martes, 7 de abril de 2015

5. Los dos colonos

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n cuanto volvió en sí, Atreyu, por un horrible segundo, tuvo la idea de que Ygrámul lo había engañado y estaba todavía en el desierto de piedra.

Se incorporó con dificultad. Y entonces vio que, efectivamente, estaba en una montaña desierta, pero en otra muy distinta. El terreno parecía componerse totalmente de grandes losas de piedra del color de la herrumbre, apiladas y amontonadas unas sobre otras, de modo que formaban toda clase de torres y pirámides. Entre ellas, pequeños arbustos y hierbas cubrían el suelo. Hacía un calor abrasador. El paisaje estaba envuelto en la luz de un sol deslumbrante, cegador.

Atreyu se hizo sombra con la mano y vio a una distancia de una milla una puerta de piedra, de forma irregular, cuyo arco estaba formado por losas colocadas horizontalmente y que podría tener unos cien pies de altura.

¿Sería aquélla la entrada del Oráculo del Sur? Hasta donde podía ver, detrás de la puerta no había más que una llanura infinita; no había edificios, ni templos, ni bosques... nada que pareciera la sede de un oráculo.

Mientras estaba pensando aún en lo que debía hacer, oyó de pronto una profunda voz de bronce:
- ¡Atreyu! -y luego otra vez-: ¡Atreyu!


Se volvió y vio venir, por detrás de una de las torres de piedra de color herrumbre, al dragón blanco de la suerte. Le manaba sangre de las heridas y estaba tan debilitado que sólo con esfuerzo pudo arrastrarse hasta Atreyu. Sin embargo, guiñó alegremente uno de sus ojos de color rubí y dijo: 
- No te extrañes demasiado de que esté aquí también, Atreyu. Es verdad que estaba paralizado cuando colgaba de la tela de araña, pero oí todo lo que te dijo Ygrámul. Y entonces pensé que también a mí me había mordido: ¿por qué no hacer uso igualmente del secreto que te había confiado? Y así fue como me escapé.

Atreyu estaba radiante.
- Me resultó muy difícil dejarte con Ygrámul -dijo- pero, ¿qué podía hacer?
- Nada -respondió el dragón de la suerte-. Sin embargo, me has salvado la vida... aunque sea con algo de colaboración por mi parte.

Y otra vez hizo un guiño, ahora con el otro ojo. 
- Te he salvado la vida... -repitió Atreyu- por una hora, porque más no nos queda a ninguno de los dos. Siento el veneno de Ygrámul cada vez con más fuerza.
- No hay veneno sin contraveneno -respondió el dragón blanco-. Ya verás como todo sale bien.
- No sé cómo -dijo Atreyu.
- Ni yo -contestó el dragón-, pero eso es precisamente lo bueno. A partir de ahora todo te saldrá bien. Al fin y al cabo, soy un dragón de la suerte. Ni siquiera cuando colgaba de la red había perdido la esperanza... y tenía razón, ya ves. 

Atreyu sonrió.
- Dime por qué has venido aquí... y no has ido a otro lugar, a otro lugar donde quizá podrías curarte mejor. 
- Mi vida, si la quieres, te pertenece -dijo el dragón-. Pensé que necesitarías una cabalgadura en tu Gran Búsqueda. Y ya verás: es muy distinto arrastrarse por ahí sobre dos piernas o, incluso, galopar sobre un buen caballo, y surcar los aires sobre las espaldas de un dragón de la suerte. ¿De acuerdo?
- ¡De acuerdo! -respondió Atreyu.
- Por cierto -añadió el dragón-, me llamo Fújur. 
- Está bien, Fújur -dijo Atreyu-, pero mientras hablamos pasa el poco tiempo de que disponemos. Tengo que hacer algo, pero ¿qué?
- Tener suerte -respondió Fújur-, ¿qué otra cosa si no?

Sin embargo, Atreyu no lo oía ya. Se había desplomado y yacía inmóvil, envuelto en las blandas curvas del cuerpo del dragón.

El veneno de Ygrámul hacía su efecto.

Cuando Atreyu -quién sabe cuánto tiempo des-pués- abrió de nuevo los ojos, no vio al principio más que un rostro muy extraño inclinado sobre el suyo. Era el rostro más apergaminado y arrugado que había visto nunca, pero sólo tenía aproximadamente el tamaño de un puño. Era de color pardo oscuro como una manzana asada y los ojillos que había en él brillaban como estrellas. En la frente llevaba algo así como una cofia de hojas marchitas.

Atreyu notó entonces que le ponían en los labios una pequeña copa.
- ¡Medicina bonita, medicina buena! -murmuraron los pequeños y arrugados labios de aquel rostro fruncido-. Bebe, hijo, bebe. ¡Te hará bien!

Atreyu tomó un sorbo. Sabía raro, un poco dulce y, sin embargo, amargo.
- ¿Qué ha sido del dragón blanco? -dijo con esfuerzo.
- Todo está arreglado -respondió la voz cuchicheante-, no te preocupes, muchachito. Os pondréis bien. Os pondréis bien los dos. Ya ha pasado lo peor. ¡Bebe, bebe!

Atreyu bebió otro trago y se durmió enseguida, pero esta vez con el sueño profundo y reparador de la convalecencia.


El reloj de la torre dio las dos.

Bastián no podía aguantar más: tenía que ir urgentemente al retrete. Hacía ya rato que tenía ganas pero, sencillamente, no había podido dejar de leer. Y además, le daba un poco de miedo bajar. Se dijo a sí mismo que no había razón para ello: el colegio estaba vacío y nadie lo vería. Y, sin embargo, tenía miedo, como si el propio colegio fuera un ser vivo que lo observase.

Pero aquello no servía de nada: ¡tenía que ir! 

Colocó el libro abierto sobre la colchoneta, se puso en pie y se dirigió a la puerta del desván. Con el corazón palpitante, escuchó un rato. Todo estaba en silencio. Descorrió el pestillo e hizo girar lentamente la gran llave en la cerradura. Cuando hizo presión sobre el picaporte, la puerta se abrió con un fuerte chirrido.

Se deslizó en calcetines dejando detrás la puerta abierta, para no tener que hacer otra vez ruidos innecesarios. Luego bajó de puntillas por la escalera hasta la primera planta. Delante de él tenía el pasillo, con las puertas de las clases pintadas de verde espinaca. El aseo de los alumnos estaba al extremo opuesto. Era más que tiempo y Bastián corrió cuanto pudo. Llegó al lugar salvador literalmente en el último momento.

Mientras estaba sentado en el retrete, pensó en por qué los héroes de historias como aquéllas no tenían nunca problemas de esa clase. Una vez -cuando todavía era mucho más pequeño- había preguntado en clase de religión si Jesucristo tenía que hacer esas cosas como un hombre corriente, ya que, como hombre corriente, comía y bebía. La clase se había partido de risa y el profesor de religión le había puesto en el cuaderno de notas una amonestación por «mal comportamiento». Pero Bastián no había recibido ninguna respuesta. Y la verdad era que no había pretendido portarse mal. «Probablemente», se dijo ahora, «esas cosas son secundarias y poco importantes, y por eso no hay que mencionarlas en las historias».

Aunque para él, muchas veces, podían ser de una importancia desesperada y humillante.

Había terminado; tiró de la cadena y se disponía a salir, cuando de pronto oyó pasos en el pasillo. Las puertas de las aulas se abrían y cerraban una tras otra, y los pasos se iban acercando cada vez más.

El corazón de Bastián latía con tanta fuerza que parecía querer salírsele del pecho. ¿Dónde podía esconderse? Se quedó como paralizado donde estaba.

La puerta del retrete se abrió, pero por fortuna de forma que Bastián quedó tapado por ella. Entró el portero del colegio. Miró, uno tras otro, en los distintos retretes. Cuando llegó a aquel en que el agua corría todavía y se columpiaba la cadena, se quedó un momento desconcertado. Refunfuñó algo entre dientes pero, cuando vio que el agua dejaba de correr, se encogió de hombros y salió. Sus pasos se perdieron en la escalera.

Bastián no se había atrevido a respirar durante todo el tiempo y ahora lo hizo profundamente. Cuando quiso salir se dio cuenta de que las rodillas le temblaban.

Con precaución y tan deprisa como pudo, se deslizó por el pasillo de puertas pintadas de verde espinaca, subió la escalera y volvió al desván. Sólo cuando la puerta estuvo otra vez cerrada y atrancada se relajó.

Con un profundo suspiro, se dejó caer otra vez en su lecho de colchonetas, se envolvió en las mantas militares y cogió el libro.


Cuando Atreyu despertó de nuevo, se sintió totalmente descansado y fuerte. Se incorporó.

Era de noche, la luna brillaba luminosa y vio que se encontraba en el mismo lugar en que se había desplomado junto al dragón blanco. También Fújur seguía allí, pero respiraba de una forma tranquila y profunda y parecía totalmente dormido. Todas sus heridas habían sido vendadas.

Atreyu observó que también su propio hombro había sido curado del mismo modo, no con vendas sino con hierbas y fibras vegetales.

A unos pasos sólo había en la roca una pequeña gruta, por cuya entrada salía un resplandor amortiguado.

Sin mover el brazo izquierdo, Atreyu se puso en pie con cuidado y se dirigió a la baja entrada de la cueva. Se inclinó y vio en el interior una estancia que parecía la cocina de un alquimista en miniatura. En segundo plano chisporroteaba en la chimenea una alegre hoguera. Por todas partes había crisoles, cacharros y botellas de formas extrañas. En una estantería había almacenados manojos de plantas secas de distintas especies. La mesita del centro y los demás muebles parecían hechos de raíces. En conjunto, la vivienda producía una impresión agradable.

Sólo al oír una tosecilla se dio cuenta Atreyu de que, en una butaca, delante de la chimenea, había un tipejo pequeñito. Llevaba en la cabeza una especie de gorro de madera de raíz, que parecía la cazoleta invertida de una pipa. Su rostro era del mismo color pardo oscuro y tan arrugado como el que Atreyu había visto inclinado sobre él la primera vez que se despertó. Sin embargo, tenía sobre la nariz unas gafas grandes y sus rasgos eran más duros y preocupados. El tipejo leía en un gran libro que tenía sobre las rodillas.

Entonces apareció bamboleándose, procedente de otra habitación que había más atrás, una segunda figurita en la que Atreyu reconoció enseguida al ser que antes se le había aparecido. Únicamente entonces vio que se trataba de una mujercita. Además del gorro de hojas, llevaba -lo mismo que el hombrecillo del sillón situado junto a la chimenea- una especie de hábito de monje, que parecía hecho también de hojas marchitas. Tarareando contenta para sí, se frotó las manos y se ocupó luego de un caldero que colgaba sobre el hogar. Aquellos dos personajes eran apenas más altos que una pierna de Atreyu, medida de la planta del pie a la rodilla. Era evidente que los dos eran miembros de la muy ramificada familia de los gnomos, aunque de una clase poco frecuente.

- Mujer -rezongó el hombrecillo-, ¡quítate de la luz! No me dejas estudiar.
- ¡Tú y tus estudios! -respondió la mujercita-. ¿A quién le interesan? Lo que importa ahora es que se cueza mi elixir mágico. Esos dos de ahí afuera lo necesitan.
- Esos dos de ahí afuera -repuso el hombrecillo irritado- necesitarán mucho más de mi ayuda y mis consejos. 
- Por mí... -replicó la mujercita-, pero sólo cuando estén bien. ¡Déjame sitio, viejo!

El hombre, refunfuñando, se apartó un poco del fuego.

Atreyu carraspeó para llamar la atención. La pareja de gnomos se volvió para mirarlo.
- Ya está bien -dijo el hombrecillo-. ¡Ahora me toca a mí!
- ¡Nada de eso! -lo regañó la mujercita-. Si está bien o no lo decido yo. Te tocará a ti cuando yo diga que te toca.

Luego se volvió hacia Atreyu.
- Nos gustaría invitarte a entrar. Sin embargo, es un poco estrecho para ti. ¡Un segundo! Enseguida estoy contigo. 

Trituró algo en un pequeño mortero y lo echó al caldero. Después se lavó las manos y se las secó en el hábito, diciéndole al hombrecillo:
- Tú te quedas aquí, Énguivuck, hasta que yo te llame, ¿entendido?
- ¡Está bien, Urgl! -refunfuñó el hombrecillo.

La mujercita gnomo salió de la gruta al aire libre. Miró atentamente a Atreyu desde abajo, contrayendo los ojos. 
- ¿Qué tal? Parece que ya estamos bien, ¿no? 

Atreyu asintió.

La mujercita trepó a un saliente rocoso que quedaba a la misma altura que el rostro de Atreyu y se sentó.
- ¿No te duele ya? -quiso saber. 
- Apenas -respondió Atreyu.
- ¿En qué quedamos? -lo apremió la mujercita con ojillos centelleantes-. ¿Te duele o no te duele?
- Todavía me duele -explicó Atreyu-, pero no me importa...
- ¡Pero a mí sí! -resopló Urgl-. ¡Muy bonito, eso de que el paciente le diga al médico lo que importa y lo que no importa! ¿Qué sabes tú de eso, pipiolo? Tiene que doler para curarse. Si no te doliera, tendrías el brazo muerto.
- ¡Perdón! -dijo Atreyu, que se sentía como un niño regañado-. Sólo quería decir... Bueno, quería darle las gracias.
- ¡Bah! -le tapó la boca la malhumorada Urgl-.Después de todo, soy curandera. Sólo he cumplido con mi deber. Y Énguivuck, mi viejo, vio el Pentáculo que llevas colgado del cuello. Para nosotros no había duda.
- ¿Y Fújur? -preguntó Atreyu-. ¿Cómo está? 
- ¿Quién es ése?
- El dragón blanco de la suerte.
- ¡Ah! Todavía no lo sé. Recibió un poco más de veneno que tú. De todas formas, también aguanta un poco más que tú. Realmente, debería salir del paso. Estoy casi segura de que se pondrá bien otra vez. Sólo necesita un poco de descanso. ¿Dónde habéis recibido todo ese veneno, eh? ¿Y cómo habéis llegado aquí tan repentinamente? ¿Y qué buscáis aquí? ¿Y quiénes sois?

Énguivuck había salido a la entrada de la gruta y oyó las respuestas que dio Atreyu a las preguntas de la vieja Urgl. Luego se adelantó unos pasos y dijo:
- ¡Calla, mujer, ahora me toca a mí!

Se volvió a Atreyu, se quitó el gorro de forma de cazoleta de pipa, se rascó la calva cabecita y dijo:
- No se lo tomes a mal, Atreyu. La vieja Urgl es a menudo un poco bruta, pero no lo hace con mala intención. Me llamo Énguivuck. También nos llaman los Dos Colonos. ¿Has oído hablar de nosotros?
- No -reconoció Atreyu.

Énguivuck pareció un poco ofendido.
- Bueno -dijo-, seguramente no te mueves en los medios científicos porque, de otro modo, te hubieran dicho sin duda que no podrías encontrar mejor consejero que yo si quieres ver a Uyulala en el Oráculo del Sur. Has venido al sitio adecuado, muchacho.
- ¡No te des tanta importancia! -se entrometió la vieja Urgl-. Luego bajó de su asiento y desapareció refunfuñando en la gruta.

Énguivuck hizo deliberadamente caso omiso de la interrupción.
- Te lo puedo explicar todo -siguió diciendo-: he estudiado el asunto por dentro y por fuera durante toda mi, vida. En realidad, para eso he montado mi observatorio. En breve publicaré una gran obra científica sobre el Oráculo. Su título será: «El enigma de Uyulala, resuelto por el profesor Énguivuck». No suena mal, ¿eh? Por desgracia, todavía me faltan algunos detalles. Tú podrías ayudarme, muchacho.
- ¿Un observatorio? -preguntó Atreyu, que no conocía la palabra.

Énguivuck asintió con los ojos chispeantes de orgullo. Con un gesto de la mano, invitó a Atreyu a seguirlo.

Entre las enormes losas de piedra subía un pequeño sendero que daba muchas vueltas. En varios lugares, donde el sendero era especialmente empinado, había diminutos escalones tallados que, naturalmente, eran demasiado pequeños para los pies de Atreyu. Simplemente, se los subía de un salto. Sin embargo, tenía que esforzarse para seguir al gnomo, que trotaba ágilmente delante de él.
- Una clara noche de luna -le oyó decir a Énguivuck-. Podrás verla.
- ¿A quién? -quiso saber Atreyu-. ¿A Uyulala? 

Pero Énguivuck negó con la cabeza enfadado y siguió adelante bamboleándose.

Por fin llegaron a lo alto de la torre de rocas. El suelo era plano y sólo en un costado se alzaba una especie de parapeto natural: una barandilla de losas de piedra. En el centro de esas losas había un agujero, evidentemente hecho con herramientas. Delante del agujero había un pequeño catalejo, sobre un trípode de madera de raíz.

Énguivuck miró por él, lo ajustó ligeramente haciendo girar unos tornillos y luego hizo con la cabeza un gesto de satisfacción, invitando a Atreyu a echar una ojeada a su vez. Atreyu obedeció la indicación, aunque tuvo que echarse en el suelo y apoyarse en los codos para poder mirar por el tubo. El catalejo estaba orientado hacia la gran puerta de piedra, de forma que se veía la parte inferior de la pilastra derecha. Y Atreyu vio que, junto a esa pilastra, erguida y totalmente inmóvil a la luz de la luna, había una imponente esfinge. Sus patas delanteras, en las que se apoyaba, eran de león, la parte trasera de su cuerpo de toro, en la espalda tenía unas poderosas alas de águila y su rostro era el de un ser humano... por lo menos en cuanto a la forma, porque su expresión no era humana. Era difícil saber si aquel rostro sonreía, o reflejaba una tristeza inmensa o una indiferencia total. A Atreyu, después de haberlo contemplado durante un rato, le pareció lleno de una maldad y una crueldad abismales, pero enseguida tuvo que corregir su impresión al no encontrar en él más que serenidad.

- ¡Déjalo ya! -oyó la voz del gnomo en su oído-.No lo averiguarás. A todo el mundo le pasa igual. También a mí. Durante toda mi vida la he observado y no he podido lograrlo. ¡Y ahora, la otra!

Hizo girar uno de los tornillos, la imagen se desplazó, pasando por la abertura del arco, detrás del cual sólo se extendía una llanura vacía, y apareció a la vista de Atreyu la pilastra de la izquierda donde, en la misma posición, había una segunda esfinge. Su cuerpo imponente relucía, extrañamente pálido y como de plata líquida, a la luz de la luna. Parecía mirar fijamente a la primera esfinge, de igual modo que la primera miraba inmóvil en su dirección.
- ¿Son estatuas? -preguntó Atreyu en voz baja, sin poder apartar la vista.
- ¡Oh no! -respondió Énguivuck con una risita-. Son dos esfinges de verdad, vivas... ¡y muy vivas! Pero para ser la primera vez, ya has visto bastante. Ven, vamos abajo. Te lo explicaré todo.

Y tapó con la mano el catalejo, de forma que Atreyu no pudo ver más. En silencio, regresaron por el mismo camino.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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