25.1.19

24. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



Bajo un cielo negro se extiende un país inhabitable, un desierto sin fin de cráteres de bombas, bosques petrificados, cauces de ríos secos e interminables cementerios de coches.

En medio de ese desierto se encuentra una ciudad sin gente. Una ciudad llena de sombras y negros huecos de ventanas, el esqueleto de una ciudad.

En medio de esta ciudad hay una feria, allí es donde el silencio es más profundo. Las oxidadas góndolas de la noria gigante se balancean en el frío viento y los caballitos del carrusel están grises de polvo.

No se oye nada, excepto el impacto regular de una gigantesca gota de agua que cae, sin cesar, sin cesar, enorme y tenaz.

¿O es el latido de un corazón? Pero si es un corazón lo que late, ¿de quién es? ¿De un hombre? ¿De un animal? ¿De un ángel, tal vez?

En medio de la feria muerta está un niño. Se encuentra delante de una caseta pintada de colores con innumerables figuras que prometen risa, emoción y prodigios. Al cabo de un rato, como nadie se lo impide, se aventura al interior de la caseta. Allí encuentra un par de bancos de madera desgastados ante un telón cerrado, muchas veces remendado, que en la penumbra se mueve levemente con la corriente. De pronto la luz de las candilejas asciende mágicamente por los pliegues. El niño se sienta atrás del todo en el último banco y espera.

Al cabo de un rato se oye una voz. Viene, al parecer, de detrás del telón y suena un poco ronca, como si no hubiese hablado hace tiempo o como si hablase por primera vez.

- ¡Damas y caballeros! –dice-, nuestra función comenzará enseguida, pero les rogamos que tengan aún un poco de paciencia. Nuestro teatro no es como los otros teatros, no funciona mecánicamente como un barco de vapor, semeja más bien a un buque de tres palos que depende de las mareas, del viento y de las corrientes. Y, damas y caballeros, tendrán que reconocer que en comparación con la brutal y obtusa obstinación de un barco de vapor, un barco de tres palos es bello y sensible, aunque, naturalmente, un poco anticuado, como todo lo noble.

<< Lo que les mostramos, damas y caballeros, no los hará más inteligentes ni virtuosos, pero nuestro teatro no es escuela ni iglesia, las desdichas del mundo no disminuirán con nuestra representación, aunque tampoco aumentarán, ¡lo cual no es poco! No tenemos ninguna intención, ni siquiera la de engañarlos. Nosotros no argumentamos, n queremos demostrar, denunciar, ni enseñar nada. Ni siquiera queremos convencerlos de la realidad de nuestra representación, en el caso de que prefieran considerarla una fantasía. Podría parecer que no los necesitamos en absoluto, damas y caballeros, pero no es así.

Se produce una pausa, en la que se oyen murmullos excitados detrás del telón. El niño del último banco tiene la barbilla apoyada en la mano y espera.

- Henos aquí –prosigue la voz, ahora con fuerza-, ustedes allí abajo y nosotros aquí arriba. Y sin duda empezarán a preguntarse, con todo el derecho de quien ha pagado su entrada, ¿por qué y para qué? ¿quieren saber, damas y caballeros, por qué no puede empezar aún nuestra función? Tengo el gusto de comunicarles que nadie tiene la culpa.

<< Lo que en circunstancias actuales crea tantas dificultades es la encarnación. Nuestro mago lleva horas trabajando con el sudor de su frente y con los más poderosos conjuros, desde Agripa a Einstein, para condensar hasta la visibilidad la figura que hay detrás de este telón. Sin embargo, hasta ahora sólo es bidimensional y está en constante peligro de deshacerse en un montón de letras. Claro que quizás se debe a que antes haya que desaparecer tantas cosas que han quedado de representaciones anteriores, y que ahora bloquean el escenario. Dependemos de su colaboración, damas y caballeros, de modo que si quieren ser tan amables de ayudarnos, les damos las gracias en nombre de la dirección. ¡Presten atención!

<< Su misión consiste en imaginar con todas sus fuerzas un funambulista. ¿Lo ven? Arriba del todo, entre dos palos, cintilante y de pies gráciles y debajo nada más que un trocito de cuerda oscilante y el abismo. ¡No, damas y caballeros, no hay red! El deber de un funambulista de verdad es jugarse el cuello y la cabeza. El cuello y la cabeza propios, se comprende, pues al fin y al cabo un funambulista no es un general.

<< Pero ¿para qué?

<< El funambulista quiere ir de un lado a otro de la cuerda tensada en lo alto. Podría ir al otro lado cómodamente y sin peligro a ras del suelo, eso le llevaría a la misma meta; pero no, tiene que elegir a toda costa el camino por la cuerda. ¿Por qué?

<< Por el sueldo no, desde luego, es demasiado escaso. Su temeridad no sirve a nadie y menos a el. La admiración del público pesa poco frente a la amenaza de caer. Y además, un verdadero funambulista cumple también con su deber cuando nadie lo mira.

<< ¿Y le interesa acaso llegar de un lado a otro? ¿Es que no son intercambiables ambos lados? ¿Para que?, piénselo bien, ¿pone en peligro su existencia, ya de por si precaria? ¿Y eso una y otra vez?

En ese momento empieza a abrirse chirriando, lentamente y a trompicones el andrajoso telón multicolor.

- ¡Bravo! –exclama la voz-, no sabemos, damas y caballeros, quien de todos los que están ahí abajo acaba de pensar la respuesta correcta, pero gracias a el se ha producido la encarnación. ¡Allez-hopp! ¡E voila! ¡Aquí esta!

Sobre el escenario en la penumbra hay un hombre que lleva un sombrero grande y extraño. Con la mano izquierda señala hacia arriba y con la derecha hacia abajo. Así permanece un ratito sin moverse. Después se dirige de pronto al proscenio, se quita el sombrero y se inclina profundamente, casi hasta el suelo, delante del niño del último banco.

- Gracias –dice-, lo has hecho muy bien.
- ¿Quién eres tú? –pregunta el niño.
- El Pagad –contesta el hombre sentándose en el borde del proscenio y columpia las piernas.
- ¿Y qué eres? –pregunta el niño.
- Un mago –responde el hombre- y un prestidigitador. Ambas cosas.
- ¿Y cómo te llamas? –quieres saber el niño.
- Tengo muchos nombres –contesta el Pagad-, pero al principio me llamo Final.
- Es un nombre raro –opina, riéndose el niño.
- Sí –dice el Pagad-, ¿y tú cómo te llamas?
- Yo sólo me llamo Niño –dice, turbado, el niño.
- Muchas gracias, en todo caso –dice el hombre del sombrero-, por haberme presentado a ti. Así puedo presentarme ahora a ti. Y con esto termina la función –el hombre guiña un ojo.
- ¿Ya? –pregunta el niño-. ¿Y qué hacemos ahora?
- Ahora –contesta el hombre desde el proscenio cruzando las piernas-, ahora vamos a hacer algo.
- ¿Puedo quedarme contigo? –pregunta el niño.
- Preguntarán por ti –opina, serio, el Pagad.

El niño sacude la cabeza.

- ¿Dónde vives? –inquiere el Pagad.
- No se puede vivir ya en ninguna parte –contesta el niño-. Yo, en todo caso, no puedo.
- Entonces yo tampoco –opina el Pagad pensativo-. ¿Qué hacemos?
- Podríamos irnos juntos –propone el niño- y buscar un mundo nuevo, donde podamos vivir los dos.
- ¡Buena idea! –dice el Pagad poniéndose su sombrero grande y extraño-. Y si no lo encontramos, inventaremos uno.
- ¿Es que tú puedes? –pregunta el niño.
- No lo he intentado aún –responde el Pagad-, pero si tú me ayudas… Por cierto, encuentro que deberías tener un nombre de verdad. Te llamaré Michael.
- Gracias –dice el niño sonriendo-, ahora estamos en paz.
- Luego abandonaron juntos la barraca, la feria, la ciudad. Bajo el cielo negro caminan, sumidos en la conversación, hacia el horizonte, haciéndose cada vez más pequeños. Van cogidos de la mano y no se sabe muy bien quién conduce a quién.

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