17.10.19

20. El espejo en el espejo

Texto: Michael Ende en El espejo en el espejo
Imagen: Edgar Ende



A la salida de la oficina, el hombre de los ojos de pez subió al segundo vagón de la línea 6. El tranvía estaba lleno, como de costumbre a aquellas horas. Los viajeros, en su mayoría hombres, llevaban los cuellos de los abrigos subidos y los sombreros calados sobre la frente. Hacia mucho frío aquella tarde y el hombre observó con mirada redonda y vacía las nubecitas de vapor que se elevaban de muchas bocas. 

Durante un rato tuvo que estar de pie, pero después de la quinta parada quedó libre un asiento delante de él y se sentó. Hasta la última parada quedaba mucho tiempo. Extrajo un periódico del bolsillo interior de su abrigo, lo alisó cuidadosamente y se enfrascó en su lectura. Por algún motivo no lograba, sin embargo, concentrarse en el texto. No comprendía el sentido de algunas frases, ni siquiera después de leerlas varias veces. Por fin observó en las páginas siguientes algunas erratas, al principio aisladas, pero luego cada vez más frecuentes. Evidentemente, algunas palabras o líneas, hasta párrafos enteros, habían sido impresos, por error o negligencia del tipógrafo, en un alfabeto desconocido, quizás griego o cirílico. En cualquier caso, decidió escribir esa misma tarde una carta de protesta a la dirección.

El viaje que tenía que hacer dos veces al día, de ida por la mañana y de vuelta por la tarde, solía durar tres cuartos de hora. Los días malos, con grandes atascos, podían durar mucho más. Sin embargo, tales demoras le resultaban más agradables que molestas. No le gustaba llegar a su piso, no se sentía allí en casa. En realidad nunca se había sentido en casa en ninguna parte. Cuando los colegas hablaban de ello en la oficina, escuchaba y trataba en vano de imaginárselo. Sin embargo, con el paso de los años se había acostumbrado a esa deficiencia como a un pequeño defecto físico al que uno termina por adaptarse. Como vivía solo, su día terminaba irremisiblemente en cuanto cerraba detrás de sí la puerta de su casa. En cambio, mientras iba en el tranvía le parecía tener abiertas toda clase de posibilidades. No pensaba en nada concreto, todas las tardes era la misma pequeña esperanza absurda y la misma pequeña desilusión apenas consciente. 

Al cabo de un rato alzó la vista de su lectura. Lo sorprendió que el coche se hubiese vaciado hoy casi por completo tan pronto. Sólo quedaban cuatro personas, o más bien cinco con él. Enfrente estaban sentadas dos mujeres mayores y gordas con enormes bolsas de la compra que no estaban al parecer dispuestas a soltar ni un solo instante, al tiempo que se escudriñaban mutuamente con desconfianza. Ambas mujeres estaban empaquetadas en una cantidad casi ridícula de bufandas, chaquetas de punto y pañuelos de lana, ambas llevaban guantes que dejaban libres las puntas de los dedos. En la medida en que se podían distinguir sus enrojecidos rostros entre los embozos, tenían un parecido sorprendente. Quizás eran hermanas.

Un poco más lejos estaba sentado un hombre pequeño, vestido miserablemente, que miraba hacia el suelo y sacudía de manera intermitente la cabeza, como si tratase de comprender algo que nunca llegaba a entender. A su lado se encontraba un niño pequeño delicado con una gorra de marinero sobre el largo pelo rubio, que canturreaba, mientras derretía con los dedos agujeros para mirar a través de la capa de hielo del cristal de la ventana. De pronto pareció haber descubierto algo afuera, pues empezó a zarandear excitado al hombre, le agarró incluso la cara para lograr su atención. Pasó un rato antes de que éste se hubiese dado cuenta hasta el punto de acercar su oído al niño, recoger el importante mensaje y asentir. El tranvía se detuvo y ambos abandonaron el coche cogidos de la mano.

Cuando se aproximaba la siguiente parada las mujeres también se levantaron y arrastraron, suspirando y resoplando, sus enormes bolsas de mercado hacia las puertas de salida, una hacia la trasera, la otra hacia la delantera, al mismo tiempo se volvieron para mirarse con encono, aunque eso no sucedió sin dificultad, debido a su gordura.

El hombre de los ojos de pez las siguió con la mirada. Hizo con su aliento un agujero en el hielo de su cristal para comprobar si ambas tomaban la misma dirección, pero no pudo descubrirlas por ninguna parte. El tranvía arrancó de nuevo, él se recostó hacia atrás y dejó vagar su mirada por el coche vacío.

Al cabo de un rato se le ocurrió que podría subir todavía un revisor. Se desabrochó el abrigo y buscó en todos los bolsillos su tarjeta de viajero, pero no la pudo encontrar. Era la primera vez que le sucedía eso y le pareció del todo incomprensible. Cierto que no era muy probable que en el último tramo del trayecto subiese todavía un revisor, pero en el caso de que sucediese, habría problemas. El asunto le inquietaba y volvió a buscar de nuevo en todos sus bolsillos. Finalmente desistió y trató de recordar cuándo había tenido por última vez el documento en la mano, pero fue en vano.

Un poco más tarde le llamó la atención que el sol, que al terminar la oficina estaba a punto de ponerse, no había desaparecido aún del todo. Al contrario, no cabía duda de que se había elevado ligeramente. Eso le extrañó.

Rascó con las uñas las flores de escarcha del cristal de la ventana y se asomó. Villas pasaban de largo y pequeñas casas de campo de madera rodeadas de grandes jardines florecientes. Unos niños estaban columpiándose con vestiditos ligeros de verano o medio desnudos.

Al hombre de los ojos de pez le pareció insensato. Los niños podían morirse. En la oficina era el 23 de enero. Pero los árboles allí fuera estaban verdes y algunos incluso llenos de flores. Entonces entró en su campo visual un monumento rodeado de macizos de flores. Representaba a un ciervo descansando, de cuya frente brotaba en lugar de cuernos ramas vivas llenas de hojas.

Hacía casi dieciséis años que recorría aquel trayecto, pero nunca le había llamado la atención aquel monumento. En ese momento no hubiese podido siquiera decir dónde se encontraba ahora el tranvía. Desabrochó la manga de su abrigo y echó una mirada a su reloj de pulsera. Al parecer, las manecillas habían marchado hacia atrás. Tendría que llevar el reloj a reparar y prescindir de él algunos días. Esa perspectiva le resultaba más que desagradable, pues vivía de acuerdo con un horario exacto. Se quitó el reloj, se lo llevó al oído y lo sacudió. A continuación se paró.

Evidentemente, el conductor del tranvía se esforzaba en recuperar el tiempo perdido. No respetaba ya ninguna parada y conducía desde hacía bastante tiempo a una velocidad no permitida. Al hombre de los ojos de pez le pareció insensato.

Poco a poco empezó a deshacerse la capa de hielo de las ventanas. Pequeños trozos se resbalaban por los cristales, se montaban unos sobre otros y se desprendían. El tranvía iba ahora por un bosque. Entre plantas de grandes hojas se alzaban helechos gigantes, equisetáceas como árboles y palmeras. Al hombre de ojos de pez lo asaltaron dudas de haberse equivocado quizás de línea. Pero eso no era posible, pues por la parada en la que había subido no pasaba ninguna otra línea aparte de la 6. por lo tanto, estaba descartado un error. Se echó hacia atrás y esperó.

Un relincho salvaje lo sobresaltó. Un caballo blanco galopaba junto al vagón, justo debajo de la ventana. Estaba ensillado y embridado a la manera oriental, su crin y su cola tremolaban al viento. A veces desaparecía durantes unos segundos a su mirada detrás de la hojarasca y la maleza, pero una y otra vez se acercaba al coche en marcha. El hombre de los ojos de pez, que no se había fijado si el animal llevaba mucho rato comportándose de tan extraña manera, tampoco consideró que fuese asunto suyo emprender algo en contra. Pero como el caballo blanco seguía tenazmente en su actitud, finalmente se puso en pie, se dirigió a la plataforma posterior y trató de ahuyentar con gestos al animal. Como no tuvo ningún éxito, trató incluso de abrir la puerta, aunque las puertas eran automáticas y permanecían cerradas durante la marcha. Sin embargo, para su sorpresa, lo logró tras algún forcejeo. Aire caliente y húmedo entró en el coche. 

Cuando el caballo blanco divisó al hombre en la puerta abierta, se acercó en seguida, y se mantuvo de tal manera que éste hubiese podido saltar fácilmente desde el estribo a la silla. Casi rozaba la pared del coche. El hombre de los ojos de pez daba patadas, remaba con los brazos y gritaba:

- ¡Fuera! ¡Largo de aquí!

Le preocupaba que le pudiese pasar algo al caballo blanco, pues probablemente hubiera significado una parada larga del tranvía hasta que la policía hubiese establecido las circunstancias del accidente, lo cual podía retrasar su regreso a casa durante horas. Pero sus esfuerzos sólo consiguieron que el animal se empeñase aún más en aproximarse a él. Sólo cuando se le ocurrió lanzar un silbido ensordecedor metiéndose dos dedos en la boca, el caballo se detuvo instantáneamente. El hombre se sujeto a los pasamanos, inclinándose hacia fuera, y vio cómo el animal, ya a lo lejos, echaba las orejas hacia atrás y enseñaba los dientes aterrado. Después regresó a su asiento. 

Mientras tanto había cambiado el paisaje. Ahora era una estepa quemada, aquí y allá se elevaban ligeras nubes de humo de los lugares donde todavía ardía la hierba. El aire sobre la llanura tembleteaba de calor. Una vez vio a cierta distancia una comitiva de presos, figuras espantosamente escuálidas con trajes a rayas. Caminaban sobre altos zancos, probablemente a causa de las ascuas del suelo. El hombre se quitó el abrigo y lo colocó cuidadosamente a su lado sobre el respaldo del asiento. El sol estaba en el cenit. El calor le resecaba la boca. Le hubiese gustado beber algo, pero para eso tenía que esperar a llegar a casa. Mucho no podía faltar ya.

Un poco más tarde el tranvía aminoró de pronto la marcha considerablemente. Circulaba junto a un interminable complejo de fábricas desierto. Todas las ventanas de los edificios estaban rotas, los tejados agujereados y hundidos. Era evidente que también las vías del tranvía estaban muy defectuosas en ese tramo, a juzgar por el insoportable estrépito y traqueteo de las ruedas.

La única persona que pudo descubrir el hombre de los ojos de pez en la ruina de la fábrica fue un gigantesco anciano completamente desnudo, cuya barba hecha una trenza colgaba casi hasta el suelo. De pie bajo el sol deslumbrante en medio de una explanada de losetas blancas, hacia señas con la mano al hombre que pasaba en el tranvía y señalaba insistentemente con un dedo índice descomunal una calabaza que sostenía en alto con la otra mano. Al mismo tiempo gritaba. Al parecer, una palabra de una sílaba para la que ponía los labios redondos. Pero el hombre de los ojos de pez no pudo oírla a causa del estrépito de las ruedas. 

El tranvía volvió a acelerar. Circulaba por un desierto de arena, piedras y rocas aisladas que parecían figuras y máquinas medio derretidas. El hombre de los ojos de pez se dijo que el tranvía debía estar siguiendo un desvío. Esas cosas podían pasar cuando se realizaban obras en alguna parte. Su sed se había vuelto tan insoportable que le resultaba difícil respirar. Boqueó. Poco a poco se sumió en un letargo semiconsciente. 

Cuando volvió en sí, había refrescado mucho. Observó que el sol descendía en el horizonte, pero estaba claro que se trataba del horizonte oriental. Y de pronto se estremeció con un sollozo sin lágrimas. La sorda paciencia o indiferencia con que se había resistido hasta entonces a tomar conocimiento de lo que estaban haciendo con él, se había agotado de pronto. Dijo para sí en voz alta que aquella misma noche escribiría una queja indignada a la dirección de los transportes públicos, pero no sirvió de nada, él mismo no creía ya en ello.

Ese descubrimiento lo llenó de espanto. Se sentía expuesto a lo inconcebible, indefenso y desnudo, y el pánico se apoderó de él. Se levantó de un salto y se dirigió tambaleándose, por las sacudidas de la marcha vertiginosa, hacia la plataforma delantera. Allí intentó divisar al conductor a través de los cristales de los vagones. El cristal estaba cubierto de polvo y no le dejaba ver nada. Gritó, vociferó y aporreó las ventanas sin conseguir nada. Entonces agarró el freno de emergencia, pues en ese caso se consideraba con derecho a utilizarlo. Tiró con toda la fuerza de la desesperación, pero no sucedió nada. Volvió a tirar. Tiró hasta que se le agarrotó el brazo. Tiró con el otro. Al cabo de un rato le invadió una ira ciega y el agarrador se le quedó en la mano. Llorando como un niño, lo arrojó al suelo. Durante un rato se quedó mirándolo fijamente y su jadeo era interrumpido de cuando en cuando por un sollozo seco. Poco a poco se tranquilizó.

Regresó a su asiento y se quedó con mirada vacía y redonda observando a través de los cristales polvorientos el páramo monótono que pasaba de largo. El único ser vivo que vio después de mucho tiempo fue un hombre vestido con el informe y plateado traje de astronauta tirando de una ternera atada a una cuerda que se resistía y no quería acompañarle. Ambos proyectaban sombras infinitamente largas sobre la llanura. Eso fue todo.

Entonces el tranvía marchó de pronto muy despacio, casi al paso. Despertó de golpe de su sorda cavilación, cogió su abrigo y su sombrero, corrió hacia la plataforma posterior, donde todavía seguía abierta la puerta, y saltó. Había subestimado la velocidad de la marcha, tropezó con unas piedras, cayo al suelo y se quedó tumbado durante unos segundos. Entonces se le ocurrió que desde aquella interminable llanura era imposible volver a casa a pie. Aparte de la distancia, no conocía el camino, ni siquiera los puntos cardinales. Se puso de pie y vio que el tranvía no se había alejado aún demasiado. Parecía incluso haber aminorado aún más su velocidad. Empezó a correr pero entonces el tranvía volvió a acelerar su marcha. Sólo haciendo un gran esfuerzo logró alcanzar el último estribo e izarse pataleando y medio arrastrado. A gatas entró en el vagón y se quedó tumbado en el suelo sucio sin aliento, con la cara escondida en el ángulo del brazo.

Tardó bastante en sentirse lo bastante fuerte para ponerse en pie. Cuidadosamente se sacudió el polvo de las rodillas y los codos, su traje estaba desgarrado por varias partes, la pernera izquierda empapada de sangre a la altura de la rodilla. Había perdido el sombrero y el abrigo.

Se colocó junto a la puerta abierta, y con los ojos cerrados, dejó que el viento, que soplaba otra vez con fuerza, refrescase su rostro empapado de sudor, no oponía ya ninguna resistencia. Sabía que estaba de acuerdo con todo, viniese lo que viniese, sería lo que él mismo quería.

El sol había descendido tanto en el horizonte oriental que le deslumbró cuando se inclinó fuera de la puerta haciéndose sombra con la mano y tratando de distinguir hacia dónde iba con el tranvía. Al principio creyó que la franja oscura del horizonte era una cadena montañosa muy lejana. Más tarde creyó contemplar una tormenta que se avecinaba y se alegró que viniese lluvia. Sólo cuando se acercó aún más y vio que aquella cosa oscura se movía en sí misma y respiraba, le pareció un bosque removido por vientos tormentosos o una pared que se alzaba por encima de todo el horizonte, compuesta por gigantescos telones que ondeaban despacio hacia arriba y abajo, hinchándose, entrelazándose y volviéndose a separar.

Sólo al final vio los colores: torres de ópalo que se alzaban sin cesar y volvían a perderse. Paredes tumbadas de nácar, traslúcidas, ardientes y transparentes como cristal líquido. ¡Y el blanco, el blanco que al principio le había parecido un relampagueo en el frente de la tempestad!

Entonces el hombre de los ojos de pez comprendió hacia dónde iba, lo comprendió tanto que se le paró el corazón:

El mar.

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