jueves, 2 de agosto de 2018

8. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: vonhou


El ángel pálido como el mármol estaba sentado entre los oyentes en la sala de audiencia, como testigo del juicio. Había tomado asiento en la primera fila a la derecha debajo de la gran ventana. Sus enormes alas sobresalían hacia atrás por encima del respaldo de su asiento y ocupaban aún los dos sitios que había a su espalda. Como era dos cabezas más alto que los demás oyentes, impedía ver a muchos, pero ninguno se quejaba. Nadie parecía reparar en él. Al contrario, constantemente una mujer muy gorda de cara terrosa se apoyaba roncando en él, como si fuese una columna. Aunque la falta de sitio le tenía que causar sin duda molestias, su severo rostro estatuario no revelaba ninguna emoción. Estaba sentado derecho e inmóvil, todo en él parecía de piedra blanca. En total daba la impresión de una estatua de cementerio de tamaño sobrenatural. Sólo sus oscuros ojos cósmicos seguían con serena concentración todo lo que sucedía.
La sala donde tenía lugar el juicio era muy grande. Hacia atrás, las filas de asientos ascendían en un semicírculo y desaparecían en una incierta luz crepuscular. Un leve murmullo de muchas voces, toses y susurros llenaba el aire. Las filas estaban repletas y las caras de la multitud, innumerables manchas blancas, se balanceaban constantemente como un mar de juncos al viento.

En lugar de una mesa de tribunal se había erigido en el lado frontal de la sala una burda estructura de tablas de unos cuatro metros de altura. Una escalera de tablones clavados conducía a una plataforma sin barandilla sobre la que sólo había una pequeña mesa y detrás una silla.

A la derecha e izquierda de esta estructura, pero ligeramente adelantadas, se alzaban dos estrechas torres hechas igualmente sin esmero, con tablas y vigas que culminaban cada una en púlpitos de oradores. Entre estas torres discurría, a modo de pieza de unión, un banco de madera largo y bajo.

Todo estaba listo para el juicio, pero el comienzo se retrasaba aún. El público no parecía, sin embargo, inquietarse demasiado, podía parecer incluso que no se interesaba apenas por lo que había de suceder allí delante. Cada cual estaba demasiado enfrascado en los cuchicheos con su vecino. Sólo el ángel mantenía la desmesurada mirada con la inquebrantable atención de sus congéneres fija sobre el escenario aún vacío, como si estuviese viendo ya lo que iba a venir.

Por fin se abrió una pequeña puerta en la pared frontal a la izquierda, junto a la estructura de tablas, y uno tras otro entraron diez, doce hombres y mujeres con batas de manga corta verde manzana y casquetes del mismo color en la cabeza. Algunos llevaban la boca y la nariz cubiertas con mascarillas blancas, todos llevaban guantes de goma. Se colocaron en una fila delante del banco entre ambas torres de madera; luego, cuando estuvieron todos, se sentaron al mismo tiempo. Algunos entre ellos murmuraron algo a los que estaban sentados al lado, éstos transmitieron el mensaje a los demás y finalmente todos dirigieron sus miradas al ángel. Este los miró fijamente, como desde muy lejos, y uno tras otro inclinaron el rostro.

De pronto sonó con ensordecedora estridencia un timbre eléctrico, algo que, sin embargo, apenas fue registrado por la multitud de espectadores. El murmullo general, los cuchicheos y las toses prosiguieron como antes. Entonces se abrió bruscamente la puerta y dos personas con negras togas ondeando al viento entraron precipitadamente. Una de ellas era una mujer de pelo gris plateado corto y una sombra de bigote, la otra un hombre rechoncho, de cara encarnada y calva brillante como un espejo. Velozmente, como si de pronto contase cada segundo, treparon a ambas torres laterales y ocuparon posiciones en los púlpitos, donde empezaron a hojear frenéticamente toda clase de papeles. De cuando en cuando se lanzaban miradas combativas. Una vez la mujer recorrió con la mirada la multitud hasta que encontró al ángel. Le saludó con la cabeza con un gesto prometedor, alzó ambas manos, dobló hacia dentro los pulgares y los apretó. El ángel no dio muestra alguna de reconocerla o comprenderla. El calvo observó el gesto de su colega y buscó a su vez en el público a la persona a la que estaba dirigido. Cuando vio al ángel, frunció enojado las cejas, sacudió la cabeza y siguió revolviendo sus actas. Una vez más sonó estridente el espantoso timbre. La pequeña puerta se abrió y una figura monstruosa entró despacio y con pequeños pasitos descompasados. Estaba ataviada de tal manera que sólo podía entrar de lado por la abertura y eso, no sin dificultades. Llevaba una especie de kimono bermellón provisto por todas partes de drapeados almidonados. Los pies permanecían invisibles, ya que el vestido no sólo llegaba hasta el suelo, sino que arrastraba varios metros. Por la insólita estatura de la figura y su manera insegura de andar podía deducirse que iba sobre altos coturnos. La cabeza y el rostro estaban tapados por un tejido de mimbre lacado rojo como una colmena. Sólo eran visibles las manos, que asomaban pequeñas y blancas entre las masas de tela con dedos separados y largas uñas afiladas.

Con amenazadora dignidad, la figura avanzó tambaleándose y giró sobre sí misma como si buscase algo. Era evidente que no podía ver nada. Algunas de las personas en bata verde manzana se levantaron rápidamente, corrieron hacia ella y la acompañaron respetuosamente hasta la estructura central. También se habían levantado los otros e incluso la mujer bigotuda y el calvo observaron con respeto, desde sus púlpitos, cómo la figura trepaba infinitamente despacio por la escalera improvisada a la plataforma. Una vez allí, se sentó con aire solemne en la silla detrás de la pequeña mesa, alzó la cesta de sus hombros y la colocó a su lado en el suelo. El rostro que apareció era blanco como la cal, la cabeza estaba rodeada de una enorme melena gris. Precisamente por lo aparatoso de la apariencia, la cara resultaba extrañamente pequeña y como de un muñeco. Miraba inexpresivamente de frente.

La gente de las batas verdes volvió a sentarse. La mujer de la toga negra hizo una pequeña inclinación hacia la figura de la plataforma y empezó a hablar. Su voz era grave y un poco ronca y por eso sólo se oía con dificultad en el murmullo general del auditorio.

- Se trata de la solicitud setenta y tres barra ochocientos nueve, cinco romano, i griega, noventa y uno. La persona hasta ahora sin nombre pide permiso para poderse encarnar. Como se desprende de los documentos acompañantes, no existe ninguna razón para negarle ese permiso. Solicito, por lo tanto, del alto tribunal un fallo positivo. 

- Le recuerdo —gritó el calvo desde el otro púlpito con una voz sorprendentemente aguda y cortante, agitando un escrito— que según estos dictámenes periciales oficiales la persona sin nombre ya ha iniciado su encarnación sin permiso alguno. Ya con eso sólo, infringe el artículo setecientos doce párrafo de la regulación de admisiones. Tales hechos consumados se crean para influir sobre el tribunal y chantajear a las demás partes interesadas. El alto tribunal se dejará influenciar por ello y rechazará la injustificada solicitud. 

- Es, en efecto, cierto —respondió la mujer—, y además nunca ha sido negado por nuestra parte, que ya se iniciaron los primeros pasos de la encarnación. Pero tal como hemos expuesto detalladamente en nuestra alegación, el solicitante partía del supuesto de que el alto tribunal reconocería la necesidad absoluta de cumplir una determinada fecha de la encarnación. Es bien evidente que ciertas condiciones sólo se dan en determinados momentos. Un adelanto o un retraso de la encarnación crearía condiciones completamente distintas e impediría, o al menos pondría en grave peligro, todo el sentido de la encarnación. Esto, sin embargo, supondría para el solicitante un perjuicio completamente injustificado y contrario al derecho de igualdad. Después de todo, el propio alto tribunal no puede hacerse culpable de un delito que está obligado a penar en los demás. Mantenemos, por lo tanto, nuestra solicitud y esperamos un fallo positivo.

- ¡Qué disparate! —le cortó la palabra el calvo—. ¡Una fecha es tan buena como otra cualquiera! De lo contrario, un privilegio o un perjuicio sería, por así decirlo, natural para todos los solicitantes. Los condicionamientos a que alude mi distinguida colega existen, sin duda, pero nunca pueden reconocerse de antemano en su valor positivo o negativo para el que se encarna. Con otras palabras: si el momento de una encarnación es para una persona favorable o desfavorable, sólo puede saberse a posteriori, a menudo incluso después de concluir la encarnación. ¡No vamos a entregarnos aquí a un falso misticismo! ¡A dónde llegaríamos si quisiéramos programar la encarnación cósmicamente! ¡Eso es sencillamente ridículo!

- ¡Ridículos —exclamó la mujer, que también se estaba acalorando— son sus razonamientos mecanicistas y materialistas, señor colega! ¡Ridículos y, peor aún, cínicos! Pues su principio de causalidad contradice la dignidad humana! ¡El hombre no es un conejo! ¡La esencia del hombre se encuentra en su destino! ¡Es único y depende de circunstancias únicas! Por eso es tan criminal impedir una encarnación como destruir una ya existente. ¡Es un asesinato, señor colega! Mi cliente lleva siglos preparando su encarnación. Ha reunido a sus bisabuelos y abuelos y ahora a sus progenitores directos. Para ello fue preciso un inimaginable esfuerzo de precisión en todos los detalles. Si su bisabuelo no se hubiese dejado extraer un diente, aquel preciso día no habría conocido a la correspondiente persona femenina que sólo viajaba de paso cuando acudió a aquel barbero de pueblo en busca de un apósito para su talón lastimado de andar. Si no se hubiesen encontrado, no habrían contraído matrimonio ni engendrado hijos, hijos entre los que había a su vez una niña que fue o habría de ser la abuela del actual solicitante. Miles, millones de detalles semejantes podrían enumerarse aquí. ¿Y usted quiere destruir este prodigio de causalidad? ¿Pretende cerrarle al solicitante la puerta delante de las narices en el último momento? ¿Quiere obligarle a comenzar de nuevo todo este penoso trabajo? ¿Con qué derecho? E incluso si comenzase de nuevo el trabajo su resultado no podrá ser, ni será nunca, lo que es ahora. Mi cliente podrá dar quizás algo al mundo que sólo puede dar ahora y sólo en las condiciones presentes. ¡Piense en los grandes santos, los genios, los héroes de nuestra historia! ¿Qué habría sido del mundo si se les hubiese negado a uno solo el derecho a la encarnación?¿Cómo puede usted asumir esa responsabilidad?

- ¿Y quién le dice, estimada colega —gritó el calvo con la cara encarnada—, que su cliente no se convertirá precisamente en uno de los más grandes criminales de todos los tiempos, en una maldición para la humanidad? ¿No sería entonces mejor negarle el derecho a la encarnación? ¡Lo que aduce usted son hipótesis insostenibles! Cuándo y bajo qué condiciones se encarna una persona es algo tan casual como la posición de las cartas en un juego. ¡Habla usted de responsabilidad! ¡Habla de la dignidad del hombre! ¡Como si no nos importase eso más que a usted! Precisamente lo que usted propone, estimada colega, nos conduce en última consecuencia a la irresponsabilidad total, porque hace imposible cualquier decisión razonable. ¡Donde todo tiene sentido de una manera misteriosa, incluso el diente extraído de un bisabuelo, nada tiene ya sentido, todo es fatalmente equivalente! Usted sabe, y todos nosotros sabemos, que hay ya demasiados seres humanos sobre la tierra. Sería verdaderamente irresponsable admitir de manera indiscriminada cualquier solicitud de encarnación. Con ello conseguiríamos lo contrario de lo que usted, querida colega, ha postulado de manera tan sugestiva: ¡la defensa de la dignidad humana! Nosotros tenemos la responsabilidad, porque tenemos los medios para intervenir. ¡No podemos sustraernos a esa responsabilidad con un par de argumentos piadosos pero baratos! ¡Y su cliente sobra, estimada colega, de acuerdo con nuestra reglamentación de encarnaciones! Personalmente lamento la dureza que nos impone la necesidad en estos casos particulares, pero estoy convencido de que es razonable. La solicitud debe ser desestimada.


En ese momento ambos oradores fueron interrumpidos por el ruido estridente del timbre eléctrico. Enmudecieron y revolvieron sus documentos con rostros furiosos al tiempo que lanzaban miradas preocupadas a la gente de las batas verde manzana. Estos deliberaban en voz baja, gesticulaban y sacudían las cabezas. Por fin eligieron a uno entre ellos, un hombre joven que se incorporó despacio y se quedó de pie con la cabeza baja y los brazos colgando como un condenado. Se quitó la mascarilla de la boca y nariz y se vio que se había puesto pálido. Con pasos cansados se dirigió a la puerta pequeña y desapareció.

La voluminosa mujer junto al ángel se había despertado por unos instantes y había seguido la escena. Ahora suspiró entusiasmada:

- ¡Ah, un juicio de Dios!

Luego volvió a quedarse dormida con cara interesada.

El ángel, que durante todo el tiempo no se había movido, alzó la cabeza y miró hacia el nicho de la ventana debajo del que estaba sentado, pues sintió que algo le goteaba encima. Efectivamente, había allí un gran recipiente de cristal que no había visto antes. Estaba lleno de tinta. Quizás el sonido atronador del timbre había hecho saltar el cristal, en todo caso el contenido se filtraba ahora por una raja y goteaba sobre las alas y la túnica del ángel. Pero éste siguió sin moverse, dejando que el líquido de color azul negro le manchase y corriese por él formando largas franjas. Su mirada oscura estaba otra vez clavada en la pequeña puerta.

Esta se abrió al poco tiempo y una mujer joven entró. Iba vestida con un largo camisón blanco y llevaba en las manos cuidadosamente una palangana de porcelana tapada con un trapo igualmente blanco.

Cuando estuvo delante de la estructura central, volvió la espalda a los espectadores, estiró los hombros, dirigió una mirada hacia lo alto donde estaba el del ropaje rojo y con un movimiento decidido retiro el trapo de la palangana. Esta estaba casi hasta el borde llena de sangre caliente aún humeante en la que flotaban, apenas reconocibles, algunos órganos.

En el mismo instante, el del ropaje blanco se levanto de la silla, su cara de muñeco se contrajo en una espantosa mueca de codicia o ira, empujó a un lado la mesita, de manera que ésta rodó con estrépito por las escaleras, él mismo bajó luego con inconcebible velocidad y se detuvo justo delante de la mujer joven, que le miraba paralizada de espanto. El del ropaje blanco hizo en el aire algunos movimientos amplios de bailarín mientras su cara se desfiguraba por completo, perdiendo todo lo que tenía de humano. Entonces se adelantó de pronto, introdujo las manos en la palangana como si buscara algo determinado, extrajo un órgano que quizás era un corazón diminuto, se lo metió ávidamente en la boca y lo engulló. Hurgó de nuevo en la palangana, salpicando de sangre a la portadora. Apenas hubo sucedido esto, arrojó lo que tenía en las manos y con mirada obsesa, jadeando y haciendo ruidos guturales, señaló con sus dedos sanguinolentos las manchas rojas que había sobre la camisa de la mujer joven. Cerró su puño derecho y lo estrelló con tan espantosa violencia contra la sien de la mujer, que ésta cayó muerta al suelo sin decir palabra. La palangana de porcelana se hizo añicos.

El ángel se había puesto de pie durante aquel terrible espectáculo y se alzaba ahora en toda su grandeza. El del traje rojo se dio la vuelta y le miró enseñando los dientes. Cuando vio las manchas de color azul negro sobre la figura blanca como el mármol, sé aproximó a ella, señaló con sus dedos ensangrentados las manchas, cerró de nuevo el puño y alzó el brazo. Entonces el ángel abrió la boca y lanzó un bramido que sonó como si reventase una gran campana de bronce. Por un momento el mundo pareció detenerse con ese grito.

El del ropaje rojo salió de su estupor, hizo un par de pasos vacilantes y mientras su rostro volvía a adquirir la expresión de un muñeco e incluso parecía preocupado, se agachó y empezó a frotar las manchas oscuras a la vez que sus labios se movían temblorosos y balbuceaban casi incomprensiblemente:

- Perdóname, por favor..., estaba un poco ofuscado..., lo siento...

El ángel seguía de pie, inmóvil con los ojos cerrados. Era como si un estremecimiento recorriese su cuerpo, un sollozo mudo, convulso.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio al del ropaje rojo arrodillado junto al cadáver de la mujer joven acariciando cariñosamente su cara. Alrededor de ambos había ahora un círculo de cinco niños que sostenían espadas de madera ante sus caras como en un gesto de saludo.

- ¡Qué hermoso! — murmuró detrás del ángel la mujer voluminosa de la cara terrosa—, los niños velan a las víctimas y a los culpables...

Y con un suspiro satisfecho se sumió de nuevo en el sueño.

El resto del público apenas parecía haberse percatado de los hechos. Seguía dando la imagen de un mar de juncos gris movido ligeramente por el viento.

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Michael Ende, biografía y artículos en español que abordan la vida y obra del escritor alemán de la postguerra, autor de La historia interminable y Momo.

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