miércoles, 3 de junio de 2015

3. Nieselpriem y Naselküss

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes



Buscando el legendario país de Absurdilandia, el mundialmente célebre guasónomo y pamplinólogo Estanislao Empujón descubrió un día en medio del océano una isla que no estaba indicada en ningún mapa. Ordenó al capitán de su barco que anclase ante la costa y remando se dirigió a tierra él solo en un bote.

La isla tenía forma de sombrero puntiagudo, de un color azul ultramarino. La playa era por así decir el ala y tenía una anchura de sólo veinte o treinta metros, detrás de ella se alzaba un monte en forma de cono, de rocas agrietadas. Parecía no haber vegetación de ningún tipo, ni árboles ni arbustos, ni hierba ni musgo. Cuando Empujón caminaba en torno al monte intentando calcular qué altura podría tener, se halló de pronto frente a un poste que señalaba en dos direcciones. En el indicador de la derecha se leía «A casa de Tontolico», en el otro rezaba «A casa de Tontiloco».

Al principio, Empujón no podía decidirse por ninguna de las dos direcciones, pues ninguno de los dos nombres le decía nada concreto. Pero luego descubrió algo que le facilitó la elección: había sólo un camino, el que iba hacia la derecha. A la izquierda, o sea, por donde se iba a casa de Tontiloco, sólo se veía impracticable terreno rocoso, por el que no se podía ni trepar.
Empujón se decidió, pues por la cómoda y bien construida carretera que llevaba a casa de Tontolico y que ascendía siempre hacia la derecha, formando una gran espiral en torno al pico montañoso. Por lo visto, el tal Tontolico vivía arriba, en la cúspide.

Cuando había llegado aproximadamente a media altura, el explorador se detuvo para respirar hondo y mirar hacia atrás. Vio abajo el barco, anclado mar adentro, vio también la playa, con el pequeño bote: ¿pero dónde estaba la carretera por la que había caminado? No había camino, había desaparecido sin dejar rastro. Es decir, detrás de él no había carretera, porque el trozo que le quedaba por recorrer y que se remontaba hasta la cúspide estaba allí, sin la menor duda. Ese descubrimiento sorprendió desagradablemente al viajero; tenía la molesta sensación de irse metiendo en una trampa.

Con prudencia, paso a paso, siguió subiendo, mirando al mismo tiempo hacia atrás, una y otra vez, volviendo la cabeza; y en efecto, pudo observar cómo, inmediatamente detrás de sus talones, el camino se difuminaba y desaparecía, desaparecía tan completamente como si nunca hubiese existido. Empujón se paró y reflexionó. ¿Era cosa de seguir adelante o no sería más aconsejable dar la vuelta? Pero dar la vuelta significaba deslizarse por el agrietado peñasco azul. Si al hacerlo perdía pie, tendría una caída y se rompería el crisma y las piernas. Además, decía Empujón para sus adentros, aquella extraña circunstancia del camino que desaparecía no era razón suficiente para desistir. El descubrimiento del legendario país de Absurdilandia iba a enfrentarle con dificultades mucho mayores que ésa. Y la verdad es que no tenía por qué ser tan grave la cosa, hasta aquel momento, al fin y al cabo, no le había acontecido nada malo.

Así que, cobrando ánimos, continuó la ascensión. La espiral del camino se hacía cada vez más angosta según iba llegando él a la cumbre, y cuando hubo dejado atrás la última revuelta, se encontró de improviso delante de una pequeña cabaña de madera, de forma circular y de aspecto bastante pobre. El camino terminaba ante la puerta de la cabaña.

Empujón se acercó y encontró en la puerta un letrero que decía:

Tontolico
Cordial bienvenida a los visitantes, aunque sean inútiles.
¡Se ruega llamen a la puerta al menos siete veces!

Así que Empujón dio siete golpes, y luego, debido al «por lo menos», otros tres más. Aguzó después el oído y oyó venir del interior de la cabaña un ruido que sonaba como el tintineo de innumerables campañillas. Se abrió la puerta y apareció en ella un personaje extrañísimo. Era un hombre bajito, poco más alto que el propio Empujón, con un traje rojo grana, en la cabeza un sombrero de copa igualmente rojo y bajo la gruesa nariz un bigotazo negro cuyas puntas, semejantes a dos sables turcos que señalaban hacia la derecha y hacia la izquierda, distaban medio metro una de otra. De brazos y piernas, del ala del sombrero, de ambas orejas, y hasta de las puntas de sus bigotes, colgaban campanillas de plata que tintineaban a cada movimiento. Y movimiento no es lo que faltaba a aquel extraño personaje. Saltaba y se movía todo él casi sin interrupción. Sin embargo, su aspecto era lastimoso, tan profundamente triste que nadie pensaría que el hombre tuviese ganas de pegar saltos.

- ¡Vaya!- exclamó cuando echó de ver al explorador-. Esto es una visita, seguro. No es que me sirva de nada, pero por lo menos me gustaría saber con quién tengo el honor.
- Empujón -dijo Empujón inclinándose levemente-. Stanilaus Empujón, chungólogo y panfilónomo, en importante viaje de descubrimiento.
- ¡Que lastima!- respondió aquel tipo extraño dando un salto que hizo sonar todas las campanillas-. Yo soy Tontolico, pero no vale la pena señor mío, que trate usted de fijarlo en su memoria. Déjelo estar.
- ¿Qué es una lástima?- preguntó Empujón- y por qué no vale la pena?
- Oh, es inútil que se lo explique, querido amigo, pues no lo recordará en absoluto.
- Yo se lo aseguro- lo contradijo Empujón- que por regla general tengo una memoria bastante buena.
- Por regla general, por regla general- exclamó Tontolico con un gesto de desaliento-.Conmigo eso no le serviría de nada. No se trata de la memoria de usted, la causa está en mí.

Empujón tuvo la impresión de que su presencia no era tan deseable en ese momento, por lo que dijo, siendo como era una persona educada:
- Le ruego encarecidamente que me disculpe si le he molestado, señor Tontolico. Quizá sea mejor que venga otra vez, cuando su tiempo se usted lo permita.
- ¡Pero por Dios, en modo alguno!-replicó consternado Tontolico-. Pase usted, por favor, aunque sea total y absolutamente inútil.

Empujón siguió al dueño de la casa hasta el interior de la pobre cabaña. Ésta constaba de una sola pieza, los escasos muebles estaban hechos de tablas podridas, claveteadas unas con otras –se trataba seguramente de maderas arrojadas a la costa-, y al vajilla se componía de latas oxidadas y cosas semejantes. Lo curioso es que la mesa estaba puesta para dos.

Tontolico invitó a Empujón a sentarse a la mesa. Sin dejar de suspirar escanció un barrilito hasta llenar dos latas.
- Es ron de un naufragio-explicó. Beba, por favor, de todos modos ya no queda mucho.
- ¿Pero me estaba usted esperando?-preguntó Empujón. La manifiesta deseperación de su anfitrión le movía compasión.
- ¡Qué va!- respondió al otro con tono quejumbroso-. La segunda lata estaba destinada en realidad a mi hermano Tontiloco. Pero es totalmente superflua, naturalmente, pues él no sabe nada de mí. Me ha olvidado, como olvidan todos los demás. Esto es, querido amigo, lo que me ha deparado el destino, ni más ni menos.

Tontolico parecía estar al borde de las lágrimas.
- Lo siento siceramente- murmuró Empujón tomando un pequeño trago de aguardiente-. Casi no puedo creer que la gente se olvide de usted, con el aspecto que tiene.

Tontolico asintió apenado:
- Sí, me esfuerzo desde luego lo más posible en llamar la atención en todos los aspectos. Si llevo esta vestimenta de las campanillas no es en absoluto porque me guste sino la esperanza de que algún día me retenga alguien en la memoria. Pero lo sé, lo sé, es inútil todo. Es una facultad que tiene cualquier otro y que le parece lo más natural, pero a mí, sabe usted, a mí esa facultad me falta totalmente. Además, siempre he sido así. Jamás ha habido un cambio en mí en este sentido. Y también usted, respetado amigo, me percibe sólo mientras me tiene delante. En el mismo instante en que nos separemos, no sabrá usted nada de mí. Me habrá olvidado tan totalmente como si jamás nos hubiéramos visto. ¿Se imagina usted lo que eso significa para alguien como yo? ¡Tiene usted ante sus ojos a un personaje de tragedia!
Dando un breve sollozo vacío su lata de un trago.
- ¿Se trata de una enfermedad?-se informó Empujón dando un prudente sorbito de la suya.

Tontolico llenó de nuevo la lata.
- Ya fui una vez al médico por esto, en mi juventud, porque me decía a mí mismo: ¡Tontolico, a ti está claro te pasa algo! Te falta exactamente lo que capacita a todos los demás para permanecer en la memoria de otros. Le describí la doctor minuciosamente mi enfermedad. Él escuchó con aire pensativo y dijo después que quería reflexionar sobre el asunto.

Tontolico se zampó otra vez el ron de un solo trago.
- ¿Y entonces?- preguntó Empujón.
- Nada más-respondió Tontolico enjugándose las lágrimas-.En cuanto me marché de su lado, me olvidó, como es natural, así que no pudo reflexionar. Le escribí entonces una carta, incluso, pero no sirvió de nada, lógicamente, porque no se acordaba de nadie que hubiese ido a verle y que se llamase Tontolico.
- Qué cosa más rara, en efecto- admitió Empujón-. Osea, que si, por ejemplo, usted se marchara ahora de este cuarto ¿yo pensaría que había estado solo aquí todo el tiempo?
- Exactamente- suspiró Tontolico. Retorció las puntas del bigote que ya estaba húmedo de lágrimas-. Pero no me entienda mal señor mío. No lloro por eso. Lloro por mi querido hermano al que nunca puedo abrazar ni besar: nunca jamás podré hacerlo. ¡Que desgracia!
- Ah, sí- dijo Empujón. En realidad usted estaba esperando a su hermano. ¿Por qué no ha venido?
- No viene nunca y no puede venir nunca- reanudó Tontolico sus quejas-. Es decir, que puede que venga, puede que esté ya aquí, pero eso no me sirve de nada. Es horrible, realmente horrible.
- Me ve usted lleno de perplejidad-admitió Empujón-. Si no le cansa demasiado, querría pedirle que me explicara el caso un poco más detalladamente.
- Se llama Tontiloco- empezó Tontolico-, de eso me acuerdo con absoluta seguridad.
- En efecto- interrumpió Empujón-, he visto ese nombre abajo, en el indicador al pie del monte.
- Exactamente- prosiguió Tontolico-. Sólo que hay que ir en la dirección contraria para llegar hasta él, aunque viva también en lo alto de este monte y en esta misma cabaña. Y sin embargo… y sin embargo…

De nuevo se puso a sollozar y tuvo que trincarse otra lata de ron hasta que pudo tranquilizarse. Empujón esperaba pacientemente.
- Bueno, se trata de lo siguiente-prosiguió finalmente Tontolico su explicación-; somos gemelos y tan parecidos que no se nos distingue. Y por otro lado somos muy diferentes, más aún, somos casi los extremos opuestos. Quiero decir que a él le pasa exactamente lo contrario que a mí…

Se interrumpió y dirigió una penetrante mirada a su huésped.
- Dígame usted, amigo mío, ¿no habrá estado ya con él?
- Que yo sepa, no- replicó Empujón-. Por lo menos, no me acuerdo.

Tontolico inclinó melancólicamente la cabeza.
- Ésa es la prueba de que no ha estado usted con él, pues de él usted podría acordarse. Sería por así decir lo único que le cabría hacer.
- ¿He de concluir de todo eso que su señor hermano no padece de la misma, cómo decirlo, deficiencia que usted?
- Bueno, él también tiene un defecto de nacimiento – exclamó Tontolico-. Pero lo que no se puede afirmar, por mucho que uno quiera, es que padezca por ello. He dicho antes que a él le pasa lo contrario que a mí. La presencia de Tontiloco no puede percibirse mientras él está. Sólo cuando se marcha recuerda uno que ha estado presente. Podría, por ejemplo, estar ahora con nosotros y nosotros no los sabríamos. Pero en cuanto se marchase, podríamos acordarnos los dos exactamente de que ha estado con nosotros y de lo que ha dicho y hecho.

Empujón no puedo evitar la sensación de que todo empezaba a darle vueltas en la cabeza. Solo por decir algo positivo, murmuró:
- Bueno, le prometo que saludaré a su hermano de su parte, si llegara a verle una vez por casualidad.
- ¡Eso justamente no! –gritó Tontolico, que iba perdiendo la paciencia-. ¡No entiende usted nada, pero nada de nada, de lo que le están diciendo! ¿Y usted quiere ser explorador? Es completamente imposible que usted salude de mi parte a mi hermano querido gemelo. Primero, porque usted no sabrá nunca que lo ha visto hasta después de haberlo visto, y segundo porque de mí ya no se acordará en cuanto nos hayamos separado. Ésa es también la razón de por qué no sabe él nada de mi existencia, ni lo sabrá nunca. ¿Ha comprendido por lo menos esto, señor mío?

Empujón asintió, más por educación que porque estuviese convencido.
- Bueno- prosiguió Tontolico-, se lo creo, pues hasta aquí, todo es aún bastante simple. Lo que en realidad hace que la cosa se vuelva difícil es el hecho de que mi querido hermano gemelo Tontiloco se parezca a mí como una gota de agua a otra. Lleva incluso la misma vestimenta, con las campanillas, probablemente en plan de broma. Pues interiormente, en el carácter, somos completamente distintos. Por ejemplo, al contrario que yo, es siempre divertidísimo, dispuesto a toda clase de bromas, que a veces casi pasan de la raya. Oh. Podría contarle cosas realmente malas que ha hecho. Y es que se puede permitir todo, sin riesgo ninguno, porque su presencia no puede percibirla nadie. Y soy yo luego, claro, al que todos piden cuentas de sus barrabasadas, por parecernos ambos como dos gotas de agua. ¿Y cómo voy a poder probar yo que no soy él?

- Pero- interrumpió Empujón-, por lo que he visto, esta isla está deshabitada, excepto por usted, claro y … quizá por su señor hermano. ¿A quién puede gastarle él entonces esas bromas?
- Ésa es precisamente la razón –explicó Tontolico- de por qué vivimos ahora aquí, totalmente apartados del mundo. Lo cual me resulta muy difícil, pues yo, en el fondo, soy una persona muy sociable. Pero antes, cuando vivía en otros sitios con otras personas, la situación era muchas veces insoportable para mí. Algunas veces hasta me metieron en el calabozo por cosas que yo no había hecho, sino mi hermano. Sin embargo, no se le puede tomar a mal, puesto que él no sabe de mi existencia, caso de que no esté casualmente conmigo, y esto yo, a mi vez, no puedo notarlo.
- ¿No podrían separarse ustedes-preguntó Empujón-, para que su duro destino sea más llevadero?
- ¿Y cómo?-exclamó Tontolico-. ¿Me dice usted cómo? Y aparte de eso, yo le tengo cariño, es mi hermano y mi única familia.
- Vaya por Dios-dijo Empujón- entonces yo, por desgracia, tampoco sé qué consejo darle.

- Lo ve usted -sollozó Tontolico-, no hay ayuda posible. Tengo que soportar solo la desgracia, pues a él, a mi hermano, le ha tocado la parte, con mucho, más agradable. Por cierto, si lo llegase a ver, no le crea usted una solo palabra. Al contrario que yo, no brilla precisamente por su amor a la verdad. Dicho más exactamente: miente en cuanto abre la boca. ¿Pero qué estoy diciendo? Es totalmente absurdo que yo le esté previniendo, pues usted se olvidará de mí y de nuestra conversación, tan pronto como nos separemos.
- Oiga usted- dijo Empujón, a quien el continuo gimoteo de su anfitrión estaba empezando a cansar-. Voy a proponerle una cosa. Véngase conmigo a mi barco y acompáñeme en mi viaje de exploración.

Tontolico lo miró estupefacto.
- ¿Y dejar aquí a mi pobre hermano? ¿Completamente solo y sin nadie que tome la responsabilidad de lo que hace? ¿Cómo piensa usted que eso sea posible, caballero?
- Puede venir él también con nosotros- propuso Empujón.
- ¿Puede usted garantizarme que haría eso de verdad?

Empujón reflexionó un rato y sacudió después la cabeza.
- No, si las cosas son efectivamente tal y como usted las ha descrito, eso no se podrá saber nunca.
- ¿Lo ve?- dijo Tontolico-, usted mismo se da cuenta.
- Bueno, por lo menos yo –dijo Empujón levantándose- sí que tengo que marcharme, sintiéndolo mucho. Me están esperando en el barco. Muchas gracias por su hospitalidad.
- ¿A dónde viaja usted? –preguntó Tontolico, con clara intención de prolongar un poco la despedida.
- Estamos haciendo una expedición- explicó Empujón-. Buscamos el misterioso país de Papanatíbar. Por todo lo que ha llegado a mis oídos debemos estar ya bastante cerca.

Tontolico hizo un gesto de asentimiento:
- Cerca es posible, pero nunca llegarán a él.
- ¿Y por qué no?
- Eso debería preguntárselo a mi querido hermano Tontiloco. Yo, por mi parte, le deseo buen viaje, caballero.

Se dieron la mano y Empujón se apresuró a salir de la cabaña.
No había camino alguno por el que descender del picacho, así que Empujón se dispuso, de grado o por fuerza, a iniciar el descenso a través de las lisas y agrietadas rocas. Marchaba sesgando la pendiente, siempre en espiral en torno al monte azul ultramarino, pues el camino recto hubiera sido demasiado en declive. Al cabo de un rato le faltaba el aliento y el sudor le caía por la frente. Se sentó en el suelo, volvió la cabeza en dirección a la cumbre y comprobó que a sus espaldas, justo por donde él había pasado, se había formado un camino, que serpenteaba en torno al pico, hasta el sitio exacto donde él se hallaba en ese momento. Allí se acababa y delante de él no había otra cosa que las agrietadas peñas.

Cuando por fin alcanzó el pie del monte, se halló exactamente en el mismo sitio en que estaba el poste con los dos indicadores, sólo que ahora había únicamente un camino hacia la izquierda, o sea en la dirección para la que según el letrero, se iba «A casa de Tontiloco».

Empujón no se asombró en absoluto, pues recordaba exactamente que acababa de estar con él. Había sido un encuentro divertidísimo y, al recordarlo, tenía que reírse para sus adentros. Sólo durante un breve instante le pareció que había algo fuera de lo normal en ello, pero no pudo averiguar qué era. Así que se encogió de hombros y regresó en el bote al barco. El capitán estaba sentado, como siempre desde que iniciara el viaje, en su camarote escribía el tomo no sé cuántos de su extensa novela que versaba sobre un capitán que escribía un libro que versaba sobre un capitán que escribía un libro… La bodega del barco estaba ya medio llena de pilas de papel, pero aún no había la menor perspectiva de que la voluminosa epopeya tocara su fin. Cuando entró Empujón, levantó la mirada un instante, sin dejar de escribir, saludó distraídamente y preguntó:

- ¡Ah! ¿Qué tal ha ido eso?
- Ha sido muy entretenido- respondió Empujón-.primero he subido hasta la cabaña arriba del monte. En la puerta había un letrero que decía: « Tontiloco. Pero no estoy en este momento. Búscame». Entré, pero, en efecto, allí no había nadie. Esperé un rato, al cabo salí y di una vuelta en torno a la cabaña. Allí encontré a un hombre con un traje rojo grana, un sombrero del mismo color sobre la cabeza y un bigote inmenso debajo de la nariz. Tenía campanillas colgadas por todo el cuerpo. Daba saltitos en todas direcciones, se reía y dijo:
«-Caballero, seguramente usted a seguido la dirección “A casa de Tontolico”, ¿no es cierto?»

Yo asentí. Entonces casi desternillándose de la risa exclamó:
«-¡Pero qué requetebién ha mordido usted el anzuelo! Todos caen en la trampa cuando leen allá abajo el letrero. Ha de saber usted, caballero, que el tal Tontolico no existe. Tendría que saberlo yo, si es que aparte de mí hubiese alguien que viviese aquí en la cabaña. Yo vivo solo, y eos de Tontolico me lo he inventado, nada más que por pura broma. ¿O es que lo ha visto usted? No, qué va… »
- Vaya, vaya.dijo el capitán-. Muy interesante- y continuó escribiendo.

Empujón se acarició la barbilla y reflexionó un poco.
- Pero ese Tontiloco dijo algo más- continuó-. ¿Qué fue? Sí, ahora me acuerdo. Dijo: «Si le tomo el pelo a la gente, no tengo por qué preocuparme de si alguna vez me equivoco y doy con uno que no aguanta las bromas. Quizás esté pensando usted ahor que ya no parezco persona tan fuerte como para permitirme eso. Pero mire usted, amigo, eso es precisamente lo interesante del asunto, yo no necesito ser fuerte, pues a mí no me echa de ver nadie mientras estoy presente. Tampoco usted, caballero, me está percibiendo ahora. Sólo después se acordará de mí. Podría por ejemplo robarle todo su dinero sin que usted ni se lo huela. Pues cuando se acuerde de mí, hará tiempo que ya me he quitado de en medio. ¿No es una maravilla?».
- Eso es naturalmente absurdo- murmuró distraído el capitán.
- Exactamente-dijo Empujón rebuscando en todos sus bolsillos, sin encontrar nada. Sin ambergo, había guardado allí antes el monedero.
- ¿Se ha traído al tipo ese con usted al barco?- preguntó el capitán.

Empujón caviló un rato mirando al vacío y dijo a continuación:
- Ya me gustaría saberlo.
- Déjeme trabajar ahora-rezongó el capitán-. Estoy a punto de concluir un capítulo.

Empujón salió a cubierta. Al timón estaba Matías Gali, el gigante.
- ¡Levad anclas! –le gritó Empujón-. El viaje continúa.
- ¿Qué rumbo?- preguntó el timonel.
- Dos sectores sur-norte-este-oeste- ordenó Empujón.
- ¡Pero, pero…, señor!- respondió el gran Galimatías.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

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