6.1.20

112. Fábula docet

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Monica McClain




Observamos a los animales una vez, no como criaturas de la naturaleza sino como seres fabulosos, es decir, como expresión de cualidades humanas.

Si la serpiente venenosa aparece como la perfecta encarnación de la astucia demoníaca, más aún, del Mal por excelencia, es de seguro interesante meditar un momento sobre qué animales son los que pueden hacerle frente. A mí, de entrada, me vienen tres a la mente:

Está, en primer lugar, el mungo. El mungo viene a ser la encarnación del sprit, del ingenio, de la presencia de espíritu. Cuando él lucha con una serpiente, hace casi el efecto de un juego, de un baile, con una especie de técnica de judo consigue que la adversaria yerre el golpe hasta que, aturdida por su propia violencia, pierde un momento la orientación. Ese momento es el que él aprovecha para matarla.

El segundo animal es la gallina. Su coraza de plumas la hace intocable para la serpiente. La gallina ve en la serpiente una especie de gran lombriz que se puede picotear. Es sencillamente demasiado tonta para comprender lo demoníaco de la serpiente. Contra esa perfecta y primitiva estupidez, la serpiente es impotente. También el pavo real, que es un notorio devorador de serpientes, pertenece a los gallináceos. En su magnificencia encarna la misma cualidad, por así decir, al más alto nivel social.

El tercer animal que me viene a la cabeza es el erizo. Es una especie de bohemio de los animales, la despreocupación, hecha carne. Se pasea por el jardín, eructa y hace ruido al comer, le gusta el alcohol y se emborracha siempre que puede. Si le atacan, se hace una bola y espera con toda tranquilidad a que el atacante pierda la paciencia y lo deje en paz. La serpiente no le impresiona lo más mínimo. Le da completamente igual que le muerda, está inmunizado contra ella. Él se la come como un plátano.

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