19.2.21

El pintor 'degenerado' que inspiró los mundos de Michael Ende

Texto: Ana Ramírez en El Confidencial
Imagen: Edgar Ende




A Michael Ende le gustaba comparar su forma de escribir con la pintura. “Trabajo en realidad como un pintor: empiezo por una esquina de la imagen, después encuentro algo… Surge un determinado color o algo que me hace continuar. Así, lentamente, se va construyendo toda la imagen”.

Para los hijos de los años 80 –y para unos cuantos más-, los universos de Ende fueron un lugar donde crecer. Una fábula que comienza en un desván, leyendo bajo una manta, y se eleva a un mundo nuevo e inmenso como el de los mitos, abarrotado de símbolos y de seres alegóricos. Atreyu y el dragón Fújur, Vetusta Morla, la tortuga Casiopea…

Si hubiera que encarnar el universo de ‘La historia interminable’ o de ‘Momo’ en un cuadro, tal y como imaginaba su autor, muchos escogerían a Giorgio de Chirico y sus figuras metafísicas. O quizá el surrealismo de Salvador Dalí. Pero si el autor de los libros juveniles más vendidos del siglo pasado tuviera que elegir, escogería las obras de su propio padre: el pintor Edgar Ende.

Michael fue el hijo único de este autor surrealista alemán, que se codeó con André Bretton y Samuel Beckett, y llegó a labrarse cierta fama en los círculos artísticos europeos. La influencia de las pinturas de Edgar Ende en las obras de su hijo fue determinante. Uno de los libros de relatos de Michael, ‘El espejo en el espejo’, está inspirado en una serie de ilustraciones creadas por su padre. Pero el nombre de Ende padre fue desterrado por el régimen nazi y cayó en el olvido.

Durante la Segunda Guerra Mundial, una ataque aéreo del ejército británico destruyó gran parte de sus cuadros en Múnich. Y, cuando las obras de Edgar empezaron a atraer el interés de galerías en Francia o Estados Unidos, el nazismo lo incluyó en su lista de artistas “degenerados” a los que prohibió pintar y exponer en la década de los años 30. Gracias a su hijo, los cuadros que sobrevivieron a aquel bombardeo ostentan ahora el reconocimiento que no tuvieron en la vida del pintor.
Un pintor “degenerado”

Edgar Ende nació en Hamburgo, con la entrada del siglo XX. Asistió a una escuela de artes y oficios en Altona, donde recibió una formación de aprendiz de pintura en cursos nocturnos. Sus padres no aceptaron su vocación artística y nunca recibió una formación académica estricta. En cambio, Ende perteneció a esa generación de artistas que creció bajo la enorme influencia del psicoanálisis, el estudio de los sueños y las teorías sobre el inconsciente.

En los primeros compases del siglo pasado, el sueño de la razón y la nada mental constituían un misterio irresistible para parte de la vanguardia científica y artística. Cualquier intervención de la mente consciente en la creación empañaría toda su verdad. Y bajo esta premisa, en la órbita de Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, se desarrollaron las obras de Salvador Dalí, Giorgio de Chirico, René Magritte, Max Ernst o Edgar Ende.

Para el régimen nazi, los nuevos lenguajes del arte (surrealismo, dadaísmo, cubismo, expresionismo, fauvismo…) suponían un “insulto” para el espíritu alemán. Especialmente aquellos con influencias “bolcheviques y judías”. En 1937, el Museo Haus der Kunst de Múnich acogió la exposición de “Arte degenerado”, organizada por el Reich a partir de cuadros confiscados de colecciones privadas y otros museos. Se trataba de una muestra de más de 700 obras, colocadas con la intención de ridiculizarlas e instruir a la ciudadanía para reconocer la “decadencia” del arte “antialemán”: Kirchner, Nolde, Kandinski, Picasso, Feininger… Se calcula que el régimen de Hitler confiscó más de 20.000 obras, según una investigación de la Universidad Libre de Berlín. Y en la base de datos elaborada por esta institución, aparecen también las obras del padre de Michael Ende.

"Una época relativamente feliz se interrumpió de un plumazo en 1933. Todas mis opciones expositivas se arruinaron. Los marchantes de arte solo se atrevían a mostrar mis cuadros a puerta cerrada. Me quedé sin nada", contaba Edgar Ende en sus memorias. En 1935, tras una exposición de Ende en la Neue Pinakothek, un alto jerarca nazi publicó una orden con la amenaza de su entrada en prisión “si se apegaba a su estilo de pintura”.

Con la censura del régimen, Ende y su esposa se mudaron porque no podían hacer frente al alquiler. Él no podía exponer ni vender sus obras, y ella buscó un trabajo para mantener a la familia. Dos años después, el ejército alemán reclutó al pintor en la división de artillería antiaérea. “Fue el peor momento de mi vida”, contaba Ende en sus escritos autobiográficos.

Mientras se encontraba en el frente oriental de Polonia, un ataque del ejército británico bombardeó Múnich. Gran parte de su obra, la que no había sido confiscada por Hitler, se perdió entre los escombros. Michael Ende tenía 15 años. Con la caída del nazismo, el padre volvió a Alemania y llegó a presidir la Haus der Kunst en tres ocasiones. Participó en la Bienal de Venecia y, tras su muerte por un infarto en 1965, se convirtió en miembro honorario de la Academia de Bellas Artes de Múnich.
En busca del “misterio”

“Si se quieren entender bien las intenciones artísticas de mi padre, es imprescindible saber que él era profundamente religioso, si bien de un modo heterodoxo, aconfesional. La realidad de un mundo espiritual, no perceptible por los sentidos, estaba para él fuera de toda duda”, explicaba Michael Ende en sus ‘Carpeta de apuntes’. La obra de Edgar Ende, pintor “degenerado” en busca del inconsciente, está vinculada con la de los surrealistas franceses. Pero el alemán nunca estuvo del todo conforme con las aspiraciones de esa corriente.

No eran las pulsiones primitivas y automáticas, “la paranoia consciente” que bautizó Dalí, lo que interesaba a Edgar Ende, sino ese mundo espiritual. Para idear sus imágenes y poblarlas de figuras estáticas y metafísicas, el pintor entraba en trance. “Su frase era: ‘Voy a hacer bocetos’. -contaba su hijo-. Eso significaba, para mi madre y para mí, que mi padre deseaba que no le molestaran bajo ningún concepto. Se encerraba en su taller, por lo general lo dejaba incluso completamente a oscuras, se echaba en el sofá y se concentraba”.

“Según me explicó él una vez, la dificultad de esa concentración no consistía en concentrarse en un determinado pensamiento, en una idea determinada, sino en no concentrarse en nada. Había que olvidar toda intención, reducir al silencio todo pensamiento, hacer desaparecer toda idea. Entonces, con una conciencia totalmente vacía, pero en una especie de creciente estado de vigilia, esperaba. Este era, según me explicó, el momento más difícil, pues al menor descuido, al menor relajamiento de la 'presencia de espíritu', irrumpía de nuevo en la quietud la conciencia normal del estado de vigilia, con su torbellino de pensamientos y palabras”.

Según su hijo, Ende vaciaba la mente para encontrar sus imágenes. Y, en el momento en el que la razón intervenía, las imágenes se esfumaban. El pintor no debe manipular los paisajes revelados con su imaginación, porque así solo alteraría la pureza de ese estado “pre-lógico” y anterior al pensamiento. El momento más sufrido para Edgar Ende, contaba Michael, era el de encontrar un título para la obra. “Ante ese problema, mi padre estaba muchas veces perplejo y casi desesperado. Llamaba en su ayuda a la familia y a los amigos. Tenía que ser un título que inspirase al observador sin fijarle en ninguna dirección”.

En 1984, Ende hijo publicó ‘El espejo en el espejo’, una serie de relatos dedicados a su padre e inspirados en sus obras. En uno de los cuentos, reinterpreta el mito de Dédalo e Ícaro, padre e hijo encerrados en el laberinto del rey Minos. “El hijo se había soñado alas bajo la experta dirección de su padre y maestro. Durante muchos años las había creado, pluma por pluma, músculo por músculo y huesecillo por huesecillo en largas horas de trabajo, de sueño, hasta que tomaron forma”.

“Las había dejado crecer de sus omóplatos en la posición correcta (era especialmente difícil percibir con toda exactitud la propia espalda en sueños), y había aprendido poco a poco a moverlas adecuadamente. Había sido una dura prueba para su paciencia seguir practicando, hasta que tras interminables y vanos intentos fue por primera vez capaz de elevarse al aire por unos instantes”. El proceso creativo del padre condicionó la obra del hijo, al que enseñó a elevarse hacia otros mundos. Y quizá en sus dos novelas más conocidas, 'La historia interminable' y 'Momo', Michael Ende se inspiró en las pinturas del artista "degenerado" y olvidado en vida. Para imaginar ese universo infinito, estático y onírico en el que muchos niños se han sumergido. Más allá de la razón infantil… o antes de ella. 


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