19.1.19

17. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



En realidad se trataba de las ovejas, pero también las personas teníamos que permanecer ocultas, pues todo el que no obedecía la orden tajante de entregar todas las ovejas, ponía en peligro su propia vida. Bastaba incluso saber dónde se encontraban ovejas y no denunciarlo.

Por qué razón se exigía la entrega de los animales con medidas tan rigurosas era algo que ninguno comprendía bien, pues no parecía en absoluto que todas las ovejas recogidas fuesen sacrificadas inmediatamente. Al fin y al cabo, no existía semejante necesidad de carne y menos aún de oveja. A lo sumo, la mitad de los animales entregados eran sacrificados en seguida, lo que sucedía con la otra mitad, si era encerrada primero en grandes establos de reserva o si era enviada fuera del país, no lo sabía ninguno de nosotros.

Y como no comprendíamos aquellas medidas, desarrollamos, al menos en aquellos primeros días, las suposiciones más fantásticas, respecto a los detalles.

En todo caso estábamos todos muy contentos de haber encontrado esa nave vacía para nuestras ovejas. Hanna, mí mujer, opinaba que tenía que tratarse de un antiguo garaje o de algo parecido. Yo, en cambio, estaba empeñado en que ese edificio no podía ser otra cosa que una nave de mercado. En el fondo, ninguna de las dos cosas podía demostrarse. Los cobertizos bajos a los que habíamos conducido las ovejas y que discurrían a lo largo de las paredes no hablaban en favor de lo uno ni de lo otro.

Nada, dice la gente, resulta en tales circunstancias más duro que la espera. Yo no puedo confirmar esa experiencia. Nuestro estado de ánimo era más bien eufórico, casi hilarante. Formábamos grupos grandes y pequeños y charlábamos animadamente. Algunos deambulaban también por la nave, solos o en parejas. Continuamente se podían oír risas a través del bullicio de las voces. Sí, efectivamente, nos reíamos, encontrábamos divertido que los carniceros, que con sus delantales ensangrentados registraban por cientos toda la ciudad en busca de ovejas escondidas, entrasen y saliesen, incluso en la casa vecina, y que no se les ocurriese buscar en nuestra nave. Algunos de nosotros hacían incluso comentarios burlones sobre el olfato evidentemente atrofiado de los mocetones.

Al final nos sentíamos tan seguros, que hasta dejamos salir a las ovejas de los cobertizos. Los animales se quedaron un poco desconcertados y turbados entre nosotros y se dejaron contemplar. De cuando en cuando balaba uno. Eso, sin embargo, nos pareció un poco arriesgado. Y cuando poco después observamos que precisamente de la casa vecina, donde los carniceros entraban y salían constantemente, era sacado un pequeño rebaño de quizás diez ovejas y cargado a un camión que esperaba, nuestro buen humor desapareció de golpe. Apresuradamente condujimos otra vez a nuestras protegidas a los cobertizos y cerramos cuidadosamente sus puertas. Fuera, el camión giró dificultosamente y con mucho estruendo, y por fin se alejó.

Apenas había pasado media hora cuando el mismo vehículo regresó y se detuvo justo delante de nuestra nave. El portón fue abierto violentamente y bajaron algunos carniceros de la parte del camión cubierta con lonas. Con gritos de hooo-hupp retiraron juntos de la superficie de carga gigantescas y sangrientas piezas de carne, tan enormes que tenían que llevarlas dos o tres hombres juntos sobre los hombros. No sé de qué animales podían proceder esas piezas, de elefantes o mamuts, en todo caso, no de ovejas.

Sin embargo, el espectáculo nos aterró, sobre todo cuando vimos que los carniceros se disponían a trasladar sus cargas sangrientas directamente a nuestra nave. El hooo-hupp regular se había convertido en una especie de soniquete monótono, dos líneas que se repetían constantemente y a cuyo ritmo se movían los hombres:

¡Coge la víctima! ¡Lleva la víctima!
Quien no trae una víctima, se convierte en víctima...

Todos entonamos poco a poco este soniquete, puramente con la vana esperanza de demostrar así a los carniceros nuestro carácter inofensivo y nuestra conciencia tranquila respecto al seguimiento de la orden general. Sin embargo, cada uno de nosotros temblaba ante la posibilidad de que una de las ovejas escondidas en los cobertizos empezase a balar. Cada vez cantábamos más alto para acallar un posible ruido delator de nuestros animales, pero afortunadamente éstos permanecieron asombrosamente callados, como si hubiesen comprendido el peligro de la situación, lo que naturalmente era imposible.

La comitiva de los carniceros cargados de carne, que por cierto eran mientras tanto muchos más de los que podían haber venido en el camión, se movía con pasos lentos, de procesión precisamente, hacia el lugar donde estaba yo con mi mujer Hanna. La aparté a un lado y mientras me volvía a medias, descubrí en la pared detrás de nosotros, entre los cobertizos, una puerta que estaba abierta y parecía conducir a un sótano. Los carniceros marchaban hacia ella y uno tras otro desaparecieron en la profundidad con sus cargas.

Me resultó extraño que no regresase ninguno. La comitiva se movía, según todas las apariencias, en una sola dirección, desde el camión que estaba delante de la nave a la puerta del sótano. Este hecho me fascinó tanto, que durante mucho tiempo no pude apartar mi mirada de las figuras que pasaban. Me dije que seguramente volverían a salir a la luz del día por otra puerta, pero en cuanto intentaba grabar en memoria uno de los rostros para reconocerlo cuando pasase la próxima vez, mi miopía me impedía ver y el rostro se volvía borroso, aunque yo llevaba puestas las gafas y guiñaba los ojos. No podía explicármelo bien. De pronto tenía vista ovejuna, como decimos entre nosotros, pues, como es sabido, las ovejas, ven de manera imprecisa o también doble, sobre todo cuando sienten miedo.

Una tensión inaguantable se había apoderado de mí y me volví hacia Hanna con la esperanza de leer en su expresión algún signo de tranquilidad o de ánimo. Pero ella se había ido mientras tanto, probablemente no pudo soportar más tiempo la vista de los carniceros.

Me esforcé en parecer natural y deambulé entre nuestra gente cantando en voz alta la canción de los carniceros. El edificio tenía una especie de nave lateral y allí vi por fin relucir durante un instante los cuadros marrones y blancos del vestido de Hanna. Caminé de prisa hacia ella y vi que hablaba con mi anciana madre, que estaba sentada delante de ella sobre una pequeña sillita plegable.

- ¡Por fin te encuentro! —dije casi sin aliento.


Ella levantó brevemente la vista, saludó con la cabeza sonriendo, volvió a inclinarse hacia mi y habló a media voz con ella.

Miré hacia atrás por encima del hombro. Todavía seguían entrando carniceros en una fila ininterrumpida, aún cantaban su canción y llevaban sus terribles cargas. ¡Y allí enfrente, junto a la puerta, donde había estado antes con ella, estaba Hanna, todavía allí! Estaba vuelta de espalda, pero la reconocí por los grandes cuadros marrones y blancos de su vestido, por el brillo rojo de su pelo, por su figura, sus movimientos. Había alzado los brazos hacia los lados como si fuese a bailar, chasqueaba los dedos y se mecía ligeramente al compás del soniquete.

Giré rápidamente. ¡Delante de mí estaba ti bien Hanna, inclinada aún sobre mi madre, conversando!

La agarré con dureza del brazo y la hice enderezarse.

- ¡Me haces daño! —dijo ella—. ¿Qué pretendes?

Yo no podía hablar de lo excitado que estaba. Con el brazo extendido señalé a la otra Hanna. Pero aquella que yo agarraba por la muñeca no parecía comprender lo que me asustaba. Me miró y sacudió la cabeza un poco irritada. Su cara me parecía una mancha blanca.

- ¡Sí, efectivamente! —oí decir a mi madre. De modo que ella también veía lo mismo que yo.

Y entonces sucedió lo que yo más había temido: aquella otra Hanna de allí enfrente se dio media vuelta y vino de prisa hacia nosotros, como si me hubiese estado buscando. Cuando vio junto a mí a su propio doble, cuyo brazo yo seguía agarrando, se detuvo, extendió ambas manos y exclamó riendo.

- ¿Jaina, tú?

Las dos se dieron la mano como viejas amigas que vuelven a verse después de mucho tiempo y era como si cada una mirase a un espejo: ¡dos manchas idénticas!

Quise gritar: «¡No, no, ésa no es Jaina! ¡Eres tú misma!>> Pero en lugar de eso se me doblaron las piernas, caí a cuatro patas y ¡balé..., balé!

Las dos mujeres se miraron indecisas, dudando ya. Sus manos se separaron.

Los carniceros habían interrumpido su cántico y vi cómo, doblados bajo sus gigantescas cargas de carne, nos miraban de soslayo con las frentes inclinadas.

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