22.8.19

6. En el que una gorda cabeza amarilla les causa dificultades

Texto: Michael Ende en Jim Botón y  Lucas el maquinista
Imagen: Mathias Weber




En Ping había una enorme cantidad de personas y todas ellas eran chinas. Jim, que no había visto nunca a tanta gente de una vez, sintió una inquietud misteriosa. Todos eran de ojos rasgados, tenían trenza y llevaban grandes sombreros redondos.

Cada chino llevaba a otro chino más pequeño de la mano. Éste llevaba de la mano a otro más pequeño aún, y así sucesivamente hasta el más pequeño de todos que tenía el tamaño de un guisante. Si este último hubiese llevado a otro chino más pequeño, Jim no lo hubiera podido ver y hubiera necesitado una lupa.

Estos eran los chinos con sus niños y los niños de sus niños. (Todos los chinos tienen muchos niños y niños de niños.) Todos andaban en desorden por la calle, hablaban, gesticulaban y mareaban a Jim.

La ciudad tenía miles y miles de casas; cada casa tenía muchos muchos pisos y cada piso tenía un tejado, parecido a un paraguas, que sobresalía y era de oro.

De las ventanas colgaban banderitas y faroles y en las callejuelas había cientos de balcones con cuerdas para tender la ropa, porque los chinos son un pueblo muy limpio. Nunca se ponen ropa sucia y el chino más pequeño, el que no es mayor que un guisante, lava la suya cada día y la tiende en un cordel más delgado que un hilo.

Emma tenía que ir con mucho cuidado para abrirse paso por entre la muchedumbre y no atropellar a nadie. Temía que no se oyera su jadeo y hacía sonar sin interrupción la campanilla y silbaba para que se apartaran del camino los niños y los niños de los niños. Estaba sin aliento.

Por fin llegaron a la plaza principal ante el palacio imperial. Lucas accionó la palanca del freno. Emma se detuvo y con un enorme suspiro de alivio dejó salir el vapor. Los chinos se desbandaban por todas partes por el miedo. No habían visto nunca una locomotora y creían que Emma era un monstruo que lanzaba sobre ellos su aliento caliente para matarles y comerles luego en el almuerzo.

Lucas encendió tranquilamente la pipa y le dijo a Jim:

— Ahora, querido muchacho, ven conmigo. Vamos a ver si el emperador de China está en casa.

Se bajaron y se dirigieron hacia el palacio. Para llegar a la puerta de entrada tuvieron que subir noventa y nueve escalones de plata. La puerta tenía diez metros de alto y seis metros y medio de ancho y era de ébano tallado. El ébano es una madera de color de azabache o ala de cuervo y es tan rara que en todo el mundo existen solamente doscientas diez toneladas y siete gramos. Bien, la mitad de esta cantidad había sido empleada en la construcción de la gigantesca puerta.

Junto a la puerta había un escudo en el que en letras de oro ponía:

EMPERADOR DE CHINA

Y debajo había un timbre hecho con un solo enorme diamante.

— ¡Rayos y truenos! —dijo Lucas el maquinista, asombrado, cuando lo vio. Jim puso unos ojos redondos como una bola.

Lucas apretó el botón del timbre. Entonces, en la gigantesca puerta de ébano, se abrió una ventanilla. Una gorda cabeza amarilla se asomó y sonrió burlona a los dos amigos. Naturalmente, esta cabeza debía de tener un cuerpo igualmente grande, pero no se le podía ver porque estaba detrás de la puerta. La cabeza amarilla y gorda preguntó con voz de falsete:

— ¿Qué desean los honorables señores?

— Somos dos maquinistas extranjeros —contestó Lucas— , y si es posible nos gustaría hablar con el emperador de China.

— ¿Para qué desean ustedes hablar con nuestro muy poderoso emperador? —preguntó la cabeza y sonrió amistosamente.

— Será mejor que se lo digamos a él mismo —dijo Lucas.

— Por desgracia, muy honorable maquinista de una encantadora locomotora, es imposible —murmuró la cabeza del cuerpo invisible y sonrió amable—, es del todo imposible hablar con nuestro muy poderoso emperador. ¿Tienen ustedes una invitación?

— No —dijo Lucas disgustado— , ¿para qué?

Desde la ventanilla de la puerta la gorda cabeza amarilla contestó:

— Perdónenme, piojos indignos, pero no puedo dejarles entrar. El emperador no tiene tiempo.

— Pero en algún momento a lo largo del día —opinó Lucas— , tendrá un minuto para nosotros.

— ¡Lo siento muchísimo! —respondió la cabeza y sonrió de oreja a oreja con una sonrisa azucarada—. Nuestro muy poderoso emperador no tiene nunca tiempo. ¡Perdónenme!

Y la ventanilla se cerró con un ruido seco.

— ¡Maldito! —murmuró Lucas entre dientes. Mientras bajaban los noventa y nueve escalones de plata, Jim dijo:

— Me parece que el emperador tiene tiempo para nosotros. Lo que pasa es que la gorda cabeza amarilla no nos quiere dejar entrar.

— Yo también lo creo así —gruñó Lucas, furioso.

— ¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Jim.

— Ahora nos iremos a dar una vuelta por la ciudad —dijo Lucas, animado. Cuando se enfadaba, el mal humor no le duraba nunca mucho.

Cruzaron la plaza, en la que se había reunido una muchedumbre enorme. Los chinos contemplaban a Emma la locomotora desde respetuosa distancia. Para Emma esto era muy desagradable. Avergonzada, bajó los faros. Cuando Lucas se le acercó y le acarició, respiró aliviada.

— Escúchame, Emma —dijo Lucas— , Jim y yo vamos a dar ahora una vuelta por la ciudad. Quédate aquí y no te muevas hasta que volvamos.

Emma suspiró resignada.

— No tardaremos mucho —la consoló Jim. Y se pusieron en marcha.

Los dos amigos anduvieron durante horas por las estrechas callejuelas y las calles pintorescas llenas de cosas extrañas.

¡Por ejemplo, los limpiadores de orejas! Los limpiadores de orejas trabajaban igual que entre nosotros los limpiabotas. Había que sentarse en unas cómodas sillas que tenían preparadas en las calles. Allí le limpiaban a uno las orejas. Pero no sencillamente con un trapo. ¡Oh, no! Era un procedimiento largo e ingenioso. Cada limpiador de orejas tenía una pequeña mesa con una bandeja de plata que contenía incontables cucharillas, pincelitos, palillos, cepillitos, bolas y tampones de algodón, tarritos y botellitas. Todo esto les servía para trabajar.

Los chinos van muy a gusto al limpiaorejas. Primero, naturalmente, por limpieza y segundo porque el cosquilleo y el hormigueo son muy agradables si el limpiaorejas trabaja como es debido. A los chinos les gusta mucho.

Había también cuentacabellos que le cuentan a uno los de la cabeza, porque en China es muy importante saber cuántos cabellos se tienen. Un cuentacabellos tiene unas minúsculas pinzas de oro con las que se puede coger los cabellos uno por uno. Cuenta cien cabellos y ata el mechoncito con un lacito. Y lo hace hasta que toda la cabeza está llena de lacitos. Junto a él se sienta un ayudante cuenta-cabellos que hace las sumas. Algunas veces pasan horas antes de que estén contados todos los cabellos. Pero hay personas con las que van muy de prisa porque también en China hay gente con sólo dos o tres cabellos en la cabeza.

Había muchas otras cosas.

Por ejemplo, por todos los rincones había prestidigitadores. Vieron a uno que de una semilla, en la palma de su mano, podía hacer crecer un arbolito en el que se posaban y gorjeaban unos pajarillos diminutos. De las ramas colgaban frutas pequeñas como perlas. Se podían coger y comer y tenían un sabor dulce como el azúcar.

Había acróbatas que hacían juegos de equilibrio con sus niños pequeños como guisantes, como si fueran pelotas. Mientras volaban por el aire, los niños tocaban, con pequeñas trompetas, una música alegre.

¡Cuántas cosas había para comprar! Nadie, si no ha estado en China, lo podrá creer. No tendría sentido enumerar todas esas frutas y telas costosas, objetos de porcelana, juguetes, vajillas, porque entonces este libro sería diez veces más grueso.

Bueno, había también tallistas de marfil. Es algo increíble y maravilloso. Alguno de estos tallistas de marfil tenía ya más de cien años y en toda su vida de trabajo sólo había tallado un pedazo de marfil. Pero este pedazo era tan valioso que nadie en la tierra lo podía comprar y entonces ellos se lo regalaban a alguien a quien juzgaban digno de conservarlo. Uno había tallado, por ejemplo, una bola del tamaño de un balón. Esta bola estaba llena de escenas maravillosas. Las escenas no estaban pintadas, sino talladas, tan bien talladas que parecían de encaje, pero en cambio eran de duro marfil.

Si se miraba a través de este encaje como a través de una fina rejilla se veía en el interior una segunda bola. Estaba suelta y del mismo modo maravillosamente tallada. En el interior de la segunda bola había otra bola más y así sucesivamente hasta el centro. Pero lo asombroso y verdaderamente curioso de este trabajo era que los artistas habían tallado estas maravillas en un solo pedazo sin abrir ninguna de las bolas. Las habían hecho trabajando a través de los pequeños agujeros del encaje con cuchillitos y cinceles minúsculos. Habían empezado hacía muchos, muchísimos años, cuando eran todavía niños del tamaño de un guisante. Al terminar el trabajo eran muy viejos y tenían el pelo completamente blanco. Se podía contemplar toda su vida en las bolas, como en un álbum de fotografías.

Los tallistas de marfil eran muy respetados por todos los chinos y se les llamaba: Los grandes maestros del marfil.

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