jueves, 25 de septiembre de 2014

1 La escuela de magia

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Imagen: Bernhard Oberdieck



Como estoy seguro de que a mis jóvenes lectores les interesa apasionadamente todo lo relacionado con la escuela (¿o acaso no?), les voy a contar ahora cómo discurren las clases en Deseolandia.

Deseolandia es ese país del cual, en algunos cuentos e historias, se dice que allí, “desear aún sirve de algo”. Por lo demás, no está, ni mucho menos, tan terriblemente lejos de nuestro mundo cotidiano como la mayoría de la gente cree. A pesar de ello, es bastante difícil llegar hasta allí, pues sólo se puede entrar en él si a uno lo invitan personalmente, ya que los habitantes de Deseolandia no quieren, de ninguna manera, tener un turismo masivo en sus país, puede que esto le parezca lamentable a más de uno, pero en el fondo está muy bien así…, como enseguida podrán comprobar los que lean el presente informe.

La mayoría de los magos eran de este país. Hoy en día prefieren, quedarse en casa, salvo rarísimas excepciones. Se puede decir, incluso, que en Deseolandia todos saben hacer un poquito de magia. Para aprender a hacer magia correctamente y conforme a las reglas hay que ir a una escuela de magia.


Esto sucedió hace ya muchos años…, más de los que la mayoría de vosotros lleváis en el mundo, uno de mis numerosos y largos viajes me había llevado a aquel legendario país (se sobrentiende, por lo que ya he dicho, que con una invitación personal). Para estudiar a fondo los usos y costumbres de sus habitantes, me quedé allí durante un tiempo, y así tuve la ocasión de conocer a dos niños de lo que me hice amigo. Eran mellizos: un niño llamado Mug y una niña llamada Amalaswintha, a quien, para hacerlo más fácil, llamaban Mali. Rondando los nueve años, tenían los ojos azules y el pelo negro; él, cortado a cepillo, y ella, con coleta. Se trataba del hijo y la hija de los hospederos en cuya casa había alquilado una habitación. Una pareja agradabilísima, con unos niños igualmente amables y que me ayudaron en mis estudios todo cuanto pudieron. Gracias a ellos, de vez en cuando, me permitían asistir a sus clases en la escuela. La mayoría de las veces me sentaba atrás del todo, en el último banco y me limitaba a escuchar en silencio, pues no quería molestar, claro.

Por cierto que a una escuela como aquélla no puede ir cualquiera, sino solamente aquellos niños que están especialmente dotados, es decir, aquéllos que disponen de una capacidad de deseo extraordinariamente grande. Sí, normalmente todos los niños son capaces de desear ardientemente esto o lo otro, pero a la mayoría de ellos sólo les dura un rato y enseguida se vuelven a olvidar del tema. Para ir a la escuela de magia, uno tiene que poder desear algo con muchísima constancia y muy fervientemente. Algo de lo que te examinan previamente.

La clase que yo conocí estaba compuesta por siete alumnos, pero ahora no me voy a poner a presentar a los otros cinco un o por uno; eso nos llevaría muchísimo tiempo. Por cierto que, como luego comprobé, siempre tenía que ser una cifra impar inferior a diez, o sea, como mínimo tres y como máximo nueve. Si se apuntaban más de nueve niños a las clases, se organizaba otra clase más, y si la cifra era par, entonces tenían que esperar hasta que viniera uno más. No pude averiguar por qué era sí, pero así era.

El profesor se llamaba Rosamarino Silber y era un orondo señor de edad indefinida, que llevaba sobre su nariz unas pequeñas gafas y en la cabeza una chistera celeste. A menudo sonreía pícaramente, y daba la impresión de que muy pocas cosas podrían sacarlo fácilmente de sus casillas.

Cuando llegó a clase el primer día, todos los alumnos estaban ya sentados en sus asientos (yo, como he dicho, estaba atrás del todo) y lo recibieron expectantes. Saludó, se presentó, preguntó a cada uno su nombre…, exactamente igual que lo que se suele hacer en nuestro país. Después se sentó en un sillón de orejas que había al lado de la pizarra, cruzó las manos sobre la barriga, cerró los ojos y permaneció en silencio.

- Por favor, señor Silber –dijo un tanto impertinente Mug, que ya empezaba a impacientarse-, ¿cuándo empezamos con la magia?

Como el profesor siguió callado, repitió su pregunta aún más alto, el señor Silber abrió entonces los ojos y se le quedó mirando pensativo a través de sus pequeñas gafas. Luego sonrió satisfecho y respondió:

- No hace falta que grites, hijo mío, que no estoy sordo. Tened un poco de paciencia, pues, antes que nada, tengo que explicaros una cosa importante y estoy pensando cómo hacerlo.

Tras otro largo silencio, por fin preguntó:

- ¿Así que todos vosotros estáis aquí porque queréis aprender a hacer magia? Contadme entonces cómo os lo habéis imaginado.

Mali levanto la mano y dijo:

- Yo he pensado que a lo mejor hay que aprenderse de memoria todo tipo de sentencias y fórmulas, quizá también algunos gestos y movimientos que haya que hacer con las manos…
- Seguramente –dijo otro niño- también haya que saber manejar un montón de aparatos y artilugios: retortas de química, o como se llamen, tarros especiales…
- Y toda clase de hierbas y polvos y remedios –añadió una niña.
- ¡Una varita mágica! –sugirió otro.
- O libros con escritos secretos –opinó un niño- que sólo se pueda descifrar si se conoce el truco.
- ¡Y una espada mágica! –exclamó entusiasmado Mug.
- Y quizá una bonita y larga capa –dijo, soñadora, Mali –de seda azul con estrellitas, y sombrero alto y picudo…
- Sin embargo – la interrumpió el señor silber-, todo eso no son más que acciones externas que para unos son importantes y para otros no. Lo que realmente es necesario es mucho más fácil y mucho más difícil al mismo tiempo. Está en vosotros mismos.

Todos se callaron, desconcertados.

- Pues bien: es la capacidad de desear –prosiguió el señor Silber- Aquél que quiera hacer magia tiene que poder dominar y aplicar su capacidad de desear. Pero, para eso, primero tiene que conocer cuáles son sus verdaderos deseos y aprender a manejarlos.

Volvió a hacer una pausa antes de proseguir:

- En realidad lo único que hacer falta es conocerlos de verdad, abierta y sinceramente, pues todo lo demás podría decirse que viene por sí solo. Pero no es tan fácil, ni mucho menos, averiguar cuáles son de verdad los propios deseos.
- ¿Y qué es lo que hay que averiguar? –quiso saber Mug-. Si yo deseo algo es porque realmente lo deseo, ¡Y de qué manera! Pero sólo con eso no puedo hacer magia, ni mucho menos.
- Precisamente por eso es por lo que os hablaba de los verdaderos deseos –explicó el señor Silber-, pues solamente puede encontrarlos quien vive su propia historia.
- ¿Su propia historia? –preguntó Mali- ¿Es que cada uno tiene una?
- No, cada uno, ni mucho menos –respondió suspirando el profesor-, aunque aquí, en Deseolandia, salimos relativamente bien parados. Pero fuera de aquí, en el mundo cotidiano, la mayoría de la gente jamás vive su propia historia. Tampoco le conceden ninguna importancia a eso. Lo que hacen y lo que les ocurre lo podría hacer cualquier otro y le podría ocurrir a cualquier otro ¿No es así? –dijo volviendo su mirada hacia mí, que estaba en el último banco.

Asentí, sorprendido, y me puse un poco colorado.

- Y por eso –añadió el señor Silber retomando su discurso- jamás se les ocurre descubrir sus verdaderos deseos. Uno piensa, por ejemplo, que le gustaría ser un médico famoso, o un profesor de Universidad, o ministro, pero su verdadero deseo, que él no conoce en absoluto, es ser un simple y buen jardinero. Otro piensa que le gustaría ser rico o poderoso, pero su verdadero deseo es ser payaso de circo. Mucha gente piensa, también, que desearía de verdad que a todos los seres humanos del mundo les fuera bien, que todos pudieran ser felices y vivir contentos, que todos fueran amables con los demás, que triunfara la verdad y reinara la paz…, muchos de ellos se asombrarían si conocieran sus verdaderos deseos, sólo creen que desean todo eso porque les gustaría verse a si mismos como personas virtuosas o buenas. Pero el que les guste no significa obligatoriamente que lo deseen de verdad. Sus deseos reales se orientan a menudo hacia otras cosas completamente distintas; incluso a veces justamente hacia lo contrario. Por eso jamás están real y completamente de acuerdo consigo mismos. Y como los deseos ajenos son de historias ajenas, ellos jamás vive su propia historia. Y por eso, naturalmente, tampoco pueden hacer magia.
- ¿Eso significa –preguntó incrédula Mali- que con que uno esté de acuerdo consigo mismo y conozca sus verdaderos deseos, ya sabe hacer magia?

El señor Silber asintió:

- A veces ni siquiera hace falta que haya nada para que se cumplan sus deseos, todo parece que surge por sí mismo.

Los niños se quedaron un rato reflexionando, y luego Mug preguntó:

- ¿Y usted, entonces, sabe hacer magia de verdad?
- ¡Naturalmente! –contestó muy digno el señor Silber-. Si no, no sería vuestro profesor. Yo os lo enseñare todo porque ése es precisamente mi deseo.
- ¿Podría entonces –quiso saber Mali- hacernos algún truco de magia? Sólo por diversión, quiero decir. 
- Todo a su debido tiempo –contestó el señor Silber-. Ya llegará el momento. Ahora precisamente no tengo ese deseo.

Lo niños pusieron cara de cierta decepción.

- ¿Ha hecho usted alguna vez magia de verdad? –se interesó Mug con la esperanza de oír al menos alguna historia.
- ¡Por supuesto que sí! –replicó el señor Silber-. He deseado, por ejemplo, que todos vosotros vinierais conmigo a la escuela y ahora estáis todo aquí.
- Bueno, sí… -dijo Mug estirando las palabras e intercambiando una rápida mirada con su hermana-, pero ¿y si no hubiéramos venido?

El señor Silber movió la cabeza sonriendo.

- El caso es que habéis venido.
- ¡Pero eso lo hemos hecho voluntariamente! –exclamaron entonces todos los niños a un tiempo
- ¡Silencio, por favor! ¡Vamos por partes! – los apaciguó el señor Silber-. Por supuesto que estáis aquí voluntariamente, pues un buen mago siempre respeta la libre voluntad de las personas. No fuerza a nadie, lo que ocurre es que vuestros deseos y los míos se han complementado. Ése es el secreto.
- Pero ¿acaso no hay también deseos malos y magos malos? –preguntó preocupada, Mali.

El señor Silber puso cara seria.

- Esa es una pregunta muy importante, querida Mali. Tienes toda la razón: también hay magos malos… pero muy raras veces, pues también en su caso tendrían que estar total y absolutamente de acuerdo consigo mismos, sólo que entonces para la maldad, algo que casi nadie consigue, porque para ello no hay que amar a nada ni a nadie; en el fondo ni siquiera a uno mismo, y además un mago de ésos sólo tiene poder sobre quienes no conocen sus propios y verdaderos deseos, y por tanto no están de acuerdo consigo mismos. Por eso es tan importante que os esforcéis y que estudiéis con interés, pues hacer magia es una cosa muy seria…, incluso cuando sólo se hace para que los demás se diviertan. Espero que ahora todos los hayáis comprendido.

Los niños guardaron silencio y pusieron caras pensativas.

- Y ahora –prosiguió el señor Silber- os voy a enseñar la primera y más importante regla de la capacidad de desear.

Se levantó y escribió en la pizarra:

1. Solo puedes desear realmente
aquello que consideras posible.
2. Sólo puedes considerar posible
aquello que forma parte de tu historia.
3. Sólo forma parte de tu historia
aquello que verdaderamente deseas.

- Esta regla –dijo el señor Silber subrayando otra vez, aquellas líneas- debéis aprendérosla bien y reflexionar sobre ella. Incluso aunque ahora no la comprendáis muy bien del todo; ya la iréis entendiendo poco a poco.
- ¿Significa eso –preguntó excitado Mug- que si yo creo posible que puedo volar, entonces puedo volar…? ¿Así de fácil?

El señor Silber asintió:

- Si, entonces puede hacerlo.

Mug se puso en pie de un salto.

- ¡Ahora mismo lo voy a comprobar! Me subiré al tejado de la escuela y echaré a volar.

Salió corriendo hacia la puerta y el señor Silber no hizo nada por detenerlo. Mug vaciló y miró hacia atrás.

- Pero… ¿y si me caigo?

El señor Silber se quitó las gafas y las limpió.

- ¿No estás seguro entonces de que eso forma parte de tu verdadera historia? –le preguntó examinándolo a través de los cristales.
- Ni idea –admitió desanimado Mug
- ¿Así que no lo consideras posible sin ningún género de dudas? –insistió el señor Silber
- Bueno, yo… -dijo Mug encogiéndose de hombros.
- ¿Será acaso que no estás en absoluto de acuerdo contigo mismo? –inquirió el señor Silber-. ¿No será que en realidad tiene otros deseos completamente distintos?
- Puede ser –reconoció Mug.
- Bien, entonces tendrás una desagradable experiencia mi querido Mug. Naturalmente no volarás, sino que te caerás y te romperás una pierna. Es que lo de la magia no es tan fácil; si no, esta escuela estaría completamente de más, como de más estaría luego el Instituto de Magia, y finalmente, la Universidad de Magia. Pero a lo mejor tú opinas de otra manera y quieres intentarlo a pesar de todo…
- Mejor no -murmuró Mug volviéndose a sentar en su sitio-. Es mucho más difícil de lo que yo pensaba.
- Me alegro de que lo comprendas –dijo el señor Silber volviéndose a poner las gafas-. Y con esto se ha acabado la clase por hoy. Adiós y hasta mañana.

Yo me fui con Mug y con Mali a casa. Ambos iban absortos en sus pensamientos y no quise molestarlos.





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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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