miércoles, 8 de octubre de 2014

6 La escuela de magia

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Imagen: Bernhard Oberdieck


Mi estancia en Deseolandia iba tocando a su fin. Una tarde vino a visitarme el propio señor Silber en persona. Hasta entonces nunca lo había hecho, así que supuse que tendría algún motivo importante para hacerlo. Atendiendo a su petición, nos retiramos a mi habitación para estar a solas.

- Pronto regresará usted al mundo cotidiano, querido amigo -empezó diciendo-, y supongo que tendrá usted intención de informar allí sobre nuestra escuela, ¿no es cierto?
- Efectivamente –admití-, tenía pensado escribir algo sobre ello.
- Bien –opinó el señor Silber-, contra eso, naturalmente, no hay nada que objetar pues, al fin y al cabo, para eso está usted aquí. Nos será muy grato seguir contando con su presencia como observador de nuestras clases durante el resto de su estancia, amigo mío, pero me gustaría pedirle algo en confianza…
- ¿De qué se trata? –pregunté.
- En relación con los ejercicios de las lecciones que aún faltan –dijo el señor Silber-, puede, si lo desea, describir qué aprenden los niños, pero, por favor, renuncie a hacer cualquier indicación sobre cómo lo hacen.
- ¿Y eso por qué? –quise saber-. Precisamente es lo que más les interesaría a mis lectores…
- Mire usted, estimadísimo amigo- me explicó, pensativo, el señor Silber-, es que nunca se sabe a qué manos puede ir a parar su informe. Cuando nuestros niños hacen ejercicios, yo siempre estoy allí, cuidando de que todo vaya bien y de que no ocurra ninguna desgracia. Pero posiblemente haya también entre sus lectores algunas personas irresponsables, imprudentes o débiles de carácter que quizá no puedan resistirse a la tentación de intentar hacer ellos mismos tal o cual truco. Y eso podría traer funestas consecuencias para ellos mismos, pero también para los demás.


No tuve más remedio que sonreír.

- De eso no tiene por qué preocuparse en absoluto, estimado maestro –lo tranquilicé-. ¡De todas formas en nuestro mundo cotidiano su magia no funciona! Además, la mayoría de mis lectores ni siquiera se creerán lo que digo.
- A pesar de todo –insistió muy serio el señor Silber-, podría ser que estuviera usted equivocado, así que, por favor, acceda a mi pequeño ruego.
- Si con eso se queda tranquilo –contesté titubeando.
- ¿Me lo promete entonces? –preguntó.
- Está bien, se lo prometo.

Aquella promesa, naturalmente, tengo que cumplirla, aunque a mí personalmente me resulté un tanto innecesaria, así que, a partir de ahora, sólo contaré qué aprendieron los niños, pero no cómo lo hicieron



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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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