mitos existen y proliferan así entre nosotros. Son ellos expresión formal de contenidos simbólicos que habitan en nuestra mente y de los cuales emanan atributos conceptuales, los cuales se desarrollan y transforman en el tiempo.


Hoy en día, bajo los auspicios del tipo tan especial de contemporaneidad a la que asistimos, los escritores de literatura juvenil son a quienes les ha sido conferida, por regla general, la tarea social de explorar, mediante los ricos recursos de la imaginación, los milenarios mundos simbólicos creados por la cultura.

El padre de Michael Ende era un pintor surrealista. Ese quizás fue el más importante tópico de su infancia, tópico que opino le aguzó el ingenio. Ende le propone al lector en una novela la existencia de un mundo: El de Fantasía. Es allí donde los símbolos y leyendas alcanzan la forma de figuras tangibles. Es allí donde la imaginación se desata de sus ataduras y vestidos terrenales para recrear, al nivel de la expresión poética, otro mundo que vive como reales sus propias contradicciones y necesidades imaginarias. Es allí donde el héroe de la novela supera enormes peligros y llega a las más felices realizaciones, mientras se retroalimenta de sus mismos sueños, obsesiones y pesadillas. Y la primera idea arquetípica que nos presenta Ende en “La historia interminable” es la Voluntad.

¿Dónde radica para mí lo insustituible de éste libro que lo hace a la vez un válido interlocutor con el pensamiento crítico de Carlos Marx? Que para el héroe de ésta épica narración, el gordito Bastián Baltasar Bux, el problema más importante no es entrar en Fantasía, sino salir de ella. En sus Escritos Doctórales (1839 – 1841) el joven Marx nos dice en esclarecedoras líneas, en uno de sus comentarios más íntimos sobre su futura misión filosófica y sobre su particular estructura psicológica:

“Hay una ley psicológica según la cual el espíritu teorético, devenido libre en sí mismo, se transforma en energía práctica, como voluntad que resurge del reino de las sombras de Amenti (...)”

Amenti era la región de ultra tumba donde habitaban, según la tradición religiosa, las almas de los egipcios muertos. Amenti cobra para Marx el significado simbólico que tiene Fantasía para los lectores de Michael Ende. Marx lo que está es previniéndonos sobre los grandes peligros a que nos arroja la imaginación subjetiva; Marx lo que no está proponiéndonos, como respuesta, es una salida de Fantasía a partir de la erección de una filosofía de la Voluntad. Precisemos el significado de éste cuerpo alegórico todavía más. ¿Qué vendría a representar con exactitud el mundo de Fantasía para un pensador de la talla de Carlos Marx? Fantasía, digámoslo así, puede entenderse como la tradición filosófica en pleno que posee la civilización de Occidente, la cual es también un cuerpo simbólico – imaginario y especulativo, que se retroalimenta a sí mismo constantemente. Es en relación a ese pasado filosófico, repleto de sus propias contradicciones internas, complejos enigmas y falsas soluciones teóricas que el joven Marx se sitúa con el mismo nivel de resolución de Bastián Baltasar Bux frente a su propio mundo imaginario: hay que salir de él a cualquier precio, pues una permanencia demasiado prolongada en las hermosísimas aunque inciertas tierras de la imaginación especulativa, puede desembocar en la locura individual; en una crisis no sólo de la personalidad psicológica del sujeto humano, sino de todo un proyecto histórico.

Continuando con la cita de Carlos Marx él nos comenta acto seguido:
“Desde el punto de vista filosófico es importante, sin embargo, especificar mejor estos aspectos puesto que de la manera determinada de este cambio puede deducirse no sólo la determinación inmanente, sino el carácter histórico – universal de una filosofía.”
Al cambio radical, a que se refiere Marx desde un punto de vista filosófico, es originado, desde el fondo de su conciencia, por su propia voluntad que lo ha sacado felizmente de la región del Amenti –el profundo quietismo que padece la conciencia subjetiva y el idealismo en cualquiera de sus formas–, para transportarlo progresivamente al agitado mundo de los problemas reales.  ¿Dónde puede radicar el carácter más original y fecundo de este paralelo entre el mundo de Fantasía –el Amenti mental– y el viejo pasado filosófico occidental?

En que Fantasía, pese a su belleza, como el viejo pasado filosófico premarxista, tiene que ser necesariamente dejado atrás, pues en él no radica la solución de los problemas reales que afronta la sociedad y el individuo humano. En esa necesidad de “dejar atrás” se ejerce la crítica
conscientemente más activa a lo que Fantasía es como significado cultural, entre tanto se va imponiendo, en la propia estructura psicológica del individuo, un cambio radical, que sustentado por la voluntad, y basado en la honestidad final de las motivaciones internas de su existencia personal, lo puedan conducir fuera. 

En segundo lugar, salir de Fantasía cobra para nuestro héroe un sentido misional. Si con relación a Fantasía se ejerce la crítica más despiadada, esa crítica no podrá ser menor frente al mundo real. Porque el mundo soterrado de la imaginación, en definitiva, no ha sido inútil como tampoco ha sido inútil la tradición filosófica de Occidente, porque lo que se impone es una nueva estación gnoseológica para el pensamiento y una nueva conducta teórico práctica de verdadero alcance histórico.

Es aquí donde creo que se aclara el potencial significado revolucionario que hay en la última línea de la cita que se ha hecho de Marx: una Filosofía de la Acción –emanada de un acto ejemplar de la voluntad– solamente puede explicar y desatar todo su contenido explosivamente revolucionario, si se tiene en cuenta no sólo dónde se dirige, sino también a qué renuncia, como las dos direcciones sobre las que se ejerce simultáneamente la Crítica. Porque lo que ha surgido en el escenario intelectual europeo es una Crítica de la Filosofía, la cual dentro de un concreto contexto histórico –la era filosófica post hegeliana, la aparición de las ciencias teóricas, la segunda revolución industrial, las dos revoluciones burguesas de 1830 y 1848, el ascenso del movimiento obrero internacional y el nacimiento moderno de las ideas y programas socialistas– se va a pronunciar frente el pasado filosófico en pleno. Es decir, se va a pronunciar contra el Amenti ideológico donde hibernan las ideas congeladas e irresolutas del milenario Occidente.

Es en esa situación de máximo enfrentamiento intelectual, al que Marx apuesta su vida, su salud y su genio, donde pudiera quedar definitivamente esclarecido lo que el pensador alemán ha llamado: “el carácter histórico – universal de una filosofía.” Precisemos en lo posible lo que significa ese carácter unigénito, “histórico – universal”, de la Filosofía de Marx.

El valor de esta novísima Filosofía no radica tanto en el significado inmediato de su escritura, sino en lo que esa escritura constituye como violenta respuesta de un singular espíritu que buscaba realizarse en la acción y como revelación esencialmente humana: Los problemas de la filosofía no pueden ser resueltos en el terreno de la filosofía. Los verdaderos problemas de la filosofía son los problemas que competen al hombre y al mundo real: la economía, la sociedad, el individuo y el replanteamiento objetivo, en cuanto irrenunciable, del viejo tema histórico - filosófico de la emancipación humana. Los estudiosos del marxismo muchas veces separan en dos los principales períodos del pensamiento de Carlos Marx: el de La Crítica a la Filosofía y el de La Crítica de la Economía Política. Pero el primero conduce inobjetable al segundo por ley de consecuencia lógica y ética, del mismo modo que para el héroe infantil creado por Michel Ende, superar el mundo de Fantasía, poniéndole feliz término a una historia interminable, lo conduce a abrazar con plenitud y entereza el mundo real.

Mas, para Marx, como para nosotros, esto cobra un significado nada alegórico, pues esa suprema decisión marxista alteró el rostro real de los últimos dos siglos. La voluntad de Marx se expresa así, en nuestra realidad social, como la voluntad política de cambiar el mundo, la cual, bajo la forma del espíritu teórico práctico, lo somete a la más profunda y desestabilizadora crítica que la historia del pensamiento haya conocido: La Crítica a la Economía Política del capitalismo, donde el propio Marx va a quedar colocado en el pináculo dirigente de la marea ascensional del movimiento revolucionario obrero de la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, ¿cuáles son los problemas que debe resolver la crítica marxista frente al tenebroso ultra mundo del Amenti mental? 

Creo que la Crítica filosófica marxista al volverle intencionalmente la espalda a toda la tradición filosófica anterior, para decidirse a ocupar para la revolución social el presente histórico descubierto por la Filosofía hegeliana, emitió, sin lugar a dudas, el veredicto definitivo que se puede decir con respecto a la Ideología Clásica alemana: La Ideología es la historia de una falsa conciencia.

No obstante, ¿cuáles pueden ser los verdaderos peligros que arrostra hoy en día un pensamiento moderno como el marxismo, que se devuelve tenazmente al conocimiento y la transformación del mundo real, en revolucionaria respuesta a varios siglos de idealismo subjetivo?

Existe un peligro muy especial que quiero señalar: el posible fin de la Filosofía si éste fin es decretado por el pensamiento empírico - positivista. El cual, amparado en los innegables hallazgos de las ciencias teóricas y en el actual triunfalismo científico técnico, intenta crear las condiciones prácticas y teóricas que produzcan la muerte de la dimensión simbólica del ser humano. Ser humano que corre el peligro mortal de perder su capacidad de rebelarse porque ha perdido su capacidad de soñar. Un positivismo teórico que, en aras de un funcionalismo social extremo y de una concepción marcadamente utilitarista de la vida, puede llegar a propiciar que se ceben en nosotros las técnicas más sofisticadas de dominación política e ideológica elaboradas por el capitalismo.

Es en ese justo momento que debemos volver a la raíz tremendamente humana del contenido real de la rebelión de Marx, explicada alegóricamente en el temerario viaje de Bastián Baltasar Bux a través del mundo de Fantasía. El niño fue allí a buscar, en los mares ignotos de la poesía y el pensamiento sin fronteras, atributos universales de la cultura, correlativos al sueño legendario de la especie, los cuales resultan siempre inagotables con respecto a los estrechos límites trazados por la realidad sensorial y el estricto marco utilitario al que nos fija la convencional y apocada razón burguesa de nuestro tiempo. El niño acudió allí a buscar lo que Marx encontró convincentemente para nosotros en las solitarias y extenuantes noches de sus estudios críticos filosóficos: La parte de león de la condición humana; la voluntad de cambiar la vida fundada en la honestidad final de las motivaciones internas del sujeto psicológico.

Es desde ese ámbito no sólo histórico sino además cultural, que tuvo lugar esa gran rebelión protagonizada por un hombre llamado Carlos Marx, quien partiendo de la vindicación del postulado subjetivo de la voluntad, reorientó con éxito la Filosofía hacia el mundo de las necesidades reales de los hombres. De esta manera la voluntad política del cambio, emergida con toda su fuerza de la crisis de la autoconciencia filosófica (Hegel) encuentra en los pobres de este mundo el rugoso cuerpo material de su sentido misional, como dramático contenido histórico.

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