viernes, 29 de agosto de 2014

1. La meta de un largo viaje (3)

Imagen: Edgar Ende



A pesar de, o quizá precisamente por, el anonimato pudoroso no fue difícil para Abercomby acertar quién era la remitente de la nota. Este inesperado giro de los acontecimientos le venía como anillo al dedo. Para mayor seguridad encargó a Wang que descubriera cuándo solía salir fraulein Isolde von Erschl de su casa. Y en una de esas ocasiones le entregó, a través de un botones del hotel, una cartita en la que le pedía una cita y que firmaba como “un amigo de las flores”. Cuando la muchacha leyó la misiva se ruborizó y sin titubear entregó al mensajero un sobre, preparado desde hacía tiempo, por lo que parecía. Cyril halló en él indicados un sitio y una hora. 

La primera cita tuvo lugar, muy prosaicamente, a las diez de la mañana y, para colmo, en una repostería de las afueras. Transcurrió como suelen transcurrir inevitablemente tales encuentros, con rigidez y formalismo. Isolde, en su timidez, no sabía qué cara adoptar y Cyril ocultaba con dificultad la sensación de ridículo que le producía la situación. Sin embargo, a esta primera cita siguieron otras y, poco a poco, la atmósfera se fue distendiendo.


Cyril se esforzó, en la medida de sus posibilidades, por seducir el corazón de la muchacha, o, dicho con palabras menos eufemísticas, en conseguir que obedeciera a sus intenciones. Una vez obtenido esto ya tenía, por así decir, un pie en la puerta del gabinete de arte de Erschl. La única dificultad estribaba en su escasa experiencia en el arte de la seducción, al menos en lo que se refería a sus posibilidades personales en este terreno. Su aspecto exterior, como él muy bien sabía, no resultaba atractivo para las mujeres. Hasta el momento nunca había invertido su sentimiento y su inteligencia en empresas eróticas, pues su trato esporádico con el sexo femenino se había limitado a puras transacciones comerciales mediante el empleo de su dinero en los barrios más oscuros de las ciudades que visitaba. Quien ha de mentir convincentemente por fuerza ha de conocer la verdad, y él nunca se había interesado por ella. Así que de forma provisional se atuvo a las convenciones de la galantería. Regalaba enormes ramos de rosas rojas, joyas y perfumes caros y se inventaba con gran dificultad frases halagadoras y originales. Al mismo tiempo se sentía fatal, y no porque mintiera, sino porque notaba que lo hacía como un principiante.

De nuevo circunstancias con las que no contaba vinieron en su ayuda. Pronto descubrió que era innecesario esforzarse. Resultaba evidente que la muchacha, en lo que se refería al cortejo masculino, estaba mimada hasta el hastío y esperaba de él todo menos excesos sentimentales o arranques amorosos. Al contrario, cuanto más reservado o indiferente se mostraba él, más entregada e incluso sumisa se volvía ella. El papel que la joven deseaba interpretar en esta historia, como le dio a entender más o menos a las claras, era el de la mujer que sufre y se sacrifica. Comprensiblemente, a Cyril le costó poco darle gusto.

Como ella tenía reparos en visitarle en su hotel, por el temor a que la viera algún conocido, lord Abercomby encargó a su criado alquilar un apartamento como nido de amor. Estaba adornado con palmeras, divanes amplios, mesitas turcas, cortinas de terciopelo y figuritas lascivas de biscuit. La casa, además, poseía varias salidas. El servicio, constituido por un matrimonio de edad, vivía de la discreción y por eso era de confianza. 

En su primera noche de amor, como la llamó Isolde, aunque hubiera tenido lugar a las tres de la tarde con las cortinas echadas, resultó que ella era aún virgen. Diez minutos después de dejar de serlo murmuró al oído de Cyril:
-    Ahora soy tu esposa, amado mío. Te he sacrificado lo más valioso que tenía para demostrarte mi amor. ¿Me crees ahora?

Él se liberó de su abrazo, encendió un puro, soltó unos cuantos anillos de humo y respondió:
-    Si algún día llego a creer en el amor me tragaré una libra de estricnina, me pegaré un tiro en la boca y, al mismo tiempo, me tiraré al vacío desde una torre bien alta para no sobrevivir.

Ella lloró un poco, pero en el fondo se sintió feliz, porque su respuesta testimoniaba de nuevo lo importante que era la labor de salvación que se disponía a llevar a cabo con él. 

Desde aquel momento se convirtió en una regla fija de su relación que él exigiera cada día distintas demostraciones, cada vez más arriesgadas, de su amor incondicional y que ella se sometiera a su voluntad cada vez con menor resistencia. En este altar ella fue sacrificando paso a paso su autoestima y su sentido del pudor y la moral. Si su amante  vivía en el centro tenebroso de su maldición -pensaba la joven-, ella debía de andar el camino hasta allí para rescatarle, aunque fuera con los pies descalzos y sangrando. Por fin disponía de material para anotar en su diario, y sus lágrimas cayeron en más de una página.

En una ocasión Cyril expresó el deseo de que ella le entregara todas las llaves de la mansión paterna, incluidas las del gabinete de arte.
- ¿Para qué? -preguntó la joven-. ¿Qué quieres hacer con ellas?
- Nada -respondió él-. Sólo deseo ver si yo significo más para ti que tus padres.
- Por favor, amor mío, no me pidas eso.

Él sonrió torcidamente.
- Oh, ya veo. Olvídalo. Podía haberlo imaginado.
- Al menos explícame lo que pretendes. No lo entiendo.
- Ahí está la cosa, querida niña. Para mí hubiera significado mucho que estuvieras dispuesta a hacer algo por mí sin comprender por qué y para qué. No hablemos más de ello.

Isolde estaba desesperada. La evidente decepción de Cyril ponía en peligro todos sus esfuerzos. Sentía que se le escapaba y eso era insoportable. En el fondo ¿qué más daba entregarle las llaves?
- Bien -dijo por fin-, en cuanto se ofrezca una ocasión lo haré. Espero que mi padre no lo note.

Cuatro días después le trajo las llaves. El consejero de Comercio había salido de viaje y las había dejado en su escritorio.
- Cuando vuelva preguntará inmediatamente quién las ha cogido -dijo ella preocupada-. Y entonces ¿qué?
- No preguntará nada -replicó Cyril-, porque para entonces ya habrás devuelto las llaves a su sitio. Yo sólo quiero ver si por amor a mí eres capaz de robarle a tu padre. Has aprobado el examen.

Ella se lanzó en sus brazos, le cubrió de besos y balbució:
- Gracias, gracias, querido.

Más tarde, mientras Isolde tomaba un baño, Cyril hizo cuidadosos moldes de cera de todas las llaves. Cuando se separaron ese día, ella llevaba orgullosa y feliz el llavero en su bolso, nuevamente a casa. No sabía que aquél había sido su último encuentro con lord Abercomby.

Los verdaderos maestros entre los ladrones de arte se encuentran, como sabe todo el mundo, en Italia. Y la creme de la creme del oficio se halla, como también es notorio, en Nápoles.

En aquel tiempo vivía allí uno de estos virtuosos del oficio, con renombre internacional, aunque nadie sabía con exactitud cómo se llamaba, ya que oficialmente había cierta confusión acerca de su verdadero nombre. La lista empezaba con Abacchiu, Rosario y pasaba por Pappalardo, Nazareno di hasta Zanni, Eliogabale por todas las letras del alfabeto. Para simplificar se le llamaba en círculos enterados er professore

En efecto, este personaje había conseguido en media hora arrancar de la pared de la iglesia de Santa Maria della Montagna en Castell Ferrato un fresco de Giotto de tres por cinco metros sin dañarlo. Luego lo había transportado al otro lado del Adriático, donde le esperaba un príncipe montenegrino que lo quería para adornar la capilla de su castillo. 

Había más proezas legendarias en su biografía, aunque probablemente eran en gran medida pura invención. Sin embargo, el resto bastaba para justificar su fama e inducir a lord Abercomby a entrar en tratos con él. 

Er professore era un hombre pequeño, muy ágil, de alrededor de cuarenta años, con manos de una delicadeza femenina y, cosa rara para un napolitano, pelirrojo. Vivía en una magnífica villa, en la que su extensa familia se ocupaba de un modo u otro. Al círculo de sus clientes y patronos pertenecían, además de unos notables de la Camorra, ministros y cardenales e incluso varios directores de museos nacionales e internacionales, ya que había (y hay) ciertas transacciones cuyo desarrollo legal sería muy complicado. La policía se mantenía muy discreta en sus pesquisas sobre er professore. No le podían demostrar nada y tampoco se esforzaban demasiado en ello.

Una tórrida tarde de agosto, lord Abercomby se hallaba frente a frente con este especialista en la sombreada terraza de su villa. Las cigarras daban un atronador concierto y en las proximidades murmuraba un surtidor. Del tema de la conversación sólo se enteraron ellos dos, pero en el curso de este diálogo Cyril le entregó a su anfitrión las llaves de la mansión Erschl, que había mandado hacer según los moldes de cera, y un plano de la casa que había obtenido a través de las oficinas de la construcción urbana de Francfort. El lugar donde se hallaba el cuadro deseado estaba marcado con tinta roja. A continuación Cyril le dio un paquete que contenía el adelanto en libras esterlinas. Su contemplación volvió al maestro, hasta entonces algo escéptico, súbitamente aquiescente. Cuando se enteró de los honorarios que su cliente estaba dispuesto a pagar a la entrega del cuadro, sus ojillos veloces empezaron a brillar de amor propio profesional. (Por cierto, conocía el cuadro de Isidorio Messiú, propiedad del marqués Tagliasassi, y en su opinión la oferta era totalmente desmedida, pero eso, como es lógico, se lo calló, pues no se trataba de su dinero, aún no.)

Cyril se había presentado al professore bajo el nombre de Brown, ya que quería mantener secreta su identidad en este asunto. Er professore, claro está, sabía que el nombre era falso -el que se hace llamar Brown, en general, se llama de otra manera y probablemente no existe nadie que en realidad se llame Brown- y Cyril comprendía que él lo sabía. Pero este hecho no influyó en absoluto en la relación de confianza necesaria para el negocio. Acordaron que la mercancía deseada sería entregada el 15 de septiembre a las seis de la tarde en determinada posada de Estambul llamada Goleen Horn. Luego ambos hombres se separaron satisfechos.

Todo transcurrió como se había apalabrado. El Golden Horn resultó ser una casa de citas, cuya clientela se reclutaba entre las prostitutas del barrio. Cyril y er professore se encontraron en el último piso, en una habitación llena de cucarachas desde cuya ventana se divisaba, por encima de los tejados, el Bósforo.

Después de que el cuadro fuera desembalado y entregado, y una vez pagados los honorarios estipulados, el italiano titubeó al despedirse.

- No sé si tendrá alguna importancia para usted, Mr. Brown -dijo al fin-. Se ha producido un desgraciado incidente en la consecución del cuadro. Como su socio en este negocio creo que es mi obligación informarle -al ver la expresión de sorpresa de su interlocutor se apresuró a añadir-: Oh, no me interprete mal. No deseo conseguir un dinero extra. Estoy más que contento con lo que he obtenido. Se trata en realidad de... un trágico accidente totalmente imprevisto. Sin duda entra en el círculo de mis riesgos profesionales y, desde luego, me responsabilizo de ello por completo. No quiero estropearle el placer en la adquisición de esta obra de arte, Mr. Brown, pero ha de saber usted que debe mantener secreta su posesión al menos durante los próximos diez años. Para ser breves: ha venido a mezclarse en el asunto un socio que no es fácil de evitar. ¿Sabe usted a quién me refiero?
- ¿La muerte? -preguntó Cyril.

Er professore se santiguó y suspiró. Su rostro adoptó un aire dolorido.
- No estaba previsto en nuestro plan que el consejero de Comercio en persona apareciera de pronto en el gabinete de arte a las dos de la madrugada, cuando debería encontrarse durmiendo profundamente. Insistió en impedirnos abandonar el gabinete y empezó a gritar. Mis dos ayudantes tuvieron que reducirle. Le maniataron y le amordazaron. Créame, Mr. Brown, no queríamos hacerle daño, pero, ¡por la sangre de san Jenaro!, ¿cómo íbamos a saber que el hombre sufría en aquel momento un catarro y no podía respirar por la nariz? Al día siguiente nos enteramos por los periódicos de que le habían encontrado asfixiado. Lo siento muchísimo, pues el asesinato no forma parte de mis métodos.

Cyril contemplaba con rostro impávido el cuadro apoyado en la pared. El sol poniente lanzaba a través de la ventana una franja roja sobre él.
- Por desgracia esto no es todo -continuó el italiano-. Ignoro hasta qué punto qué punto conoce usted a la familia Erschl, pero seguramente sabrá que el consejero tenía una hija que le quería mucho. Como nos vimos obligados a escondernos durante una semana antes de poder cruzar la frontera, tuvimos ocasión de enterarnos de la tragedia a través de los informes diarios de la prensa. La hija -creo que se llamaba Isabella- desapareció a los dos días de la muerte de su padre. Encontraron una carta de despedida en la que declaraba su culpabilidad, porque, como decía literalmente, había sido cómplice del diablo. Nadie supo, por cierto, a quién o a qué se refería con estas palabras. Poco después sacaron su cuerpo del... ¿Cómo se llama ese río? Meno, creo. Descubrieron que estaba embarazada.

Cyril se puso bruscamente en pie y fue a la ventana. 

Er professore contempló su espalda y sacudió la cabeza. Tras un breve silencio, añadió:
- La madre se halla desde entonces en un sanatorio para los nervios. No pude enterarme de más detalles.
- Es suficiente -dijo Cyril con voz plana-. Le agradezco esas noticias. Que le vaya bien.
- Lo mismo le deseo, Mr. Brown -dijo el otro, y cerró sigilosamente la puerta.

Lord Abercomby mandó a un orfebre turco fabricar un cofre con las medidas del cuadro, un cajón de acero plateado, forrado de terciopelo azul y finamente cincelado por fuera. Se hallaba provisto de una cerradura secreta que nadie que no conociera la combinación de letras árabes, que el propietario podía cambiar de modo constante, era capaz de abrir. Este contenedor estaba pensado no como precaución ante el posible robo, sino como protección a miradas extrañas. Ni siquiera a Wang, que era el único hombre de confianza de Cyril, se le permitió volver a ver el cuadro en los años siguientes.

El lord solía encerrarse largas horas. Entonces sacaba el cuadro de su envoltorio blindado, lo colocaba delante de él y lo contemplaba. Es difícil describir lo que le pasaba por la cabeza durante esas meditaciones. Él mismo no disponía de palabras para las extrañas sensaciones que le invadían. Era consciente, y no lo olvidaba ni un instante, de que no tenía ante los ojos más que una creación imaginaria, la representación bidimensional de un paisaje y un edificio ficticios, y sin embargo era capaz, por una vía incomprensible para él, de entrar y salir literalmente de este edificio. Como en un sueño despierto peregrinaba por espacios, habitaciones, salas, pasillos, subía y bajaba escalinatas. Nada de todo ello era visible en el cuadro; todo se hallaba tras la fachada de aquellas ventanas iluminadas por la luz de las velas. Y no obstante, estaba allí, independiente de la fantasía y del capricho del soñador.

Cuantas más excursiones de éstas emprendía Cyril, tanto más cómodo se sentía en ellas. Pronto hubiera sido capaz no sólo de dibujar los planos y la planta de cada piso, sino que también hubiera podido establecer los inventarios de los muebles y objetos, de las obras de arte, libros y curiosidades que contenía el palacio de piedra lunar. 

Poco a poco llegó a la conclusión de que sólo había una explicación para esta realidad paralela que percibía una y otra vez: el cuadro no era invención de un pintor. El edificio debía existir realmente en algún sitio y el pintor lo había copiado con absoluta fidelidad. No podía ser de otra manera. Porque ¿cómo si no Cyril lograba recordar con tal exactitud cada detalle? Si se tratara de un recuerdo tenía que haber visto el palacio alguna vez, y es más, debería haber vivido en él. Y éste no era el caso, estaba por completo seguro de ello.

¿Qué significa, por otro lado, “recuerdo”? La conciencia que basamos en él es demasiado vaporosa. Lo que acabamos de decir, leer o hacer se convierte, un instante más tarde, en pura irrealidad. Existe sólo en nuestra memoria, y así toda nuestra vida, todo nuestro mundo. Lo que logramos definir como real es únicamente ese momento infinitesimal de presente, que ya ha pasado en cuanto queremos pensar en él. ¿Cómo podemos estar seguros de que no hemos surgido esta mañana, hace una hora o hace un instante, con una memoria de treinta, cien o mil años? No hay certeza, porque no sabemos lo que es la memoria y de dónde viene. Pero si las cosas son así, si el tiempo no es más que el modo en que nuestra conciencia percibe un mundo que no tiene tiempo, entonces ¿por qué no habría de haber recuerdos de algo que nos pasará en un futuro próximo o lejano?

Elucubraciones de este tipo movieron a lord Abercomby a reanudar su antigua vida viajera. No es que la hubiera abandonado del todo -si se exceptúan algunas pausas-, pero ahora tenía otro objetivo muy concreto. Decidió encontrar el palacio de piedra lunar que mostraba el cuadro de Isidorio Messiú y adquirirlo. 

Aunque las diferentes localizaciones posibles eran innumerables no eran infinitas, pues el cuadro mostraba un valle desierto y rocoso, rodeado de un anillo de extrañas montañas. Sin duda podía hallarse tanto en Islandia como en los Andes o en el Cáucaso...

Cyril pasó ocho años dedicado a esta búsqueda y, a diferencia de la primera mitad de su viaje existencial, se acostumbró pronto a prescindir de toda comodidad de la vida civilizada, lo que no suponía que Wang, su fiel criado, dejara de esforzarse en hacer llevaderas, en la medida de lo posible, las penalidades. El cuadro en su contenedor de acero le acompañaba a todas partes y no pasaba un día sin que Cyril lo contemplara. 

Cada vez eran menos frecuentes sus viajes a Europa. Sólo volvía para someterse de cuando en cuando a ciertos tratamientos médicos. Había cumplido cuarenta y cinco años y sufría de progresivas perturbaciones del sentido del equilibrio. El único especialista para esta dolencia era entonces un médico de Bolonia. Durante las sesiones de tratamiento, que tenían lugar una vez por semana, Cyril se hospedaba en el Danieli de Venecia.

Era noviembre. La ciudad de la laguna estaba envuelta en nieblas densas y húmedas como un fantasma en su velo áureo. Desde su habitación del hotel, Cyril apenas distinguía la silueta de Santa Maria della Salute en la otra orilla del Gran Canal. Como era aún pronto, esa tarde salió a pasear por las callejas. Sin proponérselo llegó a esa parte de la ciudad llamada el Ghetto, la fundición, de la que todos los barrios del mundo habitados por judíos han tomado su nombre. La niebla fue haciéndose más espesa. Oscurecía, y cuando Cyril pasó por quinta vez delante de la vieja sinagoga comprendió que se había perdido irremisiblemente. El barrio parecía muerto. No encontró ningún transeúnte al que preguntar por el camino; ni siquiera una luz en alguna ventana indicaba la existencia de un alma viviente. Un puentecito muy arqueado le condujo a un callejón tan estrecho que con los brazos extendidos podía tocar las paredes laterales. Hacia arriba se encabalgaban hasta donde alcanzaba la vista las fachadas de muchos pisos manchadas de humedad. En la niebla y la oscuridad incipiente la calleja parecía un tenebroso pasaje. Calle della Genesi, leyó Cyril en una lápida de mármol. 

Siguió adelante a tientas y pronto se halló ante una puerta que cerraba oblicuamente la calleja. Un farol iluminaba la muestra que colgaba encima del dintel. A la manera ingenua de los grabados populares aparecía dibujado un grupo de cazadores medievales persiguiendo a un ciervo que saltaba. Curiosamente el ciervo no era más que la nube de flechas que los cazadores habían descargado sobre él. La imagen fascinó a Cyril. No pudo descifrar las letras hebreas que la acompañaban, pero sí el nombre del propietario de la tienda: Ajasver Tubal. Giró el picaporte y entró.

Le recibió un amplio espacio abovedado, iluminado débilmente por unas pocas lámparas, que se perdía hacia el fondo en la penumbra. En el centro de aquel espacio vacío había un imponente escritorio y, detrás de él, un hombre con tirantes y manguitos negros. Era extraordinariamente alto y ancho de hombros. Sobre la cabeza llevaba lo que alguna vez fue quizá una chistera. Cyril se asustó un poco al verle. No tenía barba ni aspecto de viejo; parecía labrado en lava, masivo y pesado. Las oquedades de los ojos eran oscuras y desde su profundidad brillaban dos puntos luminosos. 

- ¿Qué desea el caballero?-preguntó el anciano con voz penetrante y ronca que retumbó en la bóveda.
- He visto por casualidad la muestra de su tienda -dijo Cyril en tono intrascendente- y me interesaría saber lo que significa.
- Bien -dijo el anciano-, significa lo que veis. La nube de flechas forma en su vuelo la silueta del ciervo, sobre la que los cazadores han disparado. Así es. ¿Por qué lo preguntáis?
- Como no sé hebreo -contestó Cyril- no pude descifrar la inscripción que acompaña a la imagen.
- Buscad y encontraréis, eso es lo que dice la inscripción -explicó el anciano-. Como cristiano que sois deberíais conocerla.
- En efecto -confirmó Cyril-. Entonces esta tienda es algo así como una oficina de objetos perdidos, supongo. 
- Así es -dijo el anciano asintiendo con la cabeza. En sus movimientos y su voz había un cansancio infinito.

Cyril miró a su alrededor.
- Dígame, signor... Tubal, ¿no es así?
- Así es -asintió nuevamente el anciano.
- Ésto está muy vacío. signor Tubal.
- Sí -dijo el viejo-, vacío.
- ¿Con qué comerciáis?
- No es como imagináis vos.
- ¿Y cómo imagino?
- Que aquí se encuentra lo que otros han perdido, así lo imagináis, señor.
- Bueno, ¿y no es así?

Tubal sacudió la cabeza.
- Buscad y encontraréis, dijo aquel que nunca existió. Pero muchos han creído en él y le han buscado. Por eso existe. Es así.
- ¿Cómo sabéis que no existió nunca?

El viejo lanzó a su interlocutor una mirada penetrante.
- Ya veo -murmuró como si hablara consigo mismo-. Lo sé. Yo también he buscado. Hace mucho tiempo. Pero lo he olvidado. Ahora ya no busco.

Cyril se sintió turbado. El tono patético con el que el anciano profería sus confusas palabras le confundía. Irritado, preguntó:
- De algo tendréis que vivir.

Tubal asintió.
- Hay que vivir, si no se puede morir. La cuestión es saber lo que se quiere. ¿Sabe el señor lo que quiere?
- Oh, sí -dijo Cyril-. Lo sé perfectamente. A pesar de ello no puedo encontrarlo.
- Eso es malo -opinó el viejo-. Quizá no habéis buscado bien.
- ¿Y cómo se busca bien?
- Pues, como esos cazadores con el ciervo.
- La verdad es que no os entiendo.
- No lo entendéis-asintió pensativo Tubal- ya veo, por eso habéis venido a verme. Me honráis. ¿Deseáis aprender conmigo a buscar?
- Os lo ruego -respondió irónicamente Cyril-. ¿Cuánto vais a cobrarme?
- Nada -dijo el viejo inclinándose un poco-. Pero habéis de saber que está prohibido. ¿Deseáis aprender a pesar de ello?
- ¿Prohibido? ¿Por quién?
- Por Dios -respondió Tubal-. ¿Creéis en Dios?
- Hasta ahora no hemos sido presentados -contestó secamente Cyril.
- Pero que Dios creó el mundo en siete días ¿eso sí que lo sabéis? -Continuó el viejo.
- Algo he oído -dijo Cyril.
- Eso está bien -exclamó Tubal-. Aunque es sólo una media verdad. Dios creó el paraíso y creó al hombre. Como luego quitó el paraíso al hombre, éste se creó el mundo para vivir en él. Y todavía está creándolo.
- Bueno -dijo Cyril-, no veo que eso tenga que ver con mi pregunta.

El viejo suspiró y reflexionó un rato.
- Había un hombre -Comenzó al fin- (quizá habéis oído hablar de él) que hace unos años descubrió las ruinas de la antigua Troya.
- ¿Os referís a Schliemann?
- Sí, me refiero a él, ése era su nombre. ¿Creéis que fue Troya lo que descubrió? ¿Por qué era Troya? Porque la buscó allí, como los cazadores que persiguen al ciervo. Por eso Troya estaba allí. ¿Comprendéis lo que quiero decir?
- No estoy seguro -Contestó Cyril-. ¿Tratáis de decir que antes no había nada allí? 

De nuevo Tubal sacudió su gran cabeza y chasqueó la lengua.
- ¿Por qué no comprendéis? Como la encontró, estuvo siempre allí.

Hubo un silencio; luego el viejo emitió un sonido ronco que podía ser una ahogada carcajada.
- De este modo los hombres encuentran todo: los huesos de monstruos prehistóricos y de animales-hombre. ¿Por qué? Porque buscan. Y así han creado el mundo, pieza por pieza, y dicen que ha sido Dios. Pero mirad qué mundo han hecho, lleno de espejismos y contradicciones, de crueldad y violencia, de avaricia y sufrimiento, sin sentido en lo grande y en lo pequeño. Y decidme: ¿cómo va a haber creado Dios, al que llaman justo y santo, tanta imperfección? El hombre es el creador de todo y no lo sabe. No quiere saberlo porque tiene miedo de sí mismo, y con razón. Tampoco Colón, cuando descubrió el Nuevo Mundo, quería creer que lo había creado él a través de su búsqueda, pues pensaba en buscar otra cosa. 
- Un momento -le interrumpió Cyril-. Eso fue hace más de trescientos años, si no me equivoco. ¿Y decís que hablasteis con él?

Los puntos luminosos en el fondo de las cuencas de los ojos brillaron con un breve destello. Luego volvieron a apagarse.
- No entendéis. Pero, ¡qué se le va a hacer! No tiene importancia. No hablemos de mí. Estoy cansado.
- Mirad, amigo -intentó apaciguarle-, vuestras ideas me parecen muy interesantes...
- ¿Acaso soy un filósofo? -se encrespó el viejo-. ¿Soy un teólogo? No se trata de ideas. ¿No lo comprendéis? Deberíais daros prisa si queréis encontrar lo que buscáis. Pronto no habrá ya sitio, pronto todo estará completado y terminado.

Hizo un gesto a su visitante para que le acompañara y le condujo al fondo del espacio abovedado. Allí había un globo terráqueo casi tan grande como una persona. Tubal lo hizo girar.
- Ya veis, montañas, mares, islas, continentes... Por todas partes hay cosas... Al principio todo estaba en blanco y vacío. Ahora hay pocos huecos libres. Escoged uno, si queréis. 

Cyril miraba fijamente el globo que giraba.
- ¿Qué sucederá, en vuestra opinión, cuando todos los espacios vacíos estén colmados?

De nuevo el viejo soltó su extraña carcajada.
- ¡Qué sé yo! Ya veremos. Quizá el fin del mundo. Ésa es mi esperanza. Por eso me dedico a este negocio.

Cyril detuvo el globo. En el Hindukush había aún una mancha blanca diminuta. Puso el dedo en ella.
- Aquí-dijo.

Tubal asintió y murmuró:
- Como gustéis.

De pronto su rostro gris piedra se acercó al de Cyril. Parecía gigantesco, como una montaña rocosa, pero... En el mismo momento se transformó en el rostro benigno y algo simple de un hombre con barba encanecida.
- Tranquilo, señor -dijo sonriendo-. Le he sacado a tiempo del agua. Todo está en orden.

Cyril se dio cuenta de que los vestidos se le pegaban al cuerpo, mojados. Se encontraba en una góndola que se mecía suavemente. El hombre barbudo se inclinaba sobre él. 
- ¿Quién es usted?-preguntó Cyril con dificultad-. ¿Qué ha ocurrido? ¿De dónde vengo?
- Por un pelo no se ha ahogado usted, señor -explicó el hombre-. Si no hubiera pasado casualmente y le hubiera visto dando tumbos en la niebla... Parece que perdió usted el equilibrio y cayó al agua. Tardé un rato en encontrarle. ¡Maldita niebla! Iba usted a la deriva en el agua, boca abajo. No fue fácil sacarle.
- Gracias por ayudarme-dijo Cyril incorporándose-. Tome, como muestra de mi agradecimiento.

Sacó su monedero mojado del bolsillo y se lo entregó a su salvador.
- No es necesario, señor -dijo el hombre-. No era más que mi deber de cristiano.

Sin embargo, cogió con rapidez el monedero y lo abrió. Lo que vio pareció sorprenderle gratamente.
- Estuvo usted celebrándolo, ¿eh? -dijo riendo-. En alegre compañía uno no se da cuenta de si bebe un vaso más o menos. Es comprensible.
- No estoy borracho -dijo Cyril-. ¿Haría usted el favor de llevarme al Danieli? Tengo frío.
- Sí señor-respondió con deferencia el hombre-. No está lejos, sólo a dos minutos de aquí.

Cuando Cyril llegó a su habitación y se secó y cambió, abrió el contenedor de acero para sacar el cuadro.

La imagen había desaparecido. Sólo quedaba el lienzo vacío y un poco quebradizo. 

Durante el medio año siguiente lord Abercomby se dedicó a preparar cuidadosamente su expedición al Hindukush. Estudió todos los mapas que pudo encontrar y estableció una ruta de viaje. Hizo listas para el equipamiento necesario y para las vituallas. Cuando se extendió la noticia de que planeaba esta expedición se presentaron numerosos interesados en participar en ella. Escogió a tres, con los cuales se entrevistó para discutir los detalles. En aquel tiempo el alpinismo estaba poco desarrollado y el único experto en este terreno -si puede decirse así- era el sueco Thor Thorwald. El segundo hombre al que contrató era el polaco Andje Bronsky, profesor a pesar de su juventud y conocedor de veinte dialectos hindúes, paquistaníes y mongoles. El tercero, por último, era el dibujante científico y pintor Emanuel Merkel de Múnich, que había adquirido fama por diversas publicaciones.

Los cinco hombres (Wang, naturalmente, formaba parte del grupo) viajaron primero a Karachi y de allí a Hyderabad, donde el viaje se interrumpió durante cinco semanas para recoger un máximo de información sobre el lugar al que se dirigían. Lord Abercomby, por cierto, no había comunicado a ninguno de sus compañeros de expedición, tampoco a su criado, el verdadero móvil de la empresa. Oficialmente se trataba sólo de intereses científico-geográficos.

Desde Hyderabad el camino les condujo bordeando el río Sindh hacia el norte, hasta Islamabad. Allí se hizo una nueva pausa para los preparativos que permitirían adentrarse en las regiones montañosas, sin explorar, del Hindukush. Estos preparativos requirieron más de tres meses, pues a pesar de las muy generosas ofertas de recompensa la mayoría de los porteadores, muleteros y sherpas que circulaban por las posadas de las caravanas se negaban a participar en un plan que consideraban descabellado. 

Por fin se logró reclutar, poco a poco, a dieciséis hombres a los que las enormes sumas que ofrecía lord Abercomby hacían olvidar sus escrúpulos. Cyril sabía perfectamente que no se trataba en ningún caso de los mejores y más capacitados compañeros de expedición. Veinticuatro mulas fueron cargadas con tiendas de campaña, material de equipo y víveres. Con tiempo propicio y el cielo despejado se inició el viaje. 

Desde Islamabad se siguió el curso del río, que pronto se convirtió en un pequeño arroyo, en un lecho de fragmentos de roca dificultoso para la marcha. El imponente sistema montañoso del Nanga Parbat fue rodeado por el oeste. Cada día era más difícil avanzar. Después de una semana la caravana se vio atacada por una manada de lobos que la había seguido durante días y había provocado el pánico entre las mulas con sus aullidos. En medio de la noche las bestias atacaron el campamento y organizaron una escabechina. Eran al menos cien animales gigantescos, de color gris negro, dos veces más grandes que los lobos corrientes. Los porteadores, muleteros y sherpas estaban convencidos de que se trataba de demonios. Al amanecer descubrieron que los lobos habían destrozado ocho mulas y que otras cinco habían desaparecido. Tres hombres estaban muertos y de otros cuatro no existía rastro. El pintor Merkel se hallaba gravemente herido y tuvo que ser transportado en una camilla improvisada. Al cabo de diez días la caravana llegó, en un estado bastante lamentable, al pueblo de montaña de Chilas, constituido por unas pocas casas.

Al enterarse los viejos del lugar de cuál era la meta de la expedición, prohibieron a sus gentes hablar con los extranjeros o entablar cualquier contacto con ellos, ya que estaban convencidos de que los dioses de las montañas también les pedirían cuentas a ellos por el sacrilegio planeado. Trataron a los intrusos como si no existieran. Merkel murió y tuvo que ser enterrado en las afueras del pueblo.

La moral del equipo había descendido al mínimo. Thorwald propuso suspender la expedición y Bronsky le apoyó. Lord Abercomby, sin embargo, ordenó continuar y todos le obedecieron.

Después de unos días de descanso el grupo continuó la marcha en dirección a Tirich Mir y alcanzó la zona de los glaciares y del hielo eterno. El tiempo empeoró súbitamente. Se desencadenó una ventisca, las nubes negras y grises corrían desgarradas por las laderas, un alud cayó y arrastró a cinco mulas y a tres muleteros. En la noche siguiente los seis que quedaban decidieron en conciliábulo secreto tomar el camino de regreso. Por miedo a no resistir la voluntad de lord Abercomby desaparecieron sin previo aviso y se llevaron, como compensación por el salario que les había sido prometido, todas las mulas menos tres. Si quedaba una mínima oportunidad de sobrevivir para los tres europeos y el chino, ésta consistía única y exclusivamente en volver de inmediato. Lord Abercomby les obligó a continuar la marcha.

Dos días más tarde llegaron a una pared que había que cruzar diagonalmente. Las mulas fueron descargadas y sacrificadas de un tiro. Ya no existía posibilidad de retorno. Cada hombre cargó con los víveres que pudo. En la pared que había que superar en cordada, Bronsky cayó y arrastró consigo a Thorwald. Wang salvó a su amo, del que colgaba el peso de los dos compañeros muertos o inconscientes, cortando la cuerda que los unía. 

Al otro extremo de la pared encontraron una gran superficie inclinada, cubierta de nieve profunda, de varias millas cuadradas de extensión, por la que avanzaron a duras penas. Estaban a tal altura que el cielo sobre sus cabezas parecía casi negro. Las manos y los pies de Wang se helaron. No podía continuar. Sus últimas palabras fueron una pregunta: “¿Adónde, mi señor?”. Murió en brazos de Cyril, sin recibir respuesta. 

Al cabo de un número indefinido de días y de noches, lord Abercomby se vio en el borde superior de unas montañas en forma de anillo, mirando sobre un amplio valle, curiosamente libre por completo de nieve. Quizá esta circunstancia se debía al cortante viento que soplaba sin cesar en torno a un gigantesco pilar rocoso, sobre cuya plataforma superior se alzaba un resplandeciente palacio. 

Cyril había encontrado su “mancha blanca”. Pero las ventanas del edificio estaban a oscuras y las puertas de la gran entrada se hallaban abiertas de par en par. 

Cyril descendió hasta el valle e, inclinado para luchar contra el viento, avanzó hacia el pie del monolito. Cuando por fin lo alcanzó, cayó la noche. Las estrellas en el cielo eran grandes y brillantes como nunca las había visto. Hacía tanto frío que la piedra cristalina exudaba lágrimas de hielo. Cyril no sentía frío, no sentía ya su cuerpo. Con dedos insensibles iba buscando donde agarrarse y fue ascendiendo centímetro a centímetro por la roca. Así inició su último e imposible ascenso. 

La opinión pública mundial había seguido con cierto interés la expedición hasta Islamabad y luego la había perdido de vista. Como no se recibieron más noticias, sus miembros fueron dados por muertos o desaparecidos, como tantos otros antes que ellos. El asunto se olvidó.

Setenta y dos años más tarde unos comerciantes de lapislázuli que habían intentado llegar con su caravana desde Chitral, a través del puerto de Sarhadd, a Chorog y de allí a Faydabad, al oeste, manifestaron que estando a gran altura se habían desviado por razones inexplicables del camino previsto y habían descubierto en su involuntario rodeo un valle de montaña apartado, casi redondo, en cuyo centro se alzaba un gigantesco pilar de roca, en forma de seta. En su cima dijeron haber visto un palacio de innumerables torres de piedra lunar iridiscente. Como anochecía ya, acamparon al borde del valle y pudieron observar que todas las ventanas del palacio estaban iluminadas, como si se celebrara allí una brillante fiesta. Sin embargo, sólo pudieron distinguir una silueta humana, recortada en una de las ventanas situadas sobre la puerta de entrada cerrada, con la mano alzada en un gesto de saludo o de rechazo. Debido a la distancia fue imposible reconocer detalles; tampoco se atrevieron a acercarse más y, presa de un gran espanto, partieron antes del amanecer.

A su relato, naturalmente, no se le concedió la menor credibilidad.


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