26.7.19

9. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: vonhou



 
Oscuro como un pantano es el rostro de la madre. Está sentada con sus anchas caderas sobre la mesa, masticando. Contra la pared se apoya el reloj de pie, un gigante que marca las horas sin pausa, las horas del arrepentimiento, las horas de las oraciones, las horas del crepúsculo, las horas de la mañana, el día con sus horas.

Y la noche.

La madre no mira al gigante. Dirige la vista a la ventana y escupe con desdén. Afuera germina la semilla, florece y se marchita.

En el oscuro pasillo se mueve una sombra escuálida, su marido,

- ¿Hago café? —pregunta malhumorado.

La madre no ha oído nada. Está roncando. Y mientras ronca pare tres hijos. El niño está muerto, las dos niñas viven.

El hombre coge las niñas y las lleva a la habitación, donde ya hay muchos niños. Al niño lo deposita fuera en el sembrado. La madre se ha despertado y mastica de nuevo. El hombre va al establo y se emborracha. Las vacas rumian, como la madre.

El hombre sacrifica una vaca. La madre se la come, y él y los hijos. La simiente germina. Todos comen pan y beben a cucharadas la leche de la madre y de las vacas.

El hombre está acostado sobre la estufa y duerme. La madre vuelve a parir dos hijos. Las vacas rumian. El padre sacrifica a la madre. Se la come con los hijos, también el perro recibe un pedazo. El hombre se da cuenta de su equivocación, va al establo y se emborracha.

Mientras tanto, la hija mayor trepa a la mesa. Una sombra se mueve en el pasillo, un hombre extraño. El reloj de pie marca las horas del crepúsculo y otras.

Y la noche

La hija pare dos hijos. Cuando el padre regresa y ve todo, llora un poco. Más tarde se tumba al sol y se queda tendido.

El desconocido le entierra bajo la simiente que germina. La hija mastica. El desconocido se dirige al establo y se emborracha.

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