31.7.19

11. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



El interior de una cara, con los ojos cerrados nada más.

Oscuridad, vacío.

Regresar.

¿Regresar a dónde?

Yo ya no lo sé,

¿Quién, yo?

Estoy enfermo de nostalgia.

¡Recuerda!

Al lugar de donde vine una vez. A casa.

¿Tienes una patria? ¿Eres su hijo?

¿Quién pregunta?

¿Quién contesta?


Ahora están abiertos los ojos, pero allí sólo hay oscuridad y vacío.

Para eso, piensa alguien, he hecho este viaje interminable, este viaje que me ha costado todo lo que he adquirido en todos estos años de lucha y sufrimiento. Todo menos los harapos que llevo sobre el cuerpo. Para eso me he arrastrado por desiertos y montañas, por el hielo y el calor, he padecido hambre, sed y la fiebre de los pantanos. Para eso me he deslizado entre alambres de espino y he huido por los tejados como un fugitivo. ¿Pero qué es lo que esperaba?

Llegar a casa. Y ahora solo hay oscuridad y este vacío. Debería haber sabido que nunca, se puede regresar. Yo ya no soy el que era, por eso nada es como era. Ahora lo sé.

Alguien lo sabe ahora, pero lo sabe demasiado tarde, pues ahora ya no puede irse. No se moverá del sitio. Permanecerá en ese lugar en la oscuridad como una piedra.

Su mano busca a tientas un reloj que ya hace tiempo que no posee. Pero al menos siente ahora sus manos.

Esta noche, piensa, no puede durar eternamente. Pronto tendrá que amanecer. Si es que amanece otra vez.

El frío aumenta. Penetra profundamente en él, mas y más. Lo siente en sus huesos. No le opone resistencia. Está de acuerdo. Se abandona a él. Pero no se tumbará, permanece derecho. Espera.

De modo que sí que amanece, piensa después de mucho tiempo. Y mientras lo piensa comprende que es, él mismo quien tiene que crear el mundo alrededor suyo para que exista.

Sobre el borde del bosque, más allá del río, se forma una franja clara en el cielo, verde pálido, encima, alargada una, nube, pesada y oscura como tinta derramada. No se oye ningún grito de pájaro, ni el más lejano ruido. Silencio sepulcral. El paisaje está congelado. Hasta el agua del río está gris e inmóvil como plomo frío.

De él depende, pues, lo que habrá allí, lo que sucederá y, sin embargo, no es que comprenda lo que está viendo.

Delante del borde del bosque ve a la mujer sentada grande y gris como una roca. Hace punto sin parar ni levantar la vista.

Su mirada desconcertada vaga hacia el arco del puente de piedra que se curva sobre el río inmóvil. Y entonces se asusta y tiene miedo. Allí hay dos embozados, uno alto y uno bajo, como si ya hubiesen estado siempre allí con sus largos abrigos pardos, las cabezas y los rostros envueltos en trapos, los fusiles colgados al hombro. El no sabe quién son esos dos pero sabe que están esperando a que expire su plazo Entonces vendrán por el puente y quemarán su casa.

Mi casa, piensa él, tengo que ver por fin mi casa.

La ve.

Se encuentra frente a él en el campo abierto, a pocos pasos. Pero no la reconoce. Está seguro de no haberla visto nunca antes. Nada le une a ese edificio, no existe ni el más fugaz recuerdo, ni la más tímida sensación de haber regresado a casa. No la encuentra bonita, ni fea, sólo extraña. Parece un gran palomar. Para él es inhabitable. No le concierne en absoluto.

Intenta borrarla para colocar otra en su lugar, pero permanece donde está. Tampoco consigue cambiar algo en ella. En cambio siente que le piden cuentas precisamente por esta casa. Ha contraído una culpa, una culpa grave, al parecer. No lo duda, pues cada vez siente más claramente su peso. ¿Qué ha hecho?

Ha renegado de esa casa, su hogar y la ha abandonado. La ha traicionado porque en otro lugar se convirtió en un gran hombre, en un temido matador de mensajeros celestiales, en un famoso cazador de ángeles. Pues de esa clase de presas entendía como nadie. ¡Cuántos ángeles ha cazado y abierto en canal y vendido sus resplandecientes plumas y preciosas pieles a los poderosos hombres del mundo desencantado y a sus damas aún más poderosas que adornaban con ellas sus vestidos de fiesta! Colocaba redes y tendía trampas y sus proyectiles acertaban siempre de tal manera que no dañaba el valioso plumaje. Se hizo rico así.

Pero entonces llegó la nostalgia y lo dejó todo para volver a casa. Y ahora está aquí, más extraño que ningún extraño, y en su larga ausencia las ratas han tomado posesión de ella, se han instalado y propagado como una plaga mortal. Esa es la culpa que ha contraído.

Y ahora deberá limpiarla antes de que amanezca, deberá curarla de la peste de las ratas, si no será quemada y él mismo destruido.

No me hago ninguna ilusión, piensa, no hay ninguna esperanza. No debería haber vuelto nunca.

Incluso si le fuese posible penetrar en el interior de la casa, cómo lograría matar cientos, quizás miles de ratas, y eso con las manos, pues no ha podido traer consigo sus armas. Pero llegar ya al interior de la casa es completamente imposible para él. Es cierto que hay puertas suficientes, en realidad la casa sólo consiste, desde el suelo hasta el frontón, de puertas abiertas, sin embargo, todas son demasiado pequeñas para él. A lo sumo, una marta hubiese podido entrar allí o una rata, en todo caso no un hombre.

Me he hecho grande en el extranjero, piensa, ahora ya no tengo ni idea de lo que hay que hacer para volverse pequeño otra vez.

Contempla la casa. Cada una de las puertecitas tiene ante el umbral una consola, una pequeña tabla o una barra. Pero nada se mueve. Está como muerta. Tampoco ve ni oye a ninguna de las ratas, pero sabe que están allí dentro, que se han escondido de él y que no se mueven. También ellas esperan. Esperan a que vuelva a marcharse. No saben, probablemente, que les ha llegado la hora de una manera u otra. Pero para él también se ha acabado todo, no hay esperanza.

¿Es que no tiene ninguna ayuda? ¿Ningún ser viviente que le asista? ¿No encontrará dentro de si nada que pueda crear para su salvación? ¿Criaturas de la selva salidas de la selva de su corazón?

Ahí están un lobo negro y gris, poderoso e impetuoso. Y un zorro delicado y juguetón. No, piensa él, yo nunca les amaestré. Me seguían voluntariamente. Una extraña amistad, verdaderamente, que alguna vez trabaron conmigo en la selva. Pasó mucho tiempo antes de que los dos se adaptasen el uno al otro, pero por fin vivieron en paz. Me acompañaron a todas partes, también en las ciudades, en los barcos, en este último viaje que fue el más absurdo de todos. Nunca me abandonaron, incluso esta noche han esperado uno a cada lado, lealmente, inmóviles como animales heráldicos.

Pero ahora se arrepiente de haberlos llamado ¿Qué será ahora de ellos, piensa, cuando sea ejecutada mi sentencia? ¿Los encerrarán en jaulas? ¿Les pondrán cadenas? ¿O también los destruirán? Pero ellos no tienen nada que ver con mi grave asunto. Son salvajes pero inocentes. Tengo que ahuyentarlos mientras esté a tiempo. Ahora mismo.

Coloca las manos sobre su piel, que está caliente. Se inclina sobre ellos y les susurra al oído:

- ¡Escuchad, mis dos valientes, bonitos! Tenemos que separarnos. Es mejor así. Ahora tenéis que dejarme solo. No os necesito ya. ¡Marchaos de prisa! ¡Largo!

Pero el zorro y el lobo no se mueven del sitio, se quedan como si fuesen estatuas. Tiene que hacer algo que todavía no ha hecho nunca. Les da patadas, les pega con los puños. Ellos tratan de esquivar sus golpes, pero no echan a correr.

- ¡Fuera —jadea y apenas puede ahogar un sollozo—, fuera! ¡Largaos!

Ellos se quejan débilmente a cada patada o golpe que reciben, pero se quedan. Aprieta los dientes y lo intenta una y otra vez. Mejor, piensa, que pasen el resto de su vida sin confianza, pero que estén libres y vivos.

Por fin parecen haber comprendido y se alejan cojeando quejumbrosos. Pero no huyen, corren hacia la casa, el pelo de su nuca está erizado.

Oye gruñir furioso al lobo e hipar al zorro. Buscan una entrada, pero ninguna de las puertecitas es lo bastante grande, ni siquiera para el zorro. Rabioso, rasca el lobo con ambas patas una de las aberturas inferiores. Mete violentamente la cabeza por ella y queda atrapado sin poder moverse hacia adelante ni hacia atrás. Lanza un aullido, un grito largo, áspero, empuja, tira, aprieta, sus garras remueven el suelo, la pared alrededor de la abertura cede, trozos caen al suelo y libera la cabeza. Silencioso, entra el zorro rápido como un rayo.

En el súbito silencio, el hijo de nadie, que ha vuelto a casa, oye latir su propio corazón. Aún no comprende lo que hacen los animales, pero en su interior surge una esperanza insensata contra la que no puede luchar.

No, piensa, la condición no podrá cumplirse. Aunque el zorro logre cazar un par de ratas, ¿de qué servirá?

El lobo se ha acercado, está tumbado a su lado y se lame las patas sangrientas. De la casa llegan aullidos desconcertados. Por un instante aparece el morro del zorro detrás de una de las puertecitas superiores cerca del alero y desaparece de nuevo.

Los dos embozados del puente no se han movido. El hijo de nadie busca con la mirada sus rostros, pero no hay nada más que oscuridad entre las telas.

La gran mujer gris rocoso sigue haciendo punto sin cesar. El agua del río sigue inmóvil.

¿Quién acaba de lanzar ese grito agónico? ¿Ha sido el zorro? Un gemido subterráneo sale ahora de la casa, un sonido estridente que crece cada vez mas, un bufar y silbar como de una tempestad, por ultimo un bramido múltiple que se acaba de pronto. Silencio. Por la abertura rota sale disparado el zorro como una llama roja, corre a toda velocidad hacia su amo, da una voltereta, sigue corriendo al campo abierto, donde salta como si estuviera rabioso.

Despacio, los dos embozados bajan sus fusiles del hombro, cargan y apuntan tranquilamente. Apuntan al zorro.

- ¡No! —grita el hijo de nadie—. ¡A él no! Y con los brazos abiertos corre en la línea de tiro hacia las bocas de los fusiles. Lentamente bajan los embozados las armas. El se da la vuelta.

El zorro está tumbado justo detrás de él, jadea con la lengua fuera y le mira con la cabeza ladeada. La mirada de sus ojos verdes tiene casi algo travieso. Con un topetazo de su morro da la vuelta a un pequeño cadáver que se encuentra entre sus patas.

El hijo de nadie recoge la presa y la contempla. Un pellejo negro, mojado, peludo, vacío y ya frío y casi sin peso, y sin embargo espantoso, no porque ahora esté muerto, sino por haber vivido una vez, por haber sido posible: una diminuta cara triangular, ancestral, llena, aún, de increíble maldad, manitas humanas deformadas con largas garras puntiagudas. Si eso es una rata, no ha visto nunca una rata antes.

La eleva tendida sobre ambas manos y camina hacia los embozados. El zorro y el lobo le siguen. Así se detienen los tres delante del puente.

Después de un largo silencio, los dos embozados se echan otra vez los fusiles al hombro y después de un nuevo silencio se dan la vuelta y se alejan con pesados pasos inseguros.

El hijo de nadie les sigue con la mirada y toda la esperanza que no creía tener ya surge en el como un caudal de lagrimas calientes. Siente brotar calor de los huesos que fluye a sus miembros, su pecho, su garganta, sus ojos. Ahora sabe que acaba de comenzar su regreso.

La mujer grande gris rocoso sentada al otro lado junto al borde del bosque, ha dejado de hacer punto. Las manos descansan inmóviles en su regazo. Su rostro, hasta entonces sombrío, esta ahora iluminado por el resplandor del alba hacia el que esta vuelta. Mira con tranquila expectativa hacia el cielo cada vez más luminoso. Allí, aun muy lejos y apenas intuible, pero ya brillando con todos los colores del colibrí, se desprende de la luz el primer par de alas batientes.

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