viernes, 7 de noviembre de 2014

La biblioteca secreta. Capitulo primero

EL INDECISO


En indecisión había pocos que lo igualaran. Postergar la toma de decisiones era una especialidad de Karl. Pero aquella tarde su don debería superar una dura prueba. El viento otoñal ya le había despojado de su valor y ahora halaba de su abrigo con insistencia. Estaba oscureciendo. El joven volvió a abrir la tapa de su reloj de bolsillo y mantuvo otro litigio con el minutero. El tiempo se escurría y con él, una oportunidad irrepetible. Tenía que tomar una decisión de una vez por todas.

Karl miró de reojo la librería iluminada. Detrás del gran escaparate, había un anciano de cabellos blancos como la nieve bastante despeinado; estaba sentado en un sillón de orejas, hojeando un libro enorme. «Debe de ser el señor Trutz», pensó. ¿Se atrevería a presentarse ante el meticuloso librero? ¿Quién contrataría a un ayudante que llegaba con doce, no, ahora ya trece minutos de retraso, el día de la entrevista? ¡Si al menos el conductor del tranvía hubiera respetado el horario! «En realidad, él tiene la culpa de todo», pensó Karl, pero dudaba de que eso le sirviera de excusa. Ya hacía diez minutos que estaba de pie junto al muro de ladrillos Érente a la librería, observando el escaparate iluminado y devanándose los sesos con la misma pregunta: ¿tenía sentido presentarse ante el señor Trutz?

¡Ojalá fuera como uno de esos héroes tan valientes de las novelas cuyas aventuras tanto le gustaba leer! Ésos siempre sabían qué hacer, no se amilanaban ante una decisión espinosa, rebosaban energía y se estimulaban matando, antes del desayuno, un dragón de esos que vomitan fuego. En cambio Karl estaba como aturdido desde por la mañana. Y eso que él ni siquiera tenía que acabar con un reptil cubierto de escamas, lo único que tenía que hacer, era convencer a un anciano de que él, Karl Konracd Koreander, era precisamente la persona que el señor Trutz buscaba con su anuncio en el periódico.

Karl sacó un trozo de papel del bolsillo de su abrigo de tweed, con el dedo anular se subió las delicadas gafas doradas de la punta de la nariz y leyó el texto por centésima vez:


Se busca vendedor de libros 
y sucesor para librería de viejo
Se busca persona con fantasía, diligente, de confianza, amante de los libros, responsable con su trabajo, capaz de tomar decisiones poco corrientes y a la que no le asusten los grandes desafios. 
Tras un período de prueba, se hará cargo de la dirección de la tienda heredándola tras mi partida, en tanto que siga siendo su deseo proseguir con la obra de mi vida. Preferiblemente aspirantes jóvenes. 
Se ruega concertar previamente por teléfono una entrevista (Tel. 15746)
TADEO TILLMANN TRUTZ


«¡Capaz de tomar decisiones poco corrientes! ¡Y a la que no le asusten los grandes desafíos!», bufó Karl. Él representaba exactamente todo lo opuesto a lo que ponía en el anuncio. En el mejor de los casos, su autoestima era del tamaño de una avellana. Esquivaba las decisiones importantes con habilidad. Fantasía... bien, probablemente la tenía. ¡Y claro que era amante de los libros! Ése era el único motivo que le había llevado a presentarse a aquella cita absurda. Pero seguramente, el señor Trutz no buscaba un soñador, más bien un futuro director de empresa, lanzado y dispuesto a tomar decisiones. Karl sacudió la cabeza, arrugó el recorte del periódico y volvió a metérselo en el bolsillo. Era hora de volver a casa. Ese asunto no era para él.

Ya se había dispuesto a marchar cuando unos golpes lo sobresaltaron. Se volvió hacia la tienda de donde provenían con la cabeza encogida entre los hombros. El anciano sentado detrás del escaparate se había inclinado hacia delante. En la mano derecha sostenía un bastón negro con empuñadura de plata: quizá lo había utilizado para golpear el cristal del escaparate. Con la otra mano, le indicó al indeciso que se acercara.
Karl se tocó el pecho con un dedo y sólo moviendo los labios formuló la pregunta:
—¿Se refiere a mí?

El anciano asintió con la cabeza y le indicó que se acercara con una insistencia aún mayor. Karl seguía dudando. Quizás el señor Trutz —si es que era él— sólo quería soltarle un rapapolvo para después echarlo a patadas de la tienda. Cuando el librero volvió a golpear el cristal con el bastón, la indecisión de Karl acabó por romperse en pedazos. Justo cuando se disponía a cruzar la calle, el ruido de unas botas volvió a sobresaltarlo.

Un grupo de hombres uniformados con abrigos de color marrón aparecieron como de la nada; al menos, ésa fue la impresión que tuvo Karl. Distraído por las señas del anciano, no los vio hasta que aparecieron por la bocacalle en hileras de cuatro. Se arrimó rápidamente contra la pared de ladrillos como si quisiera fundirse en ella, y no se atrevió a moverse. Ante sus ojos, el grupo que marchaba marcando el paso y cantando a coro se convirtió en una criatura inquietante de color marrón de múltiples patas y cabezas. Al ritmo del taconeo de las botas, pasó a su lado. Jadeando, Karl clavó la mirada en los rostros extáticos e inmóviles que, como gárgolas demoníacas, hacían manar de sus bocas una canción popular que exaltaba la extraordinaria belleza de la patria. Esa clase de representación del espíritu nacional siempre le provocaba incomodidad. Permaneció junto a la pared hasta que el ruidoso ciempiés pasó de largo. Cuando la cabeza del monstruo giró en la siguiente esquina, el hechizo se desvaneció: el cuerpo de la criatura volvió a convertirse en un montón de abrigos marrones que iban desapareciendo poco a poco. Karl tomó aliento y cruzó apresuradamente la calle.

Se detuvo ante la puerta de la tienda, leyendo atentamente las letras borrosas grabadas sobre el cristal.

LIBRERÍA DE VIEJO
PROPIETARIO: TADEO TILLMANN TRUTZ

¡Lo que daría por ver su propio nombre escrito allí!
La puerta se abrió de repente y el tintineo de una campanita de metal hizo que Karl volviera a la realidad. El anciano del bastón, ligeramente inclinado hacia delante, se encontraba frente a él. No medía mucho más de un metro sesenta y vestía un traje de lana azul oscuro con botones de cuero, una camisa blanca y un chaleco de seda de colores vistosos. Con esos cabellos blancos y revueltos, a Karl le recordó a Ludwig van Beethoven, aunque el rostro de Ta-deo estaba mucho más arrugado y parecía menos colérico que el de los innumerables bustos que retrataban al célebre compositor. Su cara más bien .expresaba curiosidad y cierta impaciencia.
El librero examinó a su visitante a través de un monóculo y después de asegurarse su atención, dijo:
—Es usted un joven muy dubitativo, señor Koreander. Karl estaba perplejo.
—¿Sabe cómo me llamo?
—Si es usted el aspirante con el que me cité esta noche, sí.
—Sí... soy yo...pero...
—¡Estupendo! Y yo soy ese cuyo nombre grabado en la puerta usted acaba de admirar, como si fuera la firma de un gran maestro de la pintura clásica. Ya empezaba a pensar que le había dado un pasmo.

Karl frunció las cejas por encima de sus gafas redondas. ¿Acaso aquel viejo extravagante estaba hablando en serio? Le estrechó la mano ofrecida y se oyó tartamudear lo siguiente:

—Lo siento. Me he retrasado. El tranvía... .
—Bien, en primer lugar haga el favor de pasar —dijo el señor Trutz, moviendo la cabeza de un lado para otro—. Aquí fuera, las cosas se pueden poner bastante desagradables, cpmo ya habrá notado.

¿Se referiría al viento helado? ¿O al escandaloso grupo de los camisas marrones? El señor Trutz no hizo más comentarios, se dirigió hacia su sillón y se dejó caer en él de un modo ceremonioso; parecía estar un poco absorto. De un cenicero de alabastro, que había sobre una mesilla redonda, cogió una pipa de espuma de mar; tenía una tapa de plata calada y su color armonizaba perfectamente con el alabastro amarillento. Soltando un par de nubecitas de humo azulado, observó al aspirante sin disimular su curiosidad.

Karl había seguido al dueño de la tienda intentando no parecer ni demasiado impertinente ni excesivamente tímido. Inspiró el aroma del tabaco y echó una mirada a la exigua habitación. En aquella tienda no había nada que pareciese nuevo. En el techo, una lámpara de cristal opaco en forma de plato que dejaba la estancia en una penumbra amarillenta. Las láminas de madera del suelo estaban desgastadas y crujían, y con la intención de cubrirlas habían colocado estratégicamente algunas alfombras de tipo oriental. Las baldas de las estanterías se curvaban bajo el peso de los libros, el mostrador junto al sillón parecía antiguo y la caja registradora podría haber sido una de las primeras obras de Leonardo da Vinci. Para Karl, aquella tienda repleta de libros era como una isla paradisíaca.

Para no parecer demasiado curioso, se volvió rápidamente hacia el propietario, intentando no pensar en lo que el señor Trutz vería a través de su monóculo de plata: un joven alto y robusto de veinticuatro años, con gafas, vestido con un abrigo gris bastante gastado y que mantenía la vista clavada en la punta de sus zapatos. Sus cabellos de color rubio ceniza ya empezaban a ralear. Era de suponer que el dueño de la librería lo consideraría diez años mayor de lo que era y se lo quitaría de encima con rapidez.

—¿Cuál es su mayor deseo? —preguntó el señor Trutz repentinamente.

Karl contempló al anciano con la boca abierta. Se había imaginado la entrevista de una manera completamente distinta, y su respuesta no se parecía precisamente a la de un futuro ejecutivo.

—Adoro los libros.
El ojo derecho del señor Trutz, en el que llevaba el monóculo, se cerró un poco más.
—¿Dice eso porque fue lo que yo escribí en el anuncio?
—No, lo digo porque es verdad.
—Pero no ha respondido a mi pregunta: ¿cuál es su mayor deseo, señor Koreander?
La mirada de Karl volvió a fijarse en la punta de sus desgastados zapatos.
—Disculpe, señor Trutz, pero lo que quise decir fue lo siguiente: las historias de aventuras y sentimientos intensos me apasionan, también los cuentos de hadas y las leyendas, las fábulas y las sagas, la prosa y la poesía: quiero rodearme de ellas, vivir entre ellas y...
—¿Y?
—... dejar que otras personas puedan participar de ello. El monóculo se desprendió del ojo del señor Trutz, pero un cordón de seda negra lo sostuvo.
—Para ser usted un hombre joven, tiene una manera de ver las cosas bastante anticuada. Karl sacó el mentón hacia delante.
—¿Lo dice porque hoy en día algunos prefieren quemar libros en una hoguera en lugar de leerlos ? Si eso es ser moderno, prefiero ser anticuado. Y hablando de anticuado, si no me equivoco, esto es una librería de viejo, ¿verdad?
Los ojos azules del librero brillaron picaramente.
—¡Buena respuesta, joven! Lo es, como bien puede leerse en la puerta. Pero como ya sabrá, las autoridades nos vigilan con desconfianza. Nos envían censores con regularidad, hombres silenciosos de mediana edad y mangas desgastadas, que se dedican a rebuscar en los estantes y cuyos ojos relucen en cuanto descubren un libro que figura en su lista negra. Entonces es como si florecieran: primero dan un aviso, y si se repite el caso se produce una acusación y en ambos casos se apoderan del libro supuestamente corrupto y lo conservan hasta la siguiente quema.
Karl suspiró.
—¡Ojalá existiera alguna manera de salvarlos!
—¿Usted se atrevería a eso?
El joven se asustó. «¿Se atrevería?» Su respuesta esquivó la pregunta:
—Me expulsaron de la universidad porque mis preguntas incomodaban a los profesores. El señor Trutz chupó su pipa de espuma de mar y soltó otra nu-becita azulada.
—¿Qué estudiaba?
—Historia. Por supuesto sólo la oficialmente autorizada. A la larga, se volvió bastante monótono.
—¿Y de dónde proviene su pasión por la literatura?
—Ya de niño me encantaba devorar libros. Me ayudaron a pasar algunos momentos de desconsuelo.
El señor Trutz asintió con aire ensimismado, como si las palabras de Karl hubieran revelado más de lo deseado.
—Cuando murió Marie, mi amada esposa, yo también cogí fuerzas de un libro, aunque eso no significa que no siga echándola muchísimo de menos.
Karl pudo verlo en la triste mirada del viudo. Se sentía un poco incómodo.
—Lo siento.
El señor Trutz volvió a asentir con la cabeza. Una sonrisa nostálgica pasó fugazmente por su rostro. Durante un momento permaneció como ausente, pero después se enderezó y, señalando los estantes con la pipa, preguntó:
—¿Quiere echar un vistazo a la tienda, señor Koreander?
—Con mucho gusto. Si no le robo demasiado tiempo...
—No se preocupe. Esta noche, ambos hemos de tomar una decisión. Si quiere trabajar aquí en el futuro, debería conocer su campo de acción, ¿no?

Karl asintió y, un tanto estupefacto, se dirigió a los estantes. El viejo extravagante se comportaba como si el solicitante le cayera en gracia. Karl tardó unos segundos en recuperar la serenidad, pero después empezó a admirar los tesoros de Tadeo Tillmann Trutz con un entusiasmo cada vez mayor.

A primera vista, la tienda no parecía demasiado grande: era un tubo estrecho en el que los oscuros estantes de madera llegaban hasta el techo y en cada una de las baldas había dos hileras de libros. Aquel que quisiera orientarse allí dentro debía poseer una memoria increíble. Había libritos diminutos apenas más grandes que una caja de cerillas y librotes enormes, gruesos mamotretos y cartillas para aprender a leer, preciosos volúmenes de cuero y letras doradas, y también modestos libros encuadernados con tapas de cartón o en forma de acordeón. Karl descubrió libros poco comunes y otros banales, pretenciosos y también libros triviales, alegres y dramáticos, de prosa y de poesía, lecturas livianas y meditativas. En el suelo de madera se amontonaban los libros por todas partes. El señor Trutz no parecía darle demasiada importancia a la persistencia de los espías de las autoridades ya que la mayoría de las obras consideradas sospechosas ocupaban principalmente los estantes más cercanos a la entrada. Cuanto más se adentraba Karl en la tienda, más obras de autores proscritos se encontraba. Al ver un libro de uno de sus pensadores predilectos, lo cogió, se lo acercó a la nariz e hizo pasar las páginas rápidamente.

—¿Por el amor de Dios, se puede saber qué hace? —El señor Trutz lo observaba desde su sillón, y su voz sonó divertida. Karl sonrió tímidamente.
—Es una de mis manías. Me gusta olisquear los libros. ¿Nunca se ha fijado que todos tienen un olor diferente?
—¡Qué me dice!
—Inténtelo alguna vez. Soy capaz de reconocer muchas de mis obras preferidas con los ojos vendados. El señor Trutz sacudió la cabeza.
—Como mínimo he recibido a tres docenas de solicitantes en mi librería, pero ninguno era como usted.

A Karl le hubiera gustado saber si eso era una buena o una mala noticia, pero no se atrevió a preguntarlo. Con una media sonrisa volvió a dejar el libro olisqueado en el estante y siguió explorando.

El pasillo entre los estantes acababa frente a una pared llena de libros. Aquella enorme estantería separaba dos estancias. Karl vio que a la derecha había un estrecho pasadizo. Mientras simulaba leer los títulos de los libros junto al pasadizo, se inclinó hacia un lado y atisbo el rectángulo oscuro. La oscuridad del rectángulo devoraba toda la luz, como si fuera una cortina de terciopelo negro. Karl dio un pequeño paso a la derecha y se inclinó hacia delante. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando no logró descubrir qué se ocultaba detrás del oscuro pasadizo. ¿Cómo era posible? La habitación contigua no podía ser tan grande. La luz de la lámpara tendría que iluminar alguna cosa: una mesa, una silla, una caja, tal vez otra estantería. ¿Acaso el extraño anciano ocultaba sus tesoros más valiosos en aquel lugar, en aquella oscuridad impenetrable?

—¿Se las apaña? —La voz del señor Trutz resonó a través de la tienda.
Karl dio un respingo; se sintió descubierto. Cuando se volvió hacia el librero, el miedo volvió a invadirle.
—¡Ay, Dios mío!
El señor Trutz aún seguía sentado en su sillón, sonriéndole con simpatía y echando bocanadas de humo azul, pero algo no encajaba. Karl parpadeó. Casi tuvo la sensación de mirar a través de un telescopio, pero al revés. De pronto, la tienda parecía haberse alargado. ¿Fumaba el viejo alguna sustancia prohibida que obnubilaba los sentidos?
—¿Va todo bien? —preguntó el librero.
—Sss... sí—tartamudeó Karl, señalando el oscuro pasadizo—. ¿Qué hay detrás de esta estantería?
—Eso siempre depende de quien lo atraviese. 

El tono misterioso empleado por el señor Trutz volvió a acentuar el efecto de que se trataba de un viejo estrambótico. Karl se acercó al hueco oscuro. Aún no lograba ver nada de lo que había detrás. Otro escalofrío le recorrió la espalda.

—Adelante —insistió el señor Trutz desde el fondo—. Si usted es quien creo que es, no experimentará ninguna sorpresa.

«¿Por qué no se callará un momento?», pensó Karl, que hubiera preferido quejarse, pero la buena educación se lo impidió. Con indecisión, como era su costumbre, dio un paso adelante. Y la oscuridad se volvió más clara.

Ahora estaba de pie debajo de un estante que, al igual que en el dintel de una puerta, cerraba la parte superior del marco que franqueaba la entrada. Entre sombras oscuras vislumbró otros estantes borrosos. Curiosamente, éstos parecían estar más separados de lo que hubiera permitido la estrecha tienda. Karl dio un paso más. Para su sorpresa, el gabinete situado detrás de la pared de libros se volvió más claro.

¿Sería porque antes su cuerpo había impedido que la luz penetrara en el gabinete? Fuera como fuere, ahora se encontraba en una habitación más o menos cuadrada que olía a cualquier cosa menos a tabaco de pipa y cuyas paredes estaban forradas de rriás estantes totalmente repletos de libros. «Así que existe una colección secreta, aquí Tadeo Tillmann Trutz conserva sus tesoros literarios», pensó Karl. Por lo visto, el viejo tenía cierta intuición psicológica; al fin y al cabo, le había vaticinado que no iba a sorprenderse.

La voz del dueño de la tienda volvió a resonar desde lejos.
—¿Aún está ahí, señor Koreander?
—¿Por qué no habría de estar? —contestó Karl.
—¿Y? ¿Se han cumplido sus expectativas? .
Karl acababa de coger un libro del estante y hojeaba las páginas bajo su nariz. «¿Jazmín?», se preguntó. Nunca había visto un libro que oliera a jazmín.
—Han sido superadas en gran medida —respondió confuso.
—Tómese su tiempo.

Karl asintió con la cabeza, aunque por supuesto el señor Trutz no podía verle y siguió recorriendo los estantes con veneración. De vez en cuando olisqueó otros libros. Los aromas eran múltiples y en parte bastante extraños. Además del aroma a violeta de los Alpes, tilo y romero, descubrió otros tan exóticos como el almizcle, el aceite de nardo y el eléboro pestilente. Así que no todos los libros poseían aromas agradables. Karl deseó que la luz fuera más intensa para poder examinar los fascinantes libros con mayor precisión.

De repente, como si un sirviente solícito hubiera escuchado sus palabras y hubiera adivinado sus deseos, la iluminación del gabinete volvió a aumentar. Al principio, Karl creyó que el resplandor dorado provenía de una luz indirecta situada detrás de la estantería, pero después descubrió algo que lo dejó desconcertado: ¡lo que resplandecía eran los libros!

«¡Como si fueran de cristal!», fue lo primero que pensó al admirar el resplandor multicolor. Pero era una impresión engañosa, como descubrió al observarlos más detenidamente. Las encuademaciones eran de cuero, cartón o pergamino, y no eran translúcidas. En realidad, el resplandor rodeaba los libros como una especie de halo y en el gabinete se confundía formando una luz de color ambarino. Karl se dijo que seguramente el viejo estrafalario los cubría de polvo fosforescente como el de los números de un reloj, aunque nunca había visto un reloj que ni por asomo resplandeciera tanto como aquellos libros. Maravillado, leyó algunos títulos. Lo único negro eran las letras, y por eso parecían bailar en medio de la luminosidad.

“El viaje sumamente curioso del señor Tuff” “Recuerdos de la vida de un saltamontes” “El pez que quería ser un pájaro” “La incógnita de Uyulála, resuelta por el profesor Engywuck” “Setecientos setenta y siete caminos hacia la insensatez” “El corazón seco”

Era totalmente lógico que el aroma de los libros coincidiera con su respectivo título, al menos de una manera aproximada. Karl olió el mar, la hierba recién cortada, el pescado rancio, un aroma misterioso y completamente desconocido, además de cerveza desbravada y pétalos de rosa. Algunos de los autores le resultaban conocidos, pero de las obras, ninguna. ¿Acaso el señor Trutz había logrado llevar a cabo algo con lo que Karl ni siquiera se atrevía a soñar? Recordó sus propias palabras formuladas hacía escasos minutos: «¡Ojalá hubiera alguna manera de salvarlos!»

Siguió recorriendo los lomos de los libros con la mirada, y entonces descubrió otro pasadizo. ¿Es que el señor Trutz coleccionaba más frutos prohibidos? ¡Quizá su librería de viejo sólo servía como tapadera para ocultar una biblioteca secreta en la que escondía las obras amenazadas de aquellos intelectuales que se habían »uelto tan incómodos! Lleno de curiosidad, Karl entró en la habitación contigua.

Ésta era aún más amplia que el gabinete anterior e incluso poseía dos pasadizos más. Allí también flotaba un popurrí aletargador de aromas diferentes, pero que en su conjunto se diferenciaba de la mezcla de aromas reinante en la otra habitación. Allí, las baldas también llegaban hasta... ¿Hasta dónde? Karl levantó la vista, pero no pudo ver el techo. Había una escalera junto a las estanterías. Empezó a subir, primero diez peldaños, después veinte, treinta. Finalmente abandonó con el corazón latiendo aprisa y volvió a. bajar con las rodillas temblorosas. «¡Esta es una biblioteca fantástica!», pensó y tomó el pasadizo de la izquierda, penetrando en una habitación aún más amplia.

Karl siguió explorando otras cuatro o cinco habitaciones más; cada una olía un poco diferente y en cada una había más pasadizos que conducían a salas aún más amplias. Sí, ya no se podía hablar de gabinetes: las estanterías se alineaban en salas cuyo tamaño se opean a la lógica. Karl intentó imaginarse las dimensiones del edificio en que se encontraba la tienda del señor Trutz. Tenía que estar conectado con otras casas situadas en el patio trasero, y todas ellas estarían repletas de aromáticos libros resplandecientes.

O eso o el anciano fumaba opio y a Karl le había entrado demasiado humo por la nariz. Echó un vistazo receloso en derredor, tocó un libro titulado La indignante polvera de la señora cenidenta y olisqueó otro titulado Los abismos de la fantasía. ¡Todo parecía tan real! Al volver a colocar Los abismos en el estante notó que encima de los libros había un resplandor que se diferenciaba de la iluminación habitual.

—¿La luz del día? —murmuró Karl. ¿Se trataría de otro hecho imposible? Se acercó al estante cuanto pudo para poder mirar mejor a través del pequeño hueco por encima de los libros. ¡Efectivamente! Detrás había una habitación con mucha luz. No tuvo que devanarse los sesos durante mucho tiempo para descubrir su finalidad: los muebles principales eran una silla con un respaldo redondo y bajo y un escritorio. Pero el origen de la luz cálida y amarilla le resultó bastante más desconcertante: una gran ventana rematada en forma de arco situada en la pared de enfrente. Se apresuró a buscar libros más pequeños en los estantes inferiores que le permitieran ver mejor, pero todos los espacios eran igualmente estrechos, por lo cual acabó por regresar al hueco situado a la altura de sus ojos.

Contempló la gran ventana con incredulidad. Estaba formada por innumerables cristales rectangulares, encastrados en una reja delgada, todos aproximadamente de unos veinte centímetros cuadrados. En el centro había una puerta de cristal; sabía que era una puerta porque tenía un pomo giratorio y un marco un poco más grueso. El punto más alto del arco debería de estar a unos cinco metros. Karl sacudió la cabeza desconcertado, porque aún no lograba encontrar una explicación para la luz clara y dorada que surgía a través de la ventana. Provocaba unos reflejos demasiado intensos para ver qué había detrás. En todo caso, hacía rato que tenía que haber anochecido. A lo mejor se habían retirado las nubes, y lo que veía en la sala contigua eran los últimos rayos del sol. Sí, eso debía de ser. Si no, ¿cómo...?

—¿Se las apaña, señor Koreander?
La voz del librero penetró en sus oídos desde muy lejos. Se apartó bruscamente de la visión de la ventana iluminada por el sol, juntó las manos formando un embudo y gritó:
—¡Sí, señor Trutz! ¡Pero cuántos libros tiene usted! Esto es un auténtico laberinto de libros.
—¡Veo que lo ha notado! —respondió la voz desde la tienda. El propietario parecía tan encantado como si su joven candidato acabara de descubrir el quinto punto cardinal.
—Tal vez sea mejor que regrese —añadió, y su voz delataba que empezaba a impacientarse.

Karl echó otro vistazo nostálgico a la luz del sol brillando detrás de la estantería y después dio media vuelta. Le costó bastante tribajo encontrar el camino de regreso a la parte delantera de la tienda, pero aprovechó la información proporcionada por su gran sentido del olfato. El señor Trutz seguía sentado en su sillón, una rnano apoyada sobre la empuñadura de plata de su bastón, la otra sosteniendo la pipa de espuma de mar. Ahora había una carpeta ne-;ra con documentos encima de la mesilla, sujeta por un elástico de rolor rojo. 

El anciano recibió a su huésped muy animado.
—¿Qué ha visto, señor Koreander? —exclamó con gran excitación, como si se tratara de la última pregunta de un examen.
—¡Libros y más libros! ¡Miles de libros de todos los colores y todos los aromas! No logro explicármelo, pero fue maravilloso —contestó Karl.
—¿Entonces le gusta mi biblioteca secreta?
—¿Su..? —Karl no logró reprimir una sonrisa—. Se me había risado por la cabeza que ahí esconde a los supuestos autores corruptos. Esos libros no están destinados a la venta, ¿verdad?
—Tiene toda la razón —dijo el señor Trutz en un tono curiosamente distendido—. ¿De modo que acepta el puesto?
—¡Encantado!
—¿Entonces no tiene miedo de los espías de las autoridades?
—Sí, pero daría cualquier cosa por ayudarle a cuidar de su tesoro. —Su propia respuesta lo asustó. Desde que lo expulsaron de la Universidad, procuraba evitar cualquier cosa que pudiera provocar irritación, sobre todo cualquier enfrentamiento con las instituciones del Estado. Por suerte, su nuevo jefe no pareció notar el miedo qué le causaba su propio valor.
—¡Estupendo! —exclamó el señor Trutz, haciendo chocar la pipa rontra el bastón en un alarde de alegría—. ¿Cuándo puede empezar?
—Pues...
—¿Ahora mismo? 
—Sí, de acuerdo. Sólo tengo que...
—¡Fantástico! —exclamó el señor Trutz, presa del júbilo y señalando la carpeta junto al sillón—. Ya he preparado todos los documentos necesarios. Sólo ha de estrecharme la mano —dijo, metiéndose la pipa en la boca y tendiéndole la mano a Karl. 
El joven se la estrechó con rapidez. A duras penas lograba creerse su suerte.
El señor Trutz le soltó la mano.
—Y ahora tendrá que disculparme —dijo, levantándose del sillón y atravesando la tienda con sorprendente rapidez ayudado por su bastón. Después desapareció detrás de la pared de libros.

1 comentario:

  1. Muy buen blog, podrias subir el resto de los capitulos, te lo agradeceria mucho, Saludos :D

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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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