27.1.20

88. La abuela está sentada llorando en el jardín chino

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Grisha Bruev



Cómo viví el final de la guerra



En 1943, los ataques aéreos eran cada vez más intensos. Apenas transcurría una noche sin bombardeos. Para poner en seguridad por lo menos a los niños, fueron evacuadas todas las escuelas. La expresión oficial para designar esa operación era KLV (Zinder-Land-Verschickung = Traslado de los niños al campo), y los lugares donde se alojaban recibieron el nombre de “campos”. Era una de las palabras preferidas del lenguaje de entonces: campos de trabajo, campos de concentración, campos KLV … En realidad eran antiguos hoteles y pensiones situados en los lugares de veraneo y de turismo de la Alta Baviera, que habían sido requisados a tal fin, o sea, todo lo contrario de las imágenes que quizás pudiese suscitar la palabra “campo”.


Mi instituto, el Maximiliam-Gymnasium, había sido trasladado a Garmisch-Partenkirchen –mi lugar de nacimiento, por cierto- junto con el claustro de profesores, que a aquellas alturas por supuesto, sólo constaba de hombres que, aún aplicando los más rigurosos criterios, eran totalmente inútiles para el servicio militar, o sea, inválidos, enfermos crónicos o simplemente viejos. Quizás tuviese uno que otro de ellos relaciones especialmente buenas con los correspondientes departamentos superiores u oficinas del partido, que le habían certificado que él era indispensable como educador. La mayoría de ellos eran nazis, pero no todos. Nuestro viejo profesor de griego, por ejemplo, nos saludaba al comienzo de la clase no con el reglamentario Heil, Hitler, al que teníamos que responder de la misma manera (sonaba siempre como Heitler), sino con el saludo griego Jairete, mathetes (“Los saludo discípulos”), a lo que nosotros respondíamos con Jaire, didáscalos (“Te saludamos, maestro”). Eso ya era, en aquellos tiempos, un signo bastante temerario de disidencia.


Los niños varones estábamos alojados en habitaciones de tres, cuatro y cinco camas. Aparte de las clases, el programa diario consistía fundamentalmente en la llamada formación premilitar, es decir, maniobras paramilitares, ejercicios de educación física, juegos al aire libre, largas marchas de propaganda, durante las que teníamos que cantar, claro, las canciones obligatorias como Es zittern die morschen knochen (Tiemblan los huesos cansados) o Volk ans Gewehr (Pueblo al fusil), Wenn das Judenblut vom Messer spritzt (Cuando la sangre judía chorrea de la navaja) no formaba parte de nuestro repertorio, quizás porque éramos un instituto humanístico y tales textos iban demasiado lejos incluso para los profesores más adictos al régimen.


Yo no creo que la mayoría de mis compañeros de clase tuviese mucho en contra de toda aquella aparatosidad bélica y nacionalsocialista, de aquel izar y bajar banderas cada mañana o cada noche, de las marchas y celebraciones patrióticas. No se conocía más que eso y se hacía con más o menos inercia lo que le ordenaban a uno, del mismo modo que los colegiales de todos los tiempos han cumplido siempre lo que se les ha dicho desde arriba. Alguno que otro refunfuñaba un poco de vez en cuando, pero quien recibía alguna condecoración estaba, sin embargo, orgulloso de ello. En todo caso, yo no recuerdo que hayamos hablado entre nosotros, pero ni remotamente, de asuntos políticos. Para ello nos faltaban todos los presupuestos y toda posibilidad de comparar. Aparte de eso, teníamos doce, trece años y nos interesaban otras cosas.


Pero algunos de nosotros, pocos, estábamos por así decir hipotecados por la casa paterna. Niños judíos, por supuesto, no había desde hacía ya mucho tiempo en ninguna escuela alemana, pero había niños de familias no fiables políticamente, y éstos se vieron en la situación, debido o no a sus propias convicciones, de ser los representantes de una cierta oposición. Ése era también mi caso.


Mi padre, Edgar Ende, fue en Alemania uno de los primeros pintores del surrealismo, una corriente artística que los nazis consideraron “degenerada”. A consecuencia de ello había recibido una prohibición oficial de ejercer su profesión. Eso significaba que no podía exponer ni vender sus cuadros, que tampoco podía pertenecer a ninguna asociación artística, y ni siquiera comprar pinturas, pinceles ni otros materiales para los que se necesitaba –al menos durante los años de guerra- un permiso de abastecimiento extendido por la Cámara de Cultura del Reich. Aunque padecía una enfermedad crónica cardiaca había sido llamado a las filas ya en 1940 y por entonces se hallaba en la zona de Colonia, formando parte de una unidad de defensa antiaérea.


Mucha gente ha afirmado después de la guerra que jamás había llegado a sus oídos nada relativo a los campos de concentración y a todas las otras cosas horribles que ocurrieron durante el Tercer Reich. Se taponarían los oídos, seguramente, pues era casi imposible no saber nada de aquello. Mis padres desde luego, y yo a través de ellos, estábamos enterados de sobra. Aunque no conocíamos de un modo detallado todo el alcance de aquella monstruosidad, bastaba –bien sabe Dios- con lo que ya sabíamos. En numerosas ocasiones, amigos y conocidos de mis padres fueron detenidos, por motivos racistas o políticos, por la Gestapo o las SS, desapareciendo después sin dejar rastro. Yo no sé por qué caminos se filtraban noticias de los campos de concentración, pero en cualquier caso éstas eran transmitidas con el mayor sigilo de boca en boca siendo después comentadas en el más íntimo círculo familiar o amistoso. Yo aprendí ya muy pronto, siendo un niño, que ni en la escuela ni en mis juegos callejeros se me debía escapar la menor palabra sobre el tema. Habría podido convertirse, literalmente, en una palabra mortal*. Delatores había por doquier, incluso entre los niños.


Así pues, mi situación interior y exterior en el Campamento KLV era relativamente difícil. Yo no me creía una palabra de lo que decían los profesores. Es obvio que tal actitud no repercutía favorablemente en mi aplicación escolar. Era un mal estudiante. No quería estudiar: por lo menos, no aquello que se empeñaban en enseñarnos.


Había poca comida, teníamos hambre constantemente, pero eso era lo habitual en aquellos años de guerra y lo aceptábamos como algo normal. Sin embargo, lo que poco a poco nos fue llenando de rabia creciente era el hecho de que en la mesa de los profesores se servía, ante nuestros propios ojos y sin el menor reparo, carne e incluso mantequilla, mientras que nosotros teníamos que contentarnos con dos patatas cocidas y una cucharada de requesón cada uno. Estábamos seguros de que se trataba de raciones que en realidad nos pertenecían a nosotros. Y cuando observamos, finalmente, cómo la dirección del campo le metió en el coche a un alto cargo del partido, que había llegado en visita de control, un cajón de manzanas -¡nuestras manzanas, por supuesto!-, nuestra indignación estalló. Organizamos una manifestación de protesta, desfilamos durante horas por la casa en fila india y hasta salimos a la calle, sin reaccionar a ninguna orden, hicimos con todos los cacharros posibles un ruido infernal gritando a coro: “¡Te-ne-mos ham-bre!”.


Aunque yo sólo había hecho como los demás, la dirección del campo decidió ver en mí al organizador del levantamiento general. Tuve un “traslado disciplinario”. Para separarme de mis cómplices, me metieron en otro campo de Partenkirchen, con niños que estaban dos clases por debajo de la mía. No sé si aquello se hizo en plan de humillación o si fue sencillamente el modo más simple e inmediato de deshacerse de mí. Como quiera que fuese, para mí aquel traslado disciplinario fue una suerte excepcional. La comida allí era más abundante y mejor, y entre los pequeños me hice el amo al poco tiempo, como es lógico. Lo único era el camino que tenía que recorrer para las clases, más largo, pero que me venía muy bien, pues así podía verme cada mañana, al menos unos minutos, con mi novia. Me acababa de enamorar por primera vez, perdidamente, de la bellísima hija de la familia dueña de la pensión en la que yo estaba hospedado.


Un día me llegó por correo una de esas tarjetas rojas con el letrero impreso de “señal de vida”. En ella estaba escrito lo siguiente: “Casa destruida por el fuego. Mamá bien”. Sólo días después pudo mi madre escribirme con más detalle. En uno de los bombardeos nocturnos, que por aquellas fechas ya tenían lugar casi a diario, nuestro taller con todo lo que poseíamos –mucho no era de todas maneras- y más de doscientos cuadros de mi padre habían sido destruidos por las bombas de fósforo. Mi madre había podido escapar con vida del sótano de la casa en llamas. En Solln, por aquel entonces todavía un barrio periférico de Munich, le habían asignado una pequeña habitación en la buhardilla de un chalet.


Luego vino el 20 de julio de 1944. Del verdadero trasfondo de los acontecimientos no nos enteramos como es natural, sólo supimos que una banda de traidores había intentado hacer saltar por los aires a “nuestro amado Führer”, pero que el atentado, gracias a Dios, había fallado. Hitler dirigió por radio al pueblo un discurso que tuvimos que escuchar todos nosotros en posición de firmes. Hitler habló más aun de lo normal de la “Providencia”. A mi me pareció que su voz sonaba de otra manera que antes, más cansada, más quebrada.


Que el ejército alemán estaba totalmente desmoronado en todos los frentes, eso yo lo adivinaba. El lenguaje oficial hablaba siempre de “retirada metódica”, que se estaba realizando con pleno éxito. De más detalles no nos enterábamos, ni siquiera de por dónde corrían las líneas de los frentes por aquellas fechas. No obstante, se hablaba entre nosotros de que los rusos por el este y los aliados por el oeste estaban ya en Alemania y avanzaban de modo incontenible. Algunos de los profesores seguían hablándonos de la inminente “victoria final”, que era segura porque el Führer tenía in petto un arma prodigiosa que iba a aplicar muy pronto de manera que todo iba a dar un giro a nuestro favor.


Pero como esa arma maravillosa por la razón que fuere seguía haciéndose esperar, al régimen se le ocurrió por lo pronto la desesperada idea de organizar el “Volkssturm (ataque popular)”. En cuanto a inventar expresiones bombásticas nunca se quedaban cortos. Niños y ancianos fueron instruidos en el manejo de granadas antitanques y granadas de mano, para defender a la patria, o a lo que aún quedaba de ella. Una vez más, tuve suerte: justo en el momento en que le llegó el turno a mi clase, se declaró en el campo al que me habían trasladado una forma contagiosa de hepatitis, y nos pusieron a todos en cuarentena. Seis semanas después, cuando se levantó la prohibición de salir que pesaba sobre nosotros, de pronto ya nadie hablaba del “Volkssturm”. También es posible que se hubiesen olvidado de mí, simplemente, pues muchas cosas iban de cabeza incluso en la burocracia alemana.


En noviembre de 1944 cumplí quince años, y eso significaba: en edad de prestar servicio militar. Se necesitaban con urgencia respuestas de material humano. Pocos días después recibí la orden de reclutamiento.


Todos los chicos de mi edad tenían que presentarse en un gran gimnasio, también los chicos de los otros campos-KLV de aquella zona. Éramos unos doscientos, puede que más. Hacía bastante frío y había nevado. La sala no tenía calefacción. A lo largo de las paredes había mesas, allí estaban los médicos militares envueltos en gruesos abrigos, rodeado cada uno de varias auxiliares de las fuerzas armadas que hacían de secretarias o asistentes. Teníamos que quedarnos en cueros vivos y, según nos iban llamando, ir de mesa en mesa cada uno, para ser pesado, medido y examinado. Teníamos que hacer flexiones de rodillas y agacharnos, para que nos pudieran ver bien el trasero. Las chicas no parecían mostrar especial interés -¿y qué les iba a interesar mayormente en una pandilla de muchachuelos imberbes?-, pero si que hicieron entre ellas algún que otro chiste a costa nuestra. La mayoría de nosotros iba de un lado a otro castañeteando los dientes y con la cara arrebolada, algunos rompieron a llorar de vergüenza y confusión.


Si recuerdo bien, todos fuimos declarados “aptos para el servicio”, sin excepción. Así, de niños necesitados de protección (KLV), pasamos a ser en un instante carne de cañón apta para la guerra (KV). A partir de aquel momento cada unos de nosotros podía recibir la orden de movilización. El primero que llegó fue un oficial de reclutamiento de las Waffen-SS**, un hombre bajito y rubio cenizo, de ojos de pez, muy joven él también, todo lo más diecinueve o veinte años. Mi clase se había presentado en formación. Cada uno iba siendo llamado por su nombre y avanzando fuera de la fila, tenía que declarar en voz alta si estaba dispuesto a alistarse voluntariamente. Responder simplemente con un no, sin razón convincente, habría sido, precisamente para mí, relativamente peligroso. Yo me estrujaba el cerebro pero no se me ocurría ningún pretexto plausible. Entonces oí mi nombre y salí de la fila. El oficial de la SS hizo su pregunta.


- No –dije. El oficial levantó irritado la vista de sus papeles y me miró fijamente unos segundos.

- ¿Y por qué no? –preguntó. Mis manos, pegadas a la costura de los pantalones, estaban frías y húmedas. Y de pronto me vino la idea salvadora.

- Porque eso sería incompatible con mi futura profesión, Herr Sturmbannführer.

- ¡Vaya, vaya! –dijo él lentamente-, ¿y qué quieres ser?

- Sacerdote –respondí con voz ronca y lo más enérgica posible. Él me miró de arriba abajo con una mirada vidriosa, luego, con un despectivo movimiento de mano, me volvió a mandar a mi fila.

- ¡Largo de aquí, pelele!


No recuerdo que fue de los otros chicos de mi clase que habían respondido que sí. Yo creo que el asunto quedó al final en nada. En aquellos últimos meses de guerra había muchas veces considerables diferencias de pareceres entre las Waffen-SS y la Wehrmacht, en lo relativo a las competencias respectivas. Sucedía con frecuencia que las órdenes de un lado eran neutralizadas por las contraórdenes del otro lado y éstas a su vez por nuevas contraórdenes. Que yo sepa, ninguno de nosotros se enroló en las Waffen-SS.


Así que aquel escollo yo lo había sorteado por los pelos, pero todavía quedaba el otro, el alistamiento en la Wehrmacht.


Todos sabíamos perfectamente que la guerra estaba a esas alturas definitivamente perdida y que ya no duraría mucho tiempo. Cada día de aplazamiento de la llamada a filas de cada uno era importante, algunos de mis compañeros de clase habían dado con una idea grandiosa, que venía a ser una huida hacia delante, uno podía alistarse como aspirante a oficial. Para ello había que hacer un examen especial que tendría lugar unas semanas después. Si se aprobaba ese examen, entonces había que recibir la formación correspondiente antes de ir al frente. Si no se aprobaba, se habían ganado al menos esas pocas semanas y además los días que pasaban hasta que llegaba la negativa oficial: y quién sabía cómo estarían las cosas para entonces. Así que yo me inscribí con ellos como aspirante a oficial. Como en la solicitud me tenía que decidir por un tipo de armas escribí: cazador alpino. De esa manera esperaba poder permanecer en las cercanías de Munich durante el periodo de instrucción.


Mi solicitud fue aceptada. Que con ello había vuelto a tener suerte se vio al poco tiempo, mientras que nosotros nos preparábamos para el examen, algunos chicos de mi quinta, de la clase paralela a la mía ya habían sido enrolados en la Wehrmacht. Les habían plantado en la cabeza un casco de acero, en las manos una carabina 08/15 y los enviaron al encuentro de los tanques americanos. Dos de ellos ya habían caído el primer día de su misión. A uno de ellos lo conocía yo bien. Lo llamábamos Freddy. Sabía pintar fantásticamente y me había regalado una de sus acuarelas, un paisaje nevado.


Llegó el día del examen. Como ya habíamos pasado los controles médicos, todo consistió fundamentalmente en responder por escrito a unas preguntas de cultura general, como por ejemplo: “¿Qué porcentaje de sal tiene el mar?” Como yo no tenía ni idea, escribí: “¿Qué mar?”, y me suspendieron automáticamente. Pocos días después me llegó la notificación del suspenso.


Ahora la cosa se puso crítica. Cada mañana, cuando repartían el correo, yo temía que llegara la cédula de alistamiento. Y unas dos semanas después, así sucedió, en efecto: allí la tenía, en mis manos, con la orden precisa de cuándo y en qué cuartel tenía que presentarme.


No iba a hacer tal cosa, eso era fijo. Pero ¿cómo iba a poder zafarme? Todos nosotros teníamos bastante práctica en simular enfermedades. Sabíamos incluso cómo se podía provocar a corto plazo una fiebre alta comiendo colillas. Pero los médicos, por supuesto, conocían igual de bien todos esos trucos. Para conseguir de verdad un aplazamiento, había que clavarse un hacha en la pierna o cortarse un dedo. Pero para eso me faltaba el valor. Además, tal posibilidad, era arriesgada en otro sentido: si no se podía demostrar de forma absolutamente convincente que había sido un accidente, lo trataban a uno como a desertor. Lo cual suponía casi siempre la pena de muerte. Pues en ese punto no se andaban con muchos remilgos en aquellos tiempos.


Decidí escaparme sin más con todo sigilo, llegar hasta donde estaba mi madre y esconderme allí hasta que todo hubiese pasado. La única persona a la que revelé mi plan fue mi novia. Metí lo más necesario en un macuto, salí de noche por la ventana y me puse en camino hacia Munich. El tren no podía tomarlo, había demasiados controles. Tenía que intentarlo a pie y en auto stop. Así que caminé por la nieve. Tres días después encontré la casa de Solln, donde vivía entonces mi madre y nos dimos un apretado abrazo.


Lo más absurdo fue que allí había llegado otra cédula de alistamiento. Mi madre, que era una persona resuelta, metió inmediatamente en la estufa las dos, la de Garmisch, que yo había traído conmigo, y la de Munich. Caso de que se investigara el asunto, ella quería negar que hubiese llegado nunca tal cosa. Con los incesantes bombardeos, se perdía mucho correo. Por suerte, no hubo indagaciones. Yo no sé por qué, pero ni del campo KLV ni de ninguna de las oficinas de reclutamiento llegó jamás a casa de mi madre ninguna carta pidiendo explicaciones sobre mi paradero. Es posible que me buscasen en todas partes, menos precisamente allí. Posteriormente me enteré por ejemplo de que algunos de los de mi quinta se habían escondido en cuevas y refugios alpinos y que los habían encontrado. No sé que fue de ellos.


Junto a la habitación de mi madre había un pequeño cuarto trastero en el que me instalé yo. La dueña del chalet una señora de edad, que siempre parecía un poco indecisa y asustada, vivía en el parterre. No hacía preguntas y lo que quería era no saber absolutamente nada del mundo. Sólo nos veíamos, durante los bombardeos nocturnos o diurnos, en el sótano de la casa. Ella permanecía entonces encogida en un rincón, con una máscara antigás sobre el rostro, y respirando por el tubo. A veces, cuando los impactos de las bombas se aproximaban amenazadoramente, levantaba la parte inferior de la máscara y, con mano temblorosa, echaba un trago de aguardiente.


De mi padre hacía ya bastante tiempo que no sabíamos nada, la última noticia, que su unidad había sido trasladada a Baden, cerca de Viena –Colonia había sido tomada hacía tiempo por los aliados, que por aquellos días ya estaban a orilla del Danubio-, tenía unos meses de antigüedad.


En el tiempo que mi madre llevaba viviendo en aquel barrio residencial había hecho, como es natural, algunas amistades, por ejemplo con la familia H., que la invitaba con frecuencia a su casa. No sé cómo y en qué circunstancias los había conocido, pero los antinazis tenían una especie de sexto sentido recíproco. Los H., eran católicos practicantes. Hoy ya no me acuerdo bien, pero creo que estaban de alguna forma en relación con la gente de la Weisse Rose (“Rosa blanca”) el grupo de resistencia en torno al profesor Huber y a los hermanos Schull, que fueron ejecutados en Stadelheim.


En una de esas visitas, a las que yo iba también, conocí a un jesuita muy joven llamado Sch., que entonces todavía era novicio y que procedía del seminario de Pullach, no lejos de allí. Como pronto se puso de manifiesto durante la conversación, le interesaba mucho todo lo relacionado con el arte moderno, incluido el surrealismo. Más tarde, cuando ya hacía tiempo que había ascendido a padre –o sea, en los años después de la guerra-, adquirió no poco renombre como colaborador de la revista cultural Stimmen der Zeit (“Voces del tiempo”)


Aquella tarde nos encontramos pronto metidos en una conversación extraordinariamente animada sobre todo lo divino y humano, conversación que se prolongó hasta muy avanzada la noche que había que proseguir. Cuando él se enteró de mi precaria situación, me propuso, para que yo estuviese más seguro, llevarme con él a Pullach; al seminario, y embutirme en una sotana. Allí seguro que no me buscaría nadie. Yo se lo agradecí pero decliné la oferta porque temía no poderme quitar la sotana después tan fácilmente.


A partir de entonces nos encontramos muchas veces para discutir animadamente y nos hicimos amigos. Sch., estaba siempre muy pálido y era de delicada complexión. Más tarde me enteré de que estaba enfermo. Padecía, si recuerdo bien, una forma especial de anemia. Los rigurosos ejercicios espirituales prescritos por su orden le pusieron una vez literalmente a las puertas de la muerte. Pero eso fue ya después de la guerra.


Como, entre otras cosas, poseía extraordinarias dotes pedagógicas, me propuso un día estudiar griego conmigo, para que mis conocimientos escolares –que ya eran de por sí bastante escasos- no desapareciesen del todo. Y en efecto, no sé cómo, pero consiguió convencerme. Y henos allí, mientras que en torno a nosotros el mundo se iba a pique, traduciendo juntos el Evangelio de San Juan: “Al principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios…”


Entretanto, el ejército americano avanzaba hacia Munich. De la radio alemana no se sacaba mucho en limpio, su programa constaba casi únicamente de marchas triunfales y de órdenes de seguir resistiendo, pero por supuesto todos oíamos la “emisora enemiga”, cuyos golpes de orquesta iniciales –el comienzo de la Quinta de Beethoven- constituían literalmente para nosotros el dedo del destino que llamaba a nuestra puerta. Ni que decir tiene que estaba severísimamente prohibido incluso bajo pena de muerte, escuchar esa emisora. Hacia el final de la guerra se castigaban con la pena de muerte los delitos más ridículos. Pero eso ya no impresionaba mucho a nadie. La muerte estaba omnipresente de todos modos y nadie sabía si seguiría vivo al día siguiente.


Una vez que mi madre se había marchado para hacer cola varias horas, como de costumbre, a la espera de un poco de pan, de un trozo de embutido lácteo o de un par de nabos, llegó Sch. Parecía muy serio y estaba aún más pálido de lo normal. Me dijo que venía con la misión de preguntarme una cosa, pero que antes yo tenía que jurar por lo más sagrado guardar silencio absoluto sobre el tema, incluso con mi madre. No porque ella no le mereciese confianza –añadió-, sino porque, con toda seguridad, no estaría de acuerdo con la proposición que él iba a hacerme. Él también cumplía su misión con muchísimos reparos, pero la decisión dependía única y exclusivamente de mí.


Yo juré y me enteré entonces de que él estaba vinculado a una así llamada Freiheitsaktion Bayern (“Acción para la libertad de Baviera”). Se trataba de un grupo evidentemente clandestino, en su mayor parte oficiales de la Wehrmacht, que quería poner fin a aquella guerra absurda. Proyectaban sobretodo entregar sin resistencia a Munich a los americanos, pues los nazis habían ordenado defender la ciudad “hasta la última gota de sangre”. El único nombre que supe por Sch., era el de un capitán Gerngross, iniciador y líder de aquella operación.


Uno de los más difíciles problemas del grupo lo constituía la transmisión de noticias. Teléfono y radio no entraban en consideración, naturalmente, porque todo estaba interceptado. Por eso necesitaban con urgencia un mensajero que, en la medida de lo posible, pasara inadvertido y no despertase sospechas. Un muchacho como yo, por ejemplo. Por otra parte, dijo Sch., yo ya sabía el riesgo tan grande que correría y con lo que tenía que contar si me cogían. Él no me quería apremiar en absoluto y si yo me negaba –lo que, personalmente, más le gustaría a él- el asunto quedaba olvidado al instante.


Yo, sin pensármelo mucho tiempo, me declaré dispuesto.


Hoy, medio siglo después, ya no estoy seguro de por qué lo hice. Simplemente, no tenía miedo. De un modo bastante irracional sentía la absoluta seguridad de que a mí no me iba a pasar nada. Y la posibilidad de hacer algo necesario y lleno de sentido, en lugar de estar siempre inactivo y en actitud de espera, me puso casi en un estado de exaltación. Puede que también contribuyera a ello una especie de afán de aventuras propio de un chico de mi edad.


Ante todo necesitaba un vehículo. Para ello requisé en el sótano, sin preguntar, una bicicleta de mujer, vieja y oxidada, que pertenecía a la dueña de nuestra casa pero que estaba fuera de uso hacía tiempo. La engrasé, puse parches en las cámaras de aire y la hice funcionar otra vez.


Ya al día siguiente me pidieron que fuera a un elegante palacete de Solln. En el salón estaban reunidos en deliberación varios oficiales de la Wehrmacht. Uno de ellos vino hacia mí y me saludó, luego me tomó aparte y me nombró una dirección de Bogenhausen, otro barrio residencial de la ciudad, muy lejos de allí. En aquella dirección yo debía preguntar por Robinson y transmitirle a él –pero sólo a él- el siguiente mensaje: “La abuela está sentada llorando en el jardín chino”. Repetí los nombres y el texto del mensaje y él me despidió. Pedalee, pues, en dirección a la ciudad.


De Solln a Munich se extendía una amplia avenida a lo largo del río Isar. Por allí avanzaba una interminable marea humana, el derrotado ejército alemán en retirada hacia los Alpes, hombres extenuados, mortalmente agotados. Hasta los de dieciocho y veinte años parecían viejísimos, apenas podían tenerse en pie. Había también heridos, con vendajes, llenos de costras de sangre, en torno al brazo o a la cabeza, algunos cojeaban agarrados a las muletas. En algunos árboles, a derecha e izquierda, había hombres ahorcados balanceándose al viento. Al pasar en bicicleta vi que les colgaban del cuello unos cartones donde estaba escrito en rojo: “Desertor”. Los pobres diablos habían intentado por lo visto esconderse en la maleza y habían sido capturados por los omnipresentes “perros encadenados” –así se llamaba a la Feldgendarmerie***- o por las SS. En mí, gracias a Dios, no se fijó nadie.


Cuanto más me iba a cercando al cinturón urbano tanto más claramente oía el silbido y el estallido de los obuses. Como supe más tarde, no provenían de los americanos que por aquellas fechas todavía no habían llegado a Munich, sino de las SS, que estaban en el cinturón septentrional, junto a Freimann, y que por alguna razón habían atacado y disparado contra la propia ciudad. No sé por qué. Posiblemente para impedir de ese modo la retirada del ejército.


La ciudad era un desierto de escombros humeantes. La mayor parte de las calles estaban enterradas bajo las ruinas de las casas, yo tuve que dar rodeos o arrastrar la bicicleta por entre montañas de escombros. Una vez vi delante de mí una pierna arrancada. Había sido de una mujer, por lo visto, pues todavía tenía puesto el zapato. Pasé por encima. Esas cosas las había visto yo ya durante bombardeos anteriores, antes de nuestra evacuación.


Finalmente encontré la dirección de Bogenhausen. En una vivienda particular di con el grupo de militares y pregunté por Robinson. Un subteniente vino hacia mí y yo le susurré mi mensaje al oído. Él asintió y dijo: “Vuelve y diles: Winnetou está plantando zanahorias y buscando sus gafas”.


Con tal mensaje me puse en camino de regreso.


Cuando por fin llegué a casa a la caída de la tarde, mi madre me estaba esperando a la puerta de la casa y me recibió con una sonora bofetada. Se había preocupado lo indecible por mí.


Yo me hice el ofendido y le expliqué después de algunos rodeos que había conocido a una chica guapísima que vivía en Grünewald y que teníamos muchísimo que hablar los dos y que, además, mis amores no eran asunto suyo. Eso ella lo comprendió. Sólo me pidió que se lo dijera cuando me citara otra vez con la chica. Yo se lo prometí.


Mi memoria para fechas y números es muy precaria, por eso no puedo decir hoy con certeza cuánto tiempo duró mi trabajo de mensajero, pero no habrán sido más de dos semanas. Los mensajes que transmitía eran siempre frases cifradas cuyo sentido no comprendía yo mismo, y también eran falsos los nombres de remitentes y destinatarios. Así que aunque me hubiesen echado mano yo no habría podido revelar muchas cosas, excepto las direcciones, claro. Pero no me atraparon.


Por aquellos días, en algún momento llegó por radio la noticia de que Adolf Hitler había muerto, media hora después fue desmentida, luego confirmada de nuevo. Yo, simplemente, no podía imaginármelo. Desde que sabía pensar, aquel hombre había dirigido el destino de todos nosotros. Su retrato seguía colgado de la pared de todas las oficinas. Era como si uno despertara de una pesadilla y no pudiera orientarse porque el horror soñado y la realidad seguían entremezclados.


Munich, efectivamente, fue entregado sin lucha a los americanos. O casi sin lucha, pues muy al final –creo que debió ser el 29 de abril de 1945- hubo todavía una matanza. Pero también de eso me enteré sólo por la radio. Aquella mañana, el capitán Gerngross y su gente habían ocupado la emisora de radio y habían dado a la población orden de colgar sabanas, en calidad de banderas blancas, de las ventanas y de esperar serenamente a los soldados americanos, pero sobre todo de no oponer la menor resistencia. Al mediodía parece que los nazis habían reconquistado la emisora y que algún cacique lanzó al éter su furia vociferando histéricamente. Pero por la tarde la cosa estaba definitivamente superada y los nazis enmudecieron. Para siempre, pensé yo entonces.


Al día siguiente, 30 de abril, llegaron los americanos.


Yo estaba en Solln, al borde de la carretera, a mi alrededor unos niños pequeños, poca gente mayor, casi sólo mujeres. Había un gran silencio, nadie hablaba. Se oía el piar de los pájaros y brillaba el sol. Entonces se fue acercando, desde lejos, el ruido de los tanques. En contra de lo que se esperaba, no llegaba del norte, o sea, de la ciudad, sino del sur. Así que tenían que haber bordeado la ciudad y ahora se dirigían a ella.


Y entonces vi por primera vez soldados americanos: muchachos jóvenes, negros y blancos, sonrientes y bien alimentados, repatingados indolentemente en sus jeeps, con uniformes que me parecieron increíblemente chics. Uno llevaba cosido a la espalda de su traje de combate una pin-up-girl, las piernas de ella paralelas a las piernas de él. De sus altavoces salía música de jazz. Nos echaron chicles y yo pude coger uno. Sabía a canela. Era el primer chicle de mi vida.


Había terminado la guerra. Regresé a casa.


Ahora pude contar a mi madre lo que había sido en realidad la historia de mi supuesta novia. Creo que estuvo a punto de pegarme otro bofetón, pero luego, en lugar de eso me tomó en los brazos y me plantó un beso.


Mi padre llegó ya a los dos meses, flaco y andrajoso. En el último instante había cruzado a nado el Enns; ese río de Austria era la línea de demarcación entre los ejércitos americano y ruso. Si se hubiese quedado en la orilla oriental, probablemente hubiese sido deportado a Siberia, y padeciendo como padecía del corazón, lo más seguro es que no hubiese regresado. Pero así, vestido sólo con un bañador, había sido hecho prisionero por los americanos y liberado ya pronto. La familia estaba otra vez reunida.


Durante todos los años anteriores, yo me había imaginado siempre que cuando hubiera pasado todo, me invadiría una sensación, grande y maravillosa, de alivio. Pero esa sensación, no se ha presentado hasta el día de hoy.


Poco tiempo después de la guerra vi una película titulada Bei Nacht und Nebel (De noche y con niebla). Constaba de tomas documentales que los de las SS habían hecho ellos mismos en los campos de concentración durante los exterminios en masa. Una imagen se me ha quedado especialmente grabada en la memoria y hasta el día de hoy no he conseguido asimilarla: se ve en un primer plano, el rostro de un chico joven y simpático, con el rubio pelo pulcramente peinado, de aspecto deportista, esquiador o futbolista, un rostro como uno ve todos los días en la calle o en el estadio. Sonríe con simpatía y naturalidad a la cámara. Ésta retrocede despacio y poco a poco se reconoce el entorno. El joven está delante de un patíbulo del que cuelgan varios cadáveres enflaquecidos hasta el esqueleto. Es una tarjeta postal que el joven envió a la patria, a su novia. Debajo se lee, “Con cariñosos besos y abrazos, tuyo, Franz”.


¿Cuánta o cuán poca manipulación hace falta para convertir a un fulanito normal y corriente, inofensivo hasta entonces, en obediente máquina de torturar y matar? Voy a la calle, estoy sentado en el bar y miro a la gente de la mesa vecina, hablo con un vendedor de los almacenes: y no puedo dejar de hacerme la misma pregunta. Quizás sea ésa la razón de por qué nunca me llegó el gran alivio.





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* Juego de plabras: la locución "ni una palabra mortal" (kein Sterbenswörtchen) significa "ni una sola palabra".
** Organización militar, independiente del ejercito regular (Wehrmacht), de las SS. Los miembros de las Waffen-SS prestaban un juramento personal de obediencia incondicional a Hitler.
***Tropa especial con funciones de policía militar que tenía como distintivo un cuello redondo con cadena, de ahí el sobrenombre.

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