martes, 5 de agosto de 2014

2 Jojo, historia de un saltimbanqui

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PROLOGO

Polígono industrial a las afueras de una gran ciudad. Tarde de invierno. En el cielo aún claro, que va oscureciéndose poco a poco durante el prólogo, hay una luna llena y pálida que se recorta sobre la brumosa silueta de chimeneas, silos y edificios de fábricas. Sopla un ligero viento, frío y persistente.

En primer plano aparece un solar en el que van a empezar a edificar. En un extremo están ya preparadas las excavadoras y las máquinas de construcción. Detrás se alzan las naves e instalaciones de una enorme planta química. 

En medio de la explanada se apretujan, como asustados, tres míseros carromatos, antaño de vivos colores. Techos, ruedas, ventanas, todo está cubierto de parches chapuceros, la pintura desconchada, deslucida y desvaída a causa de la intemperie, y no llevan caballos enganchados. Forman un pequeño cuadrado abierto por delante que sirve de abrigo contra el viento.


En este recinto, sobre la tierra desnuda, arde una fogata alimentada con cartones y basura. A su alrededor se calientan los últimos miembros del circo, unos de pie y otros en cuclillas. Todos tienen un aspecto desastrado y famélico, y llevan ropa de invierno corriente pero harapienta. Sólo por ciertos detalles es posible adivinar que se trata de artistas.

BUX, el ventrílocuo, está sentado sobre una vieja maleta junto al fuego. Es un hombrecillo frágil, rondando los sesenta, de pelo y bigotito blancos, con modales de lord inglés. Lleva un abrigo negro, en su día elegantísimo, que ahora está raído y lleno de manchas. Sobre sus rodillas sostiene a OTTOKAR, muñeco parlante vestido de ascensorista y dotado de una mímica extraordinariamente expresiva. Los dos andan siempre cuchicheando y susurrándose cosas al oído, o jugueteando. BUX parece haber olvidado que OTTOKAR no es más que una parte de sí mismo. Para él, el muñeco es un ser vivo.

De pie, a su lado, está YUSSUF, el mago, un negro de edad indefinible que habla con acento extranjero. Lleva un abrigo militar que le llega hasta los tobillos, una larga bufanda multicolor de lana al cuello y una chistera abollada. Al hablar enseña mucho los dientes y hace chiribitas con los ojos. De vez en cuando sus dedos adquieren vida propia y hacen aparecer y desaparecer un cigarrillo, lanzan al aire una baraja vieja y manoseada o sacan un huevo de la nariz de uno de sus compañeros. Pero nadie le presta atención, ni siquiera él mismo.

Al otro lado de la hoguera está PIPPO, el acróbata y malabarista, un hombre rechoncho de cara roja, de unos cuarenta años. Lleva unos pantalones de pana viejos y deformados, un grueso jersey de marinero de cuello alto y un minúsculo gorrito de punto sobre la calva. Tiene la voz ronca, le gotea la nariz y está sin afeitar. Más adelante, durante la conversación, recoge de vez en cuando unas piedrecitas del suelo y hace juegos malabares con ellas o balancea un palo. Pero de momento está inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, mirando fijamente el fuego.

A su lado, en cuclillas, se calienta las manos LOLA, la equilibrista. Es pequeña, delicada como una niña, pero tiene la cara demacrada y triste. Lleva la negra cabellera al estilo de las bailarinas, partida por una raya y recogida en un moño, en la nuca. Va envuelta en un montón de mantas viejas. Cuando se mueve se entrevén varias prendas de lana rosa y unos gruesos leotardos de color carne. Una boa apolillada de plumas rosas se enrosca alrededor de su cuello.

A la izquierda, fuera del cuadrado que forman los carros, se encuentra WILMA, tiradora de pistola y lanzadora de cuchillos. Está de espaldas a los espectadores, apoyada contra uno de los carros. Mira ansiosa hacia la planta química del fondo. Lleva pantalones de montar y botas altas, cinturón con pistolera y un astroso abrigo de piel de gato. Tiene el pelo de un rojo zanahoria y va excesivamente maquillada.

Al otro lado de los carros, en primer plano a la derecha, está acuclillada ELI, una niña de unos diez o doce años que abre canalillos entre un charco y otro con los dedos. Va muy sucia. La ropa, mal abrochada, cuelga grotescamente de su cuerpecillo desmirriado, y salta a la vista que son restos inservibles del vestuario de la compañía. Aun antes de hablar se nota que es retrasada mental por la postura de la cabeza y por sus movimientos. 

Tras un prolongado silencio, Pippo, el acróbata, lanza una mirada al cielo como si acabara de despertarse y dice quedamente:

Pippo: Empieza a oscurecer.

Lola: Y a hacer frío. (Pippo la rodea con un brazo para darle calor)

Wilma: (Se acerca a los otros para calentarse.) Más vale que nos olvidemos de él.

Yussuf: Sí, seguro que ya no viene.

Bux: No me lo esperaba. Esta vez no.

Muñeco: Pues yo sí. Es una de las suyas.

Bux: Tú te callas, Ottokar.

Eli: Jojo viene. Eli está segura. Jojo es bueno.

Wilma: Conque Jojo es bueno, ¿eh? ¿Cuántas veces habremos tenido que hacer la función sin él porque desaparecía de repente? Ese pobre diablo siempre encuentra una tabernucha con entrada pero sin salida, o al menos eso dice.

Muñeco: Hoy es imposible que pase eso.

Wilma: ¿Por qué?

Muñeco: Porque hoy no hay función. Je, je, je.

Bux: Déjate de bromas, Ottokar. No estamos para tonterías.

Pippo: Tal vez no haya conseguido nada con esos. Estará avergonzado y no nos lo querrá decir.

Lola: (Irónica.) Sí, a veces es muy sensible.

Yussuf: Pero que tarde tanto en volver también puede significar que todavía no lo ha dado todo por perdido. Quizá tiene alguna esperanza.

Pippo: Yo te apuesto lo que quieras a que nos ha dejado en la estacada. 

Muñeco: ¡Bux! ¿Has oído lo que dice? (Suelta una risotada.)

Bux: ¡Cierra el pico de una vez o te vas a la maleta!

Muñeco: (A voces.) Dijo Caín a Abel: 
                                ¡Cierra el pico! 
                                Y con un cordel 
                                Que sacó de un papel  
                                Ató al pobre chico. 
                                A la maleta no, Bux. ¡Por favor, por favor! Ya me callo. 

Lola: ¿Y si no lo hubieran dejado salir? (Junta significativamente las muñecas.)

Pippo: ¿Que lo han encerrado, quieres decir? ¿Por qué?

Lola: A lo mejor resulta que hemos violado alguna ley. O sea, por el simple hecho de estar aquí. Puede que vengan a por nosotros esta misma tarde.

Wilma: Por mí... Así al menos iríamos a un sitio calentito.

Eli: (Asustada.) Eli es buena. Eli no ha hecho nada. Todos sois buenos.

Muñeco: Claro, Eli. No tienes por qué tener miedo. Lola sólo estaba bromeando. Nadie va a hacernos daño.

Wilma: Deberíamos haber mandado a alguien que supiera hablar seriamente con la gente.

Yussuf: Jojo es el que mejor sabe hablar de todos nosotros, no cabe duda.

Wilma: Lo único que sabe es hacer reír a los niños, y eso no nos va a servir de mucho en este caso.

Pippo: Lo hemos elegido todos, y tú también, Wilma.

Muñeco: Y yo.

Wilma: Conociéndole, seguro que ha hecho algo mal. Esa gente en seguida sospecha que uno se está burlando de ellos.

Eli: Wilma no tiene por qué tener miedo. Eli tampoco tiene miedo.

Lola: Pero, ¿qué puede conseguir? En el fondo da igual, y vosotros lo sabéis. Tanto si nos echan mañana como dentro de unos días, esto es el final del trayecto. ¡A apearse todos! Si los acreedores se nos han llevado los últimos tres caballos, ¿qué solución le pueden dar a Jojo los de la fábrica? ¿Que aplacen las obras para que dejemos aquí nuestros carros? ¿Los vamos a arrastrar nosotros mismos? ¿A dónde ir? Y, ¿para qué? Al fin y al cabo, no hay nada que hacer. Ya se han llevado todo lo que podían llevarse. Yo lo comprendí hace dos meses, cuando tuvimos que empeñar la carpa y el vestuario para comprar pienso para los caballos. Cuando un circo empeña la carpa... se acabó la función, señores.

Wilma:   Yo creo que empezó mucho antes. No os engañéis; sabéis perfectamente a qué me refiero. Fue hace tres años, precisamente el día que recogimos a esa infeliz. Yo me opuse desde el principio, pero nadie me hizo caso. Éramos doce y de golpe trece. ¡Trece! Todos sabéis lo que eso significa. Primero se puso enfermo Nick, después tuvo el accidente Carlo, y al año siguiente nos abandonaron Leo y su familia. Francamente, desde aquel día todo nos ha salido al revés. No deberíamos habernos llevado a la niña, o tendríamos que haber contratado a alguien más para ser catorce. ¡Pero mira que trece...!

Pippo:     ¡Contratar a alguien más, dice! ¿A quién? ¿Y con qué dinero? 

Lola: No podíamos dejar a la niña así, tirada en la cuneta, Wilma. Eli estaba terriblemente enferma, y se habría muerto.

Yussuf: Además, los jorobados y los retrasados mentales traen suerte, eso lo sabe todo el mundo, Wilma. Son sagrados.

Wilma: ¿Suerte? Pues vaya, míranos a nosotros.

Pippo: Eli seguro que no tiene la culpa.

Wilma: Pero ¿quién habla de culpas, Pippo? Ha sido el número y nada más, ¿entiendes?

Lola: Hablad bajo, que nos está escuchando.

Wilma: Bah, si no entiende nada.

Eli: (Se acerca a Wilma y la acaricia.) Wilma es buena. Eli también es buena, ¿no? Todos son buenos. (Va de uno a otro acariciándolos delicadamente. Todos callan, avergonzados, y miran al suelo. También acaricia al muñeco.)

Muñeco: Además, conmigo éramos catorce.

Bux: Desgraciadamente, tú no cuentas, Ottokar. (Pausa.)

Pippo: ¿Y si lo intentásemos otra vez en un circo grande? Tal vez nos den un puestecito en alguno.

Lola: ¿A todos juntos?

Pippo: O todos o ninguno. ¿Acaso no lo habíamos decidido así? Nos quedaremos juntos, pase lo que pase. ¿O alguno de vosotros ha cambiado de idea?

Yussuf: Ya has preguntado en los cinco más importantes, y te han mandado a paseo.

Pippo: Hay más circos.

Wilma: ¡Ay, Pippo, no te hagas ilusiones! Lo que ocurre es que no somos buenos ninguno de nosotros. Hoy en día hay que ofrecer números espectaculares, porque si no, no tienes ninguna posibilidad. El público ya no es como antes.

Bux: Ni siquiera los niños. Hasta en los pueblos han visto cosas cien veces mejores en la televisión. Más nos valdría cambiar de oficio y convertirnos en miembros útiles de la sociedad.

Muñeco: ¿Yo también? Di, Bux, ¿eso duele?

Bux: Un poco.

Muñeco: Pues yo me marcho. (Patalea.)

Bux: Estate quieto, pequeño. Sin mí no te puedes ir.

Wilma: ¿Os habéis enterado de que Leo trabaja ahora en el cine de doble para escenas peligrosas? Dicen que gana bastante dinero.

Pippo: Sí, pero nos ha dejado plantados. Wilma Tarde o temprano nos iremos todos.

Eli: ¡Viene Jojo! ¡Ahí viene Jojo! (Corre a su encuentro y lo abraza impetuosamente.) ¡Jojo! ¡Jojo! ¡Eli te ha esperado mucho! 

(Jojo, un hombre de unos cincuenta años, lleva un abrigo gastado y deshilachado. Por el bolsillo asoma una botella. A modo de saludo, se quita ceremoniosamente el puntiagudo gorro de payaso, de un blanco sucio, que lleva ladeado, y hace profundas reverencias a derecha e izquierda, como para responder a una estruendosa ovación. Lleva un acordeón a la espalda.)

Pippo: ¡Venga, cuenta, Jojo!

Lola: ¿Has conseguido algo?

Jojo: (Niega con la cabeza.) Sí.

Wilma: Bueno, ¿qué? ¿Sí o no?

Jojo: (Asiente con vehemencia.) No.

Pippo: Déjate de bromas.

Bux: ¿Qué has hecho, Jojo?

Muñeco: ¿Por qué has tardado tanto en volver, Jojo?

Jojo: Porque... (Reflexiona con aire de gravedad.) Porque... (Se da un golpecito en la frente.) Vaya, hace un momento lo sabía, os lo aseguro, ¡Pero se me ha ido de la cabeza! Tiene que andar por aquí cerca. (Rebusca por el suelo.)

Wilma: ¿Qué os había dicho yo? No sirve para nada.

Pippo: Entonces, ¿ha sido todo en vano? Dinos, Jojo.

Jojo: (Con un gesto le indica que espere y sigue buscando por el suelo.)

Bux: Era de esperar, Ottokar.

Muñeco: Todo muy lógico, Bux.

Yussuf: ¡Vaya dientes que tienen! Me dan miedo.

Lola: ¿De qué hablas, Yussuf? ¿A qué te refieres?

Yussuf: A los monstruos. Los dragones, los saurios. Ahí, y allí y allí.

Lola: ¡Ah, las máquinas! Pero si son excavadoras y grúas.

Yussuf: Están esperando. Están ahí paradas esperándonos.

Pippo: No digas bobadas, Yussuf. Cálmate. ¿Qué pueden hacernos? ¡Al fin y al cabo, estamos en un país civilizado! Sencillamente, no nos vamos. Si seguimos juntos no podrán hacernos absolutamente nada. ¿Es que crees que van a enterrarnos vivos?

Jojo: ¡Un momento! ¡Ya lo tengo! ¿Sabéis lo que he hecho? Dar pena. Y mucha, por cierto.

Wilma: ¿Y a quién has dado pena, Jojo?

Jojo: (Con un amplio ademán.) A todos.

Pippo: Estupendo. Y aparte de eso, ¿qué has hecho?

Jojo: He hablado con la excelentísima junta directiva personalmente.

Pippo: (Perplejo.) ¿Quién, tú?

Jojo: (Asintiendo orgulloso.) Sí, yo.

Pippo: ¿Con la junta directiva de esa fábrica de ahí?

Jojo: Así es, y personalmente. De persona a persona, ¿entendéis? Tal que ellos allí y yo aquí. O más bien al revés: ellos aquí y yo allí. ¿Y sabéis qué me ha dicho la mismísima junta directiva en persona? Pues que lo lamenta, que le da muchísima pena, y me lo ha dicho personalmente.

Pippo: ¿Y qué es lo que lamenta, Jojo?

Jojo: Que esté ya todo decidido y que no puedan hacer nada. El consorcio químico va a construir una nueva nave que necesita urgentemente aquí, donde estamos nosotros. Las obras empiezan mañana por la mañana. Lo excavarán, removerán y apisonarán todo, incluso nuestros carros, si por casualidad andan por en medio. Pero, naturalmente, todavía tenemos hasta mañana por la mañana para llevárnoslos a otro sitio.

Pippo: ¿Ah, sí? ¿A dónde?

Jojo: (Señala vagamente con los brazos y luego los deja caer.) Pues mira, Pippo, eso es exactamente lo que he preguntado yo.

Pippo: ¿Y qué te ha contestado la junta directiva?

Jojo: ¡Es que no te enteras de nada, Pippo! Que lo lamenta.

Pippo: (Se sienta.) Entonces, se acabó todo.

Muñeco: Pero, ¿de verdad no te han dicho nada más, Jojo?

Jojo: ¡Ah, sí, ahora me acuerdo! ¿Qué era? Sí, sí, que quieren contratarnos.

Pippo: ¿Qué quieren qué?

Jojo: Contratarnos.

Pippo: ¿A todos juntos?

Jojo: Sí, a todos nosotros juntos.

Wilma: ¿Y cómo no nos lo habías dicho antes?

Pippo: ¡Un momento, un momento! ¿Para qué quieren contratarnos?

Jojo: (Saca un papel del bolsillo.) Para hacer de circo de propaganda. Aquí está el contrato. Sólo tenemos que firmarlo. Nos dan vehículos nuevos, a motor, por supuesto; vestuario nuevo, en fin, todo nuevo. Hasta los números serán distintos; se los inventará el departamento de publicidad. Naturalmente, también cambiarán el nombre. Nuestro circo se llamará igual que la empresa.

Wilma: ¿Y la paga?

Jojo: No está mal.

Wilma: ¡Chicos, todavía ocurren milagros!

Yussuf: ¿Y qué tenemos que hacer?

Jojo: Recorrer el país haciendo propaganda de los productos químicos de la empresa, sobre todo en el campo, en los pueblos, pero también algunos anuncios de televisión.

Pippo: Es nuestra salvación. (Llora.)

Lola: (Lo rodea con un brazo para consolarlo.) No, si hasta nos haremos famosos y todo.

Pippo: ¿Alguien tiene algo que objetar?

Jojo: (Levanta un dedo.) Yo, por favor.

Wilma: ¡Cómo no! ¡Tenías que ser tú! ¡Si no hay que darle más vueltas!

Pippo: ¡Explícate, Jojo!

Jojo: Esos señores ponen una pequeña condición. Tenemos que separarnos de Eli.

Yussuf: ¿De Eli? ¿Por qué?

Jojo: Dicen que no da buena impresión que llevemos con nosotros a una niña así. Lo que tenernos que hacer es tratar de que la gente se fíe de sus productos químicos; o sea, tenemos que demostrar lo inofensivos y útiles que son los potingues que vende la empresa, y, según ellos, una niña así sería contraproducente. Y, claro, no quieren que eso ocurra.

Lola: ¿Y qué será de Eli?

Jojo: Mira, según ellos, no tenemos que preocuparnos. La empresa mantiene una institución para esta clase de niños, con los últimos adelantos de la ciencia, aparatos fabulosos, médicos fabulosos y un personal médico fantástico. Todo maravillosamente científico. Ahí es donde quieren mandar a Eli.

Wilma: (Tras una pausa.) Bueno, entonces todo perfecto. Seguramente allí estará mejor que con nosotros. Tal vez incluso puedan ayudarla. ¿Qué te parece, Eli? ¿No te gustaría ir a un bonito asilo para curarte y aprender muchas cosas?

Eli: (Se agarra asustada a la mano de Jojo.) Eli es buena. Todos sois buenos, ¿verdad?

Jojo: Ya sabéis que yo soy muy tonto para estas historias. Hay que decidirlo entre todos. Hasta mañana por la mañana tenemos tiempo. De todas formas, a mí me ha venido una cosa a la memoria, aunque a lo mejor os parece una estupidez. ¿Os acordáis de aquello que pasó hace tres años en un sitio en que de repente empezó a oler muy raro? Todo el mundo huía de allí. Había gallinas, perros y gatos muertos por la carretera, y cuando empezó a llover la hierba se volvió amarilla. Luego salió en los periódicos que era una nube de veneno. Fue por entonces cuando se puso enfermo Nick, y todavía lo está. Y también por entonces encontramos a Eli arrastrándose por la cuneta. Eso es lo que se me ha venido a la memoria.

Pippo: Sí, fue una catástrofe. Hubo una avería en una fábrica que estaba a diez kilómetros. Pero, ¿a qué viene eso?

Jojo: Aquella fábrica también pertenecía a esta empresa, y producía las mismas sustancias químicas, que son las que tendríamos que anunciar... separándonos de Eli. (Se miran desconcertados.)

Wilma: (Preocupada.) Chicos, os voy a decir una cosa. Tal como estamos, no podemos elegir. Tenemos que coger lo que nos ofrecen. Si no lo hacemos, no vamos a cambiar el mundo y, al fin y al cabo, no somos responsables de lo que hacen esos señores.

Jojo: (La mira largamente.) No, ¿eh? Yo soy muy tonto; decidid vosotros lo que vamos a hacer. (Larga pausa.)

Muñeco: No habléis todos a la vez. (Jojo coge el acordeón y empieza a tocar suavemente su melodía.)

Eli: (Le tira tímidamente de la manga.) ¿Jojo? Jojo es bueno. Jojo, cuenta algo a Eli.

Jojo: ¿Una historia? Me parece que hoy no se me va a ocurrir nada. Soy muy tonto, bonita, ya lo sabes.

Eli: (Se ríe.) No, no es verdad. Jojo le cuenta un cuento a Eli, ¿vale?

Jojo: (Deja el acordeón en el suelo.) ¿Un cuento? ¿Y de quién quieres que trate?

Eli: De nosotros. (Señala a todos, uno por uno.) De Eli, y Jojo, y todos.

Jojo: (Saca la botella del bolsillo, bebe un trago, mira pensativo al círculo de oyentes que se acercan vacilantes, da otro trago y coloca la botella delante de él.) Vamos a ver... (Empieza a tocar de nuevo el acordeón. En el transcurso de su narración oscurece rápidamente, se desvanece la escena y sólo se oye la voz, de Jojo.) Ya está. Escucha, Eli. Érase una vez una linda princesita llamada Eli, vestida de terciopelo y seda, que vivía en la cima del mundo, en un castillo de cristal de colores. Tenía todo lo que se pueda desear. Comía únicamente los manjares más exquisitos y bebía el vino más dulce. 
Dormía sobre almohadas de seda y se sentaba en sillas de marfil. Lo tenía todo, pero estaba completamente sola, porque todo lo que había a su alrededor —sus criados y doncellas, sus perros, gatos y pájaros, y hasta sus flores— no eran sino reflejos de un espejo... 

(Continúa la música hasta que aparece el cuadro siguiente.)

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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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