20.8.19

19. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



El joven médico había obtenido permiso para tomar asiento en un rincón de la sala de consulta para observar el proceso, pero le habían advertido que en ningún caso hablase con la paciente ni que se hiciese notar de otra manera molesta. Pensativo, contemplaba la máquina cuyo sentido no alcanzaba a comprender.

Se trataba de un sillón del tipo que utilizan dentistas o barberos, con la diferencia de que en su lado posterior estaba atornillada verticalmente una barra cromada entre el suelo y el techo de la sala de consulta. Por esta barra se deslizaba continuamente el sillón hacia arriba y hacia abajo.

La paciente que estaba sentada en el sillón, una señora de edad, era extremadamente gorda, su rostro muy maquillado estaba blanco como la harina. Con una especie de furor inaudito engullía sin cesar toda clase de alimentos dispuestos ante ella sobre una mesa portátil de instrumentos: trozos de tarta y de carne, salchichas, alcachofas y pequeños bocaditos de pescado empanado. A cada bocado que aquella señora engullía el sillón era disparado hacia arriba como con un mecanismo de catapulta y caía de nuevo con el estruendo de un martillo de vapor. Cuanto mayor era el bocado, más alto volaba el sillón con la señora, como si la ingestión de los alientos no la hiciese más pesada, sino más ligera.

Como aparte de él y de la señora obesa del sillón no había nadie en la sala y tampoco parecía probable que de momento alguien realizase un control, el joven médico ayudante osó por fin preguntar a media voz, a pesar de la estricta prohibición.

- ¿Con qué objeto la someten a este tratamiento?

Tuvo que repetir la pregunta unas cuantas veces antes de que le oyese la señora e interrumpiese su actividad por un breve instante.

- Padezco –dijo volviéndose dificultosamente hacia el joven, que estaba sentado detrás de ella- gravitación progresiva. Solo comer constantemente me alivia. Si dejo de hacerlo sólo unos segundos, como ahora, aumenta al instante mi peso. Es una alteración de la gravedad de la tierra, ¿comprende? Un par de horas de continencia provocarían el desmoronamiento de mi estructura ósea bajo el peso de mi carne. A mí misma me repugna, pero solo comer constantemente me alivia.

De prisa, como si no llegase a tiempo, devoró un nuevo bocado y el juego del sillón que subía y bajaba volvió a comenzar.

- Estoy seguro de que aquí la ayudaran –murmuró el joven médico-, pronto se sentirá mucho mejor.

Le entristecía no sentir ninguna compasión con la persona obesa a pesar de su evidente sufrimiento.

Como ella no contestó, se levantó al cabo de un rato para estudiar detenidamente el aparato. Cerca del suelo, entre la barra de níquel y el respaldo del sillón móvil, se encontraba un dispositivo que atrajo su atención de manera especial, era un cilindro de cristal bastante grande en el que subía y bajaba un pistón como en una bomba de aire, siguiente el ritmo del sillón, probablemente para amortiguar su caída, demasiado dura al bajar,. En el interior de este tubo de cristal había un animal.

El joven médico no era capaz de identificar esa criatura, pero sin duda era la más repulsiva que había visto jamás. Semejaba una araña avicular, especialmente grande, pues constaba de un cuerpo esférico y una enorme cantidad de patas muy móviles, cubiertas de pelos negros, pero no eran rígidas ni articuladas a la manera de los insectos, sino completamente blandos como la de los pulpos. A cada golpe que recibía el animal por el pistón descendente, sus innumerables extremidades se enroscaban dolorosamente y se hacían un ovillo. Constantemente trataba, aunque ya medio atontado, escapar de la terrible cárcel, pero no encontraba una salida por ninguna parte.

Durante un rato el joven médico observó aquel ser maltratado e hizo toda clase de reflexiones sobre la posibilidad de que existiese una necesidad de calmar el sufrimiento de la paciente con el sufrimiento de aquella criatura, no es que el animal en sí despertase en él simpatía –para eso era demasiado espantoso-, era más bien una actitud fundamental, un cierto respeto objetivo frente al derecho a la existencia de cada ser viviente, cualquiera que fuese su forma, la que le hacía repudiar cualquier tortura innecesaria. Y como no podía ver ninguna razón para someter al animal a semejante tormento, sintió finalmente compasión con él precisamente porque era tan insólitamente feo.

- ¡Pare! –gritó de pronto a la señora obesa, que todavía seguía devorando bocado tras bocado-. ¡Pare de una vez!

Pero la mujer no parecía oírle, quizás tampoco quería, en todo caso no prestó la menor atención a sus palabras y siguió engullendo obsesivamente como antes.

El joven médico se puso de pronto furioso e indignado. Agarró el primer instrumento cromado que estaba a su alcance y con varios golpes fuertes destrozó el cilindro de cristal. En seguida se detuvo el sillón pero la señora apenas se fijó en ello. Sólo lanzó, masticando a dos carrillos, una mirada de reproche al joven, pero no interrumpió su almuerzo.

La criatura en forma de araña había corrido mientras tanto a la puerta. El joven médico la abrió y la dejó escapar. Fugazmente se le ocurrió que su acto impulsivo le acarrearía severas sanciones, pero no fue realmente eso lo que le impulsó a abandonar rápidamente la habitación. Más bien sintió de pronto una curiosidad que él mismo no se explicaba del todo por observar a dónde se dirigía tan de prisa la criatura, ahora que podía seguir su propio impulso. Con asombrosa determinación corrió con sus innumerables patas por los pasillos del instituto hacia la calle nocturna y allí siguió y siguió como si quisiese llegar, a cualquier precio y por el camino más corto, a un lugar determinado.

Agachado para no perderle de vista en la oscuridad, el joven médico corrió detrás del animal por silenciosas callejuelas y patios traseros, por puentes y escaleras, debajo de arcos y carreteras elevadas, hasta que la criatura se quedó por fin sentada en la entrada, débilmente iluminada, de una casa de alquiler de aspecto mísero. No hizo ningún ademán de moverse más.

El joven médico miró en torno suyo confundido. No podía imaginar lo que había traído a aquel lugar a la criatura. Pero tal vez, se dijo, le había engañado la impresión y no era ese lugar especial el que había atraído al animal, sino que allí terminaba sencillamente su huída, lo más lejos posible de la terrible cárcel de cristal, sí, si duda era así,. No hizo nada para espantarlo de nuevo, más bien se quedó completamente quito y esperó a ver qué sucedería.

No llevaba mucho así cuando del extremo opuesto del oscuro pasillo vio acercarse presuroso a un segundo animal, aproximadamente del mismo tamaño que el que se parecía a una araña, pero de una forma completamente distinta, parecía más bien un escarabajo con poderosas tenazas, casi al mismo tiempo surgió un tercero que superaba un poco en tamaño a los dos anteriores y que mostraba un lejano parecido con un saltamontes, los tres animales permanecieron juntos inmóviles, mirándose de frente de manera que sus cuerpos formaban una especie de estrella de tres piscos sobre el suelo enlosado. La presencia del observador no parecía preocuparles.

Durante mucho tiempo no sucedió nada especial y el joven médico empezó a maravillarse de su propia paciencia. Él mismo no podría haber dicho lo que mantenía intrigada su expectación. Cuando finalmente decidió, más por sensatez, alejarse, algo le llamó la atención.

Un extraño sonido, apenas perceptible, flotaba en el aire y el que escuchaba comprendió que sin darse cuenta llevaba ya un buen rato percibiéndolo. Pero ahora que le prestaba su atención oía de manera cada vez más definida y clara un acorde delicado y puro, completamente sobrenatural, de tal belleza que se le saltaron las lágrimas de emoción. ¿Era posible que aquellas tres criaturas de aspecto tan repugnante hiciesen música juntas? ¿Era posible que ellas reunidas en aquel oscuro y sucio rincón produjesen el más puro de los acordes? ¡Dios mío, pensó extasiado el joven médico, Dios mío, que felicidad tan indescriptible!

Cuando despuntaba el alba, se desvaneció la música, aunque los animales seguían sentados sin moverse. El joven médico salió todavía un poco aturdido a la calle. Ante él había, bajo la primera luz, un pequeño parque con hierba pisoteada. En los bancos estaban sentadas diez personas aproximadamente, absortas como si hubiesen escuchado toda la noche el acorde. Eran rostros campesinos que ahora alzaron uno tras otro la mirada y saludaron con la cabeza al joven médico, sonrientes pero en cierto modo solemnes, los hombre llevaban gorros de piel y barbas, las mujeres pañuelos de cabeza, todos estaban vestidos con amplios sayales de burda tela de saco sin teñir. Cuando el joven médico se acercó a ellos, vio que los sayales estaban completamente cubiertos de signos, pero eran caracteres de una escritura desconocida para él. Pensó que eran cirílicos.

- ¿Nombres? –preguntó señalando las letras-. ¿Sus nombres?

Los interpelados asintieron sonrientes, pero lo hicieron como si no hubiesen entendido la pregunta, como si asintiesen sólo por amabilidad.

- ¿De dónde vienen? –preguntó el joven médico, pronunciando cada palabra despacio y claramente.

Un viejo de barba blanca contestó, pero lo hizo en una lengua extranjera. De pronto cantó un gallo. El joven médico se volvió asombrado y los campesinos se rieron indulgentes de su asombro y señalaron a una mujer sentada al final de su fila. El joven médico se acercó a ella y vio que llevaba un mandilón completamente abierto de manera que sus enormes pechos quedaban al descubierto. Sobre la piel del pecho estaba pintado un icono valioso y en parte guarnecido con panes de oro.

De nuevo se oyó el canto ronco del gallo y los campesinos se rieron. La mujer con el pecho al aire mandó callar con un gesto de la mano a los que se reían, luego extrajo de detrás del banco un saco, lo abrió y se lo tendió al joven médico. Este le echó una mirada y vio que el saco estaba aproximadamente lleno hasta la mitad de trozos de hielo. Sobre éstos estaba sentado un gallo desplumado, completamente desnudo, que, no obstante, estaba vivo y que cuando divisó el rostro del joven médico que se inclinaba hacia él, batió las alas desplumadas y cantó por tercera vez.

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