21.12.18

La historia sin fin

Texto: Beatriz Erlanz en La tabla esmeralda
Imagen: Michael Ende. Age Fotostock

Michael Ende era de Baviera, nació un 12 de Noviembre de 1929 y escribió libros. Libros mágicos y sorprendentes, libros en los que la dicotomía realidad-fantasía se difuminaba. Él fue el autor de una de las obras más celebradas de los últimos tiempos de literatura juvenil, aunque a él no le agradara especialmente esa etiqueta, un libro que tuvo un éxito comercial apabullante gracias también a un film que pobremente captaba la auténtica esencia de un volumen repleto de sorpresas filosóficas y compleja simbología. Y es que Ende incluso demandó judicialmente a los productores de la película tras contemplar el desatino y quiso que no se vinculara su obra con semejante producto de consumo exclusivamente infantil. Él mismo, entre otras cosas, comentó lo siguiente:

Pero las eventualidades quisieron que esta obra fuera en realidad más conocida por esa película que por las letras, y aunque no fuera ni mucho menos la mejor presentación para la novela, la lanzó al estrellato irremediablemente.

Y así sucede que a la mayoría de los fans de la película, insuflados de la nostalgia infantil que todo lo idealiza, defienden el celuloide y no les acaba ni de gustar el libro (la segunda parte, arguyen, es "complicada") ni logran comprender el verdadero trasfondo de la obra.Y los fans del libro suelen renegar de una película (con sus tristísimas secuelas) que no se acerca ni por asomo al barroco y enigmático universo de Ende.

Pero es lo que tiene encasillar obras inclasificables en general. Y La historia interminable definitivamente no es para niños.

No obstante, sin ánimo de entrar en polémicas inútiles, esta Tabla Esmeralda está dedicada al libro, ese gran desconocido, no a la película, que no es mas que su reflejo turbio; y, por supuesto, a su autor, Michael Ende.

Michael Ende era hijo del pintor surrealista Edgar Ende, con el que tuvo siempre una relación muy especial y al que homenajeó en una de sus obras, Der Spiegel im spiegel (1983), El espejo en el espejo, una recopilación de historias laberínticas de corte onírico-borgiano e inesperada violencia y penumbra. Edgar fue un artista de cierta fama y colega de André Breton; de pensamiento platónico y profundamente espiritual, más cercano quizás a William Blake que a la escuela francesa en ideario, aunque sus influencias plásticas eran evidentes: Magritte, de Chirico. El propio Michael diría de su padre:
(...) estaba convencido de la realidad de un mundo espiritual, situado más allá de nuestra percepción sensorial. Con esto no debe creerse que él tomara por esa realidad espiritual las imágenes que contemplaba por vía meditativa. Él insistía una y otra vez en que esas imágenes no eran, por supuesto, la realidad espiritual, pero que justamente a través de ellas, a través de lo extraño, curioso, chocante, encontraba su expresión ese mundo espiritual. Según él, el contacto con el verdadero mundo espiritual va unido, sobre todo para el hombre moderno, a una vivencia de shock, precisamente de ahí viene ese miedo subconsciente ante ella, un miedo que suele quedar encubierto bajo la capa de rechazo burlón o escepticismo lógico.
Un hombre singular que no tardó en llamar la atención del régimen nazi que lo proscribió e incluyó dentro de la Entartete Kunst o el Arte Degenerado, junto a otros artistas como Otto Dix o Paul Klee. Pero esa prohibición y el consiguiente exilio en su propia patria, desaparecieron al finalizar la guerra, volviendo a retomar los pinceles hasta su muerte en 1965.


Línea Infinita (1951)
Criado en un ambiente muy cargado a nivel cultural, Michael Ende pasó su infancia y adolescencia; y por si faltaba poco, acudió a una escuela muy especial: una escuela Waldorf. Las escuelas Waldorf tenían (y tienen) un sistema pedagógico revolucionario innovado por su fundador, Rudolf Steiner. Este peculiar filósofo y pedagogo, fue la figura clave para la creación de la Antroposofía, y aunque no compartiera su ideología, trabajó también como secretario general de la Sociedad Teosófica alemana durante años... y era un gran fan de Goethe y Nietzsche. Entre otras muchísimas e interesantes cosas.

Con la dureza de la guerra, su militancia en un grupo anti-nazi (Frente Libre Bávaro) y deserción del ejército a los 16 años, a Michael Ende no le quedó mucho dinero para comenzar sus estudios universitarios, así que optó por la Academia de Artes Escénicas de Munich Otto Falckenberg, afilliada al Teatro de Cámara de la ciudad, para estudiar interpretación, que era lo que más se acercaba a lo que él deseaba ser: escritor de obras teatrales.

Y así, a partir de los años 50, se dedicó a diversas actividades artísticas que fueron desde ser actor, escribir críticas de películas y libros en la radio alemana a ser guionista de números nocturnos para cabarets. Hasta que por fin, en 1960, consiguió el reconocimiento en su patria gracias al Premio Nacional de Literatura Alemana que recibió por Jim Botón y Lucas el Maquinista.

Debemos aclarar que Michael Ende no era un autor de literatura infantil, y esta confusión resultó fuente de frustraciones para Ende. Él aseveraba que escribía para niños de 8 a 80 años, que se dirigía al niño interior de todo ser humano, lo que no quiere decir que sus obras sean para peques. Este “estigma” de escritor para niños lo incordió a lo largo de su vida... y no habría tenido nada de malo si lo hubiera sido, pero la cuestión es que no lo fue.

Es innegable que siempre tuvo una especial tendencia, marca de la casa, de mezclar fantasía y realidad con sorprendente naturalidad; y que quizás por ello se le haya considerado autor para niños o adultos jóvenes de manera injusta. La obra de Ende es bastante compleja y se debería leer en diferentes niveles.

Pero centrándonos en la obra que hoy nos incumbe, La Historia Interminable, podemos decir que tuvo una génesis singular. Michael Ende tenía planteada una novela corta, pero conforme iba adentrándose en las historias que iba creando, se dió cuenta de que se le estaban yendo de las manos. Solicitó continuas prórrogas a su editor, aplazamientos al no poder controlar el hecho de que el libro crecía y se alimentaba a sí mismo. Ende se encontraba cada vez más imbuído de su propia obra, su progresión le resultó casi incontrolable y le costó alcanzar una conclusión. El mismo proceso creativo del libro hizo honor a su título: se hizo interminable. Pero no todo quedó allí. Esta obra tenía características muy especiales, y exigió por su propia naturaleza, una serie de condiciones físicas de fabricación e impresión, que pospuso todavía más su publicación.

Pero, finalmente, 3 años después de que se esbozara la primera idea original del libro, en 1979, salió a la luz en Alemania, La Historia Interminable.

En España se publicó en 1983 y tuvimos además la gran suerte de contar con uno de los mejores germanistas de estos lares, Miguel Sáenz, que realizó una excelente y minuciosa traducción para Alfaguara.

Las primeras ediciones poseyeron esas peculiaridades que contribuyeron a la demora de su publicación y que, en siguientes ediciones, salvo en las de bolsillo, se fueron respetando:

- Cubiertas cobre o marrón de aspecto envejecido con un símbolo muy representativo en ella dominando la portada: dos serpientes, una blanca y otra negra, que se muerden la cola una a la otra.

- Letras capitulares ilustradas a manos de Roswitha Quadflieg, bellamente ornamentadas al estilo de las miniaturas medievales.

- Impresión a dos tintas, cobre y verde esmeralda, como así lo exige tanto el argumento como la misma naturaleza del libro.

Pero, ¿qué es La Historia Interminable? Pues es un libro dentro de un libro. Una historia dentro de una historia, que está dentro de otra historia y así de manera sin fin...de manera infinita, que invoca la idea de recursividad, del tiempo circular, de que la fantasía y la realidad son parte de lo mismo. No es casual la elección de Michael Ende, como símbolo globalizador de su obra, de un ouróboros: serpiente o dragón que se muerde a sí misma la cola formando un círculo y que refiere directamente al concepto de eternidad, de la naturaleza cíclica del cosmos, del monismo alquímico que se apoya en Lavoisier para expresar que todo es uno (εν το παν), la unión entre inconsciente-consciente (realidad-fantasía), el concepto filosófico de eterno retorno, etc.

La Historia Interminable de Michael Ende es una alegoría contemporánea magnífica sobre los dilemas que afronta la conciencia en su inmersión en el mundo de los símbolos y los mitos culturales. Un homenaje fabuloso a la historia de la literatura y a la filosofía de todas las épocas y lugares. Su argumento, sintetizado, es el reflejo de ello: la búsqueda vital del protagonista, de sí mismo como ser humano físico y espiritual, y de su verdadera Voluntad. Un viaje iniciático para hacer valer la famosa máxima filosófica griega de γνῶθι σεαυτόν, conócete a ti mismo. Esa búsqueda de su verdadera Voluntad es claramente influjo de Nietzsche, cuyo legado se percibe a lo largo de la novela con claridad. Aunque también se advierten a Novalis, Las Mil y una Noches, Freud, Borges, Shakespeare o a la Alicia de Carroll.

Es la búsqueda épica del héroe, como la de Jasón o la de Frodo, rezumante de arquetipos reconocibles que ahondan y renuevan lo atávico.

Está claro que una lectura superficial del libro, como mero relato de aventuras de dos niños en un mundo quimérico y extraordinario, puede llegar a deslumbrar tanto por su exuberancia que, llegada la segunda parte del libro, la mayor parte de los lectores están ya más que saciados de Fantasía. Y el problema es ese. No es un simple libro de aventuras. El mismo Ende, con habilidad y sutileza, anima a una lectura en un segundo nivel. Y a cada lector además de manera personal y única porque el propio argumento exige en cierta forma su intervención. Si se desea comprender la historia, ya no se puede ser un mero espectador, la conexión libro-lector es necesariamente activa, no pasiva.

El libro, como antes hemos mencionado, está dividido en dos partes y una sin la otra no tienen sentido.

En la primera se nos cuenta del misterioso y prohibido libro que un niño gordo, torpe y carente de afecto, roba de la tiendecita de libros de un malencarado librero llamado Karl Konrad Koreander. Allí, en ese enigmático libro, Bastián Baltasar Bux, el niño cobarde y débil, leerá las aventuras de un niño que es en todo su opuesto: valiente, amado por todo su pueblo y capaz, Atreyu. Este audaz y heroico muchacho, ha sido enviado a una misión: encontrar al salvador de su mundo, Fantasía, que está siendo devorada por una nada que la reduce a la no-existencia. Esa nada además parece estar relacionada con una extraña dolencia que sufre la soberana de su mundo, la Emperatriz Infantil, que lo envía para hallar cura a tamaña desolación. En su búsqueda se unirá el famoso dragón de la buena suerte, Fújur, e irá acompañado también del símbolo de autoridad y poder de la Emperatriz Infantil, el Áuryn, ouróboros omnipresente.

Michael Ende nos conduce hasta el punto de que el que era lector del libro, se convierte en el actor principal de la historia, pues es el único que puede salvar Fantasía. Él, un niño obeso y miedoso, es el héroe que necesita la Emperatriz Infantil para salvar Fantasía otorgándole un nuevo nombre.

Y así comienza el legendario Enûma Eliš:
Cuando en lo alto el cielo no había sido todavía nombrado, ni había sido llamada con un nombre abajo la tierra firme...
Este poema babilonio, en sus primeros versos, donde nos indica muy elocuentemente que lo que no tiene nombre NO EXISTE, es el argumento filosófico al que acude Ende para explicarnos que para dar vida a algo hay que nombrarlo, otorgarle su esencia. Y debe ser un acto consciente, voluntario. Pero Bastián, antes de darle un nombre a la Emperatriz, tiene que advertir y aceptar la auténtica realidad a través de la Emperatriz Infantil y la indescifrable figura, arquetípica también, del Viejo de la Montaña Errante, que es el genuino escribiente de La Historia Interminable. Bastián enfrenta el hecho de que él forma parte de esa historia que está leyendo y que su obstinada impasibilidad hacia ella, lo obliga a repetir a él, a todos, una y otra vez, en un bucle sin fin, sus propias vivencias desde el momento en que se hace con el libro hasta entonces. Sólo él dándole un nombre, puede romper ese círculo, ese Eterno Retorno y crear un nuevo camino, su propio camino, donde encontrarse a sí mismo y a su Voluntad Verdadera.

La segunda parte del libro es la inclusión de Bastián en Fantasía.

De lector pasa a ser protagonista de su propia vida. Y es en Fantasía donde comienza una segunda búsqueda mucho más importante que la anterior: que es la de sí mismo.

Para ello, la Emperatriz Infantil lo dota del Áuryn, también llamado el Esplendor o el Pentáculo, que le concederá todo deseo que surja de su mente pero a un precio: le robará un recuerdo de su vida del mundo real.

A través de sus deseos, va moldeando lo que él cree que es su voluntad, y corre multitud de aventuras donde se va descubriendo que todo es vanidad salvo...

Y Bastián acaba sin recordar quién era en realidad, aferrado a un último recuerdo que no sabe ni ubicar ni comprender... y que pierde también.

La Historia Interminable puede interpretarse desde diferentes perspectivas. La más evidente sería la de que fantasía y realidad son necesarias en el proceso de creación de cualquier artista o ser humano. La fantasía se necesita como fuente e inspiración, si se olvida o se pervierte (la nada que destruye en la primera parte del libro) se mata la libertad creativa y la propia creatividad, generando mentiras; y si por el contrario se olvida la realidad centrando la atención y esfuerzos en la fantasía, la mente se pierde en sí misma olvidando el verdadero objetivo de crear en el mundo físico, en la realidad.

Evidentemente, se podría ir capítulo a capítulo, párrafo a párrafo y desmigajar el simbolismo de cada figura, cada personaje e incluso cada palabra; porque tienen un significado más allá de lo aparente.

Por ejemplo, Atreyu no es solo un niño de piel verde olivácea, valiente e inteligente, no es solo la representación del héroe clásico: es la antítesis de Bastián y por ello, es el mismo Bastián. Ambos son el reflejo de uno y de otro, dos caras de una misma moneda, una serpiente oscura y otra clara que se muerden mutuamente la cola. Así lo vemos, por primera vez, con la llegada de Atreyu a la segunda puerta del Oráculo de Uyulala, la del espejo que revela el auténtico ser del que se mira, donde en vez de verse a sí mismo en su superficie, vislumbra con nitidez a Bastián.

Hay otro ejemplo brillante de esta simbología y alegorías tan propias de Ende como el viaje de Bastián por el Templo de las Mil Puertas, que es un laberinto de la voluntad. Allí se ve obligado a elegir, a escoger una puerta tras otras (cada una de estas puertas es distinta y tiene su propia naturaleza). Una elección le lleva obligatoriamente a otra y así, sin fin, si no logra definir lo que de verdad desea. Ese deseo en la novela es encontrarse con Atreyu, encontrarse a sí mismo. Y después de ello, descubrir algo más. Es también una representación diáfana del recorrido vital de todo ser humano, de lo que se acepta y a lo que se renuncia. Cada elección supone una responsabilidad y una negación de otra opción posible.

Es comprensible el mosqueo que pilló herr Ende cuando, tras todo lo que intentó evocar y plasmar en su novela, esta quedara reducida a una banal historieta para niños sin chicha alguna. Y no nos estamos refiriendo a que el lenguaje cinematográfico sea distinto del literario, a que las adaptaciones de libros en el cine suelen ser casi siempre decepcionantes en comparación porque eliminan tal subtrama, personaje o modifican tal capítulo; o de las exigencias de cuatro frikazos intransigentes. Lo que indignó a Ende fue que la médula del libro ni siquiera se rozó en la película, reduciéndola a los cuatro tópicos del cine de fantasía Hollywoodienses. Pero obviamente, esa primera adaptación es miel sobre hojuelas si es equiparada con los adefesios que la continuaron, incluidas versiones animadas y series televisivas. Y este traspiés en el cine (a pesar de que sea muy querido por mucha gente) ha impedido durante muchos años (y lo sigue haciendo) una aprehensión y cabal valoración de La Historia Interminable.

Por ello, desde la Tabla Esmeralda, os instamos a abordar esta maravillosa obra con otros ojos, obviando el mundo del celuloide y los prejuicios. 

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