13.6.19

4. En el que el más extraño barco se adentra en el mar y Lucas reconoce que puede confiar en Jim Botón

Texto: Michael Ende en Jim Botón y Lucas el maquinista
Imagen: Mathias Weber






La cena había terminado. Jim bostezaba como si estuviera muy cansado y decía que quería acostarse en seguida. La señora Quée estaba algo sorprendida. Normalmente le costaba mucho convencer a Jim para que se acostara, pero pensó que se iba volviendo obediente. Cuando Jim ya estaba en la cama entró como cada noche, le tapó, le dio un beso y salió de la habitación después de haber apagado la luz. Volvió a la cocina para trabajar un rato más en una chaqueta que le estaba haciendo al muchacho.

Jim, en la cama, esperaba. La luna brillaba en la ventana. Todo permanecía en silencio. Sólo se oía el murmullo tranquilo del mar y de vez en cuando, desde la cocina, el ruido de las agujas de hacer media.

De pronto se le ocurrió que él no llevaría jamás aquella chaqueta que le estaba tejiendo la señora Quée y pensó en lo que ésta haría cuando lo supiera...

Todo le pareció tremendamente triste y recordó las veces que había llorado y había corrido a la cocina a contarle sus penas a la señora Quée. Volvió a pensar entonces en las palabras que Lucas le había dirigido al despedirse de él y comprendió que se tenía que callar, que no podía decir nada. Pero era muy difícil, casi demasiado difícil para él que no era más que un medio súbdito.

Y entonces sucedió algo con lo que Jim no había contado: le venció el cansancio. Nunca había estado despierto hasta tan tarde y casi no podía tener los ojos abiertos. ¡Si por lo menos hubiera podido moverse o tuviera algo con que jugar! Pero estaba allí, en la cama caliente y acogedora, y se le cerraban los ojos.

Pensaba en lo maravilloso que habría sido si se hubiera podido dormir tranquilamente. Se frotaba los ojos y se pellizcaba los brazos para seguir despierto. Luchaba contra el sueño pero de repente se durmió.

Le parecía que hacía horas que estaba en la playa y que lejos, sobre el mar azul, avanzaba la locomotora Emma. Rodaba sobre las olas como si el agua fuese algo sólido. En la cabina iluminada por el resplandor del fuego, Jim veía a su amigo Lucas el maquinista que agitaba un gran pañuelo rojo y exclamaba:

— ¿Por qué no has venido? ¡Adiós, Jim!... ¡Adiós, Jim!... ¡Adiós, Jim!

Su voz era extraña y resonaba en la noche. De pronto comenzó a tronar y relampaguear y a soplar un viento helado desde el mar. Con el silbido del viento se volvía a oír la voz de Lucas:

— ¿Por qué no has venido?... ¡Adiós!... ¡Adiós, Jim!

La locomotora se volvía cada vez más pequeña. La vio por última vez a la luz de un relámpago y luego desapareció en el oscuro horizonte.

Jim, desesperado, quiso correr detrás de ella por encima del agua, pero sus piernas parecían estar clavadas en el suelo. El esfuerzo que hizo por desplegarlas le despertó y se levantó asustado.

La luz de la luna iluminaba la habitación. ¿Qué hora sería? ¿Se habría acostado ya la señora Quée? ¿Habría pasado ya la medianoche y el sueño sería una realidad?

En aquel momento el reloj de la torre del palacio real dio las doce.

Jim saltó de la cama, se vistió e iba a saltar por la ventana cuando se acordó de la carta. Tenía que dibujar sin falta una carta para la señora Quée, porque si no ella se preocuparía terriblemente y él no quería que eso ocurriera. Con mano temblorosa Jim arrancó una hoja de su cuaderno y pintó en ella esto:



Significaba: Me he marchado en Emma con Lucas el maquinista.

Debajo dibujó rápidamente:


Significaba: No sufras, puedes estar tranquila. Por último muy de prisa dibujó esto:

Quería decir: Te besa tu Jim. Colocó la hoja encima de su almohada y salió rápida pero silenciosamente por la ventana.


Cuando llegó al lugar en que se habían citado, Emma la locomotora ya no estaba. Tampoco a Lucas se le veía por ninguna parte. Jim bajó corriendo hacia la orilla. Allí vio a Emma que casi nadaba en el agua. A horcajadas sobre ella estaba Lucas el maquinista izando una vela, cuyo mástil había atado fuertemente a la cabina.

— ¡Lucas! —llamó Jim sin aliento— , ¡espérame, Lucas, estoy aquí!

Lucas se volvió sorprendido y en su cara apareció una alegre sonrisa.

— ¡Vaya! —dijo— , si es Jim Botón. Creía que habías preferido quedarte. Hace ya mucho rato que han dado las doce.

— Ya lo sé —contestó Jim. Se acercó a Lucas, le cogió la mano y saltó sobre Emma—. Había olvidado la carta, ¿comprendes?, y tuve que volver atrás.

— Yo temía que te hubieras dormido —dijo Lucas y echó unos grandes anillos de humo por su pipa.

— No he dormido nada —aseguró Jim. Mentía porque no quería que su amigo pensara que era poco formal.

— ¿Te hubieras ido sin mí?

— Pues sí —dijo Lucas— , naturalmente, hubiera esperado un rato todavía, pero luego... Yo no podía saber si habías cambiado de idea. Era posible, ¿verdad?

— ¡Pero si habíamos quedado de acuerdo! —dijo Jim con un tono cargado de reproches.

— Sí —admitió Lucas— . Me alegro de que hayas mantenido tu palabra. Ahora sé que puedo confiar en ti. Pero, ¿qué te parece nuestro barco?

— Estupendo —dijo Jim—. Pero yo siempre había creído que las locomotoras en el agua se hundían.

Lucas sonrió satisfecho.

— Pero no, si antes se saca toda el agua de la caldera, si se vacía el ténder y se calafatean las puertas —aclaró y sacó pequeñas nubéculas de humo— . Es un truco que no todos conocen.

— ¿Qué es lo que hay que hacer con las puertas? — quiso saber Jim, que no había oído nunca esa palabra.

— Calafatear —repitió Lucas— . Significa que hay que tapar todas las rendijas con estopa y alquitrán para que no se pueda filtrar ni una sola gota de agua. Esto es muy importante porque con la cabina impermeable, la caldera vacía y el ténder sin carga, Emma no se puede hundir. Además, si se le ocurre llover tendremos un magnífico camarote.

—Pero, ¿cómo entraremos? —quiso saber Jim —, si las puertas han de estar tan bien cerradas?

— Podremos deslizamos hacia abajo por el ténder — dijo Lucas—. Ya ves, cuando se sabe hacer, una locomotora puede nadar como un pato.

— ¡Ah! —dijo Jim, admirado— . Pero , ¿no es de hierro?

— No importa —contestó Lucas, divertido, y escupió un looping en el agua— . También hay barcos que son de hierro. Por ejemplo, un tanque de gasolina vacío también lo es y a pesar de ello no se hunde, si no le entra agua.

— ¡Ah! —exclamó Jim como si le hubiera comprendido. Pensó que Lucas era un hombre muy listo y que con un amigo como aquél nada podría salir mal.

Se alegraba por haber mantenido su palabra.

— Si no opinas lo contrario —dijo Lucas— , nos pondremos en marcha.

— De acuerdo —contestó Jim.

Soltaron el cable que sujetaba a Emma a la orilla. El viento hinchó la vela, el mástil crujió y el extraño barco se puso en movimiento.

No se oía más ruido que el zumbido del viento y el murmullo de las pequeñas olas que chocaban con la proa de Emma.

Lucas rodeaba con su brazo los hombros de Jim y los dos contemplaban silenciosos cómo Lummerland se iba quedando atrás, iluminado por la luna, con la casa de la señora Quée, y la casa del señor Manga, con la pequeña estación del tren y el palacio del rey entre los dos picos desiguales.

Grandes lágrimas resbalaban por las negras mejillas de Jim.

— ¿Estás triste? —preguntó Lucas en voz baja. En sus ojos había también un brillo sospechoso. Jim se sonó ruidosamente la nariz, se pasó la mano por los ojos y sonrió valientemente.

— Ya ha pasado.

— Lo mejor será que no volvamos a mirar hacia atrás —opinó Lucas dándole un golpe amistoso en la espalda. Se volvieron de forma que sólo podían mirar hacia delante.

— ¡Bueno! —dijo Lucas—, fumaré otra pipa y luego jugaremos un rato a algún juego para distraernos.

Preparó su pipa, la encendió, lanzó un par de anillos de humo y luego empezaron a ]jugar para distraerse. Al poco rato estaban los dos muy entretenidos y se reían.

Así fue cómo zarparon sobre el mar iluminado por la luna.

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