1.5.20

12. En el que empieza el viaje hacia lo desconocido y los dos amigos ven "La corona del mundo"

Texto: Michael Ende en Jim Botón y Lucas el maquinista
Imagen: Mathias Weber






— ¡Jim, despierta!

Jim se incorporó, se frotó los ojos y preguntó medio dormido:

— ¿Qué sucede?

— Es la hora —dijo Lucas— . Tenemos que partir en seguida.

Jim acabó de despertarse. Miró hacia afuera por la ventana de la cabina. La plaza estaba desierta. Amanecía pero todavía no se veía el sol.

Entonces se abrió la puerta de la cocina y salió el señor Schu Fu Lu Pi Plu. Llevaba un paquete en la mano y se dirigió hacia Emma; le seguía el pequeño Ping Pong con una carita muy triste, pero se esforzaba para adoptar un aspecto solemne.

—Aquí traigo —dijo el cocinero mayor— unos bocadillos que he preparado para los honorables extranjeros. Los he hecho según una receta lummerlandesa. Espero que les gusten.

— Gracias —respondió Lucas—. Le agradezco mucho que haya pensando en esto.

De repente Ping Pong se puso a llorar. A pesar de su buena voluntad no podía ocultar su pena.

—Huhuhu, honorables extranjeros —gimió mientras se secaba las lágrimas que resbalaban por su minúscula cara—, perdónenme por estar llorando. Pero los niños de mi edad — huhuhu — lloran muchas veces sin saber por qué...

Lucas y Jim sonrieron emocionados y Lucas dijo:

— Lo sabemos, Ping Pong. ¡Adiós, amigo y salvador nuestro!

Por último llegó el emperador. Estaba más pálido que de costumbre y parecía muy serio.

—Amigos —dijo— , que el cielo os proteja a vosotros y a mi hijita. De ahora en adelante no me preocuparé sólo de Li Si, sino también de vosotros. He empezado a quereros.

Lucas, por la emoción, lanzó grandes nubes de humo por su pipa y gruñó:

—Todo irá bien, Majestad.

—Aquí os traigo té caliente —dijo el emperador entregándole a Lucas un termo de oro—. El té caliente es muy adecuado para los viajes.

Lucas y Jim dieron las gracias, subieron a la locomotora y cerraron las puertas de la cabina. Jim abrió la ventanilla y exclamó:

— ¡Hasta la vista!

— ¡Hasta la vista...! ¡Hasta la vista! —contestaron los que se quedaban. Emma se puso en movimiento y todos saludaron con la mano hasta perderse de vista.

Había empezado el viaje hacia Kummerland, la Ciudad de los Dragones.

Primero cruzaron las calles desiertas, luego llegaron a la llanura y dejaron atrás los tejados de oro de Ping.

El sol empezaba a salir y el tiempo era todo lo maravilloso que se puede desear para una expedición.

Viajaron todo el día sin ninguna interrupción, a través de las tierras de China, hacia el misterioso «Valle del Crepúsculo».

Al segundo día pasaron por extensos jardines, campos y pueblos donde los campesinos y las campesinas con sus niños y los niños de sus niños les saludaban agitando las manos. Nadie tenía ya miedo de Emma. La noticia de que dos extranjeros con una locomotora iban a liberar a la princesa Li Si, se había extendido por todo el país como un reguero de pólvora.

Al tercer día, los dos amigos pudieron admirar uno de los famosos castillos chinos de mármol blanco. Se levantaba en el centro de un lago. Sostenido por graciosas columnas, parecía flotar sobre el agua. En él vivían jóvenes damas nobles. Lucas y Jim pudieron ver a las muchachas que les saludaban con sus abanicos de seda y contestaron a sus saludos con los pañuelos.

Cuando se detenían, la gente se acercaba y les llevaba grandes cestos con frutas y golosinas de todas clases para ellos y agua y carbón para la locomotora.

Al séptimo día de viaje llegaron por fin a la puerta oriental de la gran muralla. Los doce soldados que estaban de centinela y que se parecían mucho a los de la guardia de palacio, arrastraron una gigantesca llave, tan grande que tres hombres casi no podían con ella. La metieron en la cerradura y la hicieron girar con un esfuerzo enorme. Las formidables hojas de la puerta oriental se abrieron con un chirrido imponente. Nadie recordaba que esto hubiera ocurrido jamás.

Cuando Emma pasó delante de ellos dirigiéndose hacia la puerta y lanzando grandes volutas de humo, los centinelas gritaron: «¡Viva, viva! ¡Vivan los héroes de Lummerland!»

Pocos minutos más tarde los viajeros se hallaban ya en pleno «Bosque-de-las-mil-Maravillas».

No era fácil encontrar, a través del bosque, un camino transitable para una locomotora, y un maquinista que no conociera su oficio tan bien como lo conocía Lucas, se hubiese atascado sin remedio.

El «Bosque-de-las-mil-Maravillas» era una enorme jungla salvaje de árboles de cristal multicolores, de enredaderas y flores extrañas. Y como todo era transparente se podía ver el gran número de animales raros que vivían allí.

Había mariposas grandes como sombrillas. Papagayos de colores que se movían, como acróbatas, por las ramas. Enormes tortugas con grandes bigotes en sus caras blancas, se arrastraban por entre las flores y por las hojas se paseaban caracoles rojos y azules, llevando a hombros sus casas de muchos pisos, muy parecidas a las casas de Ping con sus tejados de oro, aunque a escala reducida. A veces aparecían graciosas ardillas con unas orejas muy grandes que durante el día les servían de velas para navegar por el aire y por la noche, cuando se acostaban, para envolverse como si fueran mantas. En los troncos de los árboles se enroscaban serpientes gigantescas que brillaban como el cobre; eran completamente inofensivas porque tenían una cabeza en cada extremo del cuerpo y por este motivo nunca se ponían de acuerdo consigo mismas y nunca acababan de decidirse hacia qué lado querían arrastrarse. Por esto, no eran capaces de cazar ningún animal y se alimentaban con verduras, porque las verduras están quietas y no se pueden escapar.

Un día, Lucas y Jim vieron a un grupo de corzos, asustadizos y rosados, que bailoteaban en un claro del bosque.

Naturalmente, todo era muy interesante y Jim hubiese bajado muy a gusto para pasear un rato por el «Bosque-de-las-mil-Maravillas», pero Lucas sacudió la cabeza diciendo que le parecía mejor dejarlo para otra ocasión. En aquellos momentos no tenían tiempo. Era preciso liberar, lo más pronto posible, a la pequeña princesa.

Necesitaron tres días para cruzar la selva porque adelantaban muy poco. Al tercer día, de repente, terminó la espesura y muy cerca, como un pintoresco telón, apareció la montaña estriada de rojo y blanco, llamada «La Corona del Mundo». El hecho de que Lucas y Jim hubiesen podido ver desde la playa el formidable macizo que distaba de allí muchos cientos de millas, demuestra lo extraordinariamente altos que eran aquellos picos.

Los dos amigos se sentían impresionados por el majestuoso panorama que contemplaban.

Las montañas estaban tan cerca las unas de las otras que no había que pensar en encontrar un paso. Detrás de la primera cadena había otra y detrás de la segunda una tercera y detrás otra y siempre otra. Los picos se elevaban hasta las nubes y cruzaban todo el país, de norte a sur.

Cada montaña resplandecía con sus estrías rojas y blancas, horizontales o en diagonal, en líneas onduladas o en zigzag. Algunas eran cuadradas y otras parecían verdaderos dibujos.

Después de haber permanecido un rato contemplando las montañas con sus hermosos dibujos, Lucas sacó el mapa y lo desdobló.

—Bien —dijo — , ahora comprobaremos dónde está «El Valle del Crepúsculo».

Había descubierto que Jim le miraba con admiración, porque él en el papel sólo veía un lío de líneas y puntos de colores y nada más.

—Mira aquí —dijo Lucas señalando con el dedo un lugar del mapa—. Estamos aquí y aquí está «El Valle del Crepúsculo». Hemos salido del bosque demasiado hacia el norte. Tendremos que volver un poco hacia el sur.

— Como quieras, Lucas —dijo Jim, confiado. Se dirigieron, pues, hacia el sur siguiendo la montaña y pronto descubrieron un paso entre los altísimos picos. Se dirigieron hacia allí.

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