lunes, 1 de septiembre de 2014

2 El pasillo de Borromeo Colmi

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Imagen: Edgar Ende



(Homenaje a J.L.Borges)

En su tratado La soledad del minotauro, Góngora escribe: “La incomparable piedra preciosa que yace en un desierto nunca pisado por pie humano y que por designio divino nunca ser  pisada por humano alguno, no es real. Pues la realidad sólo existe donde la conciencia de un ser humano ha creado ese concepto. Los animales y los ángeles no conocen ni la realidad ni la irrealidad porque no tienen conceptos, y tanto la realidad como la irrealidad son, por su esencia espiritual pura, uno con los conceptos absolutos”.* 

Si entiendo bien esta idea de Góngora, según la cual para la comprensión de la realidad se necesita además de los datos mismos, también la conciencia cognoscitiva que los capte, no ser  muy arriesgado concluir que la consistencia de una realidad dada está en función de la consistencia de una conciencia dada. Es cosa sabida que esta última no es igual en todos los seres humanos ni en todos los pueblos, por lo tanto podrá suponerse que en diferentes lugares del mundo existen realidades diferentes, incluso que en un mismo lugar puede haber varias realidades.


Sería sin duda muy meritorio si un espíritu preclaro se propusiera una geografía de las realidades. ¡Cuántos malentendidos se eliminarían con una obra tal! Quizá la historia que voy a narrar a continuación pueda serle útil a ese futuro topógrafo de la realidad. Esa esperanza me da ánimo para escribirla.

Si, por lo tanto, dejando a un lado mis escrúpulos, me lanzo a la empresa de describir una de las realidades de Roma -sólo una, la del pasillo de Borromeo Colmi- debo advertir que esta ciudad se halla conformada por numerosas realidades autónomas. Nadie hasta ahora ha sido capaz de enumerarlas todas y menos de ordenarlas. Como en un gigantesco vertedero se superponen unas sobre otras, se penetran mutuamente sin perder su propia idiosincrasia, se acosan y combaten y, aunque pertenecen a diferentes tiempos, están sumamente vivas. En cierto sentido puede decirse incluso que el tiempo y el espacio tienen una función diferente en cada una de ellas. A veces intercambian pura y simplemente sus papeles.

Reconozco que al principio me resultaba muy difícil moverme en este laberinto de realidades con un mínimo de seguridad, sin caer constantemente en una especie de atontamiento existencial. Mi mujer tenía menos dificultades en este sentido, quizá porque las mujeres descansan con mayor firmeza en su propia realidad, quizá también porque como actriz está acostumbrada por su profesión a cambiar de plano de realidad.

En nuestro primer año, cuando acabábamos de instalarnos en las cercanías de la ciudad, nos dedicamos, como es lógico, a visitar todos los monumentos famosos de Roma: museos, catacumbas, edificios, excavaciones, ruinas e iglesias. En el fondo nos animaba a ello lo que anima a todo viajero a este comportamiento: la esperanza de reconocer lo que se conoce ya sobradamente a través de libros y reproducciones y así evitar la verdadera confrontación con el objeto o el tema. Admito que no conseguimos nuestro objetivo. Cuanto más tiempo llevábamos en la ciudad y cuanto mejor la conocíamos, tanto más modestos nos volvíamos en nuestro empeño de comprender la multitud de universos autónomos que la constituían. Empezamos a concentrarnos menos en cada una de estas realidades y por fin nos redujimos a una sola, esperando así captar esa única realidad con nuestra mente. Desde entonces no pasa un solo mes sin que emprendamos con trepidación nuestra expedición a ese milagro arquitectónico que es el pasillo de Borromeo Colmi.

De Borromeo Colmi no se sabe más que vivió entre 1573 y 1663, es decir que cumplió noventa años, que procedía de una familia acomodada y era médico, arquitecto y mago. Su lugar de nacimiento es Palermo, pero parece que se instaló en 1597 en Roma y llevó allí una vida bastante retirada. Raras veces su nombre aparece en documentos o cartas de la época. La única descripción de su aspecto físico se halla en una nota del diario del médico papal Giacobbe de Corleone. Éste le describe como “un hombre pequeño, delgado, de aspecto saturnino y mirada intensa, que parece querer agarrarle a uno”. Lacónicamente añade: “Pronto nos enzarzamos en una discusión sobre cuestiones de medicina”.

Se conocen dos escritos de la propia mano de Borromeo Colmi. El primero se titula Le tenebre divine (Las tinieblas divinas) (Roma, 1601). El único ejemplar existente se conserva en la Biblioteca Vaticana. Se trata de un argumento teológico-filosófico en el que el autor intenta demostrar que Dios, al ser omnipotente y omnisciente, también es omnirresponsable. Parece que esta obra fue retirada rápidamente por los protectores de Colmi para evitarle problemas con la Iglesia. Su otro libro se titula Architettura infernale e celeste (Arquitectura infernal y celeste) (Mantua, 1616) y el manuscrito original se encuentra en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Se trata de un manual de arquitectura con numerosas ilustraciones del mismo autor, basado en la idea de que las proporciones pueden influir en la salud del ser humano. Otra obra titulada La torre di Bahele (La torre de Babel), sin fecha, es citada elogiosamente sin más datos por Benvenuto Levi, pero parece que se ha perdido.

No existen otros documentos escritos, si se exceptúan el lema grabado sobre la entrada del pasillo Totus aut nihil, del que no se sabe con seguridad si es la divisa de Colmi o del que mandó construir el pasillo, varias facturas de ropa y dos cartas de contenido indiferente a su sobrino Marco.

La única persona con la que Colmi mantuvo una relación de amistad fue el Gran Canciller papal conde Fulvio di Baranova. Algunos historiadores, como por ejemplo Christian Sundquist, ven en esta amistad la razón para la posterior locura de Baranova, en la que mató a su esposa y a sus dos hijos antes de suicidarse. Es una hipótesis sin demostrar y, probablemente, indemostrable.

Curiosamente todas las obras arquitectónicas de Colmi, como el órgano de agua en el Giardino del Licorno en Cefalú, el “tempietto” flotante en Villa Campoli en las proximidades de Monte Fiascone o “Il trono del gigante”, un palacete en forma de gigantesca silla, en los jardines del cardenal Alessandro Spada, cerca de Ravena, fueron destruidas de una manera u otra. Hoy existe tan sólo el citado pasillo en el palacio Baranova. Pero se buscará en vano cualquier alusión a él en las guías o los catálogos de monumentos romanos asequibles al público.

Tampoco yo me hubiera enterado de la existencia de dicho pasillo si una tarde no hubiera iniciado en la escalinata de la plaza de España una conversación con un mendigo alcohólico, que resultó ser un antiguo profesor de historia del arte de Boston. Bajo la promesa del más riguroso silencio me comunicó las señas del palacio y la situación del pasillo.

Cumpliré mi promesa y no revelaré el secreto, porque entretanto he descubierto los peligros físicos y, sobre todo, psíquicos que aguardan allí al visitante no preparado para enfrentarse a la superposición de realidades diferentes. Sólo diré que el palacio se encuentra en uno de los barrios más antiguos y de peor fama de Roma.

Me costó más de un año de esfuerzos denodados conocer a través de increíbles vueltas y revueltas, por amistades y recomendaciones, a la última descendiente del conde Fulvio di Baranova y ganarme su confianza. Se trata de una señorita de más de ochenta años llamada Maddalena Bó, que actualmente vive sola en el palacio casi vacío y que aunque es comunista convencida se gana el sustento zurciendo las medias de la guardia suiza del Vaticano.

Por fin llegó el día. La señorita Bó nos abrió la puerta de su palacio y nos condujo al pasillo de Borromeo Colmi. Allí se excusó aduciendo la urgencia de su trabajo y nos dejó solos a mi mujer y a mí.

Ante nosotros se abría un pasillo de columnas que, según cálculos superficiales, debía medir ochenta o cien metros, quizá algo más, pues convergía en un punto lejano desde el que un rayo de luz fino como una aguja y verde caía sobre el ojo con luminosidad casi dolorosa. Nosotros, sin embargo, avisados por el profesor de Boston, ya sabíamos que estábamos ante un efecto óptico, o quizá ante algo de más dudoso carácter. El plano del palacio Baranova mide cuarenta y dos metros por treinta y siete. El edificio está rodeado por sus cuatro lados de calles. El pasillo se bifurca dentro del edificio en el ángulo recto de una galería que transcurre a lo largo de la fachada oeste del palacio. Si se descuentan los tres metros de anchura de esta galería, el pasillo mide a los sumo treinta y cuatro o treinta y tres metros. Pero si se tiene en cuenta que al otro lado, es decir, a lo largo de la fachada oriental, transcurre otra galería de tres metros de ancho, la longitud posible del pasillo se reduce aproximadamente a treinta metros. Desde el lado oriental no hay acceso a él. El asunto se complica si se considera que en el interior del palacio, es decir, allí donde parece transcurrir (o transcurre realmente) el pasillo, se halla una gran sala de baile y varias habitaciones más pequeñas.

Da la impresión de que el citado pasillo no es un artefacto espacial, sino un cuadro extremadamente hábil o, al menos, una de esas falsas perspectivas, tan características del apogeo del arte manierista. Éste no es en absoluto el caso, como pudimos constatar en nuestra primera visita.

Mi mujer es sin duda la más valiente de los dos, y así fue la primera en adentrarse por el pasillo, mientras yo permanecí en la entrada siguiéndola con la mirada. Vi cómo, a medida que se alejaba, iba haciéndose más pequeña, como correspondía a la escala, cosa que no hubiera sido posible de tratarse de una “falsa” perspectiva. Tras unos treinta pasos mi mujer se volvió, probablemente para hacerme una seña con la mano. Pero su mano alzada descendió con lentitud. Según pude discernir desde la distancia, su rostro había empalidecido y su expresión era de horror. Cuando emprendió el camino de vuelta me pareció que le costaba trabajo venir hacia mí.

- ¿Qué has visto? -le pregunté cuando por fin se halló a mi lado-. ¿No te sientes bien?

Ella sacudió la cabeza y murmuró:
- Increíble. Ve tú mismo y compruébalo.

Me adentré titubeando en el pasillo, esperando a cada paso una desagradable sorpresa, mientras mi mujer esperaba en la entrada. Cuando llegué al lugar en el que ella se había parado, yo también me detuve. Miré a mi alrededor sin descubrir nada anómalo. Las columnas a izquierda y derecha eran regulares y tenían el mismo tamaño que las que había a la entrada del pasillo. Me volví hacia mi mujer, y me asusté profundamente. Vi una giganta de enormes dimensiones. En dirección hacia ella las columnas se agrandaban hasta corresponder con su monstruosa altura. Me quedé petrificado, incapaz de hacer el menor movimiento.

Por fin la giganta se puso en marcha y vino hacia mí. Sentí cómo los pelos se me ponían de punta y la frente se me cubría de un sudor frío. La idea de que en unos instantes sería aplastado bajo las suelas de sus enormes zapatos como una hormiga hizo que mis temblorosas piernas cedieran. Me desvanecí.

Al recobrar el sentido mi mujer estaba a mi lado en sus dimensiones familiares, humedeciéndome el rostro con su colonia. Me puse en pie y cogidos de la mano nos dirigimos a la entrada del pasillo que, a medida que nos acercábamos, volvía a su tamaño original. Ese día no hicimos más experimentos.

Desde aquel momento hemos estado, naturalmente, dando vueltas a nuestra aventura en el pasillo de Borromeo Colmi. Dejando a un lado la cuestión de cómo explicar la superposición de las habitaciones interiores y del pasillo, podemos decir con seguridad que la longitud real de éste no es mayor que la del edificio en el que se encuentra. Eso significa que dentro del mismo pasillo todas las medidas disminuyen proporcionalmente; todas, también las del visitante que camina por él. Por lo tanto, al entrar en el pasillo disminuiremos de tamaño, no en apariencia, sino literalmente. Y como al mismo tiempo las columnas que nos rodean disminuyen en la misma medida, no notaremos nada si no volvemos la vista atrás.

Cómo el mago y arquitecto Colmi consiguió un efecto tan insólito es una cuestión de importancia secundaria en esta ciudad de realidades autónomas. El problema que nos ocupa a mi mujer y a mí y nos impulsa una y otra vez a nuevas expediciones al pasillo es otro. Si verdaderamente con cada paso con que uno se adentra en el pasillo se vuelve uno más pequeño, la consecuencia lógica es que con cada paso la distancia de camino hecho se vuelve proporcionalmente más corta. Dicho de otra manera: cuanto más se adentra uno, tanto más lentamente avanza. Y entonces la cuestión se formula así: ¿es posible alcanzar el otro extremo del pasillo o sólo nos podemos aproximar a él infinitamente? Y si fuera posible ¿a qué mundo conduciría aquella salida? ¿De dónde procede esa extraña luz verde hacia la que nos hemos movido ya tantas veces sin llegar nunca a alcanzarla? ¿Hallaremos allí el mundo de lo infinitamente pequeño, o sea, el universo de los tomos en movimiento? ¿O hallaremos otra dimensión? ¿Acaso encontraríamos en aquel extremo el contra-espacio, el anti-tiempo, el otro-mundo? ¿Coinciden quizá allá nuestros conceptos de grande y pequeño? ¿O conduce ese pasillo al momento en que Dios creó el mundo, al origen de todas las cosas, al núcleo interno de la creación?

Una cosa está clara: Borromeo Colmi no creó este incomparable conjunto de arquitectura y magia por simple juego o por puro efectismo. Se trata por el contrario de la quintaesencia del arte máximo y de la más profunda sabiduría; se trata de una vía de acceso a lo esencial, que el artista quería revelar a la humanidad. Nadie parece haberle comprendido, o nadie se interesa por sus razones. Incluso la señorita Bó, a la que planteé estas cuestiones, dijo con cierta agresividad y juntando los dedos como un tulipán: “Ma be'?”, que quiere decir: “¿Y qué?”

Como mi mujer y yo parecemos ser los únicos que han comprendido la propuesta de Borromeo Colmi, nos preparamos desde hace un tiempo para emprender una expedición definitiva al pasillo. Nuestro equipo ser más o menos como el que se necesita para una ascensión al Nanga Parbat. Llevaremos una tienda de campaña, mantas y vituallas para unos cincuenta días. Estamos firmemente decididos a no volver sobre nuestros pasos hasta que no hayamos alcanzado el otro extremo del pasillo. Si desapareciéramos, la opinión pública encontrará, sin duda, otra razón más plausible para nuestra desaparición. En Roma estas cosas están a la orden del día.



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* La soledad del Minotauro, de Luis de Góngora y Argote, poeta español (1561-1627). La cita es del tratado que acompaña la quinta parte, proyectada, de la obra incompleta Soledades, y que fue publicada independientemente en 1631, cuatro años después de la muerte del poeta.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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