martes, 12 de agosto de 2014

7 Jojo, historia de un saltimbanqui

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CUADRO QUINTO


La azotea del palacio real del País del Mañana. 
Noche estrellada. 
El príncipe Joan descansa con Angramain sobre mullidos cojines. Sirvientes y dignatarios, músicos, el Ministro del matrimonio, el bufón.

MINISTRO DEL MATRIMONIO:     ¿Y cuándo celebraréis las bodas, príncipe? 
Como yo, todo el pueblo aguarda impaciente.

Joan:     ¿Mañana, Esmeralda? ¿Esta noche? ¿Ahora? 
Sea cual sea el momento, hazlo saber al ministro.

Angramain:     Aún, no me siento segura de ti.


Bufón: ... Dijo el gato al ratón, 
con la cola asomando por la boca. 
El último estertor, se relamió y desapareció. 
¡Qué risa me da!

MINISTRO DEL MATRIMONIO:     Y vos, señora, desveladnos al fin 
vuestra identidad, si os place.

Bufón:     ¡Desvelada está! ¡Menos velos no podría llevar!

Joan:     Me parece que la broma ha llegado 
demasiado lejos.

Angramain:     (Se estrecha contra él.) 
¡No le prestes oídos! 
¿Te estremeces?

Joan:     ¡Qué fría estás! 

Angramain:     ¡Dame tu calor!

(A una señal del príncipe los músicos empiezan a tocar.)

Joan:     (Canta.) 
Mi sangre, mi vida entera 
como presente te ofrezco. 
Quisiera derretir tu hielo 
con mi fuego, con mi ardor, 
y poseerte por siempre.

Angramain:     (Canta.) 
Tu vida y tu sangre, ¡oh príncipe!, 
pronto me darás a beber, 
sin saber lo que eso significa. 
Distrae tu espíritu 
y alcanzarás tu meta.

MINISTRO DEL MATRIMONIO:     (Canta.) 
Me quema el deseo de saber 
si se celebrarán las bodas. 
Ella demora y aplaza, 
y a todos mantiene en vilo. 
¡No aguanto más! ¡Ni un minuto!

Bufón:     (Canta.) ¡Qué no daría por abrir 
los ojos de mi señor! 
Me indigna lo que veo, 
mas él, con indiferencia, 
desoye mis consejos.

(Termina la música.)

Joan:     ¿Que la distracción a la meta 
me llevará, dices?

Angramain:     Hablaba de un juego. 
Te reto... si te atreves.

Joan:     ¿Qué puedo perder?

Angramain:     A ti mismo.

Joan:     ¿Qué ganaré?

Angramain:     A mí.

Bufón:     Tanto monta, monta tanto.

Joan:     ¿Y cómo se llama el juego?

Angramain:     Las damas.

Joan:     Lo conozco bien. El premio ya es mío, 
pues nunca perdí una partida. 
Jugaré contigo con sumo placer.

Bufón:     Es ella quien contigo juega.

Angramain:     Pero yo no uso fichas ni tablero, 
sino figuras con vida.

Joan:     ¿Y de dónde las sacaremos?

Angramain:     Déjalo de mi cuenta.

(Respondiendo a un gesto mágico de Angramain, la luz vuelve a cambiar. Las figuras del juego hacen su aparición. Provocativamente desnudas, sólo las cabezas van cubiertas con tupidos velos. El suelo de la terraza, pavimentado en forma de ajedrez, les sirve de tablero. Las figuras bailarán obedeciendo las indicaciones del príncipe Joan y de Angramain, que dirigen la partida. El canto de las figuras es excitante; sus movimientos, obscenos.)

BAILE Y CANTO DE LAS FIGURAS DEL TABLERO:     ¡Escucha nuestro canto! 
En este canto has de comer 
y saltar, saltar y comer. 
Con astucia, lo conseguirás. 
Quien en el camino del hábil 
se interpone, está sentenciado, 
pues aquél lo comerá sin piedad, 
y aunando esfuerzos, 
entre todos se aniquila 
al solitario. 
¡Escucha nuestro canto! 
Salva las trabas que te entorpecen, 
juega sin titubeos. 
Quien no come, será comido. 
Comer y saltar, 
saltar y comer. 
Y comer y comer...

Angramain:     El juego ha acabado

Joan:     ¿Quién es el vencedor?

Angramain:     ¡Yo!

Joan:     No sólo has ganado la partida, 
sino a mí también, en cuerpo y alma.

Bufón:     No sabe lo que eso significa. 
¡Ojalá fuese yo el loco! Pero tiene que ser él.

(A lo lejos se oye el lamento del espejo mágico.) 

Kalophain:     ¡Ay, mi reina! ¡Ay, mi niña! 
¡Fuiste cruel al desterrarme!

Angramain:    (Furiosa.) 
¡Bailad! ¡Bailad! ¿Acaso estáis dormidas?

Joan:     ¡No! ¡Deteneos! ¿Qué era ese sonido? 
Parecía un lamento.

Angramain:     ¡Mírame a mí, a mí sola! 
¿Qué te importa la desgracia ajena? 
¿Qué te importan los demás

Joan:     ¡No, no! En mi reino no ha de haber 
ocasión ni motivo de llanto o dolor. 

(El espejo mágico se acerca cruzando el cielo. Todavía lleva la imagen de Eli.)

Kalophain:     ¡Me he quedado sin brillo! ¡Estoy ciego! 
Sólo su imagen conservo.

Joan:     ¡Aun ciego eres bello! 
El rostro que en tu cristal llevas contemplo por vez primera, 
mas mi corazón lo reconoce, 
como si formase parte de mi ser 
desde la eternidad.

Kalophain:     ¿Qué será de ella, de mi niña? 
Dura es la tierra, frío el viento. 
¿Quién la amará ahora?

Joan:     iYo, ciego espejo! ¡Yo la amaré! 
Sólo ahora comprendo esta palabra.

Kalophain:    ¿Quién me habla? ¿A dónde me arrastró 
el viento?

Joan:    Llegas al lugar adecuado, 
en el momento preciso. 
El príncipe Joan es quien te habla.

Angramain:    (Con su verdadera voz.) 
¡Has quebrantado el juramento!

Joan:    Pero ¿quién eres tú? ¡Qué loco he sido! 
¡En tus redes de delirio me enredaste! 
¡No eres lo que pareces! ¡Ah, qué rastrera! 
Por tus venas corre sangre verde, fría. 
¡Tu rostro es una mentira; tu frialdad, avaricia! 
¡Fuera la máscara! ¡Sabré quién eres! 

(Joan le arranca la máscara de la cara a Angramain y, en lugar de la dama verde, ve ante sí la enorme araña. Al mismo tiempo, las figuras del tablero se descubren la cabeza: son monstruosos rostros de insectos y calaveras. Joan queda petrificado.)

Angramain:     ¡Paga lo que me debes, necio! 
¡Sufre, mudo de horror, 
los tormentos del infierno! 
Tu pecho abriré con mis garras, 
con un nudo oprimiré tu corazón. 
¡Ante Angramain hinca las rodillas! 
¡Has perdido! Te ordeno que olvides 
todo cuanto es tuyo, todo lo que eres. 
¡Vete, pobre iluso! ¡Nunca me conociste! 
¡Fuera! ¡Abandona el País del Mañana!

Joan:     (Huye.)

Bufón:     (Le grita desesperado.) 
¡Jojo! ¡No sigas adelante! 
¡Da otro rumbo a la historia! 
¿Acaso abandonas a los hijos de tu fantasía? 
¡Esta broma sí que llega demasiado lejos! 
(Llora.)

Angramain:     (Parece adquirir proporciones gigantescas.) 
¡Inclinaos ante mí! 
¡Ahora soy yo quien reina en el País del Mañana!

MINISTRO DEL MATRIMONIO:    (Temblando.) 
Jurídicamente tenéis razón. Así reza el contrato. 
Sus cláusulas os favorecen, no cabe duda. 
Yo estoy de acuerdo con todo.

Angramain:     ¡Inclinaos más! ¡Más! ¡A mis pies! 
¡Y tú, espejo parlanchín, me las pagarás!

Kalophain:    ¡No lo he hecho adrede! ¡No sabía dónde estaba! 
¡Estoy ciego y sin recurso alguno! 
(Se aleja precipitadamente.)

Angramain:    (Alarga las enormes patas hasta el cielo.) ¿Ahora invocas mi piedad, Kalophain? 
Ni conozco la misericordia ni perdono la debilidad. 
Aborrezco ese rostro y os destruiré a los dos. 
¡Te aniquilaré! 
¡De la luz caerás a las tinieblas 
y contra la dura realidad te estrellarás! 

(En la lejanía se oye el grito de dolor de Kalophain al caer. Al estrellarse, el cielo se enciende unos instantes y mil fragmentos de luz se arremolinan en el aire. Después se hace la oscuridad.)

Telón



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