jueves, 4 de septiembre de 2014

5 Las catacumbas de Misraim (1)

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Imagen: Edgar Ende



La idea le vino de pronto y era incontrovertible. No había modo de defenderse de ella: él, Iwri, era diferente de las demás gentes del pueblo de las sombras. Desde luego no le hacía feliz descubrirlo.

Se hallaba en su nicho de dormir y no podía conciliar el sueño. Tenía los ojos clavados en el techo duro, negro y pétreo a un palmo de su rostro. Intentó recordar, pero fue en vano.

Antes su sueño, como el de todas las demás sombras, era un estado de inconsciencia rígida, un espacio vacío y oscuro entre las fases de actividad y toma de alimentos. Últimamente, sin embargo, algo había cambiado. Durante el sueño recibía impresiones borrosas, imágenes que pasaban por su mente, sentimientos desconocidos que le asaltaban. Recordaba vagamente haber llegado en uno de esos estados imprecisos al final del mundo de Misraim y haber visto allí aberturas que permitían contemplar algo situado fuera de las catacumbas. Su memoria no recordaba ya lo que había sido ese espacio exterior, pero sus mejillas siempre estaban mojadas de lágrimas al despertar. Iwri reconocía que añoraba esos estados anormales, pero al mismo tiempo se avergonzaba de ellos, pues sabía con seguridad que se trataba de ilusiones. Y las ilusiones eran consideradas una debilidad imperdonable.

Según la doctrina oficial que nadie ponía en duda, el mundo de Misraim, ese universo laberíntico de pasillos, escaleras, salas, pasadizos, cámaras y cuevas en los que vivían, trabajaba, dormía y se reproducía el pueblo de las sombras era la única realidad posible. Grandes sabios habían calculado que si el sistema de catacumbas no era infinito, al menos era ilimitado. Gracias a una imperceptible curvatura de todos los espacios, un hipotético personaje que se moviera siempre en una misma dirección volvería, al cabo de un viaje inimaginablemente largo, a su lugar de partida desde el lado contrario. Y daría igual si para ello utilizaba los pasillos y túneles ya conocidos o si excavaba otros nuevos en cualquier dirección. Desde entonces la cuestión de lo que posiblemente existía más allá de los límites de Misraim fue descalificada como insensata y no se volvió a plantear. Un espacio exterior no podía, sencillamente, existir, ya que su existencia lo hubiera convertido en parte de Misraim y, con ello, en un no-espacio exterior. Lo único que existía y siempre existiría eran las catacumbas. De acuerdo con esto toda pregunta sobre cómo se había llegado hasta ellas se consideraba un signo de ignorancia que sólo merecía una sonrisa burlona o conmiserativa. Al no haber una salida, no era imaginable una entrada. Se consideraba, por otro lado, señal de gran cultura e información conformarse con el hecho de estar allí, sin buscar para ello un sentido o una razón. La conciencia de no caer en el autoengaño llenaba a los sabios de orgullo, por lo que se autotitulaban “desengañados” o “desengañadores”. Por lo mismo, en todo el pueblo de sombras sólo tenía valor de verdadero lo que iba acompañado del amargo sabor del desengaño.

El nicho de dormir en el que yacía Iwri era uno de los muchos que ocupaban las paredes de la gran cueva de reposo. Era concretamente el séptimo desde abajo y el vigesimoctavo desde la derecha, en la pared occidental. Sólo se podía alcanzar con una de las escaleras móviles. Los otros muros también estaban llenos de nichos; todos medían dos metros de largo por medio metro de alto. Existían más cuevas de reposo en otras partes de las catacumbas, unas más pequeñas que ésta, otras más grandes. Iwri no sabía cuántas. Había oído decir que existían cámaras funerarias y cámaras para parejas o cámaras individuales, pero debían estar destinadas a miembros especialmente privilegiados del mundo de las sombras.

Iwri rebuscó en su memoria para recordar cuándo se habían apoderado de él por primera vez aquellos extraños estados de ánimo. Al plantearse la pregunta de cuándo constató, no sin inquietud, que no distinguía los periodos de consciencia, era como si contemplara una serie infinita de imágenes reflejadas, completamente idénticas, que se perdían hacia el fondo, hacia la penumbra. Una penumbra siempre igual, gris plomo, llenaba los espacios de Misraim, una luz que no parecía venir de ningún sitio y que flotaba como niebla en el aire inmóvil. Se dijo que no existía el tiempo si éste significaba cambio; sólo había una permanente repetición de lo mismo, una actualidad perenne y amorfa. El tiempo era como una espesa papilla que había que remover constantemente para que permaneciera en movimiento. En cuanto uno retiraba la mano se paraba y no había diferencia entre antes y después, como si el tiempo nunca se hubiera movido. 

- No te conduce a nada -oyó decir al Jefe en su oído-. Es como es. Quieres dejar de reflexionar inútilmente. Prefieres pensar lo que piensan todos y hacer lo que hacen todos. Quieres pertenecer al grupo. No quieres salir de él.

Iwri conocía esa voz, como la conocían todas las sombras. El que le hablaba era el Director y Máximo Ordenador de Misraim, el señor Bechmoth. Nadie le había visto nunca y, sin embargo, siempre estaba presente con su murmullo ronco y convincente. Excepto durante las fases de sueño, hablaba casi sin interrupción con cada sombra, le daba órdenes, la animaba, reprendía, guiaba y coordinaba su actividad con la de las demás. Cómo lo conseguía, si a través de un hipotético sistema de altavoces escondidos o de receptores integrados en el oído, era un enigma hasta para los más sabios. La capacidad de Bechmoth para transmitir órdenes simultáneas, sin dar nunca señal de cansancio o confusión, se consideraba un misterio de inteligencia sobrehumana que de antemano invalidaba cualquier objeción. Por eso el pueblo de las sombras le tributaba un respeto casi religioso y una obediencia incondicional.

- Quieres levantarte y ponerte a trabajar -murmuró la voz.

La escalera móvil se acercó automáticamente. Iwri salió de su nicho, descendió por ella y pasó por la puerta de la cueva de descanso al pasillo central. 

Las sombras desfilaban en interminables columnas hacia sus puestos de trabajo o procedían de allí, escaleras abajo, escaleras arriba, por túneles y pasillos, naves y galerías, bordeando abismos insondables y cruzando puentes hasta alcanzar las últimas ramificaciones y vasos capilares del inmenso sistema venoso de Misraim. Las fases de actividad, de sueño y de toma de alimentos de cada sombra estaban rigurosamente ordenadas de modo que el movimiento de circulación nunca se detenía. Para todo lo necesario existían habitaciones especiales, también para las funciones corporales más íntimas como la excreción o el emparejamiento.

Iwri se puso en la fila. No tenía que reflexionar sobre dónde ir, pues la voz del Ordenador dirigía sus pasos: “Segunda bifurcación, subir escalera, seguir adelante, túnel a la derecha..." 

En principio no había entre las sombras ninguna especialización profesional, cualquiera podía ser utilizado en cualquier momento para cualquier trabajo. Iwri estaba integrado en un grupo dedicado a medir la longitud, altura y anchura de todos los peldaños existentes, un trabajo sin perspectiva de fin, dado el número incalculable de peldaños que había. Por eso, de vez en cuando, se cambiaban algunos miembros del equipo y los recién llegados empezaban a medir de nuevo. Ninguno sabía qué sentido tenía su actividad y ninguno preguntaba por él. La voz del Jefe les aseguraba que su trabajo poseía una importancia excepcional y no había razón para dudar de ello.

La roca en la que estaba excavado todo el sistema de catacumbas se hallaba formada por una sustancia negra de gran peso y densidad. Un fragmento del tamaño de una cabeza pesaba tanto que una persona apenas podía levantarlo. Como al mismo tiempo era viscoso y duro oponía extrema resistencia a la elaboración. Cuando, a pesar de todo, se conseguía romper un pedrusco de aquellos, éste quedaba al instante reducido a polvo, que se cargaba en vagones y se llevaba a instalaciones lejanas -Iwri no sabía de nadie que las hubiera visto-para ser transformado en el único alimento del pueblo de las sombras. Se trataba de un caldo negro que eliminaba rápidamente la sed y el hambre, pero que no sabía a nada. Se necesitaba poca cantidad. La sombra que lo tomaba se volvía más densa y oscura. La falta de este alimento producía, por el contrario, una difuminación de los contornos en los hambrientos, a largo plazo incluso una ligera transparencia. Lo mismo sucedía -aunque de modo irreversible- cuando moría una sombra. Ésta se volvía transparente y se desintegraba en polvo.

A pesar de la constante necesidad de alimento para tantas sombras la cantidad total de la sustancia era invariable, según la información que daba el “Des-Engañador”. Lo que por un lado se consumía, por el otro se añadía en forma de basura, desechos, excrementos y polvo de los muertos. Por lo tanto, sólo podía alterarse a lo largo del tiempo la estructura interior de Misraim, pero no su volumen original. Esta conclusión se consideraba muy tranquilizadora

Iwri halló en su puesto de trabajo -como solía desde que formaba parte del grupo de medición- un trozo de tiza con el que tenía que marcar determinados puntos de cada peldaño. Dócilmente puso manos a la obra, pero no estaba concentrado. Sus pensamientos volvían una y otra vez a las extrañas experiencias de sus recientes fases de sueño. Cuando, por fin, pasó el tiempo de trabajo, no colocó el trozo de tiza donde correspondía según las ordenanzas, sino que se lo metió en el bolsillo. Nadie lo notó y tampoco la voz de Bechmoth acusó recibo. Iwri no hubiera podido explicar por qué lo había hecho. En el camino de vuelta escondió el trozo de tiza en un pasillo lateral de escasa altura que parecía estar en desuso. Luego se dirigió a la toma de alimentos, se volvió más oscuro, sintió cansancio y se retiró a su nicho de dormir. De nuevo le invadieron aquellas extrañas imágenes y, de nuevo, no recordó al despertar lo que había visto al otro lado de las aberturas. Había olvidado el trozo de tiza, pero como encontró otro en su lugar de trabajo, ni siquiera lo registró.

Durante las próximas fases de trabajo repitió el hurto varias veces sin que nadie se lo impidiera. Cuando ya tenía reunidos seis o siete trozos de tiza en su escondrijo, logró recordar al despertar su inexplicable proceder. Y al llegar la próxima fase de descanso hizo algo que a él mismo le pareció una acción inusitada, casi un crimen. En vez de dirigirse como ordenaba la voz del Jefe a su nicho de dormir, fue sigilosamente a su escondrijo. Le costó cierto esfuerzo hacer ese camino, ya que estaba acostumbrado, como todos, a ser dirigido en cada movimiento. Ahora debía tomar decisiones. Nada más ver el montoncito de tizas comprendió por qué había desobedecido. 

Buscó una superficie lisa en uno de los muros y empezó a dibujar, inseguro y con poca pericia, los contornos de aquellas aberturas que recordaba. Los primeros esbozos fueron desazonadores y le parecieron a él mismo bastante primitivos, pero no se desanimó y lo intentó de nuevo. Abrigaba la imprecisa esperanza de que si conseguía representar convincentemente las aberturas también recuperaría en su memoria lo que había detrás de ellas, allá fuera, al otro lado del muro. Pero su esfuerzo fue en vano.

- No quieres hacer lo que estás haciendo -dijo el murmullo del Gran Ordenador, hasta ahora silencioso-. Si continúas en tu empeño tendré que abandonarte. Estás avisado.

Iwri no reaccionó y siguió trabajando silencioso y obstinado.
- Lo que haces -dijo la voz insistente y, por primera vez, con un atisbo de impaciencia-, lo que haces me duele. Borraremos tu existencia. Te sustituiremos. Ya que deseas sufrir, sufre. Nos encargaremos de que no contagies a otros tu enfermedad. No perteneces al pueblo de las sombras; de ahora en adelante no serás nada. Todavía no sabes lo que eso significa. Lo aprenderás.

Era la última vez por mucho tiempo que Iwri oía la voz del Jefe. 

Una vez terminado tan bien como supo su trabajo, se apartó para contemplarlo durante unos instantes. El resultado le decepcionó y desanimó. De pronto se notó muy cansado. 

Se dirigió a la toma de alimentos, pero nadie le sirvió su ración. Le pasaron por alto. Afortunadamente tampoco se fijaron en él cuando se sirvió a sí mismo. No le impidieron que lo hiciera y, por tanto, no se preocupó más del asunto. Las cosas, sin embargo, cambiaron cuando regresó a la cueva de dormir para recogerse en su nicho. Constató que éste había sido ocupado por otra sombra y no quedaba ninguno libre.

Iwri volvió al lugar de su crimen. Un equipo de limpieza borraba en ese momento sus dibujos.
- ¿Qué pasa? -preguntó-. ¿Por qué lo hacéis?

Nadie le respondió; como si no le hubieran oído.
- Me gustaría saber -dijo uno de los obreros a su compañero- lo que esto significa.

De pronto Iwri recordó una palabra, la recordó como algo olvidado desde hace mucho tiempo.
- Son ventanas -musitó-, ventanas a través de las que podemos mirar hacia fuera. Es decir, no son verdaderas ventanas, sino, desgraciadamente, sólo su representación.

Además, una representación bastante imperfecta.

El equipo de limpieza terminó su quehacer y se marchó. El muro estaba como antes. 
- Ventanas... -susurró Iwri. ¿De dónde le venía de pronto esa palabra? En el lenguaje del pueblo de las sombras no figuraba.

El montoncito de tizas seguía en el rincón. Tomó una y empezó a dibujar sobre el muro limpio. Tampoco esta vez el resultado le satisfizo. Quizá, se dijo, el culpable era el muro. Debía encontrar una superficie más apropiada. Aunque la idea no le convencía, metió los trozos de tiza en su bolsillo y se puso en camino.

Nunca había tenido que arreglárselas por sí mismo y al poco rato se perdió irremisiblemente en el laberinto de pasillos y bifurcaciones. El esfuerzo por comprender el orden de las cuevas y la necesidad desacostumbrada de tomar decisiones propias en cada encrucijada agotaron con rapidez sus fuerzas. En un rincón se echó cansado en el suelo y se durmió. Esta vez no tuvo visiones de ventanas, al contrario, sintió como si los muros le aprisionaran por todos los lados hasta inmovilizarle. Despertó bañado en sudor.

Se puso en pie y vio al fondo de un pasillo guardianes del orden que según le pareció buscaban a alguien. Instintivamente huyó de ellos. Más tarde, cuando hizo un alto, sin aliento, se preguntó por qué había huido, pues quizá él existía para los guardianes tan poco como para las demás sombras. Sin embargo, no estaba completamente seguro de que así fuera. 

¿Qué hacer? Ya no oía la voz que le daba órdenes y debía proponerse él mismo una tarea, un objetivo. Estaba confuso y tardó un buen rato en hallar fuerzas para actuar. Lo que más le agobiaba, por ser algo totalmente nuevo, era su soledad. Se encontraba separado de las otras sombras como por un espacio invisible e impenetrable. Por primera vez sintió una gran tristeza y supo que ya no le abandonaría nunca, es más, que era sólo el principio, la premonición de lo que le esperaba. La tristeza misma aún no le había alcanzado, aún estaba lejos, como una oscuridad pesada, gigantesca, que se aproximaba con lentitud. Se hallaba por todas partes y no había escapatoria.

Iwri se asustó de ella. Si aún existiera una posibilidad de volver bajo la protección del Ordenador y ser acogido de nuevo en el pueblo de las sombras, quizá la hubiera aprovechado a fin de no estar solo. Pero sabía que nunca renunciaría a buscar lo que se encontraba más allá de las ventanas. No había pues vuelta atrás, era demasiado tarde. Debía dejar que sucediera lo que estaba sucediendo.

Si lo que había visto por las ventanas -y no podía recordar- no era una fantasía de su mente, sino realidad, entonces existía, en contra de la opinión de los sabios, un mundo, incluso muchos mundos fuera de Misraim. El inmenso sistema de catacumbas sería, por lo tanto, sólo una prisión en la que por causas desconocidas se hallaba encerrado el pueblo de las sombras. Bechmoth, el Gran Jefe, no era más que un carcelero. Esto explicaba la dureza con la que había perseguido a Iwri por pintar ventanas. Pero ¿cómo era posible que nadie más se sintiera prisionero, que todos estuvieran contentos con su existencia de esclavos?

En su búsqueda de una salida Iwri caminó durante innumerables fases de vigilia, que ahora eran totalmente irregulares, por los laberintos de Misraim. En su huida de posibles perseguidores no se atrevía a permanecer en ningún sitio. A la tristeza y el miedo vino a asociarse la sensación de que estaba enterrado en vida, de que se asfixiaba en el espacio estrecho. A ratos caía en estados de pánico que se intensificaban originándole un dolor físico insoportable.

Entonces corría hasta caer rendido o avanzaba a cuatro patas o se abría camino a tientas, paso a paso, como un ciego. Así llegó a zonas desconocidas del laberinto, cuya existencia nunca había imaginado. Entró en cuevas tan grandes que albergaban ciudades enteras con edificios de muchos pisos. Subió y bajó y volvió a subir innumerables peldaños, porque las escaleras desembocaban las unas en las otras o se perdían en el vacío. Se metió por pasadizos tan estrechos y bajos que sólo se podían superar arrastrándose sobre la tripa. A traspiés y rodando bajó por superficies inclinadas y ascendió por angostas chimeneas. Pero en ningún momento halló una salida de Misraim, algún indicio de que había alcanzado el final de las catacumbas. En cambio encontró lugares donde le parecía haber estado ya una vez, aunque nunca con absoluta seguridad. Robaba el alimento, lo que no era demasiado difícil, pues nadie se fijaba en él, y dormía donde y cuando tenía ocasión.

En su peregrinaje llevaba los trocitos de tiza y los cuidaba como su más preciado tesoro, ya que sabía que no obtendría otros. Siempre que veía un lugar adecuado pintaba sus ventanas. Sus reservas de tizas fueron disminuyendo y la meticulosidad con la que se preparaba antes de dibujar creció a fin de que no se desperdiciara ni un trazo. Pero con tanta obstinación como repetía sus intentos, con tanta regularidad eran borrados al instante. Aunque aquello hacía inútil su actividad, la rapidez con que eran eliminados sus dibujos le confirmaba en su convicción de que su trabajo, por muy pobre que fuera, constituía un peligro para Bechmoth y su sistema carcelario. Se agarró a la idea de que todo cambiaría -significara lo que significara este concepto- si lograba representar lo que había visto hacía tiempo a través de las ventanas. Ahora no lo recordaba y tampoco se le aparecía en sus fases de sueño. Dibujaba el recuerdo de un recuerdo que con el tiempo era más inverosímil; sus ventanas quedaban pues vacías. La desesperación que le producía esto era lo peor de todo. Había perdido la realidad de Misraim, en la que creía el pueblo de las sombras, y no encontraba la otra realidad, por la que había sido expulsado. No había salvación para él, ni en éste ni en el otro lado.

Un día por fin llegó el momento de utilizar el último trozo de tiza en un postrer intento que de nuevo fue un fracaso. Todo había concluido. La gran tristeza le había dado alcance y le enterraba como bajo una montaña. Preparó una cuerda y se ahorcó. 

Cuando volvió en sí le habían puesto esposas. Dos guardianes del orden se inclinaban sobre él y le hablaban con tono de reproche. Iwri no entendía lo que decían, sólo captó que estaban satisfechos de haberle cogido. Le obligaron a ponerse en pie y se lo llevaron. Él no se defendió.

Le introdujeron en una celda individual, pequeña y baja de techo. Allí estuvo largo tiempo solo. Dormía mucho, o mejor dicho, se mantenía a propósito en un duermevela, ya que cada instante de vigilia significaba un tormento insoportable. Evitaba pensar en lo que harían con él, si le condenarían algún día por sus dibujos de ventanas o si, simplemente, le habrían olvidado. Una mano invisible le traía con regularidad comida. Valiéndose del mango de la cuchara intentó grabar los contornos de una ventana en el muro de su celda. Los muros eran demasiado duros y no quedó en ellos rastro de sus esfuerzos.

Estaba enroscado en un rincón, con el rostro hacia la pared, cuando un ruido de la puerta de su celda le sacó de su estupor. No se movió. Una mano le tomó por el hombro y le sacudió suavemente.

- Despierta -dijo alguien-. Ven conmigo, pero no hagas ruido.

Iwri se volvió despacio y vio dos sombras, un joven y una muchacha.
- ¿Qué queréis? -preguntó sin oír apenas su propia voz-. ¿Quiénes sois?
- Amigos -respondió la muchacha-. Venimos a sacarte de aquí.
- Amigos... -repitió Iwri con dificultad-. ¿Qué queréis decir?

Intentaron levantarle.
- Ven, disponemos de poco tiempo.

Iwri se resistió.
- Es un error -protestó-. Buscáis a otro.
- No, no -murmuró el joven con prisa-. Te lo explicaremos luego, y podrás preguntar lo que desees. Ahora, apresúrate.

Iwri se dejó conducir por ellos al exterior, primero por un pasillo bajo con puertas a otras celdas; luego por una habitación en la que colgaban de la pared muchas llaves. En un rincón dos guardianes del orden, sentados en torno a una mesa, roncaban tranquilamente con la cabeza apoyada sobre los brazos. Sus secuestradores le condujeron a un túnel de bóveda muy alta en el que fluía un animado tráfico. Le colocaron entre ellos.

- Si alguien nos da el alto -musitó la chica-, déjanos hablar a nosotros.

Efectivamente, había un control al final del túnel.
- Transporte de un enfermo -explicó el joven-. Es urgente. Aquí están los documentos.

El guardián echó un vistazo a los papeles y dijo:
- Adelante.

Por caminos confusos llegaron al fin a una escalera de caracol cuyos innumerables peldaños ascendían por un pozo y desembocaban en una sala llena de trastos, posiblemente un almacén de máquinas inservibles.

Los acompañantes de Iwri se cercioraron de que nadie les había seguido, apartaron unas planchas de hierro oxidado y quedó al descubierto en la pared un nicho. Utilizando un complicado ritmo golpearon varias veces en determinados puntos y el fondo del nicho se abrió. Entraron por el hueco y la pared se cerró de nuevo a sus espaldas. 

- Ya puedes preguntar -dijo la muchacha-. Ahora estamos en nuestro lado.
- En nuestro lado... -repitió Iwri-. ¿Qué lado?
- Fuera del reino de Bechmoth.

Iwri se quedó parado y miró confundido a su alrededor.
- Fuera... -murmuró-. Fuera... Así que yo tenía razón. Pero ¿quiénes sois vosotros?
- Somos los enemigos de Bechmoth. ¿No te basta?
- Sí-tartamudeó Iwri-. Es decir, no. No me basta.
- ¿Lo oyes? No le basta-dijo el joven-. Explícaselo.

Ella sonrió.
- Los planes del señor Bechmoth nunca se cumplirán. Nosotros nos encargamos de ello.
- ¿Sois muchos?

La chica suspiró.
- Por desgracia, no.
- No somos suficientes -añadió el joven.
- ¿Y yo? ¿Qué queréis hacer conmigo?
- Bueno, tú eres uno de los nuestros, ¿no?
- Necesitamos con urgencia gente como tú.
- ¿Para qué me necesitáis?
- Eso te lo dirá la misma Madam.
- Ella tiene gran interés en que colabores.
- ¿Madam? ¿Quién es?
- La doctora, la señora Lewjothan. ¿No has oído hablar de ella?
- A ella le debes tu salvación. Ella nos envía.

Iwri hizo otra vez un alto.
- ¿Os referís a la Consoladora?
- Sí, creo que así la llaman en el reino de las sombras.
- Pero no te pares. No la hagamos esperar.
- Entonces... ¿es verdad que existe?

Iwri había oído a través de jirones de conversaciones y alusiones de un rumor según el cual existía un grupo secreto que de un modo no precisado con exactitud luchaba contra el Jefe y su sistema y que encabezaba una médica llamada la Consoladora. No estaba permitido hablar de ella. Iwri no había prestado atención a esos rumores y la había olvidado. Agitado preguntó:

- ¿Quiere verme? ¿Por qué?
- Quizá por tus dibujos de ventanas.
- ¿Se ha enterado de ellos?
- Oh, sí, querido. Sabe mucho, en cierto sentido más que Bechmoth. Y tiene que ser así, de otro modo estaríamos ya fuera de combate.
- Pero mis ventanas... -musitó Iwri- nunca han sido perfectas. Siempre han estado incompletas. Faltaba lo más importante.
- Ahora no se trata de eso.
- ¿De qué se trata, entonces?
- Quizá de que eres inmune -dijo el joven.
- ¿Que soy qué?
- Oye -dijo la muchacha a su compañero-, me temo que hablas demasiado.
- Es posible -admitió éste-. Dejemos la explicación a Madam Lewjothan.

El pasillo por el que caminaban se abrió de pronto y salieron a una rampa. La vista que se ofrecía desde ella impresionó a Iwri. En una cueva de enormes dimensiones se extendía ante sus ojos una instalación de invernaderos como una ciudad llena de luces. Cada invernadero estaba iluminado por dentro y relucía con una luz extraña, rosa y violeta. En el centro de la amplia instalación se alzaba un palacio de cristal, flanqueado por una torre estrecha, también de cristal.

- Allí arriba -oyó Iwri decir a la muchacha cerca de su oído-te espera ella. Encontrarás tú mismo el camino, no hay pérdida. Nosotros no podemos acompañarte más lejos.
- Gracias -dijo Iwri-. ¿Cómo os llamáis?

Se volvió hacia sus dos compañeros, pero éstos ya habían desaparecido.




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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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