17.7.19

El teatro de sombras de Ofelia

Texto: Michael Ende en Los mejores cuentos de Michael Ende
Imagen: Bernhard Oberdieck




En una pequeña y vieja ciudad vivía una pequeña y vieja señorita que se llamaba Ofelia. Cuando vino al mundo –y era evidente que de eso ya hacía mucho tiempo- sus padres dijeron:

- Nuestra hija será algún día una importante y famosa actriz.

Por eso le pusieron el nombre de un célebre personaje de una obra de teatro.

La pequeña señorita Ofelia había heredado la veneración de sus padres por la gran lengua de los poetas, sí, pero nada más. Y tampoco pudo llegar a ser una actriz famosa. Para eso, el tono de su voz era demasiado bajo. A pesar de todo, quiso servir al arte de alguna forma, aunque fuera de una manera más modesta.

En la pequeña y vieja ciudad había un bonito teatro. Delante del todo, al borde del escenario, estaba oculta la cabina del apuntador. Allí dentro se sentaba todas las tardes la señorita Ofelia y les susurraba a los actores el texto de su papel, para que no se quedaran atascados. Para eso, naturalmente, la débil voz de la señorita Ofelia era justamente lo más apropiado, pues el público no debía oírla, claro.

Durante toda su vida la señorita Ofelia había ejercido esa profesión, y había sido muy feliz. Poco a poco se fue aprendiendo de memoria las grandes comedias y tragedias del mundo, hasta que llegó un momento en que ya no le hacía falta mirar en ningún libro.

De la misma manera que la señorita Ofelia se había ido haciendo vieja, los tiempos también habían ido cambiando. Cada vez acudía menos gente al teatro municipal, pues ahora había cine, televisión y otras distracciones. La mayoría de la gente tenía coche, y cuando alguien quería ir al teatro, prefería irse a la gran ciudad más próxima, donde podía ver a actores mucho más famosos y donde merecía mucho más la pena dejarse ver.

De este modo, cerraron el teatro de la pequeña y vieja ciudad, los actores se fueron y a la pequeña y vieja señorita Ofelia la despidieron.

Cuando terminó la última función y cayó el último telón, ella se quedó aún un ratito más en el teatro, completamente sola. Estaba sentada dentro de su cabina, recordando su vida pasada. De repente, vio una sombra que se deslizaba rápidamente de un lado para otro entre bastidores, haciéndose a veces más grande, a veces más pequeña. ¡Pero allí no había nadie que pudiera reflejar aquella sombra!

- ¡Hola! –dijo la señorita Ofelia con su baja voz-. ¿Quién hay ahí?

La sombra se asustó ostensiblemente y se contrajo, pues, en definitiva, no tenía una forma determinada, pero luego se recuperó y se volvió a hacer más grande.

- Disculpe –dijo, no sabía que aún quedaba alguien. No quería asustarla. Sólo me he refugiado aquí porque no sé dónde meterme. Por favor, no me echa a la calle.

- ¿Eres una sombra? –preguntó Ofelia

La sombra asintió.

- ¡Pero una sombra tiene que pertenecer a alguien…! –repuso Ofelia.

- No –dijo la sombra-, no todas. Hay unas cuantas sombras sobrantes en el mundo que no pertenecen a nadie y que nadie quiere tener. Yo soy una de ellas. Me llamo Picarasombra.

- ¡Vaya! –dijo la señorita Ofelia- ¿Y no es triste eso de estar así, sin nadie a quién pertenecer?

- Muy triste –aseguró la sombra con un leve suspiro-, pero ¿qué puede hacer una?

- ¿Quieres venirte conmigo? –preguntó la vieja señorita-. Yo tampoco tengo a nadie a quien pertenecer.

- ¡Con mucho gusto! –contestó la sombra-. ¡Sería maravilloso! Pero entonces tendría que aferrarme a usted, y usted ya tiene su propia sombra…

- Seguro que os llevaréis bien –apuntó la señorita Ofelia.

Su propia sombra asintió.

A partir de entonces, la señorita Ofelia tuvo dos sombras. Muy poca gente lo notaba, pero los que lo notaban se quedaban muy sorprendidos y lo encontraban bastante raro… la señorita Ofelia no quería ser objeto de habladurías y, por eso, cada vez le pedía a una de sus sombras que por el día se hiciera muy pequeña y se metiera en su bolsito. Y es que las sombras caben en cualquier sitio.

Un día la señorita Ofelia estaba sentada en la iglesia hablándole un ratito a Dios, con la esperanza de que la oyera a pesar de su baja voz (muy segura, desde luego, no estaba), cuando, de repente, vio en la blanca pared una sombra que daba la impresión de estar muy demacrada y que, sin parecerse a nada en concreto, extendía suplicante una mano.

- ¿Eres tú también una sombra que no pertenece a nadie? –preguntó.

- Sí –dijo la sombra-, pero es que entre nosotras se ha corrido la voz de que hay alguien que nos acoge. ¿Eres tú?

- Yo tengo ya dos –contestó la señorita Ofelia.

- Entonces otra más tampoco importa mucho –dijo suplicante la sombra-. ¿No podrías acogerme también a mí? ¡Es tan triste y desolador no tener a nadie!

- ¿Cómo te llamas? –preguntó amable la vieja señorita.

- Mi nombre es Miedoscuro –susurró la sombra.

- ¡Bueno, anda, ven! –aceptó la señorita Ofelia.

Así que ahora tenía ya tres sombras.

A partir de entonces, casi todos los días acudían a ella nuevas sombras sin dueño, pues hay muchas en el mundo.

La cuarta se llamaba Guadañasola.

La quinta se llamaba Nochedesufrimientos.

La sexta se llamaba Nuncajamás.

La séptima se llamaba Pesoyvacío.

Y así sucesivamente. La vieja señorita Ofelia era pobre, pero, por suerte, sus numerosas sombras no necesitaban nada para comer ni ropa para abrigarse.

Sólo que su pequeño cuarto estaba a veces muy oscuro, repleto de tantas sombras como se habían quedado con ella porque nadie más las quería. La señorita Ofelia no tenía valor para echarlas. Y cada vez iban viniendo más.

Lo peor era cuando las sombras se ponían a discutir. Se peleaban por el mejor sitio y a menudo luchaban unas con otras; incluso a veces había auténticos combates de boxeo entre sombras. Esas noches la pequeña y vieja señorita Ofelia no podía dormir y permanecía tumbada en la cama con los ojos abiertos, intentando apaciguarlas con su baja voz. Pero no le servía de mucho.

A la señorita Ofelia no le gustaban las disputas, salvo que fueran en la gran lengua de los poetas y representadas en un teatro. ¡Eso era distinto!

Y, así, un día se le ocurrió una buena idea.

- Escuchad –les dijo a las sombras-, si queréis seguir conmigo, tendréis que aprender algo.

Las sombras dejaron de pelearse y la miraron expectantes desde todos los rincones del pequeño cuarto.

Ella entonces les recitó las grandes palabras de los poetas, que se las sabía todas de memoria. Repetía algunos pasajes muy despacio y luego les exigía a las sombras que los repitieran ellas igualmente. Las sombras ponían mucho empeño, y además tenían mucha facilidad para aprender.

Así, poco a poco, acabaron aprendiendo de la vieja y pequeña señorita Ofelia todas las grandes comedias y tragedias del mundo.

A partir de entonces, la vida fue, naturalmente, muy distinta de lo que había sido hasta entonces, pues las sombras con capaces de representar todo lo que uno quiera; pueden adoptar la apariencia de un enano o la de un gigante, la de una persona o la de un pájaro, la de un árbol o la de una mesa…

Y a menudo se pasaban noches enteras representando ante la señorita Ofelia las más maravillosas obras de teatro. Y ella les susurraba los textos para que no se quedaran atascadas.

De día, sin embargo, todas –menos la suya propia, claro- vivían en el bolsito de la señorita Ofelia. Sí, las sombras si quieren pueden hacerse increíblemente pequeñas.

Así que la gente jamás veía las numerosas sombras de la señorita Ofelia, pero sí que notaba que allí ocurría algo extraño. Y lo extraño a la gente no le gusta.

- La vieja señorita es una estrafalaria –decían unos a sus espaldas-. Sería mejor llevarla a un asilo, donde cuiden de ella.

Y otros decían:

- Quizás esté loca. ¡Quién sabe lo que puede llegar a hacer algún día!

Y todos se apartaban de su camino.

Hasta el propietario de la casa en la que tenía su cuartito la señorita Ofelia acabó por decirle:

- Lo siento, pero a partir de ahora tendrá que pagarme el doble de alquiler.

Y eso la señorita Ofelia no podía pagarlo.

- Entonces –dijo el propietario de la casa-, lo siento mucho, pero será mejor que se mude de casa.

La señorita Ofelia metió todo lo que poseía –que no era mucho- en una maleta y se marchó. Se compró un billete, se montó en un tren y partió hacia esos mundos de Dios sin saber ni ella misma hacia dónde.

Tras haber viajado durante muchos kilómetros se apeó y caminó a pie. Llevaba la maleta en una mano, y en la otra, su bolsito con las numerosas sombras dentro.

Era una carretera larga, muy larga.

Finalmente, Ofelia llegó a la orilla del mar, y allí ya no pudo seguir. Se sentó entonces a descansar un poco y se quedó dormida.

Las numerosas sombras salieron del bolsito y, de pie a su alrededor, se pusieron a deliberar sobre lo que debían hacer ahora.

- En realidad –dijeron-, la señorita Ofelia se encuentra en esta difícil situación por nuestra causa. Ella nos ha ayudado, y ahora deberíamos tratar de ayudarla nosotras a ella. Todas hemos aprendido algo a su lado; tal vez lo suficiente como para que ahora podamos echarle una mano.

Y cuando la señorita Ofelia se despertó, le contaron el plan que habían acordado.

- ¡Gracias! –dijo la señorita Ofelia- ¡Es muy amable por vuestra parte!

Al llegar a un pequeño pueblo, sacó de su maleta una sábana blanca y la colgó de una barra que allí había para sacudir alfombras. Inmediatamente las sombras comenzaron a representar sobre el lienzo las obras de teatro que habían aprendido de la señorita Ofelia, mientras ella, sentada detrás, les susurra las grandes palabras de los poetas para que no se quedaran atascadas.

Al principio sólo fueron un par de niños los que se quedaron mirando, asombrados, pero a eso del atardecer acudieron también algunos mayores, y al final todos pagaron alguna cosilla por la interesante representación.

A partir de entonces, la señorita Ofelia fue de pueblo en pueblo y de lugar en lugar con sus sombras, que tan pronto se transformaban en reyes y bufones como en nobles doncellas o fogosos corceles, en magos o en flores…

La gente que por allí pasaba se quedaba mirando y no podía evitar reírse o llorar, la señorita Ofelia pronto se hizo famosa, y cuando llegaba a algún sitio, ya la estaban esperando, pues nadie había visto jamás una cosa semejante. El público aplaudía y todos pagaban algo: unos más, otros menos.

Pasado algún tiempo, la señorita Ofelia había ahorrado el dinero suficiente como para poder comprarse un pequeño y viejo coche. Mandó a un artista que se lo decorara con muchos colorines, y a ambos lados ponía con grandes letras:

TEATRO DE SOMBRAS DE OFELIA.

Con él viajó, a partir de entonces, a lo largo y ancho del mundo, y sus sombras con ella.

Este podría ser realmente el final de la historia, pero aún no lo es, pues un día en que la señorita Ofelia había ido a caer con su coche bajo una tormenta de nieve y se había quedado bloqueada, apareció de repente ante ella una gigantesca sombra, mucho más oscura aún que todas las demás.

- ¿Eres tú también una de ésas a las que nadie quiere? –le preguntó.

- Sí –dijo pausadamente la sombra-, creo que así se podría decir.

- ¿Quieres venirte también conmigo? –se interesó la señorita Ofelia.

- ¿Me acogerías también a mí? –quiso informarse la gran sombra acercándose más.

- La verdad es que ya tengo de sobra –dijo la vieja señorita-, pero en algún sitio tendrás que quedarte, ¿no?

- ¿No quieres saber primero mi nombre? –preguntó.

- ¿Cómo te llamas?

- Me llaman la Muerte.

Entonces se hizo un largo silencio.

- ¿Quieres acogerme a pesar de todo? –preguntó finalmente con suavidad.

- Sí –dijo la señorita Ofelia-. Anda, ven.

Entonces la grande y fría sombra la envolvió y el mundo se oscureció a su alrededor. Pero luego, de repente, se sintió como si tuviera unos nuevos ojos, unos ojos más jóvenes y claros, y no viejos y miopes como antes. Y ahora ya no le hacían falta gafas para ver dónde estaba: estaba a las puertas del cielo, y alrededor de ella había muchas figuras bellísimas que llevaban vestidos de preciosos colores y le sonreían.

- ¿Quiénes sois vosotras? –preguntó la señorita Ofelia.

- ¿Ya no nos conoces? –dijeron-. Somos las sombras sobrantes que tú acogiste. Ahora estamos salvadas y ya no tenemos que seguir vagando por ahí.

Las puertas del cielo se abrieron y las luminosas figuras entraron conduciendo en medio de ellas a la pequeña y vieja señorita Ofelia. La dirigieron hasta un palacio maravilloso, que realmente era el teatro más bello y magnífico que uno se pueda imaginar.

Sobre la entrada ponía con grandes letras doradas:

TEATRO DE LUCES DE OFELIA.

Y allí interpretan desde entonces para los ángeles los destinos de los hombres en la gran lengua de los poetas, que también la comprenden los ángeles, los cuales, de este modo, aprenden lo miserable y lo grandioso, lo triste y lo cómico que es ser un hombre y vivir en la Tierra.

Y la señorita Ofelia les susurra a sus actores los textos para que no se queden atascados. Por cierto, se dice que a veces también va Dios a escuchar. Pero eso nadie lo sabe seguro.


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