viernes, 29 de agosto de 2014

1. La meta de un largo viaje (1)

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Imagen: Edgar Ende


Con ocho años Cyril conocía todos los hoteles de lujo del continente europeo y la mayoría de los del Próximo Oriente, pero más allá de esto no sabía prácticamente nada del mundo. El portero con librea que en todas partes llevaba las mismas imponentes patillas y la misma gorra de visera era, por así decir, el policía de fronteras y el guardián de su infancia.

El padre de Cyril, lord Basil Abercomby, era miembro del servicio diplomático de su majestad la reina Victoria. La sección en la que trabajaba era difícil de definir: se dedicaba a los así llamados asuntos especiales. En cualquier caso obligaba al lord a desplazarse constantemente de una gran ciudad a otra, sin permanecer nunca más de un mes o dos en el mismo sitio. Por necesidades de su movilidad empleaba el menor número posible de personas a su servicio. Entre ellas se hallaban, en primer lugar, su ayuda de cámara Henry, Miss Twiggle, la institutriz, una señorita madura con dientes de caballo que tenía por obligación atender a Cyril y enseñarle buenos modales, y por fin Mr. Ashley, un joven demacrado y descolorido, si se prescinde de su afición a emborracharse durante sus horas de ocio en soledad y ensimismamiento totales. Mr. Ashley servía a lord Abercomby de secretario privado y al mismo tiempo ocupaba el cargo de tutor, es decir, de profesor particular de Cyril. El interés paternal de lord Basil se agotaba en la contratación de estas dos personas. Una vez por semana cenaba a solas con su hijo, pero como ambos no tenían otro empeño que no permitir que el otro se le acercara demasiado, la conversación se arrastraba más bien con dificultad. Al final padre e hijo se sentían igualmente aliviados de que, una vez más, hubieran superado el encuentro.


Cyril, ya por su aspecto, no se trataba de un niño que despertase simpatías. Su figura era desgarbada -lo que en general sólo se dice de personas mayores-, tenía una constitución huesuda, desprovista de carne, pelo pajizo, incoloro, ojos acuosos algo protuberantes, labios gruesos que expresaban descontento y una barbilla extraordinariamente larga. Lo más curioso, sin embargo, en un muchacho de su edad era la total ausencia de movimiento en el rostro. Lo llevaba como una máscara. La mayoría de los empleados de los hoteles le consideraban arrogante. Algunos -sobre todo las camareras en países mediterráneos- temían su mirada y evitaban encontrarse a solas con él.

Eso era naturalmente una exageración, pero no obstante había algo en el carácter de Cyril que todos los que le trataban notaban y que a todos asustaba: su excesiva fuerza de voluntad. Por fortuna ésta sólo se manifestaba de vez en cuando, pues en general Cyril actuaba con indolencia, no demostraba ningún interés concreto y parecía carecer totalmente de temperamento. Podía pasarse días enteros en el hall del hotel observando a los clientes que llegaban o partían, o leyendo lo que encontraba a mano, ya fuera el periódico financiero o la guía para los baños termales, cuyo contenido olvidaba en el acto. Su actitud arrogante cambiaba radicalmente cuando tomaba una determinación. Entonces no había nada en el mundo que le distrajera de su objetivo. La cortesía distante con la que solía manifestar sus deseos no admitía contradicción. Si alguien intentaba oponerse a sus órdenes alzaba con asombro las cejas y no sólo Miss Twiggle o Mr. Ashley, sino también el venerable y veterano Henry obedecían inmediatamente. Cómo lograba imponerse el niño era un enigma para los que le rodeaban, y él mismo lo consideraba algo tan natural que ni siquiera reflexionaba sobre ello.

En una ocasión en la cocina de un hotel, en la que merodeaba de vez en cuando para desesperación de los cocineros, vio una langosta viva y al instante ordenó que fuera trasladada a su bañera. Así se hizo, a pesar de que el crustáceo había sido encargado por un huésped para la cena. Cyril estuvo observando durante media hora a la extraña criatura, pero como ésta no hacía más que mover de tiempo en tiempo sus largas antenas, perdió el interés y se marchó, olvidándola. Por la noche, al ir a bañarse, la descubrió de nuevo. La sacó al pasillo y la dejó allí. El animal se arrastró debajo de un armario y no volvió a aparecer. Unos días más tarde el olor insoportable alarmó al personal del hotel, que tuvo alguna dificultad para dar con el origen de aquella pestilencia. Otra vez Cyril obligó al jefe de recepción de un hotel danés a construir con él durante varias horas un hombre de nieve, que luego debió ser transportado al hall donde se derritió lentamente. En Atenas, después de un concierto de piano en el salón del comedor, hizo subir al pianista con el piano de cola a su habitación, donde exigió al desafortunado artista que le enseñara sin dilación a tocar el instrumento. Al comprender que necesitaba alguna práctica cogió una rabieta, a consecuencia de la cual sufrió especialmente el piano. Tras esta escena cayó enfermo y pasó varios días en cama con fiebre. Cuando lord Basil se enteraba de estas excentricidades de su hijo, solía parecer más divertido que enojado.

"Es sin duda un Abercomby", era su indiferente comentario. Seguramente quería decir que en la larga serie de sus antepasados había existido toda clase de locura y que los caprichos de Cyril no podían medirse por el rasero de la gente corriente.

Cyril había nacido, por cierto, en la India, pero apenas si recordaba el nombre de su ciudad natal o algo del país. Su padre estaba entonces destinado en el consulado. Sobre su madre, lady Olivia, Cyril tan sólo sabía lo que lord Basil le había contado una vez, con palabras más que breves, en respuesta a sus preguntas. Lady Olivia se había fugado con un violinista a los pocos meses de nacer su hijo. Evidentemente el padre no apreciaba en absoluto las conversaciones en torno a este tema, por lo cual el hijo no volvió a tocarlo. A través de Mr. Ashley se enteró más tarde de que no se había tratado de un violinista cualquiera, sino del entonces famoso virtuoso Camillo Berenici, el ídolo de las damas de toda Europa. Esta relación romántica, sin embargo, se había disuelto al cabo de un año, como suele ocurrir con este tipo de aventuras. Mr. Ashley parecía relatar la historia con evidente placer, aunque quizá estuviera un poco bebido y por lo tanto se sintiera especialmente locuaz. El escándalo social -continuó Mr. Ashley- había sido considerable. Lady Olivia se retiró por completo del mundo y vivía en casi total soledad en una de sus propiedades del sur de Essex. Lord Basil, por cierto, no se había divorciado nunca de ella, pero había quemado todos sus retratos y daguerrotipos, y jamás pronunciaba, si se exceptúa la citada ocasión, su nombre. Cyril, pues, desconocía incluso el aspecto de su madre.

La razón por la que Abercomby llevaba a su hijo en sus viajes por el mundo en vez de meterle en uno de los internados que correspondían a su clase no estaba muy clara y daba pie a numerosas conjeturas. Entre ellas, desde luego, no figuraba el amor paterno, ya que era sobradamente conocido que lord Abercomby, dejando a un lado sus obligaciones diplomáticas, sólo se interesaba por su colección de armas y objetos militares, que completaba con adquisiciones en todo el mundo y enviaba a Claystone Manor, la casa solariega de la familia, para gran incomodidad del viejo criado Jonathan, que ya no sabía qué hacer con ellas. El motivo de lord Abercomby lo originaba simplemente su preocupación de que lady Olivia tomara contacto con su hijo en cuanto él se distrajera y no controlara la situación. Era, pues, cuestión de evitar esa posibilidad, y no por el muchacho, sino como castigo a su esposa por la ofensa que le había infligido. Esta misma razón le hizo eludir en todos esos años volver a Inglaterra, salvo breves estancias de pocos días debidas a asuntos profesionales, durante las cuales dejaba a su hijo en el extranjero al cuidado del servicio.

En una de estas ocasiones el muchacho sorprendió a sus educadores en una situación extremadamente delicada. Ocurrió una noche en que Cyril se despertó por una razón indeterminada y llamó a su institutriz, que dormía en la habitación contigua. Como no recibía respuesta se levantó para ver qué pasaba. La cama de Miss Twiggle estaba intacta. Cyril salió en su busca. Al pasar delante de la habitación del tutor oyó extraños gemidos. Abrió con cuidado la puerta. Lo que vio le interesó. De modo que entró sin ser notado y, tras tomar asiento, se dedicó a observar atentamente la escena. Mr. Ashley y Miss Twiggle, semidesnudos, rodaban entrelazados por la alfombra como en un combate de lucha libre. Mientras él gruñía, ella chillaba. Encima de la mesa había una botella de whisky vacía y dos vasos casi llenos. Al cabo de un rato los dos combatientes fueron calmándose y se quedaron por fin quietos, jadeando. Cyril tosió discretamente. La pareja se incorporó sobresaltada y le miró con acalorada expresión. El chico no sabía cómo explicarse la escena, pero leyó en la mirada de la pareja verguenza y sentimiento de culpabilidad. Eso le bastó. Se puso en pie y sin decir palabra volvió a su habitación. Ninguno de los dos hizo referencia a lo sucedido en los días siguientes. También Cyril guardó silencio. En el comportamiento, ya de por sí inseguro, de la institutriz y el tutor se mezcló a partir de entonces una especie de sumisión que Cyril disfrutaba. Aunque no sabía muy bien a qué se debía, se percataba por completo de que moralmente tenía a ambos en sus manos. Para acentuar la distancia entre ellos y él, insistió en cenar solo. No le molestaba en absoluto que todos los comensales le miraran de reojo o descaradamente como si fuera un bicho raro. Después de la cena solía sentarse una o dos horas en el salón. Si Miss Twiggle le rogaba con timidez que se marchara a la cama, la mandaba callar y retirarse. Ocupaba su sitio en el salón como alguien que está matando el tiempo hasta que le llegue el momento de actuar. Y, en efecto, Cyril esperaba. En el fondo esperaba desde que había venido al mundo, pero no sabía qué esperaba.

Esta incógnita se despejó una tarde en el hotel Inghilterra de Roma, cuando al pasear por los pasillos alfombrados oyó desde una ventana tapada por grandes palmeras un sollozo estrangulado pero lastimero. Se acercó con sigilo y descubrió a una niña de aproximadamente su edad que con las piernas encogidas se acurrucaba en un sillón de cuero y apretaba la cara contra el respaldo deshecha en lágrimas. El espectáculo de una explosión tan desenfrenada de sentimientos le resultó nuevo y sorprendente. Durante un rato contempló a la niña en silencio y por fin preguntó:

- ¿Puedo ayudarle, señorita?

La niña volvió su rostro deformado por el llanto, le fulminó con la mirada y le espetó:
- ¡No me mires con esos ojos tan estúpidos y tan saltones! ¡Déjame en paz!

Había hablado en inglés, pero con una modulación curiosa que Cyril desconocía.
- Lo siento, señorita -contestó con una ligera reverencia-. No quería molestarla.

Ella parecía esperar que él se marchara, pero Cyril no se movió.
- ¡Lárgate! -bufó ella-. Preocúpate de tus asuntos.

A pesar de lo grosero de sus palabras, el tono ya era menos antipático.
- Sin duda -dijo Cyril-. La comprendo perfectamente, señorita. ¿Me permite sentarme un momento?

Le echó una mirada dubitativa, pues no estaba aún muy segura si se reía de ella o no. Luego alzó los hombros.
- Haz lo que quieras. Los sillones no son míos.

Cyril se sentó enfrente de la niña, mientras ella se limpiaba la nariz.
- ¿Alguien le ha hecho daño, señorita? -preguntó por fin.

La niña bufó:
- Sí, mi tía Ann. Me convenció de que la acompañara en este horrible viaje por Europa. Llevamos casi cuatro meses fuera de casa. ¡Cuatro meses! ¿Comprendes? Dice que lo ha pagado todo por adelantado y que no quiere tirar el dinero por la ventana. Dice que lo hace por mí.

Cyril reflexionó un momento; luego dijo:
- No entiendo, la verdad, lo que eso tiene de doloroso.
- ¡Ah! -exclamó ella impaciente-. Tengo ganas de volver a casa, unas ganas terribles.
- ¿Ganas? ¿de qué? -preguntó Cyril sin comprender nada.

La niña siguió parloteando como si no hubiera oído la pregunta:
- Si al menos me dejaran volver sola. No pretendo que me acompañen. Cogería el primer barco y regresaría a casa. Me da igual lo que dure el viaje con tal que la dirección sea la adecuada. Enseguida me sentiría mejor, cada día un poquito mejor. Papá y mamá me recogerían en Nueva York porque yo no conozco muy bien los trenes.
- ¿Está usted enferma, señorita? -preguntó Cyril.
- Pues... ¡sí!... ¡No!... ¡Yo qué sé! -le miró irritada-. En cualquier caso estoy segura de que si no vuelvo inmediatamente a casa me moriré.
- ¿No me diga? -exclamó él interesado-. ¿Y por qué?

Entonces ella le habló de un pequeño pueblo en el oeste de Estados Unidos donde vivían sus padres con sus dos hermanos más pequeños, Tom y Aby, y con Sarah, la negra vieja y gorda que sabía tantas canciones y cuentos de fantasmas, y su perrito Fips que cazaba ratas y una vez había atacado a un tejón. Y le habló del gran bosque situado tras la casa, en el que había bayas especiales, y de un cierto Mr. Cunnigle que tenía una tienda en el pueblo vecino, donde se podía comprar de todo y donde olía a esto y a aquello, y de otras mil cosas insignificantes. La niña se fue entusiasmando al hablar; le hacía bien enumerar cada detalle, aunque careciera de importancia.

Cyril la escuchaba e intentaba descubrir lo que había de especial en aquel lugar que justificara que alguien no quisiera estar lejos de él, ni siquiera unos meses. La niña parecía sentirse comprendida, pues al final le agradeció su interés y le invitó a visitarla cuando fuera por allí. Luego la pequeña se marchó consolada y aliviada. Cyril no se había enterado ni de su nombre.

Al día siguiente la niña probablemente había emprendido viaje con su tía, ya que Cyril no la encontró por ninguna parte y no quiso preguntar por ella. En el fondo le daba igual. Lo que le interesaba era el extraño estado de ánimo de la niña, que ella misma había definido como nostalgia, palabra que a él no le decía nada. Por primera vez comprendió confusamente que no había tenido nunca algo parecido a un hogar ni ninguna cosa por la que hubiera podido sentir nostalgia y pena. Le faltaba algo, sin duda, pero no estaba seguro de si eso era positivo o negativo. Decidió investigar el asunto.

No habló de ello ni con Mr. Ashley ni con Miss Twiggle, y aún menos con su padre, pero empezó a buscar el trato con desconocidos. más tarde o más pronto solía llevar la conversación al tema del hogar. Le daba lo mismo que se tratara de niños o de damas y caballeros de edad, de la camarera, el botones o el director del hotel, pues pronto constató que a todos, sin excepción, les gustaba hablar de ese tema y que a menudo una sonrisa iluminaba sus rostros. A algunos les brillaban los ojos y se volvían muy locuaces, otros caían en la melancolía, pero todos daban gran importancia al asunto. Aunque los detalles diferían, los relatos se asemejaban en cierto sentido. Nunca tenían un rasgo único, especial, algo que justificara tanto derroche de sentimientos. Y aún otra cosa le llamó la atención: el hogar no precisaba estar por fuerza en el lugar donde se había nacido. Tampoco coincidía con el lugar de residencia actual. ¿Qué rasgos lo caracterizaban y quién los determinaba? ¿Lo decidía cada cual según su capricho? ¿Por qué él no disponía de un hogar? Era evidente que todos los seres humanos, excepto él, poseían algo como un santuario, un tesoro cuyo valor no resultaba tangible ni mostrable, pero que constituía una realidad. La idea de que precisamente él estaba excluido de esa posesión le pareció insoportable. Estaba decidido a conseguirla a cualquier precio. En algún lugar del mundo, sin duda, existía también para él ese tesoro.

Cyril obtuvo de su padre el permiso para realizar excursiones fuera del hotel. Su padre le otorgó el permiso con la condición estricta de que esas excursiones se realizaran en compañía de Mr. Ashley o de Miss Twiggle, o de ambos a la vez.

Al principio salieron los tres juntos, pero Cyril pronto se cansó de esto, pues sus educadores solían dedicarse, en especial, el uno al otro. Miss Twiggle daba muestras de sufrir, por razones inexplicables, en presencia de Mr. Ashley. Todas sus palabras contenían un reproche hacia él. Mr. Ashley, en cambio, le contestaba con ironía y frialdad. Cyril no sentía especial afecto por ninguno de los dos, pero puesto a elegir -y parecía inevitable- Mr. Ashley se aproximaba más a sus proyectos. Para sorpresa y también un poco de fastidio del tutor, acostumbrado a dedicarse fuera de su horario de servicio y de clases a sus diversiones, no siempre muy decorosas, Cyril se empeñó en acompañarle a todas partes. Mr. Ashley, que desconocía los verdaderos móviles de su pupilo, suspiraba en secreto, pero al mismo tiempo se sentía orgulloso, ya que creía que el súbito interés del muchacho por el país y la gente era el resultado de sus esfuerzos pedagógicos de los últimos años.

Al principio se limitó a mostrarle las avenidas principales y las plazas, los palacios, iglesias, ruinas de templos y otros monumentos, que en aquel tiempo formaban parte del acervo cultural de todo viajero inglés. Cyril contemplaba todo con intensa atención, pero lo que veía le dejaba indiferente. Para satisfacer las inarticuladas expectativas del muchacho, Mr. Ashley le llevó a zonas menos conocidas por él, como los barrios periféricos y pobres, las zonas portuarias y las tabernas, y le llevó asimismo fuera de las ciudades, a las montañas y las bahías, los desiertos y los bosques. Durante estas expediciones surgió entre ellos algo similar a una relación de camaradería, que por fin indujo a Mr. Ashley a conducir a su alumno no sólo a combates de gallos y carreras de galgos, sino también a funciones de cabaret y a otros entretenimientos de aún más dudosa índole. Cuando creyó estar seguro de la discreción de Cyril, y ya que no podía deshacerse de él de ningún modo, le condujo incluso a casas de mala nota, en las que el muchacho aguardaba a su profesor en el salón hasta que éste volvía de su acuciante conversación a solas con una de las damas allí empleadas.

Cyril tomaba nota de todo con rostro impenetrable, pues ya había aprendido a través de sus innumerables investigaciones que el hogar de cada uno podía estar en cualquier lugar. En vano, sin embargo, esperaba sentirse alegre o triste en alguno de estos sitios. Nada de lo que veía tenía el menor significado para él. Esta revelación se la guardó para sí.

Las dudosas excursiones de estudio, por supuesto, no le pasaron desapercibidas al padre de Cyril. La noticia de ellas se había extendido por toda la sociedad victoriana, despertando un considerable escándalo. Pero, como sucede a menudo, lord Abercomby no se había enterado de nada. Una tarde, pocos días después de haber cumplido Cyril los doce años, padre e hijo coincidieron en un establecimiento del mundo frívolo de Madrid, muy de moda en la época. El chico estaba sentado en el salón en un diván oriental, rodeado de drapeados, plumas de pavo real y señoritas en négligé que charlaban animadamente con él -cómo no- sobre sus respectivos hogares. Lord Basil pasó delante de su hijo sin decir palabra, como si no le conociera, y abandonó el lugar del vicio. Al día siguiente durante el té de las cinco Cyril se enteró de que su tutor había sido despedido. Entre padre e hijo no se habló ni una sola palabra sobre el episodio, pues los tiempos eran muy puritanos. Dos días más tarde Miss Twiggle, con expresión impávida pero con la nariz colorada de llorar, se despidió del lord. A solas con Cyril le confesó lo siguiente: “Seguramente no comprenderás lo que pasa, querido. Has de saber que Max..., quiero decir Mr. Ashley, es el primer y único amor de mi vida. Le seguiré a donde vaya, en la necesidad y en la muerte. Piensa en mí cuando tú también ames un día.“ Luego intentó despedirse de él con un beso, lo que Cyril evitó con éxito.

La búsqueda de un nuevo tutor y de una nueva institutriz resultó ser innecesaria, ya que tres semanas después lord Abercomby recibía telegráficamente la noticia de la muerte de lady Olivia tras una larga enfermedad, tal vez contraída en la India. Padre e hijo viajaron de inmediato al sur de Essex y tomaron parte en el solemne funeral que, como parecía previsible, se desarrolló bajo una torrencial lluvia. Era la primera ocasión en que Cyril pisaba Inglaterra. Si acaso aguardaba que le invadieran sentimientos hogareños se vio frustrado en sus esperanzas. También la mansión de los Abercomby, Claystone Manor, adonde viajó a continuación con su padre, fue una decepción. El caserón gigantesco, oscuro, repleto de armas, que comparado con los grandes hoteles internacionales no ofrecía ninguna comodidad y en el que se pasaba constantemente frío, le resultó ajeno por completo.

Lord Abercomby silenció ante su hijo que su madre, que no le había visto nunca, a excepción de los primeros meses después de su nacimiento, le había declarado heredero único de todos sus bienes. Abercomby decidió comunicarle este hecho el día de su mayoría de edad para evitar así posibles sentimientos de agradecimiento filial. Su decisión formaba parte del castigo -póstumo en este caso- a su esposa infiel.

Una vez desaparecida la necesidad de llevar a su hijo en todos sus viajes, lord Abercomby le metió inmediatamente en una de esas famosas instituciones educativas de las clases altas, el college de E., donde los niños ingleses se convierten en caballeros ingleses. Cyril se adaptó con indolencia despectiva a los rigores pedagógicos, dando a entender a sus compañeros y, sobre todo, a sus profesores que no les tomaba demasiado en serio. Como por otro lado era un excelente alumno -hablaba ya en aquel tiempo ocho idiomas impecablemente-, se le consideraba una lumbrera en el college, aunque nadie sentía por él mucho afecto. Al terminar el colegio pasó, según correspondía a su rango, a O., en cuya universidad empezó a estudiar filosofía e historia.

Al cabo de unos cursos -y curiosamente, de nuevo, poco antes de cumplir años, los veintiuno- recibió la visita inesperada de Mr. Thorne, el abogado de la familia. El venerable caballero tomó asiento en una silla resoplando y comenzó a preparar con rebuscadas palabras al joven para recibir una “trágica noticia”, como la calificó. Durante una cacería de zorros en las proximidades de Fontainebleau, lord Abercomby había caído del caballo, con tan mala fortuna que se había roto el cuello. Cyril recibió la noticia imperturbable.

- Ahora sois no sólo el heredero del título de vuestro padre, sino también el único heredero de las fortunas paterna y materna, de las propiedades mobiliarias e inmobiliarias de ambos, ya que sois, mi querido y joven amigo, el único heredero de ambas familias -dijo Mr. Thorne secándose el sudor de la frente y la papada con un pañuelo-. Me he permitido traeros todos los documentos, cuentas y balances para que, si lo deseáis, os hagáis una idea del estado de vuestra fortuna.

Mr. Thorne atrajo un pesado maletín hacia sí y lo alzó sobre sus rodillas.
- Gracias -dijo Cyril-, no se moleste.
- Oh, ya comprendo -respondió Mr. Thorne-. Lo resolveremos más adelante. Perdonadme, no quería ser desconsiderado. ¿Tenéis algún deseo especial con respecto a la ceremonia del entierro?
- No, que yo sepa -contestó Cyril-. Lo dejo todo en sus manos. Ya sabrá usted lo que hay que hacer.
- Sin duda, milord. ¿Cuándo deseáis partir?
- ¿Adónde?
- Bueno, pues al entierro de vuestro padre, supongo.
- Mi querido Mr. Thorne -dijo Cyril-, no veo por qué debería asumir tal responsabilidad. Odio ese tipo de ceremonias. Haga usted con el cadáver lo que estime oportuno.

El abogado tosió, su rostro se congestionó.
- Bien, sin duda -dijo luchando por no ahogarse-. Es un secreto a voces que entre vos y vuestro padre no existía... ¿cómo diría?... una relación perfecta, pero no obstante, creo que ahora que ha fallecido, perdonad que me permita recordaros que hay algo llamado la obligación filial.
- ¿Ah, sí? -preguntó Cyril enarcando las cejas.

Mr. Thorne abrió indeciso el maletín y lo volvió a cerrar.
- No me interpretéis mal, milord, la decisión es vuestra. Sólo quería llamar la atención sobre el hecho de que la opinión pública observará todos los detalles de tan magno acontecimiento.
- ¿Ah, sí? ¿Usted cree? -comentó Cyril aburrido.
- En fin -dijo Mr. Thorne-, por lo que se refiere a los asuntos de la herencia propongo...
- Venda todo -le interrumpió Cyril.

El abogado le miró estupefacto, con la boca abierta.
- Sí -dijo Cyril-, me ha comprendido usted bien, mi querido amigo. No deseo quedarme con nada. Convierta todo lo que no sea dinero en dinero. Sin duda sabrá usted mejor que nadie cómo hacerlo.
- ¿Queréis decir -balbució Mr. Thorne- que venda las fincas, los bosques, los castillos, las obras de arte, la colección de vuestro padre...?

Cyril asintió brevemente.
- Fuera con todo. Véndalo.

El viejo abogado jadeaba como un pez fuera del agua. Su rostro se puso de color violeta.
- Sería necesario recapacitar un poco, milord. Os halláis en un estado anímico peculiar... Para decirlo con toda claridad, milord: no podéis hacer algo así. No puede ser. De ninguna manera. Desde hace cuarenta y cinco años soy abogado de confianza de la familia y tengo que deciros que... iría contra todas... Os ruego que no olvidéis que se trata de los bienes que vuestros antepasados acumularon durante siglos... Escuchad, Cyril, si es que me permitís llamaros así, estáis moralmente obligado a dejarlos en su día a vuestros propios descendientes.

El joven lord se volvió de espaldas con brusquedad y miró por la ventana. Fríamente, pero con evidente impaciencia en la voz, respondió:
- No tendré descendencia.

El abogado levantó sus gordas manos en ademán de protesta.
- Querido muchacho, a vuestra edad no se sabe con esa seguridad... Podría ser que...
- No -le interrumpió Cyril-, no podría ser. Y no me llame querido muchacho -se volvió hacia el abogado y le miró distante-. Si tiene usted escrúpulos insuperables, Mr. Thorne, sin duda será fácil encontrar a otra persona que se encargue de mis asuntos. Buenos días.

Mr. Thorne, enfadadísimo por el descarado tratamiento que había recibido, sin merecerlo en absoluto, decidió no aceptar aquel “encargo inmoral y sin conciencia”. Pero en su viaje de regreso a Londres su excitación cedió a reflexiones más claras y razonables. Después de discutir el asunto durante dos días con sus socios, Saymor y Puddleby, llegó a la conclusión de que el margen de beneficio que podía esperarse legalmente sólo por las comisiones de ventas de tan gran magnitud superaba de modo considerable todo el perjuicio que por participar en el previsible escándalo sufriría su hasta ahora intachable nombre profesional.

En un documento rebosante de cláusulas dirigido al joven lord, Mr. Thorne y Co. se declararon dispuestos a ejecutar las transacciones necesarias. A vuelta de correo recibieron la firma de Cyril Abercomby y la liquidación pudo comenzar.

Cuando la opinión pública se enteró del asunto -era difícil de evitar- se desencadenó un vendaval de protestas. No sólo la aristocracia y las clases altas del Reino expresaron unánimemente su repulsa ante una falta tal de sentido de la tradición y de la clase, la cuestión se debatió también durante días en el Parlamento, e incluso entre las clases bajas abundaron las acaloradas discusiones en torno al tema de si un personaje de tal calaña merecía llamarse súbdito de su majestad. Sin embargo, desde un punto de vista legal no existía ningún impedimento a este “saldo de la cultura y la dignidad inglesas”, como lo definieron varios periódicos. Mr. Thorne y Co. con prudente previsión ya se habían encargado de que así fuera.

A Cyril mismo el escándalo suscitado le conmocionó poco. Había interrumpido inmediatamente los estudios recién empezados y se había marchado del país. En los próximos años viajó sin rumbo preciso, guiado por el capricho y el azar, por ciudades y países del mundo, pero no como en tiempos de su padre exclusivamente por Europa y el Próximo Oriente, sino también por Africa, India, América del Sur y el Lejano Oriente. Se aburría mortalmente en estos viajes, pues ni los paisajes ni los monumentos, ni los océanos ni las costumbres de pueblos desconocidos le despertaban algo más que un interés superficial, que apenas merecía que abandonara por él las comodidades de los grandes hoteles. Al no hallar el secreto de la propia pertenencia a algo en este mundo, las demás maravillas del universo carecían de voz y significado para él.

Su único acompañante en este vagabundeo era un criado llamado Wang que había comprado en Hong Kong al jefe del sindicato del opio. Wang poseía la facultad, rayana casi en lo sobrenatural, de no existir cuando no se le necesitaba, pero estar inmediatamente presente cuando su amo requería sus servicios. Parecía incluso conocer de antemano sus deseos, por lo que apenas si intercambiaban unas palabras.

En un primer momento la aristocracia inglesa había boicoteado por tácito acuerdo la venta de los bienes Abercomby, pero pronto tuvo que revisar su actitud. Aparecieron numerosas gentes interesadas del extranjero que con sus ofertas hicieron subir los precios. Cuando un millonario americano del caucho llamado Jason Popey compró sin pestañear Claystone Manor con todo lo que rodeaba la mansión y cuanto contenía -incluido el viejo mayordomo Jonathan-, el orgullo nacional recibió un verdadero golpe. Para salvar lo que aún podía salvarse, se inició una carrera de las familias ricas y poderosas de Inglaterra dispuestas a salvar lo que aún no se había vendido. Hay que decir en honor de Mr. Torpe y Co. que siempre prefirieron a estos últimos compradores, aunque tuvieran que rebajarles algo los precios. En cualquier caso, tres años después de la muerte del viejo lord, Cyril pertenecía ya a la lista de los cien hombres más ricos del mundo, al menos por lo que se refiere a su cuenta bancaria.

El escándalo se fue apagando y la sociedad encontró otros temas de conversación. La única pregunta que de vez en cuando inquietaba los espíritus -sobre todo de las madres de hijas casaderas- era qué haría Cyril Abercomby con esas cantidades ingentes de dinero. Se sabía que no se dedicaba al juego ni a las apuestas de ningún tipo. Tampoco tenía pasiones caras, como por ejemplo coleccionar jarrones Ming o joyas indias. Se vestía impecablemente pero sin ostentación. Vivía de acuerdo con su rango, pero siempre en hoteles. No mantenía una amante cara, ni se dedicaba a otros vicios más discretos. ¿Qué se proponía hacer con el dinero? Todos, incluido él mismo, lo ignoraban.



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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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