jueves, 25 de septiembre de 2014

5 La escuela de magia

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Imagen:  Bernhard Oberdieck




Al parecer, la siguiente lección, la cuarta, la llegaron a dominar los niños bastante rápidamente. Se trataba, en esta ocasión, de aplicar las habilidades aprendidas no ya solamente a objetos, sino a la propia persona. Cuando, aproximadamente, una semana después volví a pasar por la escuela, todos los alumnos estaban ocupados en desplazarse, en menos de lo que se tarda en pensarlo, a otro lugar y regresar de nuevo.

De todas formas, en esta ocasión volvió a ocurrir un desagradable contratiempo…, desagradable esta vez para mi pobre amigo Mug.

En el citado ejercicio, cada cual tenía que imaginarse muy bien, y con todo detalle, el lugar al que se quería desplazar. Mug había elegido su lugar favorito del bosque, pero se le había olvidado imaginarse uno de los muchos árboles que allí había. Cuando deseó llegar allí, chocó con tanta fuerza contra el tronco del árbol que vio las estrellas y cayó al suelo sin conocimiento. Pasó un largo rato hasta que pudo regresar, y el señor Silber ya estaba empezando a preocuparse seriamente por él. Cuando finalmente volvimos a ver a Mug, tenía un gran chichón en la frente y un ojo morado, que no se le quitaron en catorce días a pesar de que su madre le aplicó unas compresas con hierbas. Al menos aquello le sirvió de advertencia, y de allí en adelante también todos los demás se anduvieron con mucho más cuidado.


Otro ejercicio de la lección cuarta consistía en volar. Desde luego, no es lo mismo desplazarse a cualquier sitio en un abrir y cerrar de ojos –casi, como si dijéramos, sin tener que hacer camino alguno- que surcar los aires como un pájaro. De igual manera que antes los alumnos habían aprendido a elevar objetos en el aire y a hacerlos volar, ahora hacían lo propio con ellos mismos… Para despegar, primero había que respirar a un determinado ritmo; luego, contener brevemente la respiración, levantar los codos hacia los lados y elevarse lentamente del suelo con un par de “aleteos”. Una vez en el aire, uno ya podía extender los brazos y dirigir el vuelo a base de movimientos muy cuidadosos de las manos. Eso requería un cierto entrenamiento; al principio, la mayoría de los niños daba volteretas por los aires, porque se movían con demasiado ímpetu. Por eso primero practicaron dentro de la clase, hasta que fueron capaces de volar con toda seguridad bajo el techo del aula sin chocar contra nada. Y hasta que no lo consiguieron todos, no pasaron a dar la clase al aire libre. Allí era mucho más difícil, pues, como ya he dicho, se aproximaba el invierno y hacía un viento terrible. La más pequeña ráfaga de viento bastaba para desviar a uno de su recorrido y lanzarlo a otro lugar, ya que no había, claro está, nada donde poder agarrarse. Pero precisamente aquello parecía divertir aún más a los niños, que chillaban y gritaban dando vueltas y tumbos como si estuvieran en una invisible montaña rusa. El señor Silber, que, naturalmente, también volaba con ellos, les pedía en vano que guardaran calma y orden. Sólo cuando algunos de ellos chocaron entre sí con cierta violencia, o se quedaron enganchados en las copas de los árboles, se contuvieron todos y continuaron practicando con mayor seriedad y disciplina.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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