31.7.19

10. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



Despacio como gira un planeta, gira la gran mesa redonda con el grueso tablero. Encima hay un paisaje con montañas y bosques, ciudades y pueblos, ríos y lagos. En el centro de todo, diminuto y frágil como una figurita de porcelana, estás sentado tú girando.

Sabes del movimiento continuo, pero tus sentidos no lo perciben. La mesa está en medio de una sala abovedada que también gira con su suelo de piedra, la bóveda, los muros, despacio como un planeta.

A lo lejos, en el crepúsculo, ves a lo largo de las paredes los armarios y arcones, el gran reloj de pie viejo que marca el sol y la luna, entre medias las paredes pintadas con estrellas, aquí y allá un cometa y por encima de ti, en lo alto, la vía láctea en la cúpula. No hay ventanas, ni puertas. Aquí estás seguro, todo te es familiar, todo está firme, te puedes fiar de todo. Este es tu mundo. Gira, y tú en el centro del centro, giras constantemente con él.

Pero una vez un terremoto sacude todo aquello. El muro de piedra se parte en dos, una grieta que se abre más y más. Las estrellas pintadas se separan y tú te asomas a algo que es tan extraño para tus ojos, que éstos se niegan a registrarlo, una lejanía a la que se precipita tu mirada, una oscuridad luminosa, un vendaval inmóvil, un rayo incesante. Lo único a que puede agarrarse tu mirar es una figura human apoyada contra el huracán inaudible, envuelta de pies a cabeza en un paño que parece tremolar, pero que como en un cuadro, no se mueve. La figura tapada está allí quieta, pero no está sobre nada, pues debajo de sus pies está el abismo. El viento ha apretado el paño contra su cara, tú intuyes su forma.

Entonces ves cómo la boca se mueve detrás del velo y oyes cómo una voz grave y suave dice:

- ¡Sal, pequeño hermano de sangre!  - ¡No! —gritas aterrado—. ¡Vete! ¿Quién eres? ¡No te conozco!
 
- No podrás reconocerme —te responde el tapado— mientras no salgas. ¡Así que ven!
 
- ¡No quiero! —exclamas—. ¿Por qué habría de hacerlo?
 
- Ya es hora —dice él.

- No —respondes tú—, no, ¡éste es mi mundo! Aquí he estado siempre, aquí quiero quedarme. ¡Vete!

- Abandónale todo —dice él—, hazlo voluntariamente antes de que tengas que hacerlo. Sino será demasiado tarde.

- ¡Tengo miedo! —le gritas.

- ¡Abandona también el miedo! —contesta él.

- No puedo —respondes tú.

- ¡Abandónate también a ti mismo! —dice él.

Ahora estás seguro de que la voz que te habla es perniciosa y estás decidido a rechazarla.

- ¿Por qué te escondes y no muestras tu rostro? Yo lo sé: porque quieres destruirme. Quieres atraerme hacia ti para que caiga al vacío.

El permanece callado un rato y dice por fin:

- ¡Aprende a caer!

Con alivio ves cómo la figura tapada desaparece de tu campo visual. Pero no es ella la que se ha movido. La sala abovedada sigue girando despacio y con ella la gran mesa redonda en cuyo centro estás sentado pequeño y frágil. Y gira la grieta del muro alejándose de la figura que está allí fuera.

Pero algo ha cambiado. La grieta no vuelve a cerrarse. Y detrás de tus estrellas pintadas, fuera de tu mundo firmemente constituido, jamás cuestionado, subsiste aquello distinto que hace que todo sea dudoso. No puedes evitarlo. Pero tampoco estás dispuesto a aceptarlo. Durante mucho tiempo permaneces así, con la sensación de haber sufrido una herida que nunca se curará. Nada será ya coma antes.

Y entonces otra vez la figura apoyada contra la tempestad inmóvil aparece ante tu mirada. No se ha alejado. Te esperaba.

- ¡Ven —dice la voz profunda y suave—, aprende a caer!

Tú contestas:

- Bastante grave es tener la desgracia de caer al vacío. ¡Pero quererlo uno mismo o aprenderlo incluso, es perverso! Tú eres un tentador, no te seguiré. ¡Vete, pues!

- Tú caerás —dice el tapado—, y no sabrás si no lo has aprendido. ¡Así que abandónalo, todo! Ya que pronto no te sostendrá nada.

- Tú has irrumpido en mi mundo —le gritas—, yo no te he llamado. Brutalmente has roto lo que era mi defensa y mi propiedad. Sólo puedes destruir lo que me sostiene, pero no puedes obligarme a que te obedezca.

- Yo no te obligo —dice el tapado—, te ruego, pequeño hermano de sangre. Ha llegado la hora.

La figura calla y mientras vuelve a desaparecer de tu vista, alza la mano y te la tiende y te parece que bajo la luz del rayo incesante has visto en la muñeca la señal sangrienta de un clavo. Pero tu mirada ya se estaba apartando y seguiste girando sobre tu mesa debajo de la cúpula.

Tú te dices a ti mismo que todo eso es una alucinación. Tarde o temprano volverá a cerrarse la grieta del muro como si nunca hubiese existido. Y quedará demostrado que no existió nunca, porque no puede estar allí, los muros son muy antiguos e indestructibles. Lo que ha sido siempre, será siempre. Todo lo demás es engaño, surgido quién sabe, por que razón. No se debe hacer caso. ¡Y luego esa terrible exigencia! ¿No contenía incluso una amenaza? ¿Y si hubiera cogido la mano quien te dice que te hubiese sujetado? ¿Estaba acaso tendida para sujetarte? ¿O quizás estaba sólo para arrastrarte fuera de tu pequeño mundo seguro y para arrojarte al abismo? No, será mejor que no dejes que te encuentre el que está ahí fuera. ¡Hazte aún más pequeño! ¡Escóndete! Si no puede descubrirte, es posible que te deje en paz y todo volverá a ser como antes.

La sala abovedada gira despacio y con ella la gran mesa redonda con las ciudades, los pueblos y los lagos y contigo mismo en el centro. Y una tercera vez entra en tu campo visual la figura tapada, iluminada por el rayo incesante en la tempestad inmóvil.

- Pequeño hermano de sangre —dice la voz, y esta voz suena penosa, como si hablase con dolor—, ¡escúchame y ten fe! No puedes quedarte ya donde estás. ¡Sal fuera!

- ¿Me cogerás y sostendrás cuando caiga? —preguntas tú.

El tapado sacude lentamente la cabeza.

- Si has aprendido a caer no caerás. No hay arriba ni abajo, ¿a dónde ibas a caer entonces? Los astros se mantienen mutuamente en equilibrio en sus órbitas sin tocarse porque son afines entre si. Así sucederá también con nosotros. Hay algo de mí en ti. Nos sostendremos mutuamente, y nada más nos sostendrá. Somos estrellas que giran, por eso. ¡abandónalo todo! ¡Sé libre!

- ¿Cómo puedo saber que es verdad lo que dices? — exclamas desesperado.

- Por ti mismo — contesta él —, porque yo estoy en ti y tú en mí. También las verdades se sostienen mutuamente y no descansan sobre nada.

- ¡No — gritas tú —, eso no se puede soportar! ¿Es que no puedo escapar de ti? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no dejas que me quede en paz donde estoy? ¡Yo no quiero tu libertad!

- Serás libre — dice él — o dejarás de ser.

Luego oyes algo que suena como un suspiro. Los muros tiemblan y se mueven, y despacio se cierra la grieta tal como deseabas. Podrías estar contento, pero eso no dura mucho.

Algo sucede a tu alrededor que sólo comprendes poco a poco. El mundo que te era antes familiar ya no lo es. Se vuelve contra ti. Sombras descienden de la sala abovedada, grises y nebulosas figuras hambrientas, rostros grandes y pequeños que están ahí y luego ya no están, un barullo de miembros y cuerpos fugaces que se deshacen y siempre se forman de nuevo. ¿Qué hacen? ¿De dónde vienen? Surgen de los arcones y armarios, del reloj, de los propios muros, de todo lo que hacía sentirte seguro y protegido. Todo eso ya no tiene consistencia, se destruye a sí mismo.

Y mientras la sala abovedada gira despacio alrededor de ti, pequeño centro frágil, tienes que dejar que suceda lo que sucede. Tú mismo lo has provocado, después de todo. Pero te temen a ti, su procreador, al menos eso parece. Se agolpan en los últimos rincones y a lo largo de las paredes. Se aprietan contra los muros de piedra, lamen, por así decirlo, de arriba abajo los muros de piedra con sus cuerpos nebulosos y las estrellas pintadas empalidecen. Por donde pasan, la construcción se vuelve imprecisa, nebulosa como ellos mismos. Roban a tu mundo la realidad, le chupan la sustancia, la convierten en fantasma de un mundo. La borran porque nunca existió.

Sin embargo, parecen insaciables, pues lentamente se van acercando a ti. Sólo la mesa con el gran tablero y el paisaje que hay encima gira y gira y tú con el en el centro. Te das cuenta que también te borraran a ti porque nunca exististe.

Ahora sientes los martillazos, pero no se oye nada. ¿Qué están haciendo? Pasan un tubo a través del círculo del tablero, un trabajo penoso, pero ellos no se cansan. Y entonces, cuando el tubo sobresale por ambos lados empieza a fluir algo y no deja de fluir, y ellos lo lamen, ávidos como perros. Y tú sientes como si fuese tu propia sangre la que se escapa, sientes cómo el círculo que hay debajo de ti se vuelve cada vez más irreal con cada latido. Ahora se apodera de ti un espanto impotente.

- ¡Hermano de sangre! —gritas con una voz diminuta que apenas puedes oír—. ¡Sálvame! ¡Enséñame a caer!

Pero el muro no se abre, porque ya no está ahí. Y pronto no habrá otra cosa que el abismo. Caerás y caerás sin haber aprendido y buscarás dentro de ti lo que es afín a tu hermano de sangre, como lo son las estrellas que se sostienen mutuamente en sus órbitas, pues sólo eso te sostendrá y a nada más podrás aferrarte. ¿Pero sabrás? Puesto que no has aprendido, ¿sabrás?

Ahora ha desaparecido todo.

Ha llegado la hora.

¡Ahora!

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