21.6.21

Bastián y los lugares de la herida

Texto: Freddy Gonçalves Da Silva en Círculo Hexágono
Imagen: Angerer Der Ältere



Pasmado y lleno de admiración, Bastián contempló aquella imagen. No se cansaba de mirarla. Estaba apunto de preguntar quién era aquel hermoso hijo de rey, cuando lo sacudió como un rayo la idea de que era él mismo.


Olga Tokarczuk reflexiona en su libro Los errantes (Anagrama, 2019) sobre la psicología del viaje. Cuenta que las islas representan ese estado primigenio anterior a la socialización, donde solo el "yo" es real. "El de la isla es un estado mantenido dentro de sus propias fronteras, al que no trastornan las influencias extranjeras". Inmediatamente después, también enuncia un revés: su propio poder como individuo que transita el mundo. Ella es capaz de alterar los mapas. Y cito, limpia: "los lugares en donde tropecé, caí, fui golpeada, humillada y ofendida, ya no aparecen, han dejado de existir." Es decir, así como le da significado a la isla, también la puede desaparecer simbólicamente. Y si le toca volver a ese lugar de la herida, entonces observará a sus calles y habitantes como figuras fantasmagóricas, a las que es incapaz de decirles que son solo una ilusión: "Nunca he querido introducir desorden en sus cabezas haciéndoles ver que no existen".

Esto me llevó a pensar en el tránsito de los personajes que abandonan la infancia. Pero también, de manera errática, en los lugares de los mapas que solemos olvidar en cuanto a los referentes literarios. En este caso, pienso en las pocas veces que se ha analizado a profundidad la segunda parte del libro La historia interminable de Michael Ende.

Aunque es venerada como una obra sagrada, pocos lectores pueden articular convencidos lo que ocurre en la su segunda parte de la historia. El inconsciente colectivo del lector suele quedarse solo con dos versiones de la novela: esa inalterable nostalgia de la película de los ochenta o la sensación de un héroe clásico infantil que salva a Fantasía de la Nada.

Olvidamos el verdadero tránsito de Bastián, ese que se articula dentro del mecanismo estético de la novela. Si bien siguen ocurriendo nuevos acontecimientos, también la anécdota cede paso a un mundo cargado de referencias culturales. Las imágenes de ese lugar/isla se transforman en un lenguaje simbólico, onírico y más ambicioso.

Bastián pasa de la incredulidad y la anécdota al libre albedrío y la metáfora. Una relación bastante similar al tránsito que ocurre de la infancia al mundo adulto. Ahora no solo pertenece a ese otro mundo sino que quiere reconstruirlo. A partir del poder transformador de la palabra cuenta su versión de la historia. Si nos regresamos a la psicología del viaje que citamos al inicio, el "yo" de Bastián es lo único real y Fantasía es este lugar/isla en estado mantenido. Con el Áuryn de amuleto, este niño es capaz de cumplir todos sus deseos. Bastián logra que Fantasía siga creciendo, sin fronteras, mientras la habita.

Para eso destierra entonces a su propia realidad. Incluso sacrifica sus recuerdos a cambios de los deseos del amuleto. Bastián no borra el mapa a conciencia, sino que evade también sus conflictos personales: el bullying, la soledad, el duelo, el sobrepeso (que a él le resulta un problema). A sus once años encuentra una idea distinta de vida dentro de lo literario. No como refugio, sino como una isla propia. Entonces la vida real se transforma en ese lugar de la herida que quisiera desaparecer de los mapas.

Fantasía le permite ser un individuo ideal en esa dicotomía del tránsito. Por eso es capaz de crear el desierto de colores que a su vez se convierte en selva nocturna. Esta alegoría de vida y muerte se complementa con la figura de Graógraman, un león valiente, poderoso y que vive solo, aislado, atrapado en esa constante transformación. Bastián quiere verse reflejado en ese león, quiere escapar del ritmo inquietante de su otra realidad. Más ahora que tiene una nueva condición física y emocional: flaco, arriesgado, fiero. Pero cuando se prueba el sabor del poder, nunca es suficiente. Bastián sigue haciéndose héroe ante las masas al vencer a Hynreck; impulsa un estado nuevo a Amarganz a quienes le ofrece sus historias. Llega a descifrar el acertijo de la biblioteca, siendo dador de una herencia literaria.

Pero Bastián no deja de ser humano. Su figura de líder es solo un avatar. Aquel lector en el ático de la escuela, está abducido por el poder que le ofrece el discurso. Cambió su silencio por una voz de una razón que nadie solicitó. Por eso, su única frontera real es Atreyu. El verdadero héroe. Ese personaje que lo ayudó a descifrar el mensaje de la Emperatriz Infantil. Un guerrero real en ese mundo, un héroe literario, en idea, palabra y papel.

Michael Ende, en una entrevista, contó que La historia interminable representaba una crítica contra el sistema. Es decir, temía que la humanidad pudiera ceder su espacio íntimo y de diálogo a una maquinaria dispuesta a destruir al individuo. No era casual que, en su idea de Fantasía, habitaran los referentes universales de un patrimonio cultural universal. Ideas e imágenes de Borges, Dalí, Bosco, Homero, Dante, Goya, entre otros, que pueden sostener un diálogo social y cultural entre individuos.

Irónicamente, esa segunda parte de La historia interminable, plagada de referencias culturales, con una elaboración más densa del lenguaje, y ejemplo vivo de la relación entre la realidad y la fantasía, sigue cediendo ante el olvido. Entonces vuelvo a las ideas que me despierta Tocarczuk. Si el individuo es capaz de apropiarse de sus mapas y de ejecutar el poder simbólico del olvido como medio de supervivencia: ¿Qué tan necesaria sigue siendo la Fantasía actualmente para apoyar el tránsito de la vida real con los adolescentes en la actualidad?

Tal vez Michael Ende tenía razón y la evolución del pensamiento está empezando a alterar ese gran diálogo que nace del patrimonio cultural, de los referentes de la humanidad. Lo mejor, para mí, ha sido sacar del olvido a Octavio Paz que alguna vez me dijo en uno de sus libros (Los hijos del limo, Seix Barral, 1998): “Cada lectura es histórica y cada una niega la historia. Las lecturas pasan, son historia y, al mismo tiempo, la traspasan, van más allá de ella.”


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