jueves, 4 de septiembre de 2014

5 Las catacumbas de Misraim (2)

Imagen: Edgar Ende



Descendió la rampa y entró en el invernadero más próximo. Un aire húmedo y caliente le vino al encuentro y le cortó casi la respiración. Olía a putrefacción, dulzona y embriagadora. Iwri contuvo el deseo de vomitar. A la derecha y a la izquierda crecían en arriates en un desorden caótico grandes hongos, cuyas formas pálidas y carnosas parecían cartílagos orgánicos. Entre ellos colgaban hilos babosos.

Mientras iba de un invernadero al otro, sin perder de vista el Palacio de Cristal, cuya torre se divisaba desde todas partes, le llamó la atención que las tuberías de la calefacción que corrían a lo largo de las paredes laterales se hallaban defectuosas en muchos sitios, oxidadas, sucias e incluso reventadas aquí y allá. Lo mismo sucedía con el sistema de riego que bordeaba los arriates de tierra negra y que servía para mantener húmedos los hongos. Por doquier caían gotas de agua y brotaba el vapor. Todo el sistema parecía viejo y descuidado. También las fuentes de luz que producían el fulgor rosa y violeta tenían las pantallas de hojalata abolladas, estaban torcidas o se habían apagado por completo. En esas zonas más oscuras no crecían hongos en la tierra negra y enfangada.

Por fin Iwri llegó al Palacio de Cristal situado en el centro. Hasta ese momento no se había encontrado con nadie. Subió a la torre, piso por piso, sin oír más que su propio aliento y el cling-clong de sus pasos sobre el suelo de cristal. El piso superior era octogonal y desde él se vislumbraban en todas direcciones, como desde una torre de vigía, los invernaderos. El techo de la gran cueva, igual que un cielo pesado y cubierto de nubes, casi imperceptible en la penumbra, lo abarcaba todo. 

- Al fin has llegado -dijo de pronto una voz profunda y extrañamente velada-. Eso está bien.

Iwri se volvió sobresaltado. Al otro lado de la habitación octogonal había aparecido una figura alta y delgada en un largo vestido blanco. Su rostro se distinguía con dificultad ya que una sombra caía sobre él.

- ¿La doctora Lewjothan? -preguntó vacilando.

La mujer asintió.
- Acércate un poco. Ya no veo bien.

Iwri dio unos pasos en su dirección y ella alzó la mano.
- Quédate ahí. Así.

Iwri, en medio de la habitación, se sintió incómodo. Hubo un silencio, en el que ambos se contemplaron.

La mujer le sobrepasaba en más de una cabeza. Su rostro demacrado y pálido era de rasgos finos, pero a pesar de ello daba la impresión de severo, incluso de duro. Resultaba difícil dilucidar si se trataba del rostro de un muchacho un poco femenino o de una mujer un poco masculina. En cualquier caso incluía a los dos sexos. Sus ojos oscuros, ligeramente oblicuos, descansaban sobre él sin parpadear. Sintió la fuerza hipnótica que brotaba de aquella mirada, pero no deseó defenderse de ella. El pelo color cobrizo de la mujer era corto, casi masculino. Alrededor de sus labios flotaba un amago de sonrisa que no estaba dirigida a él, sino que era permanente y automática. No parecía una sonrisa alegre; al contrario, creaba un aura trágica que cerraba el camino a cualquier acercamiento. Iwri bajó los ojos.

- Tus ventanas -oyó decir a aquella voz- nos han puesto en peligro.
- ¿Mis ventanas? ¿Qué quiere decir?
- Me temo, mi pequeña sombra, que eres un artista. Quiero decir que no comprendes tus propias ideas. Sí, tus ventanas. Enseguida supimos lo que pretendías decir con ellas. Representabas, sin darte cuenta, nuestros invernaderos. Ahora ya lo sabes. No tendrás dudas sobre ello, ¿verdad? También sabes ahora lo que siempre te ha faltado: lo que se ve a través de las ventanas. No podías representarlo porque te asustaba. ¿Te sorprende esta revelación?
- No sé -respondió inseguro- si era eso...

Ella rió silenciosamente.
- Es increíble cómo precisamente la facultad creadora nos impide ser conscientes de nuestros móviles. ¡Animo, mi pequeña sombra! Cuando aceptes tus propios deseos te sentirás mejor, te lo garantizo.
- Quizá tenga usted razón -balbució Iwri.
- Oh, estoy segura de ello, pero debes creerlo por convicción. No quiero que lo hagas por darme gusto. No nos ayudaría a ninguno de los dos. Y lo que necesito con urgencia es precisamente tu ayuda, por supuesto voluntaria.
- ¿Mi ayuda? -preguntó Iwri-. ¿Qué desea de mí? 

Ella apartó la mirada y la dejó vagar por el panorama de invernaderos iluminados.
- Al venir hasta aquí has podido ver el estado lamentable en que se encuentran nuestras instalaciones. No contamos con nadie capaz de mantenerlas. Sin ellas nuestro trabajo es imposible.
- ¿Qué son esos hongos?-preguntó Iwri.

Ella se volvió nuevamente hacia él y rió con su característica risa apagada.
- Te han asustado, ¿verdad? Reconozco que son repelentes. Pero son nuestro gran tesoro. De ellos obtenemos nuestra medicina, el GUL, nuestra arma más potente contra Bechmoth. El GUL es una fórmula química... -empezó a explicarle la fórmula, pero él no entendía lo que ella decía-. Extraemos la medicina de las esporas. Pero esto no es cosa tuya. El cuidado y la explotación de los cultivos de hongos corre a cargo de otros. Tu tarea consistiría en mantener en orden las instalaciones.
- ¿Para quién es la medicina? ¿Y qué efectos tiene? -preguntó Iwri.
- Oh, perdona, lo olvidé. No deberías saberlo, precisamente tú no deberías saberlo. Por eso estás aquí. Sobre ti no actúa, o quizá ha perdido su efectividad; ignoramos la causa. 

Hizo una pausa para reflexionar.
- En el fondo -continuó por fin paseando a lo largo de la pared con ventanas, de arriba abajo y de abajo arriba, de modo que Iwri tenía que girar con ella-. En el fondo todo el sutil sistema de Bechmoth tiene un único objetivo: hacer sufrir a sus víctimas. Tú, pequeño, sabes lo que eso significa. ¿Por qué lo desea tanto? Pienso que el ansia de poder absoluto es en sí misma una especie de dolor que sólo se aplaca con el sufrimiento ajeno. Quizá el tormento que inflige a otros le produce cierto consuelo. Aunque, a fin de cuentas, eso carece de importancia para nosotros. No es Bechmoth el que necesita ayuda sino sus víctimas. Yo, como sabes, soy médico y mi ética profesional me ordena ayudar a los que sufren. Ya sé que podemos discutir interminablemente sobre este punto, pero al fin y al cabo todo desemboca en una verdad muy simple: es bueno lo que mitiga o impide el sufrimiento, es malo todo lo que produce o intensifica sufrimiento. Con nuestro GUL impedimos en la mayoría de los casos que la gente empiece a sufrir. Y si ya sufren reducimos su sufrimiento hasta que queda bajo el nivel de percepción del sujeto. El sufrimiento que no se percibe no es tal. Podría decirse que el GUL es una especie de producto anestesiante, un narcótico que insensibiliza especialmente contra los métodos de tortura de Bechmoth y no afecta a las demás funciones. En la mayoría de los pacientes basta una pequeña cantidad que les suministramos sin que ellos lo sepan en las comidas. En casos difíciles inyectamos dosis mayores. Hay casos muy raros en los que existe una resistencia innata o adquirida contra nuestro producto, como sucede contigo, mi pequeña sombra. Lo constatamos, pero desconocemos todavía las razones. Tú mismo no lo has notado, pero hemos estado inyectándote, durante las fases de sueño, GUL altamente concentrado sin obtener resultados. Tuvimos que hacerlo para disuadirte de pintar ventanas, pues Bechmoth es de por sí desconfiado y podrías haberle puesto sobre la pista. Comprendimos entonces que por tu especial constitución eras la persona idónea para cuidar nuestros invernaderos...
- ¿Por qué? -preguntó Iwri-. ¿Por qué precisamente yo?

El constante ir y venir le había mareado un poco; además, se sentía cansado y con sueño. Apenas si era capaz de seguir la voz monótona de la Consoladora.
- Está muy claro -la oyó decir, y por primera vez su tono era ligeramente impaciente-.Escúchame bien, pequeño, no te hagas el tonto. Estoy muy ocupada y no dispongo de tiempo. Así que no preguntes lo que ya has comprendido perfectamente. Por otra parte, pienso que deberíamos tener confianza el uno en el otro, pues estamos en el mismo bando. ..

Iwri asintió agotado. Tenía un sinfín de preguntas que hacer, pero no se le ocurrió ninguna. Se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en la mano. Un cansancio irresistible se apoderó de él. Durante un rato aún oyó la voz que, como desde una lejanía creciente, insistía e insistía; luego cayó en un profundo sueño.

Cuando despertó se halló solo en la habitación octogonal. Se sentía atontado y vacío, como si le hubieran exprimido, pero la angustia soportada durante tanto tiempo en las catacumbas había desaparecido por completo. Eso ya merecía su agradecimiento.

No había nadie con él al que hubiera podido preguntar qué tenía que hacer. Así que se puso a buscar. Revisó todo el Palacio de Cristal y por fin descubrió en el sótano una especie de taller, al menos parecía haberlo sido hacía mucho tiempo. Las herramientas desperdigadas se encontraban en su mayoría en tal estado que apenas resultaban utilizables, aunque unas pocas podían ser reparadas provisionalmente. También halló un camastro con unas mantas rotas y polvorientas, algunos cacharros y una cuchara. Decidió convertir el taller en su futura vivienda.

En otros sótanos adyacentes encontró gran cantidad de cajones con piezas de recambio para las instalaciones de los invernaderos: tuberías de calefacción, bombas, lámparas, cables, alambres y otros materiales. Inmediatamente se puso a trabajar.

Durante los primeros tiempos se atuvo a un plan determinado. En principio se dedicó a reparar las averías más graves de los invernaderos cercanos al Palacio de Cristal, convencido de que ahí se hallaba el corazón del sistema en forma de una central térmica que alimentara la red de tuberías con vapor o agua caliente o un distribuidor para la instalación de la luz. Pero no encontró nada de este tipo, ni al comienzo de sus empeños ni más adelante. Según todos los indicios no existía tal centro neurálgico.

Con el tiempo renunció a cualquier plan y trabajaba donde surgía la necesidad. Su euforia se fue convirtiendo en obstinación rutinaria. Como no lograba comprender el orden básico de la instalación no le quedaba otro remedio que arreglar donde había algo que arreglar, un día aquí, el otro allá. En consecuencia sus reparaciones resultaban inútiles tarde o temprano. Cuando terminaba en un extremo aparecían en el otro las viejas averías u otras completamente nuevas. El trabajo en el ambiente caluroso, húmedo y hediondo de los hongos era pesado y le hacía sudar. A menudo después de muchas horas de esfuerzo continuado caía extenuado y medio asfixiado al suelo. Pero lo que más le agotaba era la falta de perspectivas de esta lucha permanente contra la ruina, una lucha que nunca se ganaría, ni siquiera por unas horas.

A pesar de todo, Iwri perseveraba, ya que sabía que nadie excepto él era capaz de realizar este trabajo que constituía su única posibilidad de ayudar al pueblo de las sombras en su sufrimiento. Aunque su esfuerzo no tuviera un fin visible, no le parecía inútil. Esta idea le mantenía en pie.

En todo este tiempo no volvió a ver a la doctora, ni tampoco se encontró con ninguno de sus colaboradores, aunque pudo constatar que los hongos habían sido recolectados varias veces, generalmente en las zonas donde él no trabajaba. Cuando regresaba a su sótano solía hallar allí comida que algún desconocido le llevaba. También recibió varios cajones con piezas de recambio, pero nunca supo de dónde procedían y cómo habían llegado. Por otro lado le quedaban pocas fuerzas para pensar en estas cosas. Nada más comer solía caer en su lecho y dormir como un muerto. Ya no pensaba en sus ventanas, estaba rodeado de ellas...

Había transcurrido ya mucho tiempo dedicado a su trabajo solitario cuando inesperadamente se encontró con alguien. Sucedió en uno de los invernaderos más alejados del Palacio de Cristal, situados en el límite norte de la plantación, al que Iwri no había llegado nunca. En un rincón oscuro descubrió un montón de harapos que al principio no le llamó la atención. Pero al cabo de un rato creyó percibir a intervalos regulares unos murmullos:

- Destruir... destruir todo... Por favor, créeme...

Y entonces comprendió que el montón de trapos se trataba del lecho de un hombre, muy viejo a todas luces, que apenas respiraba y cuyo cuerpo era casi un esqueleto. Su rostro estaba marcado por un sufrimiento como Iwri nunca había visto en el pueblo de las sombras.

Levantó al viejo, ligero como un muñeco, y lo llevó en brazos hasta su sótano del Palacio de Cristal. Allí le dio su comida, cucharada a cucharada, e intentó tumbarle en su propio lecho para que descansara. Pero el viejo se resistía, agarrándose con fuerza a él. Atrajo la oreja de Iwri hasta su boca hundida:
- He luchado contra la muerte -murmuró- con la esperanza de que me encontrarías. Sólo me quedan unos instantes. Tienes que creerme todo lo que te diga, pues es la verdad. Yo soy tu antecesor aquí, en los invernaderos. Soy el ingeniero que en su día construyó la instalación. Sí, yo también creía entonces que actuaba bien, como tú lo crees ahora. Pero yo he desenmascarado a la Consoladora. Todo es mentira, nada más que mentira...

Intentó incorporarse, pero Iwri le retuvo suavemente en el lecho.
- Descansa -le dijo-. Luego me lo contarás todo.
- No-exclamó sin aliento el viejo moviendo la cabeza de un lado a otro-. No tenemos tiempo. He estado escondido. Ella haría cualquier cosa para impedir que te revele la verdad. Comprenderás enseguida por qué, así que no me interrumpas. Me he mantenido vivo sólo para esto y pronto moriré, ¿me oyes? Soy también culpable de lo que le sucede al pueblo de las sombras. Debo reparar mi crimen y tú lo harás por mí. No sigas cuidando la instalación. Debes, por el contrario, destruirla por completo ahora mismo. Los invernaderos, los malditos hongos, todo. Prométemelo.
- ¿Por qué he de hacerlo? -preguntó consternado Iwri-. Es el único remedio para los prisioneros de Bechmoth.
- No es cierto -gimió el viejo-. ¿Te ha contado ella que Bechmoth es su enemigo? Sí, eso les hace confiar a todos. Yo también la creí. En realidad ella trabaja para él. Él la necesita, no sería nada sin ella... Ella comparte su lecho. Yo los he visto juntos. He oído lo que hablaban... Sus planes con respecto al pueblo de las sombras. Nunca he oído cosas peores. Cuando se dieron cuenta de que les había espiado me castigaron. No preguntes cómo. Ya ves que pude escapar
- No comprendo -balbució Iwri-. Bechmoth mantiene esclavizado al pueblo de las sombras en Misraim para satisfacer con su sufrimiento la sed ardiente de poder que le atenaza y la doctora Lewjothan lo impide mitigando los sufrimientos de los esclavos.. . 
- Ah, sí -dijo el viejo-. Desde luego. Pero ¿cómo lo hace? Les proporciona esta droga maldita, gracias a la cual olvidan todo. Sí, olvidan que son prisioneros, olvidan que no siempre fueron el pueblo de las sombras, olvidan que más allá de las catacumbas de Misraim hay otros mundos de los que proceden. Olvidan el pasado y el futuro, olvidan las preguntas y los deseos. Oh, sí, están tranquilos y contentos con lo que tienen, pues carecen de memoria y de la posibilidad de comparar. Sólo poseen el momento. Los esclavos que no conocen más que la esclavitud son esclavos dóciles. Los prisioneros que únicamente conocen la existencia de la cárcel no sufren por su falta de libertad. Ésta es la clase de ayuda de la Consoladora.

Se dejó caer en el lecho jadeando.

Iwri, con los ojos clavados en el rostro del anciano, murmuró:
- Mis ventanas, mis ventanas... Yo tenía razón; había algo detrás de ellas.
- Tú y yo -dijo débilmente el viejo- pertenecemos al grupo de los que no olvidan, lo queramos o no. El GUL no actúa sobre nosotros. Somos la excepción. ¿Comprendes ahora por qué ella nos necesita? ¿Qué utilidad tendrían unos ayudantes que se olvidaran de todo?

Iwri estaba seguro de que el viejo le decía la verdad. Lo sabía porque era su verdad, una verdad que había condenado tanto tiempo al silencio. Y ahora que se manifestaba de nuevo con toda su fuerza sintió que una terrible ira se apoderaba dolorosamente de su cuerpo.
- ¿Y si el pueblo de las sombras -preguntó con voz ronca- no obtuviera esa maldita droga...?
- Entonces -dijo el viejo casi sin voz- empezarían todos a sufrir horriblemente, porque recordarían. Sólo así encontrarán el camino de salida de Misraim. Por eso debes hacerles sufrir, debes destruirlo todo. ¡Hazlo, y hazlo deprisa!

El anciano se derrumbó, con su cabeza inclinada hacia un lado. De pronto pareció extrañamente pequeño. Había muerto.
- Sí -dijo Iwri con voz áspera-. Lo haré. No te preocupes, amigo.

Rebuscó entre las herramientas oxidadas, cogió el martillo más pesado que pudo encontrar y se dirigió a los invernaderos.

Aunque la labor de destrucción progresaba más deprisa que los penosos y difíciles trabajos de reparación, Iwri necesitó mucho tiempo para su tarea, ya que la plantación era gigantesca y él estaba solo. Destruyó sistemáticamente todos los cristales, arrancó las tuberías de las paredes, pisoteó los hongos que se transformaron enseguida en una papilla pegajosa y rompió los aparatos de iluminación. Un invernadero tras otro se sumergió en la oscuridad. 

Con furia salvaje Iwri se dedicó a destruir gritando y riendo, hasta que cayó rendido y durmió durante un rato. Lo que le daba renovadas fuerzas -unas fuerzas que nunca había poseído en esta medida con anterioridad- no era sólo la conciencia de estar luchando por la liberación del pueblo de las sombras, sino también su indignación contra la doctora Lewjothan, la médica hipócrita que había abusado tan abominablemente de su flaqueza y su buena fe. En el fondo esperaba que ella misma o su gente aparecieran para impedirle por la fuerza destruir por completo las plantaciones. Deseaba la confrontación aunque se resolviera con su propia derrota. Pero no sucedió nada y él siguió solo. ¿Tenían miedo de él? ¿Acaso no soportaban ser desenmascarados? ¿Y si no eran tan poderosos como él y los demás habían creído hasta ahora?

Por fin se desmoronó el último invernadero y se apagó la última luz. Todo había acabado y él se halló en la más completa e impenetrable oscuridad. Había procedido sin plan alguno y no sabía siquiera en qué lugar de la gran cueva se encontraba o dónde estaba la rampa desde la que había visto por primera vez el mar de luces. Se abrió camino a tientas, sintiendo bajo los pies los añicos de cristal y la succión del suelo pantanoso. Intentó orientarse por los restos que habían escapado a su furia destructora, pero no tenía mucha esperanza de encontrar la salida. Tampoco le importaba mucho lo que pudiera sucederle. Había cumplido con su deber.

Esta vez, sin embargo, la suerte estuvo de su lado. Dio con la rampa, subió a tientas a ella y llegó hasta la puerta secreta. No pudo abrirla, ya que no recordaba la señal, pero con su pesado martillo consiguió romperla sin excesiva dificultad. Se encontró de nuevo en las catacumbas de Misraim.

No se había preguntado lo que le esperaba ver allí, pero la primera impresión fue decepcionante. Nada había cambiado: las mismas interminables columnas de sombras que caminaban en todas direcciones por los pasillos laberínticos, por escaleras y puentes; que trabajaban, ingerían alimento y pasaban las fases de sueño en sus respectivos nichos. Todo seguía como cuando se lo llevaron de allí. Todos obedecían a la voz del Gran Ordenador que les quitaba el peso de las decisiones, y todos aceptaban que así fuera. Iwri se dijo que tenía que ser paciente, pues la falta del GUL, el maldito suero del olvido, no actuaría más que poco a poco.

En efecto, no transcurrió mucho tiempo para que empezaran a registrarse los primeros síntomas de la abstinencia. Fueron más graves de lo que Iwri había imaginado. Nadie en el pueblo de las sombras estaba acostumbrado a sufrir de este modo, y en consecuencia las primeras reacciones se manifestaron de un modo extraordinariamente fuerte. Unos se tiraban de pronto al suelo, como epilépticos, se agitaban frenéticos y pedían auxilio a gritos. Otros salían corriendo presos del pánico, golpeaban los muros con los puños o incluso con la cabeza hasta caer sin sentido. Algunos se sentaban, permanecían inmóviles y jadeaban, con los ojos en blanco como los ahogados. Los que aún no habían alcanzado ese estado les contemplaban espantados sin saber qué hacer. Los casos aumentaban de hora en hora. Los que todavía oían la voz ronca del Gran Ordenador eran cada vez menos. Las escenas que se sucedían ante los ojos de Iwri resultaban tan penosas y dignas de compasión que de buena gana hubiera anulado todo, si hubiera sido posible. Conocía bien el sufrimiento por propia experiencia y se sentía culpable, aunque se repitiera constantemente que él no había ocasionado toda esta desgracia, sino que la había puesto al descubierto y que era inevitable, incluso necesaria.

Por fin se desencadenó la catástrofe. Miles de sombras enfurecidas, chocando las unas con las otras, dominadas por el terror y la desesperación, corrían pisoteándose, chillando y aullando a lo largo de los túneles y naves del laberinto. Había que hacer algo inmediatamente para que aquello no acabara en una masacre sin sentido. El pánico general debía ser encauzado hacia una revuelta con un objetivo, en una lucha contra los carceleros y en la búsqueda sistemática del camino que condujera al exterior. 

Poco a poco Iwri logró hacerse oír. Al principio sólo conseguía tranquilizar a un pequeño grupo para que le escuchara, pero luego su número fue aumentando, pues se corrió la voz de que había alguien que estaba informado y podía dar soluciones. Cientos y luego miles acudieron para oír ansiosamente y con la boca abierta las palabras de Iwri. Subido a un pedestal, en una de las naves más grandes, hacía discursos incendiarios en los que decía al pueblo de las sombras todo lo que había descubierto y lo animaba a defenderse unido, a romper la opresión con violencia y a forzar a los poderosos a darle la libertad.

No todos comprendían sus palabras, pero muchos se le unieron. Se armaron con lo que les pareció utilizable, barras, tubos y herramientas de diverso tipo, formaron grupos y, por fin, un gran ejército de sombras se puso en marcha por el interminable laberinto. Gritaban en coro: “¡Bechmoth, da la cara!, ¡Bechmoth, da la cara! “ o “ ¡Tu reino terminó, queremos salir!”

Al principio todo parecía inútil -el plan estratégico de la dirección consistía probablemente en dejar que la revolución se agotara-, pero entonces sucedió un fenómeno inesperado, que tampoco Iwri supo explicarse. Como si el clamor de Misraim recibiera respuesta del exterior, empezaron a temblar los techos y los muros de las catacumbas como en un terremoto. Milagrosamente nadie sufrió daño alguno, pues los muros no se desmoronaron sino que desaparecieron, se disolvieron por así decir en la nada, igual que si nunca hubieran existido. Este extraño proceso iba acompañado del retumbar de truenos que parecía venir de una lejanía infinita y que se asemejaba a una voz potente que gritaba: “¡Ven, ven, ven!”. Por supuesto no eran palabras lo que se oía, sino el ruido de los muros al resquebrajarse. 

El movimiento de las columnas de sombras se interrumpió. Nadie se atrevía a dar un paso más; los unos se agarraron a los otros. De pronto -todos lo vieron con asombro y miedo- se abrió una grieta enorme, cada vez más grande, en la pared frontal de una sala alargada. La luz que entraba por ella era tan brillante -o al menos así les pareció a las sombras, poco habituadas a la luz- que los más próximos a ella se llevaron la mano a los ojos o se volvieron.

- ¡Seguidme! -gritó Iwri-. ¡Ahí está el camino hacia el exterior!

Iba a avanzar, pero se detuvo instintivamente. Los que le seguían le empujaron hacia adelante. En el fuerte contraluz distinguió ante la grieta dos figuras, altas, más altas que cualquiera del pueblo de las sombras. Permanecían allí tranquilas, a la expectativa, decididas a no ceder ni un paso. Recortados contra la luz sus rostros no eran reconocibles, pero Iwri estaba seguro de que una de ellas se trataba de la doctora Lewjothan. La otra figura era más grande, pero extrañamente encogida, casi jorobada. Parecía un anciano decrépito y muy alto. Su cráneo triangular y calvo brillaba como un espejo metálico y sus miembros se retorcían en un constante espasmo. Su cuerpo tenía aspecto de plomo gris.

Iwri concentró todas sus energías. Dio unos pasos hacia ambos y les gritó:
- ¡Fuera! ¡Apartaos! No tenéis derecho a cerrarnos el camino.

La muchedumbre a sus espaldas recogió sus palabras y empujó hacia adelante.

El hombre de plomo levantó la mano. Se hizo el silencio.
- ¡No! -chilló Iwri antes de que el hombre pudiera decir una palabra-. ¡No le escuchéis! ¡Mentirán los dos!
- Yo no mentiré -dijo el hombre de plomo, y todos reconocieron aquella voz insistente y ronca-. Yo os diré la verdad. ¿Queréis oírla?
- ¡No! -exclamó Iwri-. Callad y desapareced.

Pero entre la muchedumbre se escucharon voces dispersas:
- ¡Que hable!
- Queremos saber lo que tiene que decir.
- Que se justifique ante nosotros.
- No nos dejaremos retener.
- Nadie -dijo lentamente el hombre de plomo- tiene la intención de reteneros. No lo hemos hecho hasta hoy, y no lo haremos ahora.
- Es cierto -dijeron algunos-. Ni siquiera se ha mostrado a nosotros en todo este tiempo. ¿Por qué no? ¿Acaso el Gran Ordenador tenía miedo?

Se oyó un murmullo de desaprobación.
- No, no era miedo -respondió Bechmoth-. ¿Por qué habría de tener miedo? Podéis hacer lo que os plazca, como siempre habéis hecho. El que quiera salir por esa abertura que salga, nadie se lo impedirá. Cada cual puede decidir y nosotros respetamos su decisión. 
- ¿Ahora, de pronto, respetáis nuestras decisiones? -objetó una sombra-. ¿Por qué tan de repente y por qué no antes?
- Siempre hemos cumplido vuestra propia voluntad -dijo Bechmoth-. El problema es que no lo sabéis. Me temo que hay un grave malentendido entre vosotros y nosotros. Me gustaría aclararlo. Dadme unos minutos para hablar. Luego decidiréis lo que os parezca bueno y justo.
- Ya hemos decidido -gritó Iwri-. ¿Para qué más palabras?
- ¿Qué pretende ahora? -gritaron otros-. ¡Que lo explique!

La muchedumbre se mostraba agitada y una cierta inseguridad comenzó a extenderse. Aquí y allá surgían discusiones. Pasó un tiempo hasta que volvió la calma. Bechmoth empezó a hablar con voz fatigada y titubeante al principio, luego fue ganando fuerzas.

- Ya sé que me odiáis, porque os han dicho que yo os he mantenido prisioneros para saciar mi ansia de poder con vuestro sufrimiento. ¿No es así? Os han contado que todo este sistema infinito de catacumbas, el mundo de Misraim, no es más que un gigantesco calabozo en el que os consumís, y que yo soy el director de esta cárcel, empeñado en manteneros en absoluta esclavitud. ¿No es ésta vuestra convicción? Ahora yo os pregunto, y, por favor, sed sinceros con vosotros mismos, ¿quién ha sufrido alguna vez bajo mi gobierno? ¿Quién se ha consumido bajo mi yugo? ¿Acaso no estabais todos contentos con vuestra existencia cuando las cosas se regían por el viejo orden? ¿No hemos atenido siempre a vuestras necesidades? Decidme, pero sed honestos, ¿quién de entre vosotros se ha sentido como un prisionero y ha sufrido por ello?
- ¡Yo! -exclamó Iwri.

El hombre de plomo extendió lentamente la mano y le apuntó.
- Éste -dijo- es el único entre todos vosotros. Es diferente a vosotros, un caso aparte, no es uno de vosotros.
- Pero ahora -gritaron varios- sentimos lo mismo que él. Antes estábamos ciegos, ignorábamos lo que nos pasaba. Él nos ha abierto los ojos. Por fin sabemos lo que habéis estado haciendo con nosotros.

La Consoladora tomó la palabra:
- ¿Lo sabéis de verdad? ¿Estáis seguros? Sólo sabéis lo que os ha dicho ese muchacho, ¿pero os ha dicho todo? ¿Os ha dicho, por ejemplo, que él ha traído la desgracia sobre vosotros? Él ha destruido las plantaciones de las que obteníamos el medicamento que hasta hoy os libraba del sufrimiento. Él es el único responsable de que nos falte. ¿Os ha preguntado si deseabais renunciar a él o no? 

“¿Cómo podía preguntarles? No me hubieran entendido. .. “, pensó gritar Iwri, pero no llegó a hacerlo.

- Él ha decidido por todos vosotros -continuó la doctora-. ¿Os ha dicho por qué? Porque el suero no actúa sobre su organismo y no le proporciona alivio como a los demás. Por eso ha decidido enfermar a todos para que compartáis con él el sufrimiento y le ayudéis a realizar su plan. Él solo nunca hubiera sido capaz de abrir el camino de salida de las catacumbas de Misraim. Ahora decidme, ¿quién os ha utilizado, quién os ha convertido en sus herramientas? ¿Este que os carga con el dolor, el miedo y la desesperación para conseguir sus objetivos o nosotros que hemos hecho todo lo posible para preservaros de ellos?

El pueblo de las sombras estaba confundido. Rostros dubitativos, desconfiados y también llenos de odio se volvieron hacia Iwri.
- ¡Escuchadme! -les gritó-. Hemos hallado unidos el camino de la libertad y unidos escaparemos de la esclavitud. Pues que esos dos nos han mantenido presos es tan evidente como que deseamos todos salir fuera.

El hombre de plomo retomó la palabra:
- Dice que deseáis salir fuera. ¿Sabéis lo que os espera allí? Ese mundo no es habitable para vosotros. La luz implacable os aniquilar . Ignoráis dónde está el norte y el sur. No encontraréis nada que os oriente. Os devorará un gran vacío. Tendréis que decidir por vuestras propias fuerzas cada movimiento de respiración y cada latido de vuestro corazón. Y cada decisión os atará para siempre. Os lo repito: ese mundo no es habitable para vosotros. El pueblo de las sombras huyó de él en su día y nos pidió protección de su luz implacable. En ningún momento os hemos retenido aquí; al contrario, hemos respetado vuestra voluntad. Amigos, no nos habéis servido, nosotros os hemos servido de vosotros. Nosotros hemos construido con vuestra ayuda y para vosotros el mundo de Misraim y lo hemos hecho tan confortable como ha sido posible. Ahora queréis destruirlo todo, azuzados por éste, que es diferente de vosotros. ¡Tened cuidado! Aún no es demasiado tarde. Si lo deseáis, podemos iniciar la reconstrucción en este mismo momento. Todo volverá a ser como antes. ¡Decid si salís con él al exterior y hacia vuestra ruina o si os libráis de él para siempre echándole fuera, para que esta herida abierta en nuestro mundo se cierre y sane!

Iwri quiso contestar. Deseaba explicar a los demás que no era cierto lo que había dicho Bechmoth, porque allí fuera se hallaba el mundo del que todos ellos procedían, pero dudó un instante, ya que él mismo no estaba seguro.

Se hizo un profundo silencio. Las sombras apartaban el rostro de la luz excesiva. Las barras y los tubos que sostenían en sus manos se dirigieron hacia Iwri. Sin mirarle comenzaron a empujarle en dirección a la grieta del muro. En completo silencio, Iwri no se defendió. Cuando le expulsaron a través de la grieta soltó un grito desgarrador que resonó en un eco múltiple por los pasillos y cuevas del laberinto mientras la grieta se cerraba lentamente detrás de él. Todos lo oyeron pero nadie recordaría más tarde si había sido un grito de inmenso júbilo o un grito de profunda y definitiva desesperación.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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