13.6.19

2. En el que llega un paquete misterioso

Texto: Michael Ende en Jim Botón y Lucas el maquinista
Imagen: Mathias Weber




Un hermoso día llegó a la playa de Lummerland el barco correo y el cartero saltó a tierra con un gran paquete debajo del brazo.

— ¿Vive aquí una tal señora Maldiente o algo parecido? —preguntó poniendo una cara de circunstancias como no hacía nunca cuando traía el correo.

Lucas miró a Emma, Emma miró a los dos súbditos, los dos súbditos se miraron entre sí y hasta el rey miró por la ventana a pesar de que no era día festivo ni eran las doce menos cuarto.

— Querido señor cartero —dijo el rey, algo molesto—, hace ya años que nos trae usted el correo. Nos conoce perfectamente a mí y a mis súbditos y de pronto se le ocurre preguntar si aquí vive la señora Maldiente o algo parecido.

— ¡Pero, por favor, Majestad —contestó el cartero—, lea usted mismo, Majestad!

Y subió rápidamente por la montaña y le entregó el paquete al rey por la ventana. En el paquete había la dirección. El rey leyó la dirección, luego sacó las gafas, se las puso y leyó la dirección por segunda vez. No consiguió nada; movió perplejo la cabeza y habló a sus súbditos.

— ¡Vaya, para mí es sencillamente inexplicable, pero aquí lo pone en negro sobre blanco!

— ¿Qué pone? —preguntó Lucas.

El rey, muy confuso se volvió a poner las gafas y dijo:

— Escuchad, súbditos, lo que pone en la dirección.

Y la leyó lo mejor que pudo.


— ¡Una dirección muy rara! —dijo el señor Manga cuando el rey hubo terminado.

—Sí —dijo el cartero, indignado — , hay tantas faltas de ortografía que casi no se puede descifrar. Estas cosas son muy desagradables para nosotros los carteros. ¡Si supiéramos quién lo ha escrito!

El rey volvió el paquete y buscó el remitente.

— ¡Aquí sólo hay un 13 muy grande! —dijo mirando perplejo al cartero y a sus súbditos.

— ¡Muy raro! —el señor Manga se dejó oír de nuevo.

—Pues —dijo el rey, resuelto — , raro o no raro, XUmmrLanT sólo puede significar Lummerland. Y no hay otra solución, alguno de nosotros tiene que ser la señora Maldiente o algo parecido.

Calmado, se quitó las gafas y con su pañuelo de seda se secó las gotas de sudor de la frente.

— Sí —dijo la señora Quée —, pero en toda la isla no hay ningún tercer piso.

— Realmente es cierto —dijo el rey.

—Y tampoco tenemos ninguna calle Vieja —opinó el señor Manga.

—Desgraciadamente también eso es cierto —suspiró el rey, muy afligido.

—Y no tenemos ningún número 133 —añadió Lucas y se echó la gorra de visera hacia atrás —. Yo tendría que saberlo, porque al fin y al cabo doy muchas vueltas por la isla.

— ¡Qué raro! —murmuró el rey y sacudió la cabeza. Todos los súbditos sacudieron la cabeza y murmuraron—: ¡Qué raro!

—También podría ser una equivocación —opinó Lucas al cabo de un rato. Pero el rey contestó:

— Quizá sea una equivocación, pero puede no ser una equivocación. ¡Y si no es una equivocación entonces quiere decir que tengo otro súbdito! ¡Esto es muy, pero muy emocionante!

Fue al teléfono y por la emoción estuvo hablando durante tres horas sin interrupción.

Entretanto los súbditos, el cartero y Lucas decidieron registrar detenidamente toda la isla. Subieron a la locomotora Emma y se pusieron en marcha. En cada parada Emma silbaba fuerte, los pasajeros bajaban y gritaban en todas direcciones:

— ¡Señora Maaaldieeeente! ¡Aaaaaquí haaaay un paqueeeete para usteeeeed!

Pero nadie contestaba.

— Bueno —dijo el cartero — , ya no me queda tiempo para seguir buscando porque tengo más correo para entregar. Les dejo el paquete. Quizá encuentren a la señora Maldiente o algo parecido. Volveré la semana próxima y si no se ha presentado nadie me llevaré el paquete.

Con esto saltó a su barco correo y se fue.

¿Qué es lo que sucedió con el paquete? Los súbditos y Lucas deliberaron largo rato. Luego el rey volvió a aparecer en la ventana y dijo que había estado pensando en el asunto, que había hablado por teléfono y había llegado a la siguiente conclusión: la señora Maldiente o algo parecido era sin duda una mujer. Pero la única mujer en Lummerland era, según sus noticias, la señora Quée. Por lo tanto el paquete era probablemente para ella. Le daba su real permiso para abrirlo y así todo se aclararía.

Los súbditos juzgaron que esta decisión del rey era muy sensata y la señora Quée se marchó en seguida para proceder a la apertura.

Rompió el cordel y quitó el papel de embalaje. Apareció entonces una gran caja llena de agujeros para asegurar la ventilación, como en una jaula de grillos. La señora Quée abrió la caja y encontró en ella otra más pequeña. Esta estaba igualmente llena de agujeros y bien protegida con paja y virutas. Era evidente que contenía algo frágil, quizá cristal o una radio. Pero ¿por qué entonces los agujeros para el aire? La señora Quée levantó rápidamente la tapa y dentro halló otra caja más o menos del tamaño de una caja de zapatos y también con agujeros.

La señora Quée la abrió impaciente y ¡apareció un pequeño niño negro! Este miró con sus grandes ojos brillantes a los que le rodeaban y parecía feliz por haber salido de la incómoda caja de cartón.

— ¡Un niño! — exclamaron todos sorprendidos —, ¡un niño negro!

—Podría tratarse de un negrito —exclamó el señor Manga con cara muy inteligente.

— Realmente —dijo el rey y se puso las gafas —, es sorprendente, muy sorprendente.

Y se volvió a quitar las gafas. Hasta aquel momento Lucas no había dicho nada, pero su cara se había ensombrecido.

— ¡No me había sucedido una cosa así en toda la vida! —dijo rugiendo, y prosiguió—: ¡un chiquillo tan pequeño en una caja de embalaje! ¡Lo que hubiera podido suceder si no la hubiéramos abierto! Sí, como algún día encuentre al autor de esto le daré una paliza de la que se acordará toda su vida; ¡tan cierto como me llamo Lucas el maquinista!

Cuando el niño oyó los gruñidos de Lucas empezó a llorar. Era todavía demasiado pequeño para comprender y creyó que le reñían. Estaba asustado también por la cara tan sucia de Lucas el maquinista, porque todavía no sabía que él también la tenía negra.

La señora Quée cogió en seguida al niño en brazos y le consoló. Lucas se quedó muy triste porque no había querido asustar al niño.

La alegría de la señora Quée era enorme; siempre había deseado tener un niño y por las noches se dedicaba a hacer chaquetitas y pantalones y los hacía sólo para hacerse la ilusión de que tenía un pequeñuelo. Le parecía estupendo que el niño fuera negro porque ese color hacía muy bonito sobre la tela rosa y el rosa era su color preferido.

— ¿Cómo habrá que llamarle? —preguntó de repente el rey—. ¡El niño ha de tener un nombre!

Esto era cierto y todos empezaron a pensar. Finalmente, Lucas dijo:

— Yo le llamaría Jim, porque me parece un buen nombre para un chico.

Se dirigió al niño en un tono de voz cauteloso para no volverle a asustar:

— Qué, Jim, ¿vamos a ser amigos?

Entonces el niño le tendió su manita negra con la palma rosada y Lucas la cogió tiernamente en su gran mano negra y dijo:

— ¡Hola, Jim!

Y Jim se rió.

Desde aquel día fueron amigos.

A la semana siguiente el cartero volvió. La señora Quée bajó a la orilla del mar y le dijo, desde lejos, que siguiera su camino en silencio y no se acercara a tierra. Que todo estaba en orden. El paquete era para ella. Que el nombre en la dirección estaba muy mal escrito y que por eso no lo habían entendido.

Mientras decía esto el corazón le latía porque se le había disparado y los latidos le llegaban al cuello. Tenía un miedo tremendo de que el cartero se volviera a llevar al niño. No quería entregar a Jim de ninguna manera porque estaba muy contenta de tenerle.

El mensajero exclamó: «Bueno, entonces todo está en regla. ¡Buenos días, señora Quée!», y se marchó.

La señora Quée respiró tranquilizada, volvió corriendo a su casa, la de la tienda, y bailó con Jim en brazos por toda la habitación. Pero de pronto empezó a pensar en que Jim no era suyo en realidad y que quizás algún día sucedería algo terrible. Este pensamiento la puso muy triste.

Más tarde, cuando Jim era ya mayor, sucedía a veces que la señora Quée se ponía seria de repente, colocaba las manos en su regazo y contemplaba a Jim preocupada. Entonces pensaba en quién sería la verdadera madre de Jim...

— Algún día le tendré que decir la verdad —suspiraba cuando se desahogaba con el rey o con el señor Manga o con Lucas. Los demás asentían gravemente y opinaban también que tendría que hacerlo. Pero la señora Quée lo dejaba siempre para más adelante.

Lo cierto es que no sospechaba que no estaba lejos el día en que Jim se enteraría de todo y no por la señora Quée, sino de otra manera muy distinta y muy extraña.

Ahora, pues, Lummerland tenía un rey, un maquinista, una locomotora, y dos súbditos y cuarto, pues Jim era por entonces demasiado pequeño para ser contado ya como un súbdito entero.

Pero con el transcurso de los años creció y se convirtió en un verdadero muchacho que hacía travesuras, molestaba al señor Manga y, como a todos los chiquillos, no le gustaba mucho lavarse. No consideraba necesario lavarse ya que era tan negro que no se podía ver si su cuello estaba limpio o sucio. Pero la señora Quée no admitía sus razones y Jim acabó finalmente por convencerse.

La señora Quée se sentía muy orgullosa de él y como todas las madres sufría por cualquier cosa. También sufría sin motivo o por motivos muy pequeños como el de que Jim se comiera la pasta de dientes en lugar de usarla para lavárselos. A él le gustaba mucho.

Pero otras veces Jim la ayudaba, por ejemplo despachando en la tienda cuando el rey o Lucas o el señor Manga querían comprar algo y la señora Quée no tenía tiempo para atenderles.

Lucas el maquinista seguía siendo el mejor amigo de Jim. Se comprendían con pocas palabras, sólo porque Lucas era también casi negro. Muchas veces Jim subía a Emma y Lucas se lo enseñaba y se lo explicaba todo. Y a veces Jim conducía un rato bajo la vigilancia de Lucas.

La mayor ilusión de Jim era la de llegar a ser un día maquinista de tren porque este oficio cuadraba muy bien con el color de su piel. Pero para ello necesitaba tener una locomotora propia y las locomotoras son difíciles de conseguir, sobre todo en Lummerland.

Ahora ya sabemos todo lo importante sobre Jim y sólo nos falta contar cómo consiguió su apellido. Fue así:

Jim solía tener en sus pantalones un agujero y siempre en el mismo sitio. La señora Quée lo había zurcido ya cientos de veces, pero al cabo de un par de horas volvía a aparecer. Verdaderamente Jim se esforzaba tratando de evitarlo. Pero cuando tenía que trepar de prisa a un árbol o resbalaba rápido por los altos picos, el agujero volvía a aparecer.

Por fin la señora Quée encontró la solución; convirtió los bordes del agujero en un ojal y a su lado cosió un gran botón. Así en lugar de arrancar la tela para agujerearla bastaba con desabrochar y en lugar de remendarla bastaba con abrochar.

Desde aquel día Jim fue conocido por todos los habitantes de la isla como Jim Botón.

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