jueves, 8 de febrero de 2018

49. Canción nocturna de Stan Laurel



Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: LeightonNoyes


Escucha, Oli, viejo hermanito, escucha.

¿No oyes la nieve de los años pasados, cómo cae por nuestras imágenes en copos ennegrecidos? En los relojes viven las grandes arañas del tiempo, tejen velos hora tras hora y de la jungla del vacío salen resoplando las iguanas.

No debes tener miedo, Oli, en esa maleza de lianas de celuloide. Yo, tu Stan, estoy contigo. Pero escóndete, mi gordo amigo, escóndete lo mejor que puedas: por prudencia Oli, no por miedo.

Yo te acuno en mis brazos. Sigue soñando un poco, quédate acurrucado en nuestras desgajadas ramas de la realidad, caliéntate en el calor de tu vientre: ¿quién va a calentarte si no? Caliéntame también a mí, Oli, hundido en el follaje seco, helado, que se deshace chirriante, el follaje de nuestras carcajadas hace tiempo extinguidas. Sigue durmiendo, soñando, todavía no ha cantado el gallo que anuncia que no somos nadie. Sigue durmiendo, soñando, respirando, sonriendo, Oli, mi alma gemela. Escucha, aún sigue nevando esa nieve ennegrecida.

¿Qué queríamos custodiar nosotros, espantapájaros, lo recuerdas tú? ¿Y contra qué aves siniestras nos han colocado?

Escucha mi dormida voz, Oli, la voz de un durmiente en tu dormido oído, Oli, el oído de uno que duerme, un cuchicheo entre dos, en el hondo, hondo, manantial del sueño, apenas intuido, no hablado y menos aún escuchado: una vez, mi infantil gordito, llegará a ocurrir que nunca hayamos existido. ¿Pero entonces qué, hermano, entonces qué, amigo mío, entonces qué, mi único consuelo, qué pasará si alguna vez, en efecto, nunca hemos existido?

He aquí que nos retorcemos los dos, torcemos los labios, apretamos los diente, resollando en medio del sueño que no quiere soltarnos, y de pronto nos estremecemos, no despiertos aún, nos abrazamos en mortal terror, saltan por el aire los sombreros, y miramos fijamente en la oscuridad, pero todo está en silencio por siempre jamás, sólo la nieve de los años pasados sigue bajando y transforma todo en noche. Murmuramos algo, nos miramos por debajo de los párpados semicerrados, sólo vemos el blanco del ojo del otro, se nos queda la boca abierta, y volvemos a recostarnos, cada uno en su fatigoso suelo, y yo no sé qué mano echa la pesada tapadera sobre el pozo de nuestro letargo, de modo que sigue resonando largo tiempo. En las húmedas paredes de la oscuridad aún se quiebra un último sonido y viene definitivamente el vacío y el silencio. Cuando de vez en cuando nos damos la vuelta de un costado al otro, todavía suspiramos ¿cuándo?

Entonces tú estás de pronto y dices: Stan, despierta, por qué duermes tanto, levántate, vámonos al mundo, pues tamos aquí para realizar cosas, grandes y pequeñas, podemos hacerlas porque somos fuerte y sabios, y al fin y al cabo sabemos de qué va. Y de verdad que somos una radiante pareja, yo con mi sabrosa corbata, que me inunda de inmensa fuerza, y con mi apasionante bigotito, y tú, hermano cara de harina con la melena del rompedor de corazones, tú, a quien a veces, totalmente por equivocación, le sucede que hace milagros, aunque por lo general inadecuados.

Y luego soñamos que nos frotamos los ojos, que bostezamos, estiramos los miembros, nos levantamos y salimos cargados de energía y hacemos cosas grandes o importantes y el mundo nos corona de laurel. Pero cuando nos miramos los dos, el uno en el espejo del otro, sólo era otra vez verdura mustia lo que teníamos sobre las cabezas.

¿Crees tú, Oli, que Dios ha sabido alguna vez de nosotros?

Duerme, mi admirado amigo, ¿por qué es tan difícil mantener la dignidad cuando le cae a uno un martillo en el dedo gordo del pie? ¿Por qué es tan difícil llevar a cabo una gran empresa cuando le suenan a uno las tripas y de la otra esquina llega el aroma de salchichas asadas? ¿Por qué es tan difícil no rascarse en presencia de elegantes damas, cuando se tienen piojos? ¿Por qué es tan difícil esperar pacientemente cuando a uno se le ha olvidado a qué?

Las horas gotean como una tortura china y nos retumba en el cerebro como el martillo, inexorable del reloj del universo.

Que no, Oli, que cualquier pequeñez es muy grande para nosotros, y ser un hombre real es superior a mis fuerzas.

Y siempre que todo volvía a salir mal, decíamos: una vez no importa. Pero dos veces una vez tampoco importa. Y así mismo trescientos setenta y cuatro veces una vez –qué maravilla- tampoco importa. Ay, si fuésemos blancos o negros, pero como somos grises nos borran de la agenda de Dios. Somos como violines que enferman porque nadie sabe la canción que hay en ellos.

Ay, Oli, hermano querido, creo que tengo hipo.

Aquí estoy, sentado en el suelo del universo, llorando mi lloriqueo de pestañas de conejo del que se ríen hasta los ángeles.

Me gustaría tanto abrazar la luna, Oli. No el montón de escoria de los astrónomos, comprendes, sino la luna de los poetas. Pero siempre que me acercaba a ella, había eclipse de luna. Era tu sombra, Oli, la que lo causaba. Honradamente: he pensado muchas veces en dejarte para siempre. Por eso, Oli, te lo ruego, no me dejes.

Vamos a redimirnos mutuamente ¿qué te parece la idea? Pues Dios, ya lo ves, no puedo. Tienes que entenderlo: sólo conseguiríamos llenarlo de vergüenza.

¿Sabías que yo sé silbar con los dedos? ¡Mira! ¡Qué me mires, Oli, por favor!

Yo silbo con los dedos la canción de una amable sábana por cuyos agujeros silba el viento.

Yo silbo con los dedos la canción de mi corazón que tiembla de frío.

¿Qué voy a hacer si no? ¿Por qué me das golpes en los dedos?

¿Me oyes, Oli, mi único amigo: tú, al menos?

Yo silbo con los dedos mi miseria a través de la noche de nieve ennegrecida que todo lo hace invisible, a través del viento del vacío, la canción de mi soledad, yo, que no quedo en una chancleta.

Yo, que no quepo en una chancleta…


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart

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Aquel que quiera hacer magia tiene que poder dominar y aplicar su capacidad de desear