jueves, 25 de septiembre de 2014

3 La escuela de magia

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Imagen: Bernhard Oberdieck



La segunda lección era ya mucho más difícil y algunos niños necesitaron un mes entero antes de ver sus esfuerzos coronados por el éxito. La tarea consistía en “llamar” y hacer que parecieran de repente objetos que no estaban a la vista, sino más o menos alejados.

El señor Silber se había traído un imán y una bolsita llena de limaduras de hierro, que depositó cuidadosamente encima de un trozo de papel.

- Aquí –explicó- estáis viendo simplemente un montoncito de limaduras de hierro. No tiene ningún orden en sí mismo ¡Pero ahora prestad atención!

Puso el imán debajo del papel e inmediatamente las limaduras de hierro formaron un dibujo muy particular.

- ¡Mirad –dijo-, hasta ahora el objeto que teníais ante vosotros era, por así decirlo, el imán que orientaba vuestra capacidad de desear en una dirección muy concreta. Pero, ahora que el objeto está en otra parte, tenéis que conseguirlo con vuestras propias fuerzas.


Para eso había que imaginarse la cosa en cuestión con tanta nitidez como si la tuviera uno delante. No había que dejarse distraer por nada, ni pensar en ninguna otra cosa. Hasta el más mínimo detalle era importante; si no, el experimento no saldría bien. O podía ocurrir que, por un descuido, se hiciera aparecer mágicamente otra cosa completamente distinta, como le ocurrió, por ejemplo, a Mali, a quien durante la clase le entró el hambre y, en lugar de hacer venir sus sandalias, que era realmente lo que quería, se encontró de repente con el bocadillo del recreo bajo las plantas de sus pies.

Los niños tuvieron que practicar primero con cosas que conocían bien, con cosas que usaban todos los días, como peines, cinturones o gorras. Al principio ponían esos objetos solamente en la habitación de al lado; más tarde, fuera, a la puerta de la escuela; y por último, cada vez más lejos. Después regresaban a la clase y deseaban que volvieran hasta ellos.

Cuando, por fin, llegaron a dominar aquel ejercicio, el señor Silber pasó a que hicieran llegar hasta donde ellos estaban una cosa que aún no conocían y que ni siquiera sabían dónde estaba. Para ello necesitaban una imagen que tenían que interiorizar con toda exactitud o –lo que era aún más difícil- simplemente una descripción. Se trataba, por ejemplo, de una flor muy concreta que crecía en la cumbre de tal o cual montaña, o de una determina piedra que había en el fondo de un lago, o al final, incluso del valioso anillo de un tesoro enterrado. Sin embargo, lo más difícil de todo, era devolver después las cosas, a base de desearlo, al lugar de donde procedían. El señor Silber, que, por lo demás, era más bien tolerante y apacible, le concedía a eso gran importancia y no consentía negligencia alguna.

- Sólo los inútiles y la gente de mala fe –solía repetir- cogen lo que realmente no necesitan y ponen, así, el mundo patas arriba.

El que incumpliera esa norma –explicaba- jamás podría llegar más adelante, y por tanto tendría que abandonar la clase. Naturalmente, ninguno de los niños quería hacerlo, por lo que todos concentraban al máximo sus esfuerzos en hacerlo correctamente.

Como ya he dicho, para hacer estos ejercicios los alumnos no podían quedarse todo el tiempo en la escuela, sino que a menudo se alejaban mucho de allí.

Yo los acompañé en algunas de estas excursiones y, así fui conociendo los más bellos parajes de Deseolandia. Pero a menudo tenía que cumplir con mis propias obligaciones, y por eso no puedo asegurar, por no haberlo visto con mis propios ojos, que los alumnos realmente consiguieran siempre devolver todo por arte de magia al lugar del que procedía. Pero como el señor Silber estaba satisfecho con su rendimiento, supongo que así sería.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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