5.8.19

14. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



Los invitados a la boda eran llamas que bailaban y festejaban en el palacio de cera de colores la fiesta más brillante de todas las fiestas. Desde lejos se veía en el paisaje nocturno el resplandor de las traslúcidas y multicolores paredes, torres, puertas y ventanas.

Había hinchadas llamas doradas que se movían majestuosamente y delgadas lenguas de plata que corrían ágiles confundiéndose, había también llamitas diminutas que brincaban por todas partes, y grandes incendios callados que casi permanecían inmóviles en su sitio.

Algunos eran deslumbrantemente blancos, otros de color naranja oscuro o rojo púrpura. También había llamas que ardían lentamente con largas y ondeantes capuchas de humo, y aquí y allá podían verse cirios de iglesia sumamente serios (como se suelen encontrar en cualquier fiesta importante). En una palabra, eran muchos miles los invitados a la boda y yo también estaba presente.

Todos nosotros alimentábamos nuestra fogosa existencia con la cera multicolor del palacio, la consumíamos, la gastábamos sin preocupación ni mezquina consideración festejando la fiesta. Primero se derritió naturalmente el gigantesco tejado de cera de tejas verdes, goteó a través de las vigas y gruesas columnas de velas negras del desván, y corrió en espesos riachuelos por las piezas y salas del piso superior. Luego se derritieron allí los suelos jaspeados y bajaron por las galerías y anchas escalinatas en cascadas multicolores, formando estalactitas y estalagmitas, grutas y flecos. Cuanto más se fundía el edificio, mayor era la violencia y el desenfreno con que bailaban los invitados, que se sumían en verdaderas borracheras de alegría, convirtiéndose en verdaderos incendios de entusiasmo que giraban en ebrios corros flameantes de placer. Tan pronto se cogían de las manos y corrían veloces formando largas cadenas por las salas y pasillos, tan pronto giraban en remolinos o se mecían y deslizaban en parejas, flotando entrelazados en solemnes tangos y zarabandas.

Formando volutas, conos y caprichosas cavernas se fue deshaciendo poco a poco el palacio consumido por el fogoso festín. Y cuanto más se convertía en luz y fuego la sustancia de paredes y arquitrabes, escaleras y columnatas de cera, menos llamas quedaban. Una tras otra se extinguieron, ebrias, saciadas y consumidas. Cuando finalmente alboreaba la mañana, sólo tremolaban algunos bailarines sobre el lago de cera multicolor solidificada. Pero también estos últimos, infatigables, se fueron desvaneciendo poco a poco, describieron un último círculo y dejaron de existir. La ligera brisa de la mañana sopló aún una pequeña nube de humo blanco sobre la superficie lisa. Entonces concluyó la boda.

Yo estuve allí. Y una cosa podéis creerme: ¡fue una fiesta formidable!

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