miércoles, 8 de octubre de 2014

9 La escuela de magia

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Imagen: Bernhard Oberdieck



Y llegó la última y aciaga tarde de mi estancia en Deseolandia. El invierno acababa de entrar y el país aparecía cubierto por una gran capa de nieve. Para disfrutar por última vez de la belleza del paisaje, salí a esquiar hasta muy lejos y, tras recorrer la orilla de un río helado, fui a parar finalmente a un bosque. Al bajar una colina, sufrí una caída tan desgraciada que me disloqué un tobillo. Me dolía muchísimo, y cada vez que intentaba utilizar el pie, los dolores aumentaban. Me di cuenta de que yo solo no podría llegar a donde estaba alojado. Grité una y otra vez lo más fuerte que pude, pero aquél era un paraje solitario y nadie me oyó.

Estaba cayendo ya la tarde y el frío, cada vez más intenso, me iba calando poco a poco en los huesos. Me sentía cada vez más cansado, pero intentaba combatir el cansancio, pues sabía que, si me quedaba dormido, aquello sería con toda seguridad el fin para mí.

Levanté la vista al cielo, cubierto ya con un velo rosáceo que iba oscureciéndose rápidamente, y vi de repente dos diminutas figuras negras sobrevolando a gran altura el bosque de un lado para otro como si estuvieran buscando algo. Hice señas con la mano y grité con todas mis fuerzas. Finalmente, las dos figuras advirtieron mi presencia, se acercaron rápidamente y aterrizaron a mi lado. Eran mis dos jóvenes amigos: Mug y Mali. Debo reconocer que muy pocas veces en mi vida he agradecido tanto como en aquel momento la compañía de unos niños.


Rápidamente les expliqué mi situación y los mellizos dijeron que ya se habían imaginado ellos algo por el estilo, y que por eso me andaban buscando.
- Si quieres –propusieron-, te llevamos inmediatamente a casa.
- ¿Cómo? –pregunté.
- Pues igual que como hemos venido: por los aires. Seguro que entre los dos podemos.

Yo sufro de vértigo, y ya sólo de pensar en revolotear de un lado para otro a tanta altura del suelo y sujeto solamente por cuatro tiernas manecitas infantiles, empecé a sudar de espanto, a pesar del intensísimo frío que hacía.

- ¿No habría quizá ninguna otra posibilidad? –me atreví a preguntar.
- ¡Naturalmente! –dijo Mali después de reflexionar un momento- ¡Te conseguiré una montura por arte de magia!
- Será mejor que me dejes hacerlo a mí –dijo Mug-. Yo lo sé hacer mejor que tú.
- ¡Pero qué dices! –replicó Mali poniendo los brazos en jarras-. ¿Mejor que yo?
- Tú tardaría siglos –contestó Mug-. ¡Eso es lo que digo!
- ¿Acaso pretendes decir que tú lo puedes hacer más rápido?
- ¡Por supuesto que sí, querida hermanita!
- ¡Eso no te lo crees ni tú!
- ¡Pues claro que sí!
- ¡Qué fanfarronada!
- ¡Fanfarronadas las tuyas!

Los mellizos iban acalorándose cada vez más, y por lo que yo les conocía a ambos, aquello podía durar horas. Entretanto el pie me dolía terriblemente.
- Escuchad –dije gimiendo-, ¿no sería más sencillo que hicierais magia conjuntamente? (¡Ay, maldita la hora en que se me ocurrió decir aquello!)
- No es mala idea –opinó Mug.
- Pero ¿se podrá? –objetó Mali-. Hasta ahora jamás hemos hecho una cosa así…, una obra conjunta.
- A lo mejor entre los dos se hace el doble de rápido…
- Vale, vamos a intentarlo.

Ambos cerraron los ojos para concentrarse.
- Tiene que ser un caballo –murmuró Mali.
- Si, pero muy grande y muy fuerte –añadió Mug- para que nos pueda llevar a los tres.
- Y con alas o algo parecido –propuso Mali-. Así tendría más velocidad.
- Vale. ¿De qué color?
- ¡Oscuro!
- ¡Oscuro no! ¡Claro!
- ¡Qué más da! Lo importante es que sea fogoso.
- ¿Ya lo tienes? –preguntó Mug.
- Del todo no.
- ¡Pues date prisa, pavisosa!
- Ya lo tengo.
- ¡Pues entonces vamos!

Durante un par de minutos todo quedó en silencio; los dos niños estaban a mi lado, en la nieve, con los ojos cerrados y los puños apretados. Se veía que estaban haciendo grandes esfuerzos. De repente, un inquietante ruido nos hizo estremecernos a los tres. Había sonado como un trueno y, al mismo tiempo, como un chillido. A tan sólo unos pocos metros de distancia teníamos una criatura como jamás había visto otra igual en mi vida.

Una figura realmente gigantesca, informe, algo así como un hipopótamo del tamaño de un elefante. Con las prisas, mis amigos se habían olvidado de las crines y la cola. En su cuadrado cráneo, los ojos brillaban como faros, pero no tenían pupilas, sino que parecían dos bolas de fuego. Sólo tenía una oreja, y en el lugar de la otra había un agujero. Pegadas al lomo, mostraba dos alas ridículamente pequeñas, pero eran alas membranosas y transparentes como las de una mosca o una libélula. El monstruo piafaba con sus gruesas y amorcilladas patas y, cuando se encabritó, pude ver que llevaba el pellejo abotonado en la parte inferior como si se tratara de un abrigo demasiado estrecho. Resoplaba furioso por sus ollares, que eran grandes como cubos, y desprendían dos llamaradas de color rojo azulado. Luego volvió a gritar (a aquello realmente no se le podía llamar un relincho) abriendo la boca de par en par. No tenía ni dientes ni lengua.

- Tú tienes la culpa –susurró Mali.
- O tú –contestó furioso Mug-. Pero ahora ya da lo mismo. Lo importante es que nos lleve a casa.
- ¿Cómo? –pregunté tratando de contener el castañeteo de los dientes-. ¿Acaso creéis que me voy a montar ahí…?
- ¡Por desgracia, no te queda más remedio! –dijo Mali-. No tenemos otra elección; en cualquier caso, mejor es esto que nada.
- ¡Vamos, haz un esfuerzo! –me animó Mug-. ¡Valor, viejo amigo!

Pero las cosas habrían de resultar de otro modo: cuando Mug se acercó al monstruo para montarse en él, este se espantó e intentó golpearlo con las patas delanteras. Aunque no tenía cascos, sonaba como si se abatieran vertiginosamente dos martillos pilones.

Mug estaba visiblemente asustado, pero hacía esfuerzos porque no se le notara.
- ¡Eh, tú, bestia, obedéceme al instante! –gritó severamente, pero la voz le tembló-. ¡Como no hagas aquello para lo cual te hemos creado por arte de magia, te haremos desaparecer inmediatamente!

Cuando el engendro oyó aquello, se puso a berrear de una forma que sonaba a la vez lastimera y terrible, y salió corriendo a tal velocidad que levantaba la nieve a su paso. Intentaba elevarse una y otra vez en el aire con sus alas demasiado pequeñas, pero sólo conseguía dar un par de saltitos ridículos… durante un rato seguimos oyendo los crujidos y chasquidos de los matorrales y árboles del bosque, entre los que el monstruo se iba abriendo paso; después ya no se oyó nada.
- ¡Vuelve! –gritaron Mug y Mali-. ¡Vuelve aquí inmediatamente!

Pero todo fue en vano. La malograda criatura no les hizo caso. Habían creado un monstruo que se había independizado. A partir de entonces seguiría su propio camino.

Mug y Mali intercambiaron una preocupada mirada.
- ¿Qué dirá de esto el señor Silber? –murmuró él.

Y ella suspiró profundamente.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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