lunes, 11 de mayo de 2015

26. Las aguas de la vida

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umbándole los oídos, el muchacho que no tenía ya nombre se puso en pie y dio unos pasos en dirección a Atreyu. Luego se detuvo. Atreyu no hizo nada: sólo lo miró atenta y serenamente. La herida de su pecho no sangraba ya.

Largo tiempo estuvieron así, frente a frente, sin que ninguno de los dos dijera nada. El silencio era tan grande que cada uno podía escuchar la respiración del otro.

Lentamente, el muchacho sin nombre cogió la cadena de oro que llevaba al cuello y se quitó ÁURYN. Se inclinó y puso la Alhaja cuidadosamente en la nieve, delante de Atreyu. Al hacerlo, contempló otra vez las dos serpientes, clara y oscura, que se mordían mutuamente la cola formando un óvalo. Luego dejó la Alhaja.

En aquel mismo instante, el resplandor dorado de ÁURYN se hizo tan desmesuradamente claro y radiante que, deslumbrado, Bastián tuvo que cerrar los ojos como si hubiera mirado al sol. Cuando los abrió otra vez, vio que estaba en un salón con una cúpula tan grande como la bóveda del cielo. Los sillares de la construcción eran de luz dorada. En medio de aquella estancia inconmensurable yacían, gigantescas como las murallas de una ciudad, las dos serpientes.

Atreyu, Fújur y el muchacho sin nombre estaban juntos en el lado de la cabeza de la serpiente negra, que tenía en sus fauces la cola de la serpiente blanca. El ojo inmóvil de la serpiente, de pupila vertical, estaba dirigido hacia los tres. En comparación con ella, hasta el dragón de la suerte parecía pequeño como una oruguita blanca.


Los gigantescos cuerpos inmóviles de las serpientes relucían como si fueran de un metal desconocido, negro como la noche el uno, blanco como la plata el otro, y la catástrofe que podían provocar sólo se evitaba porque, mutuamente, se mantenían sujetas. Si una de las dos se soltase, el mundo se hundiría. Eso era indudable.

Sin embargo, al sujetarse mutuamente, protegían también el Agua de la Vida. Porque en el centro de donde estaban murmuraba una enorme fuente, cuyo chorro bailaba subiendo y bajando y, al caer, hacía y deshacía miles de figuras, mucho más aprisa de lo que podían seguirlas los ojos. Las espumosas aguas se pulverizaban en una fina niebla, en la que la luz dorada se quebraba en todos los colores del arco iris. Era el hervir y alborotar y cantar y aplaudir y reír y gritar de mil voces jubilosas.

El muchacho sin nombre miraba sediento aquella agua... pero ¿cómo llegar hasta ella? La cabeza de la serpiente no se movía.

De repente, Fújur levantó la cabeza. Sus ojos de color rubí comenzaron a chispear.
- ¿Entendéis lo que dicen las aguas? -preguntó. 
- No -respondió Atreyu-. Yo no.
- No sé por qué -cuchicheó Fújur-, pero yo lo entiendo muy bien. Quizá porque soy un dragón de la suerte. Todos los lenguajes de la suerte están emparentados entre sí. 
- ¿Qué dicen las aguas? -preguntó Atreyu.

Fújur escuchó con atención y tradujo lentamente lo que oía, palabra por palabra:

«¡Nosotras, Aguas de Vida!
Fuente que a sí misma se debe
y fluye con más abundancia
cuanto más de sus aguas se bebe.«

Otra vez escuchó un rato y dijo:
- Continuamente repiten: «¡Bebe! ¡Bebe! ¡Haz lo que quieras!«
- ¿Cómo podemos llegar hasta ellas? -preguntó Atreyu.
- Nos preguntan nuestro nombre -explicó Fújur. 
- ¡Yo soy Atreyu! -exclamó Atreyu.
- ¡Yo soy Fújur! -dijo Fújur.

El muchacho sin nombre permaneció mudo.

Atreyu lo miró, y luego lo cogió de la mano y exclamó:
- Éste es Bastián Baltasar Bux.
- Preguntan -tradujo Fújur- por qué no habla él. 
- No puede ya -dijo Atreyu-. Lo ha olvidado todo. 

Fújur escuchó otra vez el murmurar y espumear. 
- Sin recuerdos, dicen, no puede entrar. Las serpientes no lo dejarán.
- Yo lo he conservado todo -exclamó Atreyu-, todo lo que él me ha contado de sí y de su mundo. Yo respondo por él.

Fújur escuchó.
- Preguntan... con qué derecho. 
- Soy su amigo -dijo Atreyu.

Otra vez pasó un rato mientras Fújur escuchaba atentamente.
- No parece estar muy claro si eso vale... -le susurró a Atreyu-. Ahora hablan de tu herida. Quieren saber cómo se produjo.
- Los dos teníamos razón -dijo Atreyu- y nos equivocamos los dos. Pero ahora Bastián ha dejado voluntariamente a ÁÜRYN.

Fújur escuchó y movió la cabeza afirmativamente. 
- Sí -dijo-, dicen que vale. Este lugar es ÁURYN. Dicen que somos bienvenidos.

Atreyu miró la enorme cúpula de oro.
- Cada uno de nosotros -susurró- lo llevó al cuello... Hasta tú, Fújur, durante corto tiempo.

El dragón de la suerte le hizo señal de que callara y escuchó otra vez el canto de las aguas.

Luego tradujo:
- ÁURYN es la puerta que Bastián estaba buscando. La llevaba consigo desde el principio. Pero las serpientes, dicen las aguas, no permitirán que nada de Fantasia traspase el umbral. Por eso, Bastián tiene que renunciar o todo lo que le dio la Emperatriz Infantil. De otro modo, no podrá beber del Agua de la Vida.
- Pero si estamos en su signo... -exclamó Atreyu-. ¿No está ella también aquí?
- Dicen que aquí acaba el poder de la Hija de la Luna. Y ella es la única que no puede entrar jamás en este lugar. No puede penetrar en el interior del Fulgor porque no puede deshacerse de sí misma.

Atreyu calló confuso.
- Preguntan ahora -continuó Fújur- si Bastián está dispuesto.
- Sí -dijo Atreyu en voz alta-. Lo está.

En aquel momento, la gigantesca cabeza de la serpiente negra comenzó a levantarse lentamente, sin soltar por ello el extremo de la serpiente blanca que tenía en sus fauces. Los poderosos cuerpos se curvaron hasta formar una puerta, de la que una mitad era negra y la otra blanca.

Atreyu llevó a Bastián de la mano a través de la monstruosa puerta hasta la fuente, que ahora estaba ante ellos en toda su grandeza y esplendor. Y mientras se dirigían a ella, caían uno tras otro, a cada paso de Bastián, sus maravillosos dones fantásicos. El héroe hermoso, fuerte e intrépido se convirtió otra vez en un muchacho pequeño, gordo y apocado. Hasta su traje, que en el Minroud de Yor había quedado hecho harapos, desapareció y se deshizo por completo. De forma que Bastián quedó allí por fin, desnudo y solo ante el gran círculo dorado, de cuyo centro brotaban las Aguas de la Vida, altas como un árbol de cristal.

En aquel último segundo, en que ya no tenía ninguno de los dones fantásicos pero no había recuperado aún el recuerdo de su mundo y de sí mismo, Bastián pasó por una situación de inseguridad total, en la que no sabía ya a qué mundo pertenecía ni si él mismo existía de verdad.

Pero luego saltó sencillamente al agua cristalina, se sumergió en ella, resopló, salpicó y dejó que una lluvia de gotas centelleantes le corriera por la boca. Bebió y bebió hasta calmar su sed. Y la alegría lo llenó de la cabeza a los pies, alegría de vivir y alegría de ser él mismo. Porque ahora sabía otra vez quién era y de dónde era. Había nacido de nuevo. Y lo mejor era que quería ser precisamente quien era. Si hubiera tenido que elegir una posibilidad entre todas, no hubiera elegido ninguna otra. Porque ahora sabía: en el mundo hay miles y miles de formas de alegría, pero en el fondo todas son una sola: la alegría de poder amar. Eran aspectos de una misma cosa.

Tampoco más tarde, cuando hacía ya mucho tiempo que Bastián había vuelto a su mundo, cuando se hizo adulto y finalmente viejo, lo abandonó nunca del todo esa alegría. Hasta en los tiempos más difíciles de su vida le quedó una alegría que lo hacía sonreír y que consolaba a otros seres humanos.
- ¡Atreyu! -le gritó a su amigo, que estaba con Fújur al borde del gran redondel dorado-. ¡Ven! ¡Ven! ¡Bebe! ¡Es estupendo!

Atreyu movió la cabeza riendo.
- No -contestó-, esta vez sólo hemos venido a acompañarte.
- ¿Esta vez? -preguntó Bastián-. ¿Qué quieres decir?

Atreyu cambió una mirada con Fújur y dijo:
- Los dos estuvimos ya aquí. No reconocimos el sitio enseguida porque entonces nos trajeron dormidos y nos llevaron dormidos otra vez. Pero ahora lo hemos recordado.

Bastián salió del agua.
- Otra vez sé quién soy -dijo radiante.
- Sí -dijo Atreyu asintiendo-, ahora te reconozco de nuevo. Tienes el mismo aspecto que entonces, cuando te vi en la Puerta del Espejo Mágico.

Bastián miró las aguas espumosas y centelleantes. 
- Quisiera llevar agua a mi padre -exclamó en medio del rugido-. Pero ¿cómo?
- No creo que sea posible -respondió Atreyu-. No se puede llevar nada a través del umbral de Fantasia. 
- ¡Bastián sí! -se hizo oír Fújur, cuya voz tenía otra vez todo su sonido de bronce-. ¡Él puede hacerlo! 
- ¡Eres un verdadero dragón de la suerte! -dijo Bastián.

Fújur le hizo señal de que callase y escuchó el murmullo de las mil voces.

Luego explicó:
- Las aguas dicen que ahora tienes que ponerte en camino y nosotros también.
- ¿Cuál es mi camino? -preguntó Bastián.
- Por la otra puerta -tradujo Fújur-. Donde está la cabeza de la serpiente blanca.
- Está bien -dijo Bastián-. Pero ¿cómo podré salir? La cabeza blanca no se mueve.

Efectivamente, la cabeza de la serpiente blanca permanecía inmóvil. Tenía la cola de la serpiente negra en la boca y sus enormes ojos miraban fijamente a Bastián.
- Las aguas te preguntan -anunció Fújur- si has concluido todas las historias que comenzaste en Fantasía. 
- No -dijo Bastián-. En realidad, ninguna.

Fújur escuchó un rato. Su rostro adoptó una expresión consternada.
- Dicen que, entonces, la serpiente blanca no te dejará pasar. Tendrás que volver a Fantasía y terminarlo todo. 
- ¿Todas las historias? -balbuceó Bastián-. Entonces no podré regresar nunca. Todo ha sido inútil.

Fújur escuchaba excitado.
- ¿Qué dicen? -quiso saber Bastián. 
- ¡Silencio! -dijo Fújur.

Al cabo de un rato suspiró y explicó:
- Dicen que no hay nada que hacer, a no ser que haya alguien que haga por ti ese trabajo.
- Pero si las historias son innumerables -exclamó Bastián-, y en cada una aparece siempre otra. Una tarea así no puede acometerla nadie.
- Sí -dijo Atreyu-. Yo puedo.

Bastián lo miró sin habla. Luego se colgó de su cuello y balbuceó:
- ¡Atreyu! ¡Atreyu! ¡Eso no lo olvidaré! 

Atreyu sonrió.
- Está bien, Bastián. Y no te olvides tampoco de Fantasía.

Le dio una palmada fraternal en la espalda, y luego se volvió rápidamente y atravesó la puerta de la cabeza de la serpiente negra, que seguía curvada en alto como cuando entraron en el lugar.
- Fújur -dijo Bastián-. ¿Cómo podréis terminar nunca lo que os dejo?

El dragón blanco guiñó uno de sus ojos de color rubí y respondió:
- ¡Con suerte, muchacho! ¡Con suerte! 

Luego siguió a su señor y amigo.

Bastián los miró marcharse cuando cruzaron la puerta, de regreso a Fantasia. Los dos se volvieron una vez más y lo saludaron. Luego, la cabeza de la serpiente negra bajó hasta reposar de nuevo en el suelo. Bastián no pudo ver ya a Atreyu y a Fújur.

Ahora estaba solo.

Se volvió hacia la otra cabeza, la de la serpiente blanca, y vio que, al mismo tiempo, se había levantado y que los cuerpos de las serpientes se habían curvado formando una puerta, de la misma manera que habían hecho antes al otro lado.

Rápidamente cogió con las dos manos agua de las Aguas de la Vida y corrió hacia la puerta. Detrás estaba la oscuridad.

Bastián se precipitó en ella... y cayó en el vacío. 


- ¡Papá! -gritó-. ¡Papá! ¡Soy... Bastián... Baltasar... Bux! 
- ¡Papá! ¡Papá! ¡Soy... Bastián... Baltasar... Bux!

Todavía gritando, se encontró sin transición en el desván del colegio desde el que una vez, hacía mucho tiempo, había ido a Fantasía. No reconoció el lugar enseguida, y por las extrañas cosas que vio a su alrededor -los animales disecados, el esqueleto y los cuadros-, hasta estuvo un segundo inseguro de si seguía estando en Fantasia. Sin embargo, luego vio un mapa del colegio y un candelabro oxidado de siete brazos con las velas apagadas, y supo dónde estaba.

¿Cuánto tiempo podía haber pasado desde que comenzó su gran viaje por la Historia Interminable? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Años quizá? Una vez había leído la historia de un hombre que había estado solo en una gruta encantada y, cuando volvió, habían pasado cien años y de todos los hombres que había conocido solo vivía uno, que entonces había sido un niño pequeño y ahora era viejísimo.

A través de la claraboya del techo entraba la luz pálida del día, pero no se podía saber si era por la mañana o por la tarde. En el desván hacía un frío penetrante, lo mismo que la 
noche en que Bastián se marchó de él.

Se deshizo del montón de polvorientas mantas militares bajo las que estaba echado, cogió sus zapatos y el abrigo y comprobó que estaban húmedos, como en aquel día en que llovió tanto.

Se puso las correas de la cartera por los hombros y buscó el libro que robó y con el que empezó todo. Estaba totalmente decidido a devolvérselo al antipático señor Koreander. Que lo castigara por su robo, que lo denunciara o que hiciera algo peor... Para alguien que había corrido unas aventuras como las de Bastián no era fácil encontrar nada que le causara miedo. Pero el libro no estaba allí.

Bastián buscó y rebuscó, revolvió las mantas y miró por todos los rincones. No sirvió de nada. La Historia Interminable había desaparecido.

«Está bien», se dijo Bastián finalmente, «entonces tendré que decirle que ha desaparecido. Desde luego, no me va a creer. Pero no puedo hacer nada. Que pase lo que pase. Pero, ¿quién sabe si se acordará aún después de tanto tiempo? A lo mejor ni siquiera existe la tienda...».

Eso lo sabría pronto porque, ante todo, tenía que salir del colegio. Si no conocía ya a los profesores y alumnos que se encontrase, sabría lo que le esperaba.

Pero cuando abrió la puerta del desván y bajó a los pasillos del colegio lo recibió un silencio total. En el edificio no parecía haber alma humana. Y, sin embargo, el reloj de la torre del colegio estaba dando precisamente las nueve. Por lo tanto, era por la mañana y hacía tiempo que debían haber comenzado las clases.

Bastián miró en algunas aulas, pero en todas partes reinaba el mismo vacío. Cuando se acercó a una ventana y miró abajo a la calle, vio andar a unas cuantas personas y circular automóviles. Por lo tanto, el mundo, al menos, no había muerto.

Bajó la escalera hasta la gran puerta de entrada e intentó abrirla, pero estaba cerrada. Se dirigió a la puerta tras la cual estaba la vivienda del portero, llamó al timbre y golpeó, pero no se movió nada.

Bastián reflexionó. No podía esperar a que, alguna vez, pudiera venir alguien. Quería ir a casa de su padre. Aunque el Agua de la Vida se le hubiera derramado.

¿Debía abrir una ventana y gritar hasta que alguien lo oyera y se ocupara de abrir la puerta? No, eso le parecía un tanto vergonzoso. Se le ocurrió que podía trepar por una ventana. Las ventanas se abrían desde dentro. Pero las de la planta baja tenían todas rejas. Entonces pensó que, al mirar desde el primer piso a la calle, había visto un andamio. Evidentemente, estaban renovando el enlucido de una de las paredes exteriores del colegio.

Bastián subió otra vez al primer piso y se dirigió a la ventana. La abrió y salió afuera.

El andamio se componía sólo de vigas verticales, entre las cuales, a intervalos fijos, había tablas horizontales. Las tablas se balancearon con el peso de Bastián. Por un segundo sintió vértigo y tuvo miedo, pero los dominó. Para quien había sido Rey de Perelín, no había problemas... aunque no contara ya con aquellas fabulosas fuerzas físicas y el peso de su cuerpo gordo le causara alguna dificultad. Con prudencia y calma buscó asidero y apoyo para sus manos y pies y descendió por las vigas verticales. Una vez se clavó una astilla, pero aquellas menudencias no lo afectaban ya. Un tanto acalorado y jadeante, pero sano y salvo, llegó a la calle. Nadie lo había visto.

Bastián corrió hacia su casa. El estuche de lápices y los libros golpeaban al ritmo de sus pasos contra su cartera y le dio una punzada en el costado, pero siguió corriendo. Quería 
ver a su padre.

Cuando por fin llegó a la casa en que vivía, se quedó inmóvil un momento, mirando la ventana del laboratorio de su padre. Y entonces, de pronto, la angustia le oprimió el corazón, porque por primera vez se le ocurrió la idea de que su padre podía no estar ya allí.

Sin embargo, su padre estaba allí y, sin duda, debía de haberlo visto, porque cuando Bastián atravesó la puerta como un vendaval, vino corriendo a su encuentro. Abrió los brazos y Bastián se precipitó en ellos. Su padre lo levantó en alto y lo entró en la casa.
- Bastián, hijo -decía una y otra vez-, muchacho, chaval, ¿dónde has estado? ¿Qué te ha ocurrido?

Sólo cuando estuvieron sentados a la mesa de la cocina y el chico bebía leche caliente y comía panecillos que su padre le untaba cuidadosamente con abundante mantequilla y miel, se dio cuenta Bastián de lo pálido y delgado que era el rostro de su padre. Tenía los ojos enrojecidos y la barbilla sin afeitar. Sin embargo, por lo demás, su aspecto era el mismo que entonces, cuando Bastián se marchó. Bastián se lo dijo.
- ¿Entonces? -preguntó su padre extrañado-. ¿Qué quieres decir?
- ¿Cuánto tiempo he estado fuera?
- Desde ayer, Bastián. Desde que te fuiste al colegio. Cuando no volviste llamé al profesor y supe que no habías estado allí. Te he buscado todo el día y toda la noche, hijo. He avisado a la policía, porque me temía lo peor. Dios santo, Bastián, ¿qué te ha pasado? Casi me vuelvo loco de preocupación. ¿Dónde has estado?

Y entonces Bastián comenzó a contar lo que le había ocurrido. Lo contó muy detalladamente y tardó varias horas. Su padre lo escuchaba como nunca lo había escuchado. Comprendía lo que Bastián le contaba.

Hacia el mediodía lo interrumpió una vez, pero sólo para llamar a la policía y comunicarle que su hijo había vuelto y que todo estaba arreglado. Luego preparó la comida para los dos, y Bastián siguió contando. Era ya de noche cuando Bastián llegó en su relato hasta las Aguas de la Vida y contó cómo había querido traer agua a su padre y luego se le había derramado.

En la cocina era ya casi oscuro. El padre se sentaba inmóvil. Bastián se puso en pie y encendió la luz. Y entonces vio algo que nunca había visto antes.

Vio lágrimas en los ojos de su padre.

Y comprendió que, a pesar de todo, había podido traerle el Agua de la Vida.

Su padre, en silencio, lo atrajo hacia sí y lo abrazó, y los dos se hicieron mutuas caricias.

Después de estar sentados así largo rato, el padre respiró profundamente, miró a Bastián a la cara y empezó a sonreír. Era la sonrisa más feliz que Bastián le había visto nunca.
- Desde ahora -dijo el padre con una voz totalmente cambiada-, desde ahora todo será distinto entre nosotros, ¿no crees?

Y Bastián movió la cabeza afirmativamente. Tenía el corazón demasiado rebosante para hablar.

A la mañana siguiente había caído la primera nevada. Había nieve blanca y limpia en el quicio de la ventana del cuarto de Bastián. Todos los ruidos de la calle llegaban amortiguados.
- ¿Sabes una cosa, Bastián? -dijo su padre de buen humor durante el desayuno-. Creo que los dos tenemos realmente todos los motivos del mundo para celebrarlo. Un día como hoy sólo se vive una vez en la vida... y muchos no lo viven jamás. Por eso te propongo que hagamos algo realmente estupendo. Yo no trabajo y tú no vas al colegio. Te escribiré una disculpa. ¿Qué te parece?
- ¿Al colegio? -preguntó Bastián-. ¿Hay colegio aún? Ayer, cuando pasé por las aulas, no había alma humana. Ni el portero.
- ¿Ayer? -respondió el padre-. Ayer era el primer domingo de Adviento, Bastián.

El muchacho revolvió pensativamente su cacao del desayuno. Luego dijo en voz baja:
- Creo que tardaré un poco en acostumbrarme otra vez del todo.
- Claro -dijo su padre asintiendo-, y por eso vamos a hacer fiesta los dos. ¿Qué es lo que más te gustaría? Podríamos hacer alguna excursión, o ir al zoológico... Al mediodía nos vamos a comer la mejor comida que se haya visto nunca. Por la tarde podemos ir de compras: lo que quieras. Y por la noche... ¿vamos al teatro?

Los ojos de Bastián brillaban. Luego dijo indeciso: 
- Sin embargo, antes tengo que hacer otra cosa. Tengo que ir a ver al señor Koreander y decirle que le robé el libro y que lo he perdido.

El padre le cogió de la mano.
- Oye, Bastián: si quieres, puedo hacerlo por ti. 

Bastián movió la cabeza.
- No -decidió-, es asunto mío. Quiero hacerlo yo mismo. Y lo mejor será que lo haga enseguida.

Se levantó y se puso el abrigo. El padre no dijo nada, pero en la mirada que lanzó a su hijo había sorpresa y respeto. El chico nunca se había portado antes así.
- Creo -dijo finalmente el padre- que yo también necesitaré algún tiempo para acostumbrarme a los cambios. 
- Enseguida vuelvo -dijo Bastián, ya en el vestíbulo-. No tardaré mucho. Esta vez no.

Cuando estuvo ante la librería del señor Koreander, el valor lo abandonó otra vez. Miró al interior de la tienda por el cristal en que estaban las letras con arabescos. El señor Koreander tenía precisamente un cliente en aquel momento y Bastián prefirió esperar hasta que el cliente se hubiera ido. Empezó a andar arriba y abajo ante la librería del viejo. Otra vez comenzó a nevar.

Por fin salió el cliente de la tienda. 
« ¡Ahora!», se ordenó a sí mismo Bastián.

Pensó en cómo había afrontado a Graógraman en el Desierto de Colores de Goab. Decidido, levantó el picaporte. Detrás de la estantería que limitaba la oscura habitación por el otro extremo se oyó una tos. Bastián se aproximó y luego, un poco pálido pero serio y sereno, entró a donde estaba el señor Koreander, que se sentaba otra vez en su sillón de cuero gastado, lo mismo que en su primer encuentro.

Bastián guardó silencio. Había esperado que, rojo de cólera, el señor Koreander se lanzaría sobre él gritando «¡ladrón!», «¡criminal!» o algo parecido.

En lugar de ello, el viejo encendió ceremoniosamente su curvada pipa, contemplando mientras tanto al joven con los ojos entornados, a través de sus ridículas antiparras. Cuando la pipa se encendió por fin, el señor Koreander soltó unas bocanadas de humo insistentes y luego gruñó:
- Bueno, ¿qué pasa? ¿Qué quieres otra vez?
- Yo... -comenzó a decir Bastián atragantándose- le he robado un libro. Quería devolvérselo, pero no puede ser. Lo he perdido o, mejor dicho... En cualquier caso ya no 
está.

El señor Koreander dejó de echar humo y se quitó la pipa de la boca.
- ¿Qué libro? -preguntó.
- El libro que estaba leyendo usted cuando estuve aquí la última vez. Me lo llevé. Usted entró a hablar por teléfono y el libro se quedó en el sillón, de manera que, simplemente, me lo llevé.
- Vaya, vaya -dijo el señor Koreander carraspeando- Sin embargo, no me falta ningún libro. ¿Qué libro podía ser? 
- Se titula La Historia Interminable -explicó Bastián-. Por fuera es de color cobre y brilla si se mueve de un Iado a otro. Tiene dos serpientes dibujadas, una clara y otra oscura, que se muerden la cola. Por dentro está impreso en dos colores... y tiene unas letras capitulares muy grandes y bonitas.
- ¡Qué extraño! -dijo el señor Koreander-. Nunca he tenido un libro así. Por lo tanto, no puedes habérmelo robado. Quizá te lo hayas agenciado en otra parte.
- ¡Qué va! -aseguró Bastián-. Tiene que acordarse usted. Es... -titubeó pero luego lo dijo-, es un libro mágico. Yo mismo entré en la Historia Interminable al leerlo, pero cuando salí otra vez el libro había desaparecido.

El señor Koreander observó a Bastián por encima de sus gafas.
- No me estarás tomando el pelo, ¿verdad?
- No -respondió Bastián casi estupefacto-, desde luego que no. Le estoy diciendo la verdad. ¡Usted debería saberlo!

El señor Koreander reflexionó un poco y luego sacudió la cabeza.
- Tienes que explicármelo todo mejor. Siéntate, muchacho. ¡Por favor, siéntate!

Señaló con el mango de la pipa el sillón que estaba frente al suyo. Bastián se sentó.
- Bueno -dijo el señor Koreander-: ahora cuénta-me lo que quiere decir todo eso. Pero despacio y por su orden, si me permites que te lo diga.

Y Bastián comenzó a contar.

No lo hizo tan detalladamente como en casa de su padre, pero como el señor Koreander mostraba cada vez más interés y quería saber más detalles, pasaron más de dos horas antes de que terminara.

Quién sabe por qué pero, de forma curiosa, no fueron molestados por ningún cliente durante todo aquel tiempo. Cuando Bastián terminó su relato, el señor Koreander chupó largo tiempo su pipa ensimismado. Parecía sumido en profundos pensamientos. Finalmente carraspeó otra vez, se puso derechas las antiparras, miró a Bastián un rato inquisitivamente y luego dijo:
- Una cosa es segura: tú no me has robado ese libro porque no me pertenece a mí ni te pertenece a ti, sino a algún otro. Si no me equivoco, procede de Fantasia misma. Quién sabe, quizá precisamente en este momento alguien lo tendrá en sus manos y lo estará leyendo.
- Entonces, ¿me cree usted? -preguntó Bastián. 
- Naturalmente -respondió el señor Koreander-. Cualquier persona sensata te creería.
- A decir verdad -dijo Bastián-, no había contado con ello.
- Hay seres humanos que no pueden ir a Fantasia -dijo el señor Koreander-, y los hay que pueden pero se quedan para siempre allí. Y luego hay algunos que van a Fantasia y regresan. Como tú. Y que devuelven la salud a ambos mundos.
- Bueno -dijo Bastián, poniéndose un poco colorado-, realmente no hice nada. Estuvo en un tris el que no volviera. Si no hubiera sido por Atreyu, ahora estaría con toda seguridad en la Ciudad de los Antiguos Emperadores.

El señor Koreander asintió y fumó ensimismado. 
- Sssí -rezongó-, tú tienes la suerte de tener un amigo en Fantasia. Eso, bien lo sabe Dios, no lo tienen todos. 
- Señor Koreander -preguntó Bastián-, ¿cómo sabe usted todo eso?... Quiero decir... ¿estuvo alguna vez en Fantasia?
- Naturalmente -dijo el señor Koreander.
- Pero entonces -dijo Bastián-, ¡tiene que conocer a la Hija de la Luna!
- Sí, conozco a la Emperatriz Infantil -dijo el señor Koreander-, pero no por ese nombre. Yo la llamé de otro modo. Pero eso no importa.
- ¡Y tiene que conocer también el libro! -exclamó Bastián-. ¡Ha leído La Historía Interminable!

El señor Koreander movió la cabeza.
- Toda historia es una Historia Interminable. -Dejó vagar la mirada sobre sus muchos libros, que llegaban por las paredes hasta el techo, y luego, señalando con el mango de la pipa, continuó:
- Hay muchas puertas para ir a Fantasia, muchacho. Y hay todavía más libros mágicos. Muchos no se dan cuenta. Todo depende de quién coge uno de esos libros.
- Entonces, la Historia Interminable, ¿es distinta para cada uno?
- Eso es lo que quería decir -repuso el señor Koreander-. Además, no sólo hay libros sino también otras posibilidades de ir a Fantasia y volver. Ya te darás cuenta.
- ¿Usted cree? -preguntó Bastián esperanzado- Pero entonces tendría que encontrar otra vez a la Hija de la Luna, y sólo se la encuentra una vez.

El señor Koreander se inclinó y bajó la voz.
- ¡Deja que te diga algo un viejo y experimentado viajero de Fantasia, muchacho! Es un secreto que nadie quiere saber allí. Si piensas en ello, también tú comprenderás por qué. No puedes ver otra vez a la Hija de la Luna, eso es verdad... mientras sea la Hija de la Luna. Pero si puedes darle otro nombre la volverás a ver. Y cada vez que lo consigas será de nuevo la primera y la única vez.

En el rostro de perro de presa del señor Koreander hubo por un instante un débil resplandor que lo hizo parecer joven y casi guapo.
- ¡Gracias, señor Koreander! -dijo Bastián.
- Soy yo quien tiene que darte las gracias, muchacho -respondió el señor Koreander-. Me gustaría que de vez en cuando te dejaras caer por aquí para que intercambiásemos experiencias. No hay tanta gente con la que se pueda hablar de esas cosas.

Le tendió la mano a Bastián. 
- ¿De acuerdo?
- Con mucho gusto -dijo Bastián estrechándosela-. Ahora tengo que irme. Mi padre me espera. Pero volveré pronto.

El señor Koreander lo acompañó hasta la puerta. Cuando salió, Bastián vio, a través del letrero invertido del cristal, que su padre lo esperaba al otro lado de la calle. El rostro de su padre resplandecía.

Bastián abrió con fuerza la puerta, con lo que el racimo de campanillas de latón se puso a repiquetear locamente, y corrió hacia aquel resplandor.

El señor Koreander cerró la puerta con cuidado y los siguió con la vista.
- Bastián Baltasar Bux -gruñó-: si no me equivoco, les vas a enseñar a muchos el camino de Fantasia para que puedan traernos el Agua de la Vida.

Y el señor Koreander no se equivocaba.

Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.


POR ENDE...


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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