9.10.18

64. Carta a una asustada lectora

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Noupload en Pixabay




Querida A.M.:

Sobre mi mesa de trabajo hay esta mañana unas 20 cartas de lectores que esperan respuesta. Comprenderá usted, pues, que me resulte imposible abordar sus preguntas tan a fondo como usted espera y como a mí me gustaría. Además, no se puede presentar en una o dos cuartillas el resultado de un meditar que viene durando toda una vida. Las cosas no son tan simples. Pero sí quiero darle unas cuantas indicaciones.

En primer lugar: no conozco el libro de Klaus Berger sobre mí, pero por lo que usted escribe, debería tomar nota de él con precaución. Lo que piensa sobre mí el señor Berger son sus más o menos sensatas ideas, no las mías. Se escriben continuamente tantas cosas sobre mí y sobre mis libros, cosas agradables y menos agradables, buenas y menos buenas, que yo no puedo ocuparme constantemente de ellas. De lo contrario, no lograría hacer otra cosa. Que sea justamente su profesor de religión el que le haya dado ese libro, me parece lamentable.

Yo no he estudiado «la carrera de cabalística», y si el señor Berger escribe algo semejante, lo que demuestra es que carece totalmente de conocimientos sobre el tema. Nadie puede estudiar una carrera de cabalística, pues la cábala no es una rama delimitada del saber, ni tampoco un libro único, sino que consta de cientos, de miles de libros. Tampoco se trata de espeluznante brujería o cosas semejantes.

La palabra «cábala» significa simplemente «tradición» y concierne a todo el saber más profundo de la religión judía, que desde hace varios milenios fue transmitido primero oralmente y luego por escrito. Por mi parte, opino que sólo se pueden comprender muchas expresiones del Antiguo y del Nuevo Testamento si se conocen estas filiaciones. Al fin y al cabo, Jesús y sus discípulos eran judíos, mal que les pese hoy en día a ciertas personas. Por eso me he esforzado, a lo largo de toda mi vida, por entender esa «tradición».

Lo que ya resulta casi divertido es que yo haya querido escribir con La historia interminable una antibiblia para niños.

Es cierto que estoy convencido de que el mundo y el hombre son mucho más misteriosos de lo que nos quiere mostrar nuestra ciencia actual. Por esa razón he estudiado muchas religiones del mundo, actuales y pretéritas, y tratado de comprender sus trasfondos.

Pero a su profesor de religión, usted puede decirle que yo probablemente no soy peor cristiano que él, aunque tal vez mis pensamientos e ideas le resulten insólitos. Hay, por cierto, entre los diez mandamientos, uno que se refiere al «falso testimonio». ¿Lo recordará su profesor?

No, mi libro no trata de magia blanca, negra o cuadriculada, sino de algo muy distinto, y tampoco quiero salvar al mundo con la magia: y la verdad es que no llego a entender bien a qué se refiere el señor Berger. Hace cien años, por ejemplo, la hipnosis estaba claramente encasillada en el terreno de la magia o del ocultismo y se la consideraba por tanto algo aberrante o diabólico; hoy muchos médicos la aplican con toda normalidad como método curativo, hasta los dentistas como anestesia no medicamentosa para sacar las muelas.

O sea, que también hay que ser un poco más prudente con la forma de enjuiciar las cosas. Lo que quieren decir tales expresiones, eso depende totalmente del grado de saber (o de los prejuicios).

También han dicho de mí –han sido curas, desgraciadamente- que mis libros están escritos bajo la influencia de drogas. Caso de que también le cuenten eso sobre mí a usted o a sus amigos, no se lo crea. Es mentira. Qué penuria la de esa gente que no se puede explicar de otro modo la imaginación creativa.

Y para terminar, otra cosa: por lo que respecta a la existencia de seres que no podemos percibir con nuestros normales cinco sentidos, no hay que olvidar que el Antiguo y el Nuevo Testamento están llenos de relatos sobre ángeles y demonios. Por otra parte, si los intérpretes actuales de la Biblia dicen: eso era antes, hoy estamos enterados y sabemos cómo es en realidad, eso sólo significa que ellos anteponen su opinión a la de los autores bíblicos. Ellos eligen lo que encaja con sus ideas, todo lo demás lo han eliminado a base de explicaciones. Pero entonces, eso pueden hacerlo, como es natural, con todos los contenidos de la Biblia, y así lo hacen, lamentablemente.

He dicho y sigo diciendo que cada uno de los árboles es mucho más que sólo el resultado de procesos físico-químicos. Tras la figura exterior de un árbol hay algo vivo y esencial que es de índole espiritual, al igual que tras toda criatura de la naturaleza. Solamente una imagen del mundo desprovista de amor y de espíritu puede poner esto en duda. Esa visión materialista nos ha conducido ya a la devastación de la naturaleza. Con panteísmo no tiene absolutamente nada que ver esto que digo.

Lo espiritual y anímico que hay en los fenómenos del mundo y detrás de ellos está oculto a nuestra directa percepción sensorial. Y entonces no sólo el cristianismo sino todas las grandes religiones del mundo hablan de lo oculto, es decir, de lo divino y espiritual que subyace a todos los fenómenos de la creación. Así que no le asuste esa palabra. En su origen, no tiene nada que ver con superstición ni charlatanería, aunque algunos apóstoles de las zanahorias y algunos gurús sectarios hagan mal uso de esa palabra para sus propios fines. Pero todo se puede emplear mal, incluso el cristianismo, como la historia enseña.

Con cordiales saludos y con el bienintencionado consejo de que en el futuro obtenga sus informaciones sobre este tema, en lo posible, de más de un libro una «Antibiblia para ateos». La expresión «libro de los libros» no sólo la utilizan los cristianos para la Biblia, sino también los judíos para la Torá, los musulmanes para su Corán, los hindúes para el Bhagawatgita, etcétera: o sea, que lo que yo habría escrito es también un Anticorán, un Antibhagawatgita, etcétera. Querida A.M., no se crea usted todo lo que la gente imprime y cuenta por ahí.

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