lunes, 4 de agosto de 2014

El secreto de Lena 3

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Imagen: Carole Edet



Ahora si que sentía miedo. Se sentó en la escalera y rompió a llorar muy bajito, para sí, a pesar de que aquello tampoco le sirviera de mucho.

Se imaginó que tendría que pasarse allí toda la noche completamente sola y abandonada, y le dio mucha, mucha, mucha pena de sí misma. Ni siquiera llevaba un pañuelo para limpiarse la nariz.

Tenía hambre, pero, en cualquier caso, tampoco habría nada de comer, pues su madre ya no podría cocinar, no ahora ni nunca. Tampoco tenía dinero para comprarse nada, aparte de que a esas horas todas las tiendas estaban ya cerradas… En resumen, ¡una auténtica y tremenda desgracia!

La culpa de todo la tenían única y exclusivamente su padre y su madre, pues si hubieran hecho siempre lo que ella les había exigido, aquello jamás habría llegado tan lejos.


En ese momento, una ráfaga de viento introdujo por la ventana de la escalera, que estaba abierta, un trozo de papel, que después de unos cuantos revoloteos, fue a aterrizar junto a los pies de Lena. Vio que tenía algo escrito, lo cogió del suelo y lo leyó letra por letra:

Venga, venga, ahora ya está bien.
Tú misma sabes bien que eso no es cierto.
Tus padres, de verdad, no pueden hacer nada,
Así que vente y hablaremos del asunto

¿Quién había escrito aquello? Lena le dio la vuelta a la hoja y vio que en la parte de atrás ponía:

Haz un avión con esta hoja
Y síguelo
Lo comprendes, ¿no?
Date prisa.
H.F.I.

H.F.I. sólo podía significar Hada Francisca Interrogaciones. Y la frase de “Lo comprendes, ¿no?” también hacía pensar que era ella la que había mandado aquel mensaje.

Lena se sintió inmediatamente aliviada. Dejó de sollozar, hizo un avión con la hoja lo mejor que pudo (no demasiado bien, pues, con las prisas, se puso muy nerviosa), bajó a la calle y lo echó a volar.

Un viento lo recogió y se lo llevó consigo; tan pronto volaba muy alto como caía en picado, pero, en esta última caso, siempre lograba remontar sin tocar el suelo.

Lena iba corriendo tras él.

Afortunadamente (¿o era quizá una misteriosa providencia?) la mayoría de las veces el avión volaba en círculo muy por encima de las cabezas de la gente, sobre todo en los cruces de las calles; de no haber sido así, seguro que la niña hubiera cruzado la calle corriendo imprudente detrás de él, sin fijarse en los coches. Pero, en definitiva, no le pasó nada, sólo un par de veces en que pisó un charco o, en su carrera, fue a chocar contra algún peatón que la increpó mientras ésta desaparecía.

Se fue haciendo poco a poco de noche, y Lena aún seguía detrás del avión. Éste giraba de improviso en una calle o en otra, y cuando su perseguidora no era capaz de seguirlo de cerca, la esperaba planeando y volando en círculo hasta que ella lo volvía a ver. Lena ya sentía punzadas en el costado y resoplaba como una locomotora, pero no se rindió.

Las calles se fueron volviendo cada vez más oscuras y silenciosas. Al final, ya no se veía ni un alma por ninguna parte, el viento soplaba cada vez más fuerte, silbaba y daba verdaderos bufidos, llevando literalmente en volandas a la niña.

Finalmente, Lena a punto estuvo de darse de narices contra una puerta que, por lo que pudo juzgar en medio de la oscuridad, no pertenecía a ninguna casa.

La puerta estaba allí así, sola, y en el dintel aparecía un gran número 7 pintado de color negro. Debajo había una placa de latón con la siguiente inscripción:

A la segunda consulta,
Si lo tienes a bien.

La puerta se abrió por sí sola y una ráfaga de viento empujó a Lena dentro. Bajó a trompicones unos cuantos escalones que conducían al sótano, y cuando llegó abajo, a punto estuvo de resbalar, pues se encontró con una capa de hielo lisa como un espejo.

El lago, que ya conocía de la primera visita, también estaba allí esta vez, pero ahora helado. La barca también aparecía, pero ahora inmovilizada. Allí era invierno, y los alrededores conformaban un paisaje nevado.

Esta vez Lena tuvo que recorrer a pie el largo camino hasta la isla, y además con mucho cuidado, paso a paso, no sólo por lo resbaladizo que era, sino también porque no sabía si el hielo sería capaz de resistir su peso en todos los sitios; de vez en cuando crujía y restallaba de la manera más sospechosa.

Cuando, por fin, ya medio congelada, puso el pie en la isla, se volvió a encontrar de repente sobre la alfombra de la habitación del hada, con Francisca Interrogaciones sentada ante su mesita redonda de tres patas. Ahora, curiosamente, entraba por la ventana un sol de mediodía, y el cuco que con tanto ímpetu salía del reloj de pared esta vez sí que era un cuco de verdad: cantó doce veces: “¡Cucú!”

Todos los números del reloj eran, también en esta ocasión, doces.

-    La segunda consulta- dijo sin preámbulos Francisca Interrogaciones- tiene lugar siempre y por principio a las doce del mediodía. Así debe ser.

Lena se abstuvo de preguntar por qué razón o motivo era así.

-    Ahora tienes que decidirte –prosiguió el hada-. ¿Cómo quieres que evolucione el asunto? El tiempo en el que aún se puede dar marcha atrás a los acontecimientos se va a acabar enseguida. Lo comprendes ¿no?
-    No del todo –admitió Lena.
-    ¿Te lo has pasado bien, hija mía? –preguntó el hada.
-    Sí… -dijo, titubeante, Lena-, por lo menos al principio.
-    Bueno, pues si tú quieres –declaró el hada-, de ahora en adelante seguirá siendo siempre así. Tus padres se irán haciendo cada vez más y más pequeños. Podría, por ejemplo, hacer que vivieran en una caja de cerillas. Más tarde, probablemente, ya sólo  podrías verlos a través de un cristal de aumento, o con un microscopio. Todo muy divertido, ¿no te parece?

Lena, desconcertada, no dijo nada y se encogió de hombros.

-    El caso –añadió el hada- es que te tienes que decidir ya, pues, a partir de un determinado momento, habrá transcurrido demasiado tiempo como para poder volver al principio. El que ha llegado demasiado lejos tiene que seguir adelante. Eso es lo que ocurre a menudo en la vida. Lo comprendes, ¿no? Pero ¿te gustaría realmente seguir adelante? Eso eres tú la única que tiene que decidirlo, hija.

Lena miró indecisa al hada.

-    ¡Oh! Yo, de verdad, no quiero influir sobre ti, querida mía –aseguró Francisca Interrogaciones-. Debes decidir única y exclusivamente en virtud de lo que tú consideres oportuno. Yo sólo quería decirlo, ateniéndome a la verdad, lo que se derivaría de ello. Lo comprendes, ¿no?
-    Sí –contestó Lena, y tragó saliva- ¿Y cuál sería la otra posibilidad?
-    La otra posibilidad –repuso el hada arrastrando las palabras y mirando misteriosamente a la niña –me temo que no te va a gustar. Es muy desagradable…, por lo menos para ti. No creo que te interese en absoluto.
-    Aún así, dígamelo –le rogó Lena.
-    Bien; yo ahora –le explicó el hada- aún podría darle marcha atrás al tiempo transcurrido desde nuestra primera consulta…, o sea, para ser más exactos, hasta el instante justo antes de que les echaras a tus padres los terrones de azúcar en sus tazas. Entonces, para todos los demás, sería como si entretanto no hubiera ocurrido absolutamente nada. Tampoco hubieras hecho jamás la foto, naturalmente, no habría absolutamente ninguna prueba de toda esta historia. Sólo tú sabrías lo que ha ocurrido…, o más bien lo que iba a ocurrir, pues en ese instante también para ti misma volvería a ser todo futuro. Lo comprendes ¿no? Entonces, naturalmente, tú podrías tomar la decisión contraria y no echar los terrones de azúcar en el té.
-    ¿De verdad? –preguntó Lena-. ¿Sería posible?
-    Segurísimo –contestó el hada-, pero la cosa tiene su pequeño intríngulis; claro que en estas historias de magia no cabe esperar que sea de otra manera. Ya te dije desde el principio que la segunda consulta te iba a resultar cara…, hagas lo que hagas.

Francisca Interrogaciones tamborileó, expectante, con sus doce dedos en el tablero de la mesa.

-    ¿Y cuál es el intríngulis? –quiso saber Lena.
-    Bueno, pues… -dijo el hada arqueando significativamente las cejas-, tendrías que tomarte tú misma los terrones de azúcar y además en el acto. Ésa sería la única posibilidad.
-    ¿No podría sencillamente tirarlos?
-    No, desgraciadamente no, hija mía. No serviría de nada. Volverían a ir a parar siempre a aquél al que estaban destinados. Incluso si los tiraran al mar a cien mil kilómetros de distancia, en el mismo momento de tirarlos estarían ya otra vez en la taza de té de tus padres. ¡Es que no son terrones de azúcar vulgares y corrientes! Lo comprendes, ¿no?
-    Sí, pe… pero… -balbuceó Lena-, si me los trago, entonces me pasará lo mismo que a papá y a mamá. Entonces sería yo quien me iría haciendo cada vez más y más pequeña.
-    Irremediablemente –contestó el hada-, a no ser que…
-    A no ser que… ¿qué?
-    A no ser –repitió Francisca Interrogaciones- que tú jamás les llevaras la contraria. Entonces, naturalmente, tampoco te pasaría nada. Así de sencillo.
-    ¡Ah, vaya…! –dijo Lena.

Se quedó callada durante un rato, lo mismo que el hada.

Por fin Lena sacudió la cabeza y dijo:

-    Imposible. Eso, sencillamente, es demasiado difícil para mí.
-   Ya me lo figuraba yo –observó el hada-. Bueno, pues entonces dejémoslo todo como está. A mí, al fin y al cabo, me da exactamente igual. No pretendo convencerte de nada.

Miró el reloj y añadió:

-    Justo en este momento quedan todavía diez segundos. Después, ya estará todo decidido y será demasiado tarde.

Lena libraba una terrible batalla consigo misma.

-    ¡Por favor! –gritó de repente- ¡De marcha atrás al tiempo! ¡Por favor, hágalo! ¡ahora mismo!

Francisca Interrogaciones se levantó de un salto, y estirando el dedo, comenzó a girar hacia atrás las manecillas del reloj. Eso fue lo último que Lena le vio hacer.

Oyó de nuevo aquel extraño ruido –“¡flor!”-, como cuando se saca el tapón de una botella, y después se encontró de nuevo en el cuarto de estar de su casa, justo en el momento en que su madre se había ido a la cocina por las pastas, y su padre al dormitorio a ponerse su cómodo batín.

En su mano tenía los dos terrones de azúcar que le demostraban que todo había sido realidad. Se los metió en la boca, los masticó bien y se los tragó.

-    Lena –dijo su madre, entrando en ese momento-, no comas tanta azúcar, que eso te daña los dientes.
-    Sí,  mamá –contestó Lena.
-    Me gustaría ver las noticias. ¿Tiene alguien algo en contra? –preguntó su padre sentándose en el sillón.
-    No, papá –dijo Lena.

Sus padres intercambiaron una mirada de asombro.

-    ¿Qué te pasa, Lena? –preguntó su padre-. ¿Estás enferma?

Ella sacudió la cabeza.

-    Ven, tómate una taza de té con nosotros –propuso su madre-. Te sentará bien.
-    Sí, gracias –dijo Lena.

Y a partir de entonces todo siguió así. De allí en adelante la vida para los padres resultó mucho más fácil, claro. “La niña poco a poco se está volviendo razonable”, decían.

Pero cuál era el verdadero motivo nunca lo supieron: eso seguía siendo el secreto de Lena. O, al menos, lo siguió siendo durante una temporada increíblemente larga… para ser más exactos, hasta el viernes siguiente.

Aquel día dijo su padre: 

-    Hija, no puedes seguir así.
-    Sí, papá –contestó obediente Lena.
-    A ti… -opinó la madre-, a ti te pasa algo. Estás muy rara. Ya no pareces nuestra Lena.
-    Cualquier niño normal lleva la contraria de vez en cuanto –continuo su padre-. ¿Es que ya no tienes ninguna opinión propia?
-    No, papá.
-    ¡Estamos preocupados! –exclamó su madre-. ¿no podrías llevar la contraria un poco, al menos de vez en cuando? Simplemente por darnos la alegría de tener una hija normal…

Ahora Lena ya no sabía qué decir. Si decía que no, le llevaba la contraria y las consecuencias serían inevitables, y si decía que sí, estaba permitiendo que le iba a llevar la contraria, lo cual conducía exactamente a lo mismo. En lugar de responder, rompió a llorar. 

-    ¡Cielo Santo! –exclamaron sus padres-, ¿tan malo es? Si hay algo que te preocupe, habla, hija. A nosotros puedes contárnoslo todo. 

Y entonces Lena les explicó, entre sollozos, lo que sucedía con los terrones de azúcar y todo lo demás.

-    ¡Eso es inaudito! –exclamó su madre-. ¡Esa hada es una persona repulsiva!
-    Sí –corroboró su padre-, habría que prohibir su oficio por ley.
-    ¡Pobrecita niña mía! –la consoló su madre cogiendo a Lena en brazos-; tú no te preocupes, que tu padre que es muy listo, seguro que encuentra una solución. ¿No es verdad, Kurt, querido? La vas a encontrar, ¿a qué si?
-    ¡Por supuesto! –contestó su padre carraspeando-. Pero primero vamos a pensarlo.

Caminó por la habitación arriba y abajo, mientras su mujer y su hija lo seguían con la vista.

-    ¡Ya lo tengo! –dijo al dar la vuelta por quinta vez-. En el fondo la cosa es muy sencilla… el cuerpo consume el azúcar igual que el motor de un coche consume gasolina. Eso está científicamente demostrado, los terrones de azúcar sólo pueden hacer efecto mientras están en tu cuerpo.  El azúcar los músculos lo consumen muy deprisa.  Así que hace ya mucho que no lo tienes dentro…

Lena dejó de llorar y se limpió la nariz.

-    ¿Lo crees de verdad?
-    ¡Claro! –aseguró su padre-. Llévame la contraria. Merece la pena intentarlo.
-    Sí, papá –dijo obediente Lena-, pero ¿y si sale mal?
-    No –dijo su madre-, tienes que llevarnos la contraria de verdad. No sólo a medias…
-    Pues entonces primero tienen que ordenarme algo de verdad- dijo Lena sorbiéndose los mocos.

Su padre se puso tieso y adoptó una cara severa.

-    Está bien; entonces te ordeno que des ahora mismo una voltereta.
-    No –dijo vacilante Lena-, no quiero. No tengo ninguna gana de dar volteretas.

Los tres esperaron expectantes… y no ocurrió nada. Entonces se abrazaron entre gritos de alegría. Su padre tenía razón.

Realmente era un hombre muy listo.

Así se daba por concluido tan azaroso asunto. Pero al final todo aquello sí que había servido para una cosa, a partir de entonces, Lena sólo les llevaba la contraria a sus padres, y sus padres se la llevaban a Lena, cuando era verdaderamente necesario, y no como antes, sin ton ni son. 

Y por eso de allí en adelante la familia vivió en perfecta armonía, y recordando, a pesar de todo, al hada Francisca Interrogaciones con cierta gratitud.

¡Ah por cierto!: Lena dio después muchas volteretas, unas veces ordenándoselo y otras sin que se lo ordenaran.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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