martes, 15 de abril de 2014

Fantasia en peligro

Texto: Manuel Santos Varela en El escritor en su laberinto
Imagen: promocional de Tales from The Never Ending Story



Si has leído la sección CINE habrás visto el cartel de la película LA HISTORIA INTERMINABLE bajo el título "Las seis películas que menos me han gustado en toda mi vida".

Sí, sí, ya sé que hay gente que se escandaliza al saberlo, gente que se emocionó con las andanzas de Atreyu cuando la vio en el cine y no entiende cómo puede haber alguien que tenga dicha película entre las 6 peores de cuantas ha visto, y eso habiendo visto algunos cientos. 
Esas personas, invariablemente, no habían leído antes la novela. Si la hubiesen leído habrían hecho en el cine lo mismo que yo: vomitar.

Pero hoy no voy a hablar de esas personas.


Hoy voy a hablar de las que, habiendo leído el libro, se quedan con la copla de que el Reino que estaba en peligro y debía ser salvado por un humano se llamaba Fantasía.
Pues no. No se llamaba Fantasía. Se llamaba Fantasia.

Hay docenas de blogs en los que el autor habla de este libro como si realmente lo hubiese leído, y sin embargo, cuando se trata de referirse al reino de la Emperatriz Infantil, al mundo que está siendo devorado por la Nada, sistemáticamente lo llama Fantasía en lugar de Fantasia. Aporto cinco ejemplos.


¿Qué pensarán estas personas? ¿Pensarán que al traductor se le ha escapado más de cien veces la misma falta de ortografía? ¿Pensarán que se puede ser tan torpe? 
Miguel Sáenz se llama el traductor. ¿Habrá hecho mal su trabajo? 

Yo creo que lo hizo demasiado bien. Me explico.

El original, obra del alemán Michael Ende, está (claro) en alemán. 
Se titula Die unendliche Geschichte. 
En la traducción de Miguel Sáenz, “La historia interminable”.

Unendliche se traduce habitualmente como “infinito”, luego un traductor apresurado habría optado por “La historia infinita”. Pero la palabra “infinito” tiene en español más resonancias espaciales que temporales, más resonancias relacionadas con fronteras que con el final de los cuentos, así que “La historia interminable” debe juzgarse como un acierto.

Había otra opción, “La historia eterna”, pero en español decir de una historia que sea eterna se asocia con la idea de que nadie la olvidará durante generaciones, y ese matiz en la palabra unendliche no está. 

¿Y por qué no “La historia sin fin”? Porque alteramos sin ninguna justificación la estructura del título, artículo+sustantivo adjetivado. 

¿Y por qué no “La historia inacabada”? Pues porque unendliche ni es una forma verbal ni sugiere que de hecho la historia se haya quedado a medio contar, como si le faltasen páginas.

"La historia inacabada”, aunque no sirve como título para el libro, resulta que es el título perfecto para la película. Titulándola así, "La historia inacabada", el que va a verla al cine no se lleva a engaño, sabe que se enfrenta a una película en la que le van a contar una historia que está sin acabar, una historia que se ha dejado a medias, una historia a la que se le ha amputado una mitad, a la que de hecho no solo le falta una mitad sino la mejor mitad. Faltan personajes clave, Graógraman, Xayide, Uschtu, Schirkrie, Yisipu, Árgax, los Schlabufos y sobre todo Yor, el minero ciego, protagonista de un capítulo inolvidable. 

No sigo, no sigo porque buscaría las señas del director y me iría a visitarlo con un árbitro y cuatro guantes de boxeo: “Toma. Dos son para ti. Véndate las muñecas y póntelos, que te voy a maquillar”.

Sí, ya sé que alguien intentó arreglarlo con las continuaciones. Ya sé que en la película “La historia interminable II” sí que interviene un personaje femenino llamado Xayide. Se parece a la Xayide de la novela como un abeto a una trucha. Al cerebro de chorlito que dirigió esta basura infecta también le haría una visita con cuatro guantes de boxeo. Pero este animal de bellota ni siquiera se merece árbitro.

Volvamos a la traducción del libro.

Con la traducción del título empezamos bien. “La historia interminable”. La mejor opción, sí, señor.

Pero dentro, entre otros problemas que el traductor resuelve estupendamente, tenemos uno muy serio y muy difícil: ¿cómo se llama ese reino al que Bastián debe acudir?

En el original alemán se llama Phantásien.

Punto primero. No merece la pena buscar semejante palabra en el diccionario: seguro que no está porque en alemán no existen las tildes. Lo más parecido que hay en el diccionario es Fantasie, “fantasía”. Con mayúscula aunque sea sustantivo común y no propio, porque en alemán todos los sustantivos empiezan con mayúscula. Como aquí se trata del nombre de un país o un reino o un imperio, en español también le pondremos mayúscula. Lo más parecido, por tanto, es la pareja Fantasie – “Fantasía”.

Punto segundo. Lo usual, lo normal, es escribir Fantasie y no Phantasie, que es correcto pero suena raro, arcaico, rebuscado, incluso un poquito pedante.

Punto tercero. La palabra Phantasien, sin F, sin tilde y como femenino plural, la usó el doctor Sigmund Freud en sus textos sobre los aspectos psiquiátricos de las ensoñaciones repetitivas en estado de vigilia. Luego, a una persona que haya estudiado psiquiatría, Phantásien le hará pensar en Sigmund Freud y en las ensoñaciones que se nos pasan por la cabeza cuando nos quedamos embobados mirando al techo.

Punto cuarto. Plural, he dicho hace un momento. Claro. Si es que se trata de un sustantivo femenino acabado en –ie. Fantasie. ¿Cómo ha de ser el plural? Sí, eso mismo, lo has adivinado: Fantasien. Es más, aunque el alemán sea un ejemplo excelente de idioma con declinaciones basadas en sufijos, la palabra Fantasien es invariable: permanece igual en los cuatro casos: nominativo, genitivo, dativo y acusativo. De modo que a lo largo de la novela, nos encontramos en los cuatro casos la palabra Phantásien. Así, la pareja más apropiada ya no es Fantasie – “Fantasía”, sino Fantasien – “Fantasías”. Y el reino de la Emperatriz Infantil, conceptualmente, no sería el Reino de Fantasía ni el Reino de la Fantasía sino el Reino de las Fantasías. O en lenguaje freudiano el Reino de las Ensoñaciones, lo cual enlaza con ese capítulo clave en el que Yor, el minero ciego, nos explica sobre qué tipo de estratos se asienta Phantásien.
¿Cómo se mete todo eso en la traducción al español? Muy sencillo: no hay manera.

¿Acertó el traductor con la opción “Fantasia” para traducir Phantásien

Yo creo que la intención era buena.
Uno. Phantásien suena familiar pero sin estar en el diccionario. Lo mismo que “Fantasia”.
Dos. Phantásien contiene, con ojos alemanes, una falta de ortografía. Lo mismo que “Fantasia”. Con una exquisita simetría: a la versión alemana le sobra una tilde y la española le falta.
Tres. Phantásien, con ojos alemanes, puede ser perfectamente el nombre de un país, dada su terminación –ien. Sin ir más lejos, como Spanien. Fantasia, con ojos españoles, también parece nombre de país: acaba en –ia siendo palabra llana. Sin ir más lejos, como Alemania. Precisamente por esto hay que descartar “Fantasías”, “Fantasias” o cualquier otra variante con aire de ser un plural: en español ya no sonaría a nombre de país. Digo más: la terminación –ia, etimológicamente, es “el país de los”. Así, Alemania es el país de los alemanes. Y el traductor, proponiendo “Fantasia” como país de los “Fantasios” es muy respetuoso con la etimología española (1).
Conclusión: el traductor hizo su trabajo demasiado bien.

Pero me temo que su buenhacer no ha dado el fruto apetecido: muchísima gente se limita a ver “Fantasía” donde pone “Fantasia”. A las pruebas me remito.

Donde consta una palabra con falta ortográfica, que no está en el diccionario y que respeta la etimología de los nombres de países en español (las mismas características que presenta el original alemán Phantásien), ellos ven una palabra sin falta de ortografía, que sí está en el diccionario y que no respeta las raíces etimológicas del español. No sé si decir que esta sorprendente capacidad de visión es fantástica, fantastica, fántastica o fantasticá. No me decido.

No habría que darles opción a los lectores descuidados. No habría que darles opción a ver una palabra conocida en donde consta una palabra ajena al léxico idiomático en que leemos la novela. 
En la versión inglesa, el traductor - británico - corta por lo sano. A Phantásien le adjudica el nombre "Fantastica", sin tilde. Esa palabra, en medio de un texto inglés, ya no puede resultar léxicamente más remota porque en inglés ninguna palabra acaba en -tica.

La traducción de Miguel Sáenz es impecable. Pero "Fantasía" y "Fantasia" se parecen demasiado.
En lugar de quitar la tilde habría sido mejor añadir algo que a un ojo hispano le resulte tan extravagante como la tilde a un alemán; por ejemplo, la tilde a izquierdas que usan los franceses.

Conclusión, para traducir Phantásien, yo habría elegido “Phantàsia”.
Ya no hay forma de ver una palabra que esté en el diccionario, ya no hay forma de pasar por alto la extraña ortografía. Y, sí, sigue sonando a país exótico.

No era nada fácil traducir este libro. Yo le pongo a Miguel Sáenz un 10 sobre 10 y me quedo tan ancho. Que la gente vea tildes donde no las hay, no es culpa suya.

¿Qué ocurre, que al cabo de los años se ve que en lugar de “Fantasia” habría sido preferible “Phantàsia”? Sí, pero, hostias, qué fácil es acertar a toro pasado.

Y de la versión cinematográfica, ¿no añado nada? 
Pues hombre, puedo añadir que en la versión cinematográfica, rodada of course in american english, Phantásien pasa a ser, simplonamente, tontamente, neciamente, estúpidamente, idiotamente, torpemente, injustificablemente, lerdamente, insoportablemente, Fantasy.

Lo dicho. Cuatro guantes de boxeo.



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(1) Merece la pena ampliar este punto en un aparte, por si alguien quiere leerlo. 

Durante años ha existido en el vocabulario español una anomalía: Rumanía. La pronunciábamos así porque es lo correcto en rumano. Lo correcto, en español, es llamar al país de los rumanos Rumania, como ya hace cada vez más gente, gracias a Dios, aunque por otra parte sea obvio que el idioma español está hecho unos zorros.
La anomalía fonética que suponía pronunciar Rumanía en lugar de Rumania quizá llegue a corregirse del todo, pero otras anomalías ya no tienen remedio, como Cataluña; anomalía idiomática basada en que Cataluña es el nombre fonéticamente correcto  en catalán, igual que Rumanía es fonéticamente correcto en rumano. La palabra correcta en español es Catalania (país de los catalanes). Lo mismo ocurre con Vasconia (país de los vascos), que sería el nombre etimológicamente correcto.
Es más, para España y Bretaña (que se llaman así por influencia catalana y francesa), lo correcto sería Hispania y Britania.
Incluso Castilla debería ser Castilia.
Y Aragón, Aragonia.
Con que alguien me dé la razón en todo esto ya ni sueño.

Andalucía es otra rareza, con el acento tónico fuera de sitio, pero en este caso las raíces fonéticas y etimológicas son muy difíciles de rastrear y pueden estar en parte en el latín (Vandalis, país de los Vándalos) y en parte en el árabe (Andalus, denominación de las tierras que están al otro lado del estrecho). Andalusia, con acento tónico en la “u” suena muy raro pero la opción Vandalia suena más rara todavía. Así que, en el caso de Andalucía, vale más convivir con la acentuación extraña que pretender arreglarla.

Hay países que no acaban en –ia sino en –landia, y otros en -istán. Sí, claro, los que no fueron bautizados en latín. El equivalente de –ia (país de los) en germano es –land (Islandia, Finlandia, Tailandia, Groenlandia...) y en persa es –istan (Paquistán, Afganistán, Tayikistán...).

Y hay otros con nombres de etimología ajena a todo lo anterior, como Mónaco o Liechtenstein.
La explicación es muy simple: no nacieron como países. Nacieron como ciudades. No tienen nombre de país. Tienen nombre de ciudad.  


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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