viernes, 29 de agosto de 2014

1. La meta de un largo viaje (2)

Imagen: Edgar Ende



Durante la década siguiente Cyril continuó su inquieta vida viajera. Se había acostumbrado de tal modo a lo que él definía como su “búsqueda”, que le resultaba una manera de vida normal. Naturalmente ya había perdido la esperanza ingenua de sus años de juventud de encontrar algún día lo que buscaba. Es más, ya no lo deseaba y hubiera sido un engorro encontrarlo. Definía su situación con la fórmula siguiente: la longitud del camino se halla en proporción indirecta a la posibilidad de desear alcanzar la meta. Según su opinión esta fórmula contenía toda la ironía de la búsqueda humana. El verdadero sentido de toda esperanza era que ésta permaneciera siempre sin cumplir, ya que la satisfacción, a fin de cuentas, desembocaba en una decepción. Sí, el mismo Dios hacía bien en no cumplir nunca las promesas realizadas al género humano desde el principio de los tiempos. Supongamos que un día tuviera la desafortunada idea de cumplir su palabra y que el Mesías volviera efectivamente por las nubes; que el Juicio Final se llevara a cabo y que la Jerusalén Celestial descendiera de verdad de las alturas. El resultado no sería más que un fracaso de dimensiones cósmicas. Dios había dejado a sus creyentes esperar demasiado y cualquier acontecimiento, incluso el más espectacular, sólo despertaría un generalizado: “Ah, ¿y esto es todo?” Por otro lado, sin duda era muy sabio por parte de Dios (suponiendo que existiera) no revocar ninguna de sus promesas. La esperanza, ella sola, mantenía en marcha el mundo.


Para un hombre como Cyril, que había desenmascarado así el juego del destino, no era, naturalmente, fácil continuar jugando. Pero Cyril lo hacía y además con cierto placer burlón. Era consciente de ser uno de esos eternos insatisfechos que se han imaginado los océanos más grandes, las montañas más altas, los cielos más lejanos, pero por ello no se sentía desgraciado. Sólo que su indiferencia hacia el mundo y los hombres abarcaba ahora también su propia vida: ya no le importaba mucho, sin sentir por eso el deseo de librarse de ella.

Cyril Abercomby se había instalado en esta actitud vital, más o menos cómodamente, pues también se puede instalar uno en la provisionalidad. Paradójicamente había conseguido la seguridad, pues aparte del aburrimiento, era inasequible a cualquier sufrimiento. Al menos eso creía hasta aquella tarde en Francfort del Meno, en la que cambiaron algunas cosas para él.

Desde hacía tiempo no era invitado casi nunca a reuniones sociales. Si las reglas de la etiqueta burguesa o aristocrática no lo requerían absolutamente, se prefería prescindir de su presencia, pues era notorio que por su comportamiento excéntrico y sus comentarios despiadados terminaba con cualquier conversación y disipaba toda cordialidad.

Es improbable que el consejero de Comercio Jakob Von Erschl actuara con desconocimiento de la mala fama que precedía por todas partes a lord Abercomby. Quizá pensara que su autoridad personal bastaría para dominar situaciones en las que otros fracasaban; quizá pretendiera, sobre todo, entablar relaciones de negocios con el riquísimo inglés -el consejero de Comercio poseía uno de los bancos privados más florecientes de Alemania-; sea como fuere, envió al lord una nota al hotel Zum Romer invitándole a una “cena en el círculo íntimo de amigos del arte y de la música”. El “Von” en su nombre era, por cierto, tan reciente como su mansión, un edificio de ladrillos de estilo neogótico, situado en las afueras de la ciudad en un magnífico parque. Cyril aceptó la invitación.

Antes de la cena, fraulein Isolde, hija de la casa, una muchacha gordita, con trenzas, cantó varios lieder de un compositor -prometedor, como se dijo- llamado Joseph Katz, que también se encontraba entre la docena de invitados. Resultó ser un caballero pequeño, entrado en carnes y totalmente calvo, de unos cincuenta años, que durante el recital mantuvo los ojos cerrados y las manos juntas sobre los labios. Un teniente alto, con condecoraciones en el pecho, acompañó al piano a la cantante, que tenía una voz bonita pero un poco débil. 

El aplauso fue prolongado y cordial. Tan sólo Cyril no participó en él. Herr Katz besó la mano de fraulein Isolde una y otra vez, inclinándose para recibir los aplausos. La esposa del consejero de Comercio, que llevaba una pequeña diadema de brillantes en lo alto de su peinado, sudaba visiblemente en su entusiasmo por el talento de herr Katz.

- Nosotros, los alemanes -dijo volviéndose hacia Cyril-, somos el pueblo que ha producido todos los compositores verdaderamente grandes. Incluso Handel, que es reclamado como suyo por los ingleses, vuestros compatriotas, es de origen alemán. Tenéis que reconocerlo, milord.
- Desde luego, madame -contestó secamente Cyril-. Sin duda tenía todas las razones para emigrar.

Con esta respuesta de apertura la velada tomó un rumbo imparable hacia la catástrofe. Aunque herr Von Erschl intentara con todos sus recursos diplomáticos dar a las conversaciones un giro humorístico, la atmósfera de la reunión cayó bajo el punto de congelación. La cena aún no había llegado al postre y ya se cernía sobre los presentes un silencio glacial. Cyril, con su instinto clarividente para los puntos débiles de los demás, había conseguido ofender a cada uno de los comensales reunidos en torno a la mesa.

Cuando por fin sirvieron el café y el coñac y, para las damas, el licor de menta, el consejero de Comercio ofreció mostrar su colección de pinturas a los aficionados al arte entre sus invitados. Todos aceptaron; también lord Abercomby, para desesperación tácita de los demás.

Al final de varios pasillos y de un invernadero, los invitados llegaron a una especie de puerta blindada provista de varias cerraduras, palancas y ruedas. Herr Von Erschl utilizó un gran llavero y luego giró las palancas y las ruedas en un orden determinado.

- Como se trata de valores considerables, hay que tomar, por desgracia, tantas medidas de precaución -fue su comentario.

Una vez abierta la puerta, el grupo entró en un gabinete sin ventanas iluminado por lámparas de gas adosadas a las paredes. Cuadros de todos los tamaños, en pesados marcos dorados, colgaban uno junto al otro. Con evidente orgullo de propietario, el consejero de Comercio mostró primero las piezas maestras de su colección, el Retrato de un viejo con pipa de Rembrandt, un Pequeño entierro de Jesucristo de Durero, unos apuntes a la sanguina para una Virgen con el niño de Rafael y el Retrato de un comerciante desconocido de Tiziano, sin olvidar en cada caso de dar el precio que había pagado por la obra. Los cuadros restantes eran en su mayoría obras de autores contemporáneos, en gran parte escenas de género y representaciones históricas o mitológicas como Sansón y Dalila, La muerte de Sigfrido o El viejo Fritz y el molinero. Los precios -también citados en estos casos- eran naturalmente más modestos.

- Lo considero como una inversión -explicó, excusándose, el consejero de Comercio-. Desde luego hay que asumir un cierto riesgo en este tipo de especulaciones. Pero según la opinión de los expertos que he consultado, por supuesto, antes de comprar, su valor subirá de modo considerable.

Después de que los invitados expresaran debidamente su admiración ante las obras, todos volvieron al salón. Al cabo de un rato el anfitrión notó la falta de lord Abercomby.

- ¡Dios mío! -dijo en voz baja a su hija-. ¿No le habré encerrado por descuido en el gabinete?
- Dame las llaves -dijo ella también en voz baja-. Veré si está allí. Tú ocúpate de tus invitados, papaíto.

Efectivamente, Isolde halló al lord en el gabinete de los cuadros, pero éste no parecía haberse dado cuenta de que había sido olvidado allí. Estaba inmóvil, sumido en la contemplación de un cuadro. Ella se le acercó y le miró por encima de su hombro, pero tampoco de eso pareció darse cuenta.
- Es un cuadro curioso, ¿verdad, milord? -dijo-. Se titula La meta de un largo viaje. Quizá me podáis explicar por qué se llama así.

Como lord Abercomby no reaccionara, la muchacha continuó en tono ligero:
- Mi padre lo trajo hace unos años de Nápoles. Un marqués arruinado se lo dio a cambio del saldo de sus cuentas. Su nombre, si mal no recuerdo, era Tagliasassi o algo parecido. ¿Conocéis quizá a esa familia, milord?

El silencio obstinado del invitado empezaba a ponerla nerviosa.
- Si os molesta mi charla, decídmelo. ¿Creéis que este cuadro es valioso? Seguramente sois más entendido que ninguno de nosotros. Sin duda tiene un valor: el de ser raro. Nos han dicho que sólo existen veinte o treinta cuadros de este artista. Se llama... Esperad un momento. Isidorio Messiú. ¿Habéis oído alguna vez este nombre? ¿No? Nosotros tampoco. Papá dice que quizá se trate de un artista alemán. Pero por qué residía precisamente en Nápoles es una incógnita. Por cierto, todos sus cuadros son extraños: iglesias que explotan, palacios de los muertos, ciudades fantasma... Yo soy una chica ignorante y no entiendo de estas cosas, pero ¿no creéis que debía de estar loco?

Cyril seguía inmóvil y fraulein Isolde pensó que no la había oído. Por encima de su hombro, también ella miraba fijamente el cuadro. No era muy grande, al menos al compararlo con otras piezas de la colección. Quizá sesenta centímetros de ancho por ochenta de alto. Representaba un desierto pedregoso bajo la luz extremadamente clara de la luna, aunque no se veían en el oscuro cielo nocturno ni luna ni estrellas. Extrañas formaciones montañosas cerraban hacia el fondo un amplio valle, en cuyo centro se alzaba una roca gigantesca en forma de seta, carcomida por oquedades y cuevas. Ningún camino conducía a la cumbre de esta roca cristalina, ninguna escala o escalera, ningún ascensor comunicaba el valle con la terraza superior de la roca. Se alzaba sobre ella con innumerables torrecillas y cúpulas, ventanales y balcones, un palacio de ensueño, construido con piedra lunar lechosa, iridiscente y semitranslúcida. En los nichos de los muros y encima de las balaustradas de las terrazas había esculturas blanquecinas como huesos, bien reconocibles a pesar de su tamaño diminuto. Había caballeros con barba y fantástica armadura junto a hadas coronadas de flores, dioses con cabezas de animales y demonios, penitentes con capucha y reyes con corona; había bufones, ángeles, tullidos y parejas de amantes, niños jugando al corro y ancianos doblados por la edad. Cuanto más descansaba la mirada sobre el lienzo, tantos más detalles aparecían, como si fuera inagotable, al igual que las imágenes proliferantes del sueño y del delirio. Todas las ventanas del palacio estaban brillantemente iluminadas, como si tras ellas tuviera lugar una espléndida fiesta a la luz de las velas. Pero sólo en una ventana, situada sobre la gran puerta de entrada, cerrada, se distinguía la silueta de un hombre, con la mano alzada en ademán de saludo o rechazo.

- ¿Podéis imaginar -continuó fraulein Isolde, acercándose más a su invitado- que a mi madre le espanta este cuadro? Pasa siempre muy deprisa ante él. ¿No lo habéis notado? Os confesaré, milord, que a mí me sucede lo mismo. Me parece siniestro. Tiene algo... ¿cómo decirlo? Ayudadme, milord, decidme qué impresión os causa.-Isolde le miró de reoio y se asustó-. ¿Qué os sucede, milord? ¿Lloráis?

Cyril se apartó bruscamente de ella y salió con pasos rígidos del gabinete. Fraulein Isolde le siguió con la vista, consternada. Unos momentos después apareció su madre.
- Hijita, ¿qué haces? -exclamó-. Todos te están esperando; desean que cantes otra vez. También herr Katz lo desea. ¿Dónde está ese horrible inglés? ¿No estaba aquí?
- Sí -dijo Isolde mirando a su madre con los ojos muy abiertos-. Imagínate, mamá, estaba en silencio delante del cuadro y las lágrimas le corrían por las mejillas. Lord Abercomby lloraba, yo misma lo he visto.

Madre e hija volvieron con sus invitados y relataron lo sucedido. Lord Abercomby se había marchado sin una palabra de explicación o de agradecimiento. Lo sucedido era un nuevo testimonio de su carácter excéntrico: en esto todos los demás invitados, que en esta velada, excepcionalmente, no tenían dificultades para encontrar un tema de conversación, se mostraban de acuerdo.

A la mañana siguiente el consejero de Comercio recibió una carta de lord Abercomby que no contenía ni la más mínima expresión de disculpa por su inadmisible conducta, pero sí una petición breve, formulada casi en tono de orden, para que le vendiese enseguida el lienzo de Isidorio Messiú titulado La meta de un largo viaje. El lord estaba dispuesto a pagar por él cualquier precio.

Jakob Von Erschl le contestó con la misma brevedad y contundencia diciéndole que no pensaba en absoluto vendérselo.

Aquella misma tarde, en su palco de la ópera -sobre el escenario unas corpulentas damas con cola de sirena cantaban Wagalaweia-, informó a su esposa con breves palabras de la pretensión de lord Abercomby.

- ¿Por qué no le vendes el cuadro? -le preguntó ella en voz baja-. A mí no me gusta y a ti tampoco te interesa mucho. Si su oferta es realmente... adecuada...
- ¡No le vendería ni mis pantuflas! -contestó él indignado.
- ¿Por qué no? -preguntó ella-. Algunos ingleses tienen spleen.
- Algunos ingleses -dijo él- creen que uno sólo piensa en el dinero. Quizá sea así en la pérfida Albión, pero aquí, en Alemania, aún creemos en los ideales.

Su esposa le miró de reojo. Conocía bien su expresión cuando se obstinaba.
- Tienes toda la razón, Jakob, querido -dijo conciliadora-. Además, nos sobra el dinero.
- Ese británico arrogante debe aprender que no todo se compra con dinero en este mundo  -gruñó herr Von Erschl.

Se asomó desde el palco vecino un caballero con monóculo y les lanzó una mirada reprobadora. La esposa del consejero de Comercio dio unos golpecitos en la rodilla de su marido e hizo “¡chisss!“. Luego ambos dirigieron su atención de nuevo a las damas con cola de sirena del escenario que seguían cantando Wagalaweia. No se habían perdido nada .

En casa, a la misma hora, fraulein Isolde, recostada en su récamier y con la barbilla apoyada en la mano se contemplaba pensativa en el gran espejo de su dormitorio. Se había excusado de ir a la función de ópera alegando sentirse indispuesta. Deseaba estar sola para aclarar sus agitados sentimientos.

Se dice que los hombres están indefensos ante las lágrimas femeninas, porque, con total desconocimiento de su verdadero significado, las equiparan a las suyas propias. Suponiendo que esta afirmación sea cierta, hay que añadir que las mujeres en este punto poseen un instinto más sutil. Precisamente porque intuyen la diferencia del significado entre sus lágrimas y las de los hombres no pueden sustraerse a su poder. Un rostro pétreo de hombre por el que corre una lágrima derrite cualquier corazón femenino.

Fraulein Isolde había contemplado en un momento de clarividencia la verdad sobre Cyril Abercomby. Ahora sabía que era un ángel caído que -como el Lucifer de Dante-espera en el eterno hielo de su soledad ser redimido por el amor de una mujer. En todas las novelas que Isolde había leído el parámetro para la magnitud de un amor era el sufrimiento que ocasionaba. Sabía, o intuía, que le costaría indecibles penalidades salvar al ángel caído de sus tinieblas y se preguntaba si tendría suficientes fuerzas para ello.
Una y otra vez se miraba inquisitivamente en el espejo. El rostro inocente y rollizo de jovencita no pegaba en absoluto con la dificultad de la empresa. Pero ya cambiaría. Pronto el dolor espiritualizaría sus rasgos, pronto tendría un verdadero destino y sus amigas la admirarían.

Lord Abercomby contemplaba el Francfort nocturno por la ventana de su lujosa suite en el hotel Am Römer. El criado Wang le trajo silenciosamente la cena, pero su amo la rechazó con la mano, sin volverse siquiera. El criado, siempre guardando el mismo silencio, se llevó todo otra vez. 

¿Qué tenía aquel cuadro que le había impresionado tanto, que le había -literalmente- conmocionado? No se trataba, desde luego, de su valor artístico, aunque éste era considerable. Las cuestiones artísticas no interesaban a Cyril más que de un modo tangencial. No, se trataba de otra cosa. Aquel cuadro contenía un mensaje personal, incluso íntimo, para él; un mensaje que no comprendía -al menos de momento-, pero que, como sabía con claridad meridiana, estaba dirigido a él y sólo a él entre todos los habitantes de la Tierra, un mensaje a través de los siglos que no concernía a nadie más que a él. En la realidad exterior no había encontrado nada a lo que sentirse unido, como otros seres humanos se sentían unidos a su patria. Nunca se le había ocurrido buscarlo en el mundo de lo imaginario, del arte. Y ahora se encontraba inesperadamente, cara a cara, con su secreto más íntimo. Saber que se hallaba en manos extrañas y que podía ser contemplado por ojos extraños y estúpidos le producía casi malestar físico, como a un amante celoso la exhibición del cuerpo desnudo de la amada. 

Todos los esfuerzos de Cyril, cada fibra de su -como ya sabemos- considerable voluntad  se dirigieron desde ese instante a esta única meta. Al igual que el montón de limaduras de hierro que se ordena hacia un polo gracias a la fuerza del imán, su vida hasta ahora caótica encontró de golpe su centro mágico. El título del cuadro, La meta de un largo viaje, tenía para él un significado muy personal. Deseaba ese cuadro. Necesitaba poseerlo a cualquier precio. Y ya de antemano sabía que alcanzaría su objetivo, right or wrong.

El rechazo de su oferta de compra le había asombrado, pues la suma que estaba dispuesto a pagar era sin duda enorme. Sin embargo, las dificultades espolearon su espíritu combativo y le confirmaron en su decisión.

Durante las siguientes semanas bombardeó al consejero de Comercio con ofertas cada vez mayores -a menudo varias veces al día-, hasta que las sumas alcanzaron proporciones verdaderamente absurdas. Al principio creyó que el sentido comercial del banquero prevalecería sobre todas las demás razones para no venderle el cuadro, pero el banquero ya ni le contestaba. Cyril comprendió al fin que el obstáculo no era el precio, sino él mismo como comprador. Sin duda herr Von Erschl hubiera cedido el lienzo en condiciones justas a cualquier otro que le interesara. A él no se lo vendería, por motivos personales.

Para evitar ese obstáculo, Cyril encargó la compra del cuadro a varios galeristas famosos. Uno de ellos acudió expresamente desde París a su llamada. Bajo la condición de no descubrir en ningún caso su nombre a lo largo de las negociaciones, les dio plenos poderes. Pero, por supuesto, Jakob Von Erschl se percató de la estratagema y el intento fracasó.

Cyril comprendió que el reto al que se enfrentaba era mayor de lo que había imaginado. El destino había decidido, según parecía, ponerle a prueba y el consejero de Comercio con su cerrazón no era más que su obtuso instrumento. Pues bien, si la lucha iba a ser a vida o muerte, él, Cyril Abercomby, estaba dispuesto a ello. En la guerra todos los medios que conducen a la victoria están justificados. Y como el destino, según se veía, no era muy sutil en la elección de sus armas, él no se sentía obligado a tener escrúpulos morales.

Cyril viajó a Londres y se presentó ante uno de los directores del Banco de Inglaterra solicitando una entrevista “para un asunto muy personal”. Como era uno de los clientes más ricos del banco fue recibido inmediatamente y con la mayor deferencia.

El director en cuestión se llamaba John Smith y, como su nombre, todo en él era de una perfecta mediocridad. Tenía alrededor de cincuenta años, un rostro vacío, insignificante, y su traje, su figura y su bigotito eran absolutamente inanes; el camuflaje perfecto. El único rasgo personal era un pequeño tic en el párpado derecho, que de vez en cuando se estremecía de modo involuntario.

Los dos hombres se sentaron el uno frente al otro en los profundos sillones de un despacho forrado de madera. Mr. Smith ofreció puros y jerez y durante un rato se habló del tiempo, que para esta época del año -principios de marzo- era extraordinariamente cálido. Luego hubo una pausa. Cyril por fin rompió el silencio:
- ¿Puedo dar por sentado que nada de lo que tratemos aquí saldrá al exterior?
- Naturalmente, milord -contestó Mr. Smith-. ¿Qué puedo hacer por vos?
- ¿Le suena el nombre de Jakob Von Erschl?
- Naturalmente, señor. Se trata del banquero de Francfort, ¿no? Uno de nuestros mejores socios en el continente. Aunque desde hace sólo unos años. No es una firma antigua; ya sabéis lo que quiero decir.

Cyril chupó de su cigarro y expulsó el aire formando anillos de humo.
- No parece sentir gran simpatía por nuestro país.
- Es posible, señor, pero los negocios y la simpatía no tienen por qué coincidir siempre.

Cyril asintió pensativo.
- Usted, por supuesto, conoce la situación de mi fortuna. Si no me equivoco, mis medios me permiten empresas de algún alcance.
- No os entiendo, señor.
- Quiero saber, Mr. Smith, si mi dinero me da la posibilidad de arruinar a herr Von Erschl.

El director miró a su interlocutor sin expresión alguna durante unos segundos. Luego se puso en pie y fue a coger unas carpetas finas de una pequeña caja fuerte, escondida detrás de la madera de la pared. Echó una mirada a los documentos, tomó un sorbito de jerez y carraspeó.
- Me temo, señor, que no va a ser fácil.
- Por eso estoy aquí -contestó Cyril un poco irritado.
- La primera posibilidad que hay que considerar en estos casos -explicó Mr. Smith consiste en sondear la situación personal, es decir, la situación sociomoral de la persona en cuestión. Casi todos tienen pequeños secretos que prefieren no dar a conocer a la opinión pública.

Y el director esbozó una sonrisa que dio paso de inmediato a su expresión neutra. Su ojo derecho parpadeo.
- ¿Quiere usted decir que debo emplear unos detectives? -preguntó Cyril.
- No sería necesario, señor. Tenemos por costumbre estar informados acerca de cada uno de nuestros socios más importantes, también y especialmente sobre su vida privada. Es una pura medida de seguridad, como comprenderéis. Por nuestros informes, sin embargo, puedo decirle que herr Von Erschl no es muv interesante en este sentido. Entre nosotros y con la máxima confianza: de vez en cuando suele pasar con otros socios ciertas tardes con damas venales, pero no del rango que correspondería a su nivel social. Parece incluso tener una tendencia hacia -¿cómo decirlo?- las aventuras eróticas francamente baratas. No sabría decir si por espíritu de ahorro o por gusto. Con esto se le podría ocasionar alguna incomodidad social y familiar, milord, pero para lo que os proponéis no creo que baste. Lo siento mucho, señor.
- Bien -dijo Cyril-. Veamos ahora la posibilidad de llevarle a la bancarrota financiera.

El párpado derecho de Mr. Smith se estremeció.
- ¿Tan lejos queréis ir, milord?
- ¿Y por qué no?
- Perdonad, señor, pero al fin y al cabo no se trata de vuestro sastre o del frutero de la esquina. Las dimensiones son, al menos, inusuales -de nuevo el director se sumergió en sus documentos-. Sin duda, milord, vuestra fortuna os ofrece posibilidades considerables. Utilizando con cuidado y cálculo vuestros recursos podéis producir a vuestro contrincante un daño nada desdeñable. Con un poco de suerte incluso conseguiríais ponerle fuera de combate financieramente. Os tengo que advertir, sin embargo, que nosotros no lo permitiremos.
- ¿Acaso por razones morales? -preguntó Cyril con sonrisa sardónica.
- Oh, no, señor. El Banco de Inglaterra no se considera el depositario de la moral...
- Eso suponía -le cortó Cyril.
- … pero tenemos cierto interés en mantener la estabilidad del Banco Erschl. Al menos por el momento. Lo siento, señor.
- Con otras palabras: también tendría que enfrentarme a ustedes.
- Algo así, señor, aunque sólo de manera indirecta. Están en juego prioridades internacionales, políticas y económicas.

Cyril giró la copa de jerez entre sus dedos.
- Dice usted que “por el momento”, Mr. Smith. Supongamos que las prioridades se alteran. Supongamos que entonces lo intente otra vez.
- Comprendo, señor -respondió el director-. Herr Von Erschl tiene fama de poseer una cabeza muy capacitada en su terreno. Os hablaré claro, milord. No podéis entrar en un duelo de ese calibre solo, es decir, sin un asesoramiento adecuado. Nosotros, siento decirlo, no estamos en situación de proporcionároslo. Tendríais que contratar especialistas que fueran verdaderamente capaces de desarrollar y ejecutar planes de altos vuelos. En varios países a la vez. Esta gente, aparte de los conocimientos técnicos, debería poseer la falta de escrúpulos necesaria para no echarse atrás ante nada. Por otro lado su lealtad a vos, señor, tendría que ser incuestionable, pues en caso contrario vuestro contrincante podría volverlos fácilmente contra vos. Os diré sin tapujos que sería muy difícil encontrar tipos así.
- Supongamos que los encuentro -dijo Cyril-. ¿Cuánto tiempo tardarían en acabar, según sus cálculos, con el Banco Erschl?
- Bueno, señor, requeriría cierta paciencia por vuestra parte. Estas empresas no triunfan de la noche a la mañana, si es que triunfan.
- ¿Cuánto tiempo?
- Es difícil de precisar. Habría que considerar las circunstancias.
- Bien, pero ¿cuánto tiempo?

Mr. Smith parpadeó nerviosamente.
- Creo, señor, que en el mejor de los casos serian cuatro o cinco años, pero probablemente habrá que contar con más años para un plan de esta envergadura.
- Demasiado tiempo -exclamó Cyril furioso.

Mr. Smith pareció aliviado.
- Eso pienso yo, señor. Sería como la labor de toda una vida. Y nadie podría predecir si al final no os arruinaríais vos mismo. Resultaría muy doloroso. Permitidme una pregunta: ¿por qué razón os proponéis tal plan?
- Estoy decidido a adquirir cierto objeto de este hombre, pero él se opone obstinadamente a vendérmelo, sea cual sea la suma que le ofrezca.
- Oh, en efecto, un asunto engorroso, señor.
- Le obligaré a esa venta de un modo u otro, se lo aseguro.
- No lo dudo, señor. ¿De qué objeto se trata?
- De una obra de arte -dijo Cyril, y poniéndose en pie cogió su sombrero y su bastón.

Mr. Smith se quedó sentado y le miró.
- ¿La Mona Lisa quizá, señor, o la Venus de Milo?
- No, no -contestó impaciente Cyril-. Es un cuadro sin importancia.
- ¡Oh! -exclamó Mr. Smith parpadeando.

Al acompañar a su cliente hasta la puerta, en un vano intento por bromear, observó:
- ¿No sería más fácil, milord, casarse con la hija del propietario del cuadro? ¿O, si el sacrificio os parece excesivo, hacer robar la obra por unos ladrones avezados

Cyril se quedó un momento inmóvil; luego alzó la cabeza y salió sin despedirse. Mr. Smith cerró la puerta, se dejó caer en su sillón y, perdido en reflexiones, sacudió la ceniza de su cigarro en la copa de jerez.

Naturalmente, Cyril no había tomado las últimas palabras del director más en serio de lo que éste había pretendido, al menos de momento. Durante su viaje de vuelta a Francfort surgieron una y otra vez en su mente como moscas molestas. Incluso aparecieron en sus sueños. La idea de robar o hacer robar el cuadro ejercía una fatal atracción en él. Sus intenciones eran imprecisas, como si se mantuvieran en vilo, pues para un plan concreto le faltaba toda premisa. 

Cuando regresó a su suite de lujo del hotel Am Römer, Wang le entregó una nota en papel rosa que olía a violetas, un perfume que Cyril aborrecía. La carta había sido entregada por una persona desconocida en la recepción. En caligrafía recargada, de colegiala, contenía las siguientes palabras:

Tú que no has encontrado el alma gemela,
que caminas por sendas perdidas,
¿no has visto la flor a tu paso?
Aquí florece un corazón humano que te entiende.
Una amiga.




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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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