29.11.21

Un nombre en la Torre de Marfil

 
 
Un nombre en la Torre de Marfil. Psicoanálisis y psicología profunda a través de La historia Interminable de Michael Ende (1979)
 

La Historia Interminable es una conocida obra de literatura de fantasía salida de la pluma del escritor alemán Michael Ende en 1979, siendo objeto de atención académica en numerosas ocasiones (Hocke y Kraft, 1997; Boccarius, 1990). Para el caso que nos ocupa -el lazo entre esta obra literaria y el psicoanálisis- encontramos que una de las ópticas predominantes es la visión de la obra a partir de la lente del inconsciente colectivo jungiano y el Monomito conceptualizada por Joseph Campbell (2013), en especial aquello que tiene que ver con la estructura del rito iniciático (Jiménez, 2013). Esto no es una novedad en el género, ya que la literatura fantástica bebe y revive al tiempo las fuentes míticas de la humanidad en una época en la que éstas ya no son “el lenguaje religioso de nuestro tiempo” (Hillman, 2004, p. 20); no en vano una de las obras de fantasía más conocidas en la actualidad, El Hobbit (Tolkien, 2002), lleva por subtítulo Historia de una ida y una vuelta, frase que podría servir de síntesis al Monomito campbelliano.

El objetivo del presente trabajo, emparentado pero diferente a lo mencionado con anterioridad, es la búsqueda de la relación entre psicoanálisis y arte, entendiendo que el valor de dicho lazo no está en elaborar la psicobiografía del autor o pretender analizar su psique individual a través de su obra sino, por el contrario, entender que las intuiciones plasmadas en las obras de arte -literarias, en este caso- arrastran, simbólicamente, valiosas intuiciones sobre la mente humana que son posterior o paralelamente sistematizadas teóricamente por las hipótesis de la psicología o el psicoanálisis.

Esto es, a grandes rasgos, lo que Carl Gustav Jung denominó arte visionario (Montiel, 2012, p. 11), y que compone el primer eje rector del que partiremos: la hipótesis de que en las páginas de La Historia Interminable se halla, de forma latente, la larga búsqueda del alma del proceso de individuación jungiano y su relación con los arquetipos de su inconsciente colectivo.

El segundo eje, que parte de presupuestos psicoanalíticos diferentes, es la concepción del autor como pionero que ha sido propuesta desde la óptica estructuralista del psicoanálisis encabezada por Jacques Lacan (1988, p. 66) al afirmar, recogiendo a Freud, que “el artista precede”, implicando así que las obras artísticas son susceptibles de arrojar luz sobre las dinámicas ocultas de la vida psíquica (Regnault, 1995). En ese sentido comprobaremos cómo el viaje de ida y vuelta que nos propone Ende tiene mucho que ver con el mundo simbólico-imaginario, y el horror del vacío que supone la dimensión de lo Real.

En ambas propuestas encontramos la esencia de este trabajo, que no pretende ser psicoanálisis aplicado sino, por el contrario, mostrar las posibilidades del “arte aplicado al psicoanálisis”. Se toma el término de la propuesta de Blanca Sánchez cuando, abordando la relación entre arte y psicoanálisis en Lacan, indica:

El desafío permanente de Lacan de tratar de invertir la perspectiva freudiana del psicoanálisis aplicado al arte, nos permite deducir que hay en él un intento de construir (…) un modo de leer que permita sostener la idea del arte aplicado al psicoanálisis (Sánchez, 2015, p. 124).

Partiremos, además, de la noción de que “la teoría psicoanalítica es una tentativa de hacer comprensible dos hechos -la transferencia y la resistencia-, que surgen de un modo singular e inesperado al intentar referir los síntomas patológicos de un neurótico a sus fuentes en la vida del mismo. Toda investigación que reconozca estos dos hechos y los tome como punto de partida de su labor podrá ser denominada como psicoanálisis, aun cuando llegue a resultados distintos a los míos” (Freud, 1973, p.1900). En este sentido, y pese a distinguir las notables diferencias entre las teorías lacanianas y la psicología profunda jungiana, ambas se consideran aquí partes del rico marco teórico del psicoanálisis.

La Historia Interminable es, en el contexto de este trabajo, un relato sobre la narrativa personal de la subjetividad humana y los símbolos y figuras que la componen. Algunos de ellos guardan relación con apariciones de personajes o conceptos similares que son recurrentes en las narraciones y mitos de nuestra cultura -el mentor, el enemigo, el niño eterno-, desde las más fundantes hasta las más contemporáneas.

Una perspectiva de las dos que se presentan en este trabajo, la de la psicología arquetípica, señala que el núcleo común de dichas figuras simbólicas no es sino el contenido del inconsciente colectivo, estructura psíquica común a toda la humanidad sobre la que se sistematiza nuestro inconsciente personal. Para Jung, un arquetipo sería “un centro innato (…) con la capacidad para iniciar, influir y mediar en las características del comportamiento y la experiencia de los seres humanos, con independencia de su raza, cultura, época histórica o localización geográfica” (Stevens, 1993, p. 40), siendo la influencia de los factores personales y socioculturales lo que formarían los complejos del inconsciente personal jungiano. Estos arquetipos colectivos, es decir, comunes a todos los seres humanos, son expresados simbólicamente a través de las religiones y las narraciones, con las variaciones propias de las épocas históricas determinadas. Podría ser interesante indicar también que el concepto de inconsciente colectivo podría definirse también como el correlato psíquico de la predisposición genética de la especie a contar con determinado número de miembros.

La Historia Interminable se trata de una novela particular, que narra las vivencias de unos personajes determinados, escrita por un hombre en concreto, y en cierto contexto histórico, pero tiene algo de común. Como Bastián -el protagonista de la novela- al abrir el libro, y más tarde “vivirlo”, las personas también existimos en un mundo que es inexplicable por sí mismo, en una realidad -con aspectos internos y externos- que ama esconderse. A fin de cuentas, “En rigor nada tiene significado, pues cuando no existía ningún hombre pensante no había nadie que interpretara los fenómenos. Sólo tiene significado lo no comprensible. El hombre ha despertado en un mundo que no comprende y trata de interpretarlo” (Jung, 1970, p. 55). El viaje de Bastián sólo es un correlato del viaje que las personas tenemos oportunidad de emprender si queremos sacar la luz aquello que nos mueve: el proceso de individuación. Así, entendemos que “En esta perspectiva el autor y su obra se muestran a la vez como síntoma de una enfermedad de la cultura y como ejemplo de un singular proceso de curación” (Montiel, 2012, p. 12).

 
LO SIMBÓLICO Y LO IMAGINARIO FRENTE A LA NADA

La Historia Interminable también nos muestra, de un modo diferente al sistematizado por el estructuralismo y por las propuestas lacanianas, la importancia de la trama simbólico-imaginaria para proteger la vida anímica del abismo devorador de lo Real.

La novela es un relato de fantasía que nos narra el viaje de un niño al interior del mundo imaginario del libro que lee y cómo esto supone para él un “rito de paso”, y comparte con el psicoanálisis algunos elementos clave. El primero de ellos es la idea de que la fuerza motriz de los individuos está más allá de la lógica de su consciencia y que, por fuerza, “seguimos siendo unos extraños para nosotros mismos” (Nieztsche, 1970, p.877). El segundo, la importancia del lenguaje y del poder de los nombres que damos a las cosas, pero aún más, la importancia de lo que está más allá del lenguaje y la dimensión aterradora de lo que no podemos nombrar y las consecuencias que tiene este proceso fallido.

Nuestra primera reacción, habida cuenta del título y su contenido manifiesto, podría ser pensar que es la dimensión imaginaria la que tiene un peso crucial en el libro que nos ocupa. Sin embargo, muy pronto nos queda claro que la luz que arroja la narración tiene su foco puesto sobre el orden simbólico como eje central de su dinámica, y que es esta dimensión la fuerza de cohesión de los elementos que componen nuestro mundo ante la fuerza negativa que pretende devorarlo.

Una temprana indicación de esto la podemos encontrar en el principio mismo del libro:
 
 
Poco después descubrimos que es el letrero de la tienda de libros de Koreander, el cual, visto desde fuera, adopta un aspecto radicalmente diferente, ya que resulta imposible de comprender en un primer momento. Se trata de un primer atisbo de la importancia que tendrán la multiplicidad de ópticas y las relaciones que las atan. A fin de cuentas, lo único que nos permite entender el mensaje y no caer en la confusión es la operación de girar las letras: darles la vuelta mentalmente para que sean legibles, una ficción imaginaria que nos habla de que “no importa” si lo leemos del revés, pues es el mismo cartel. Sin embargo, ¿podemos encontrar diferencia mayor entre la que existe entre estar a un lado o al otro de una puerta? Quizá la que hay entre el cero y el uno, o entre un sí y un no.

Nuestro protagonista, Bastián Baltasar Bux, aún ignorante de estos mecanismos, acude a la librería de Koreander huyendo tanto de los matones de su colegio como de la frialdad de su padre. En un impulso, totalmente inexplicable para él, roba uno de los libros del anciano y huye a leerlo al desván de su colegio, haciendo novillos en lugar de ir a las clases.

Se nos dice que este comportamiento es extraño en un niño tímido y dócil como Bastián, pero pronto encontramos que, aparte del acoso que sufre en el colegio, el fallecimiento de su madre y la actitud distante y fría de su padre hacen de su casa un lugar tanto o más hostil que el primero. No se trata tanto de un acto de valentía como la temeridad que envuelve la huida:

De todas formas, le daba miedo el colegio, escenario de los fracasos diarios; le daban miedo los profesores, que le reñían amablemente o descargaban sobre él sus iras; miedo los otros niños que se reían de él (...) (Ende, 1989, p. 14).

Es entonces cuando Bastián abre el libro, la puerta al mundo de Fantasía que poco a poco le irá llamando hasta hacerle desaparecer, literalmente, entre sus páginas. Una puerta, podríamos decir, hacia lo imaginario, tan necesaria para Bastián ante la crudeza de su día a día:

"Me gustaría saber”, se dijo, “qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro sólo hay letras impresas sobre el papel, pero sin embargo... Algo debe pasar, porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera" (Ende, 1989, p. 17).

Es entonces cuando descubrimos que, tras la puerta hacia lo imaginario, la tinta de los caracteres de La Historia Interminable -la “nuestra”, el libro que leemos- pasa del rojo oscuro al verde. Es esta diferencia de colores lo que separa el mundo de Bastián -que nosotros leemos- del mundo fantástico del libro que ha robado. Un señalamiento de que sólo los resortes simbólicos, los de la relación y la diferencia, son necesarios para apuntalar el reino de lo imaginario y de que es éste el pacto que lo hace durar. Como veremos, es esta dialéctica simbólico-imaginaria la red que mantiene la cohesión de la propia novela.

La importancia de que esta trama exista, o más bien, de que deje de existir, la encontramos un poco más adelante, inmersos ya en la historia del libro que está leyendo Bastián. Fantasía es un reino imaginario, poblado por toda clase de criaturas legendarias y cuyo centro es la Torre de Marfil, aunque quizá lo realmente relevante en ese punto es que Fantasía no tiene fronteras: “En el reino sin fronteras de Fantasía no había nadie de quien tuviera que guardarse” (Ende, 1989, p. 28). La primera criatura que nos encontramos en la lectura, un “fuego fatuo infatuado”, nos avisa también de las operaciones de la dimensión imaginaria: “No era un hombrecito ni una mujercita, pues esas diferencias no existen entre los fuegos fatuos” (Ende, 1989, p. 21).

Con esto entendemos que el mundo de Fantasía está regido por la operación de lo imaginario, la identidad sin diferencia, la continuidad sin límite. Pero, como ya hemos podido ver, está enmarcado necesariamente por los límites diferenciales de lo simbólico.

Junto a Bastián, con sus ojos, desde su posición, vamos leyendo las primeras líneas y descubrimos que diversos emisarios están acudiendo a la Torre de Marfil con el mismo mensaje desde todo el territorio de ese mundo sin fin. Porque Fantasía se está muriendo:

Es difícil describirlo (…) todo empezó porque, un día el lago de Cálidocaldo ya no estaba allí... Simplemente había desaparecido (…) Donde estaba el lago ya no hay nada... Simplemente nada, ¿comprendéis? (...) No, tampoco es un agujero, un agujero es algo. Y allí no hay nada (Ende, 1989, p. 25).
Algo está fracasando horriblemente en Fantasía, y lo Real, en su nada aterradora, está comenzando a devorarlo todo. El apuntalamiento ha cedido, dejando de sostener lo imaginario y sabemos las consecuencias que esto está teniendo; la lógica del espejo (Lacan, 1986), la dirección de la mirada, se muere: “Como si uno se quedara ciego al mirar ese lugar” (Ende, 1989, p. 25).

Igual que se muere la Emperatriz Infantil, la Señora de los Deseos, la soberana que no gobierna, eterna pero siempre niña, que es el núcleo imaginario que sostiene toda la Fantasía:

Para ella, todos eran iguales. Sólo estaba allí, pero estaba allí de una forma especial: era el centro de toda la vida de Fantasía. Y todas las criaturas, buenas o malas, hermosas o feas, divertidas o serias, necias o sabias, todas, estaban allí sólo porque ella existía. Sin ella no podía subsistir nada, lo mismo que no puede subsistir un cuerpo humano sin corazón (p. 35).

Se nos presenta una imagen poderosa de dicha criatura. Sabemos que no distingue entre “bueno o malo”, sabemos que gobierna sin órdenes, sabemos que es una niña pero que nunca envejece, es decir, que no se desgasta y ninguna descarga la erosiona. También sabemos que vive en una Torre de Marfil, en el centro mismo de Fantasía, y que su enfermedad está matando su mundo: la Emperatriz guarda poderosas semejanzas con lo reprimido tal y como lo encontramos descrito en los textos psicoanalíticos (Laplanche y Pontalis, 2016, p. 388).

Sin embargo, el viaje del protagonista del libro que lee Bastián, quien a su vez es el protagonista del libro que nosotros leemos, le llevará a la misma conclusión que componen las tesis dinámicas descubiertas en los albores del siglo XX -y que ya tenían poderosos precedentes, definidos por otras vías- al hallar “la cura por la palabra” (Laín Entralgo, 2005).

“No obstante, sin nombre no puede vivir” (Ende, 1989, p. 61). La Emperatriz Infantil permanece innominada, y es ésa la herida que hace agonizar toda Fantasía, la grieta cada vez más amplia por la que se cuela la marea sin reflejo de lo Real, la Nada que todo lo devora hasta que parece que el que contempla el efecto de su disolución se ha quedado ciego. Tras esta falla, como pudiese verse en la actitud de la Vieja Morla, se arrastra la disolución del signo, el horror al vacío, y la sombra de la pulsión de muerte:

Todo se repite eternamente (...) el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Nada es verdad. Nada es importante (...) ¿por qué no hemos de morir tú, yo, la Emperatriz Infantil, todos? Todo es una apariencia, un juego de la Nada (Ende, 1989, p. 60).

No parece haber esperanza puesto que, pese a ya conocer el remedio, éste no puede alcanzarse: ninguno de los seres de Fantasía, incluido el protagonista que nuestro protagonista lee, puede darle un nombre a la Emperatriz. Porque no hay solución desde lo imaginario, ya que es el reino de la ilusión; necesario, pero no suficiente. Se necesita algo más para hacerlo durar, de un modo similar a lo que ocurre con la Emperatriz Infantil. Un nombre, el paradigma de lo simbólico.

Y eso sólo puede ser introducido desde fuera, desde el entramado de significantes que proyectan la misma sombra de lo Real, esa que amenaza con devorarlo todo (Lacan, 1990).

Pese a la insuficiencia inexorable de lo simbólico-imaginario -que no es sin fracaso-, ante esa Nada, también se constata que es la única herramienta que tenemos para mantenerla a raya, para darle coherencia y significado a un mundo que carece de él, en el intento siempre renovado de convertir la inundación en una simple fuga de agua: nombres y más nombres para nuestra Emperatriz. Porque hay alguien que sí puede nombrarla: “Sólo él, Bastián, podía intervenir. Y tenía que hacerlo si no quería permanecer encerrado también en aquel círculo”. (Ende, 1989, p. 183).

Fantasía ha sido prácticamente devorada por la Nada: “Un grano de arena (...). Es todo lo que queda de mi reino sin fronteras (...)”. (Ende, 1989, p. 191). Sin embargo, el nombre dado por Bastián a la Emperatriz Infantil es el clavo simbólico que ha podido mantener la estructura en el último momento. Y es esto lo que brinda la posibilidad de mantener viva la subjetividad mediante las complejas dinámicas del deseo: “Fantasía renacerá de nuevo de tus deseos, Bastián, que se harán realidad a través de mí” (Ende, 1989, p. 188).

A fin de cuentas, para Bastián y su Fantasía, al igual que para los demás, la directriz sigue siendo la misma: “No cejar en cuanto al deseo” (Marinas, 2004, p. 134).

 
LOS ARQUETIPOS Y EL PROCESO DE INDIVIDUACIÓN

Para Carl Gustav Jung, el inconsciente personal se estructura sobre un estrato más profundo de la psique que no correspondería ya a las adquisiciones de la experiencia personal, sino que sería innato e idéntico a sí mismo para todas las personas (Jung, 1970, p. 10): el inconsciente colectivo.

Otras explicaciones útiles comparan esta forma innata de estructuración de la psique a la tendencia general de los seres humanos a contar con un determinado número de brazos y piernas (Montiel, 1997). Jung nos explica: “(...) tenemos que partir de la hipótesis de que el hombre no es una excepción entre las criaturas, en tanto, quiérase o no, posee como todo animal una psique preformada” (1970, p. 72).

Los contenidos del inconsciente colectivo son los arquetipos y éstos hacen su aparición de forma indirecta en mitos y leyendas (Jung, 1970, p. 11). Es importante tener en cuenta que, al tratarse de contenidos inconscientes, su paso al reino de lo consciente les impone un cambio de acuerdo a la psique individual en la que surgen y a las circunstancias que han determinado su desarrollo. En ese sentido, no sería posible encontrar de forma manifiesta arquetipos puros, sino únicamente derivados de los mismos, identificados como representaciones arquetípicas (Jung, 1970, p. 11), del mismo modo que encontramos “retoños” del inconsciente en la teoría freudiana (Laplanche y Pontalis, 2016, p. 118).

Como no es posible conocer de forma directa las predisposiciones psíquicas de los seres humanos, según un criterio funcional éstas deben ser nombradas como “imágenes primordiales” cuyo origen sería posible rastrear desde la rama del individuo hasta el tronco de la especie (Jung, 1970, p. 72). Es, entonces, “la forma específicamente humana de sus actividades” mentales más primitivas. Y es, precisamente, en la fantasía creadora, donde existe más facilidad para que se hagan visibles las mencionadas imágenes primordiales y donde encuentra su sentido el concepto de arquetipo.

Cabe recordar para nuestro trabajo la advertencia (Jung, 1970, p. 73), de que las emergencias arquetípicas no están en ningún caso limitadas en su contenido sino -y de forma parcial- en su forma. Es decir, el arquetipo es un elemento vacío que posibilita la forma de la representación.

A modo de ejemplo, podemos indicar algunas posibles representaciones del arquetipo de la Madre, que puede abarcar desde la madre y la abuela personales hasta las diosas-madre como Deméter o la Virgen del cristianismo como “madre universal”, pasando por representaciones más amplias como la patria, la universidad, o la Iglesia (Franz, 1995, p. 74).

Como ya ha sido mencionado, nuestra hipótesis de trabajo sostiene que a través de La Historia Interminable se nos presenta el viaje de un niño hacia el contacto con los arquetipos y la búsqueda de una respuesta que engloba todo su mundo, es decir, el proceso de individuación, por el cual la persona conecta de forma consciente con elementos de su psique ocultos, negados, inconscientes, hasta poder integrarlos al fin en sí misma. De este modo, “la realización de la unicidad del hombre individual es la meta del proceso de individuación” (Franz, 1995, p. 162). La búsqueda consciente del “sí mismo” (Selbst), el eje rector y guía inconsciente que engloba la totalidad de la psique del individuo, y que comúnmente se halla coartado o limitado por criterios utilitarios de la consciencia, es el fin del largo viaje hacia la individuación.

Y es precisamente un viaje de similares características el que emprende Atreyu, protagonista del libro que lee Bastián -que es, a su vez, el protagonista del libro que leemos-: un viaje para encontrar la cura que sane a la Emperatriz Infantil, el alma del mundo sin fronteras de Fantasía: “Ella te envía a lo desconocido a buscar algo que nadie conoce. Nadie puede ayudarte, nadie puede darte consejos y nadie puede predecir lo que te aguarda” (Ende, 1989, p. 43).

En el camino hacia el centro del sí mismo y, en general, hacia el autodescubrimiento de lo oculto en nuestra psique, caben pocos consejos y ninguna predicción: es el más personal de los caminos, uno que no existe antes de comenzar a recorrerlo, pues verdaderamente se hace al andar. Las pocas recomendaciones que le son dadas a Atreyu presentan, además, poderosos paralelismos con respecto a la búsqueda de uno mismo y su correlato de “unicidad” e integración psíquica: “Por eso debes ir sin armas. Debes dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir. Todo debe ser igual para ti: mal y bien, belleza y fealdad, necedad y sabiduría, igual que para la Emperatriz Infantil. Sólo debes buscar y preguntar, pero nunca juzgar por ti mismo” (Ende, 1989, p. 44).

No cuesta mucho detectar el parecido entre estas directrices y la regla de la asociación libre, en la que se debe verbalizar el contenido de la mente sin filtro voluntario alguno. Recuerda también a lo dicho por Bion (1982) acerca de entregarse al análisis “sin memoria ni deseo”, palabras que, aunque aplicadas al analista, sirven también para transitar los retorcidos caminos del inconsciente en primera persona.

En efecto, es un viaje que requiere ceder control, pues la verdad se encuentra en las sombras que arroja la luz de la razón. Se debe viajar sin armas, despojándose tanto de las de la consciencia como de aquellas que se portan de forma involuntaria. Hablamos, en este último caso, de las defensas, “operaciones cuya finalidad consiste en reducir o suprimir toda modificación susceptible de poner en peligro la integridad y la constancia del individuo” (Laplanche y Pontalis, 2016, p. 113).

También sin juicio valorativo, sin diferenciar lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, pues es precisamente en lo rechazado, en eso que se halla fuera de la ley del individuo, donde podemos encontrar los primeros retazos de las verdades que nos conducirán mucho más allá. No en vano aprendemos entonces que “Atreyu” significa “hijo de todos” (Ende, 1989, p. 45); se trata quizá de una representación del cazador que se haya dentro de cada una de las personas que deciden emprender la búsqueda de la respuesta a la enfermedad sin nombre de un mundo. El camino de Atreyu es el de Bastián, y es, también, el nuestro.

La búsqueda de la cura para su Emperatriz le conduce hasta las puertas del Oráculo del Sur, protegidas por dos esfinges guardianas que, como en la Tebas de Edipo, custodian celosamente la verdad:

(...) su rostro era el de un ser humano...por lo menos en cuanto a la forma, porque su expresión no era humana. Era difícil saber si aquel rostro sonreía, o reflejaba una tristeza inmensa o una indiferencia total. A Atreyu, después de contemplarlo durante un rato, le pareció lleno de maldad y de una crueldad abismales, pero en seguida tuvo que corregir su impresión al no encontrar en él más que serenidad (Ende, 1989, p. 82).

Figuras relacionadas con lo humano y que pese a ello -o por ello- resultan tan ajenas al individuo que podemos entender que guardan verdades que quizá sea mejor no conocer, aquellas que deben ocultarse de la luz de la razón porque amenazan los fundamentos mismos de la persona que creemos ser. Es precisamente el espacio que hay entre ambas esfinges lo que constituye la Puerta del Gran Enigma: una puerta que carece de batientes, pero que nadie puede cruzar salvo si sus guardianas cierran los ojos. En el caso contrario permanecerá infranqueable, pues sus ojos transmiten “todos los enigmas del mundo” (Ende, 1989, p. 88), y por tanto dejan paralizados a quienes caen bajo su mirada; al menos, hasta que puedan resolverlos todos. Su mirada sólo puede ser resistida por la de otra esfinge, y por ello se miran a los ojos eternamente.

Como Atreyu descubre, no hay ningún criterio comprensible por el que las esfinges dejen pasar a unas personas y a otras no: no es su valor, ni su bondad, ni su belleza las cualidades que respetan las criaturas. Ante la pregunta de cómo pasar entre ellas, no hay consejo posible: “Debes hacer lo que tengas que hacer (…). Esperar a que ellas decidan...sin saber por qué” (Ende, 1989, p. 88).

Entregarse a un viaje sin retorno hacia la verdad, sin memoria ni deseo, sin garantía alguna del resultado. Esa es la primera prueba -aprende Bastián a través de Atreyu, y nosotros con él- a afrontar en el camino hacia el autoconocimiento que supone la individuación, hacia afrontar lo rechazado y nombrar lo innombrable, y hacia la conquista de la integración psíquica. Todo ello a pesar de la angustia que nos protege de lo que no nos atrevemos a saber:

Atreyu tuvo miedo. No era tanto miedo al peligro que lo amenazaba; era un miedo que procedía de sí mismo. (…) era el miedo a lo incomprensible, a lo desmesuradamente grandioso, a la realidad de lo prepotente lo que hacía sus piernas cada vez más pesadas, hasta que le pareció tenerlas de plomo frío y gris. Sin embargo, siguió adelante (Ende, 1989. p. 95).

Poco después de aprender sobre la Puerta del Gran Enigma, Atreyu -y Bastián a través de él- conoce la Puerta del Espejo Mágico. Resulta interesante señalar que, al tiempo que lee la aventura de Atreyu, en ese punto descubre el espejo del desván en el que se encuentra:

Entonces Bastián se asustó, porque en un rincón oscuro se agitaba algo (…) un gran espejo de medio cuerpo, en el que se había visto borrosamente reflejado a sí mismo. (…) Realmente, no resultaba muy guapo con aquel cuerpo gordo, las piernas torcidas, y la cara pálida. Movió la cabeza lentamente y dijo en voz alta:

-¡No! (Ende, 1989, p. 92).

Es entonces cuando se desvela el misterio de la Puerta del Espejo Mágico, tan sencillo como atroz:

(...) cuando se está ante él, se ve uno a sí mismo... pero no como en un espejo corriente, desde luego. No se ve el exterior, sino el verdadero interior de uno, tal y como en realidad es. Quien quiera atravesarlo tiene que (…) penetrar en sí mismo. (…) los visitantes que se consideran especialmente intachables huyen gritando del monstruo que los mira irónicamente desde el espejo (Ende, 1989, p. 92).

Si tenemos en cuenta que el proceso de individuación puede resumirse como la integración de los aspectos que negamos de nosotros mismos, este espejo particular representa su primer guardián: la sombra.

La sombra es el arquetipo del enemigo (Stevens, 1993. p. 55.), todo lo que es rechazado por tratarse de aspectos demasiados crueles, animales o bárbaros de nosotros mismos. Es el eco bestial en los humanos que es negado por la luz de la razón y, precisamente por ello, por estar oculto y rechazado, muestra un aspecto más oscuro al de cualquier animal; después de todo, lo inhumano nunca fue tan terrible como lo humano.

Tal y como nos indica Stevens, reconocer nuestra sombra es una experiencia “potencialmente aterradora”, y por eso es común que se deposite en los otros mediante el mecanismo de proyección (1993, p. 55). Este conjunto de aspectos bestiales está alejado de la lógica de la civilización y por tanto, tanto individual como colectivamente, se deposita en el otro. Pero por eso es precisamente la puerta al proceso de individuación, aceptar lo inaceptable que hay en nosotros, ya que “sólo cuando me acepto a mí mismo puedo cambiar” (Rogers, 1961). Como en el proceso de individuación, quienes han podido cruzar la Puerta “tuvieron que vencerse a sí mismos. No se puede decir nada que valga para todos los casos. Para cada uno es diferente” (Ende, 1989, p. 93).

Y ya podemos intuir con qué se encuentra Atreyu cuando mira en el interior del Espejo:

(...) en lugar de una imagen aterradora vio algo con lo que no había contado en absoluto y que tampoco pudo comprender. Vio a un muchacho gordo y de pálido rostro (…) que, con las piernas cruzadas, se sentaba en un lecho de colchonetas y leía un libro (Ende, 1989, p. 98).

En efecto, Atreyu atraviesa la imagen de Bastián, su opuesto, un muchacho miedoso que carece de las cualidades de las que él goza: fuerza y valor. Pero tal vez, como la luz y la sombra, ambos no son tan opuestos estancos como son contrarios en relación: polos de una misma unidad tan contraria como indivisible.

La última barrera antes de que Atreyu pueda encontrar al Oráculo del Sur se trata de la Puerta Sin Llave: “Cuanto más se quiere entrar, tanto más se cierra la puerta. Pero cuando alguien logra olvidar sus intenciones y no querer nada... La puerta se abre sola ante él” (Ende, 1989, p. 93).

Existe un fuerte paralelismo entre esta última puerta y el proceso de autoconocimiento para integrar los aspectos negados del individuo. No se trata de renunciar a las dinámicas del deseo, como podría pensarse en un primer momento, ya que en todo el relato que compone La Historia Interminable, los deseos genuinos y en muchos casos irracionales devienen el motor del mundo de Fantasía y son, como veremos más adelante, su única posibilidad de salvación. Muy al contrario, el fragmento señalado se refiere al deseo consciente que nosotros podríamos traducir como “voluntad racional”, una capacidad sumamente útil en el desenvolvimiento de las personas en la vida cotidiana pero que tanto obstaculiza la exploración del inconsciente, ya que “es necesario prescindir de la actitud utilitaria de los proyectos conscientes con el fin de dejar paso al desarrollo interno de la personalidad” (Franz, 1995, p. 163). Como ya nos hizo sospechar Freud (2002), la voluntad consciente no es la certera luz de la razón ni es tan libre como pensamos, sino que está determinada por lo inconsciente y las defensas apuntaladas para evitar su exploración. En su lugar, dejarse arrastrar por la inercia de la subjetividad, de lo aparentemente absurdo o azaroso -como en la asociación libre-, o seguir determinado impulso inexplicable -aquí encontraríamos la tesis ya mencionada de Jung del sí mismo como guía interno- puede ser la respuesta adecuada.

Tras producirse la aceptación de la sombra -que en este caso quiere decir que Atreyu atraviese el mismo espejo en el que ve a Bastián-, y el compromiso con lo que de inexplicable hay en uno mismo -al “olvidar sus intenciones” para abrir la última Puerta-, el proceso continúa.

Seguimos la línea de la narración y lo que hay detrás de ella al entramado profundo de la individuación: “El sonido se acercó: era una voz que cantaba, muy bella y argentina y alta como la de un niño, pero que sonaba infinitamente triste e incluso parecía a veces sollozar” (Ende, 1989, p. 103).

El Oráculo del Sur, quien tiene todas las respuestas, no se trata de una sabia vidente ni de un anciano erudito, sino de la voz sin cuerpo de un niño triste. Quizá sea la misma voz que en cierto momento renunciamos a escuchar y tuvimos que encerrar tras puertas casi infranqueables. Una voz que, precisamente por hablar de la verdad, permanece siempre pospuesta, relegada a rincones ocultos de la psique: “Nunca ha ocurrido / que nadie me viera. / Soy un latido / siempre a la espera” (Ende, 1989, p. 104).

Incluso tras haber llegado Atreyu al lugar donde al fin puede escuchar la voz tenue del Oráculo, éste sólo puede comunicarse de forma indirecta, enigmática, y en verso. No de manera diferente a cómo se expresa lo inconsciente: mediante asociaciones “inexplicables”, sueños, lapsus, síntomas.

El simple contacto con ello de forma descarnada cambia algo en las personas, puesto que ya no pueden sustentar la imagen que hasta en ese momento tenían de sí. La identidad sufre, precisamente porque se ve asaltada por aspectos de la psique que habían quedado fuera de ella. No sólo la máscara que nos ponemos bajo un criterio de adaptación se desvela precaria -el arquetipo de la persona- (Stevens, 1993, p. 54), sino que todo lo que creíamos racional de nosotros mismos, lo que se encuentra iluminado por la luz de la consciencia, se tambalea.

Entendemos que esto es lo que siente Atreyu tras el enfrentamiento con su sombra cuando el oráculo le pregunta quién es: “-¿Quién soy? -murmuró-. No podría decirlo. Me parece que alguna vez sí lo he sabido. Pero, ¿es tan importante?” (Ende, 1989, p. 103).

Los destellos de intuición de ese tipo pueden ser breves, pero, como vemos, lo suficientemente poderosos como para cambiarlo todo. Atreyu, y Bastián, y nosotros como “meta-lectores”, enfrentamos y enfrentaremos, en algún momento, la revelación de que no somos quienes creíamos ser y, al tiempo, de que somos quien no creíamos ser. La creencia de la identidad personal es importante, incluso fundamental. Al fin de al cabo, sin ello nos enfrentaríamos directamente a la angustia psicótica de la disolución. Sin embargo, no resulta tan importante como lo que queda fuera de ella, precisamente porque es esto lo que conforma el terreno del análisis, el sendero retorcido proceso de individuación, y el campo de juego de la integración psíquica.

Atreyu sale de los dominios del Oráculo con la respuesta a su pregunta: la Emperatriz necesita un nombre, y por eso se muere, pero nadie dentro de Fantasía puede dárselo. Derrotado, vuelve con su soberana para anunciarle el fracaso de su aventura, pero ella le anuncia que sí hay una persona capaz de darle su nombre, pero no existe dentro de Fantasía: “Entraste en su imagen y la llevaste contigo” (Ende, 1989, p. 163).

De nuevo, encontramos el indicio, apuntado en la narrativa y teorizado sistemáticamente por el psicoanálisis, de que la capacidad para nombrar lo innominado requiere de aceptar lo negado y llevarlo con nosotros.

Recordemos ahora que la Emperatriz es soberana de un mundo sin fronteras, la niña más vieja que todos los demás seres, una figura sin edad. Su símbolo son dos serpientes, una blanca y una negra, devorándose en un doble ouroboros, símbolo del renacimiento y la unidad de opuestos.

Vemos el trazo paralelo que siguen La Historia Interminable y las teorías jungianas cuando encontramos que tras la acogida de la sombra aparece “otra figura interior” (Franz, 1995, p. 177), la expresión de aquello rechazado de forma más profunda aún que la sombra, y que en líneas generales podríamos definir como aquello asociado con lo masculino en la mujer y aquello asociado con lo femenino en el hombre: el arquetipo del ánimus y el ánima. Hacerse individuo, integrar lo escindido, es precisamente la meta del proceso: integrar ambas partes en la persona para hallar el sí mismo. Esta unidad del par supremo de contrarios es la sicigia “que da la promesa de unión y la hace realmente posible” (Stevens, 1993, p. 58).

Aunque los estereotipos y las normas político-culturales en torno al género eran más rígidas en la época en la que Jung escribe que en nuestros días, resulta importante tener en cuenta que tales diferencias siguen existiendo hoy en día, si bien de forma diferente, y que contravenir tales normas de separación deja una huella en los individuos.

Precisamente por su carácter oculto y rechazado, el ánima aparece como mediadora entre el yo y el sí mismo como dimensión de totalidad individual: sin ella, no habrá unicidad, habrá algo fundamental siempre separado de la experiencia. El papel del ánima como guía de la experiencia se encuentra plasmado en diversas obras culturales, entre las que podemos citar a la Beatriz de La Divina Comedia (Franz, 1995, p. 185).

Tras el atravesamiento de la sombra podemos comprender que la Emperatriz necesita un nombre, y lo mismo hace Bastián. En ese momento entiende que, si bien hasta ahora ha sido espectador pasivo del proceso, ahora debe tomar la responsabilidad en primera persona, y darle su nombre: Hija de la Luna.

El nombre no carece de importancia, pero lo descubrimos algo más tarde, cuando Bastián ya ha sido transformado en uno de los personajes de la misma novela que estaba leyendo y ha pasado de ser pasivo a activo, de paciente a agente del cambio. Es entonces cuando se le revela que el reino de Fantasía sólo podrá recuperarse del ataque devastador de la Nada gracias a sus deseos.

Como ya hemos citado previamente, la Emperatriz indica: “Fantasía nacerá de nuevo a través de tus deseos, Bastián, que se harán realidad a través de mí”. Para ello deberá ir solo, pero llevando siempre el símbolo de ella, el doble ouroborus ya mencionado, que en su parte posterior reza: Haz lo que quieras.

Es de relevancia mencionar que Hija de la Luna es el título de uno de los libros escritos por el conocido ocultista británico Aleister Crowley en 1917 (publicado en 1929). Crowley es uno de los representantes más conocidos de la filosofía de la Thelema, cuyos principios rectores más conocidos son “Haz tu voluntad, ésa es toda ley” y “Amor es ley, amor bajo la voluntad” (Booth, 2001). Podemos encontrar este primer principio sintetizado entre las páginas de nuestro libro:

-¿Qué significa -preguntó- «HAZ LO QUE QUIERAS»? Eso quiere decir que puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no crees?

-(...) Quiere decir que debes hacer tu Verdadera Voluntad. Y no hay nada más difícil.(...) Es tu secreto más profundo, que no conoces.

-¿Cómo puedo descubrirlo entonces?

-Siguiendo el camino de los deseos, uno a uno, hasta llegar al último. Este camino te conducirá a tu verdadera voluntad. (…) exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre (Ende, 1989, p. 217).

Aquí vemos un correlato importante respecto al proceso de autoconocimiento e integración psíquica hasta devenir “individuo”. Este también es un camino largo, que requiere de la dinámica del deseo como motor de lo inconsciente, pero en el que hay que distinguir la voluntad verdadera de todo lo demás que se hace pasar por ella: el beneficio del síntoma, los mecanismos de defensa, el enrocamiento de la resistencia... El secreto mejor guardado, el núcleo del sí mismo, de lo que verdaderamente somos sin las grietas de aquello que nos ha escindido durante nuestro desarrollo, es la meta de ese camino.

Un camino que nunca es recto, como aprende Bastián en su larga andadura, cuando se lamenta de todos los rodeos que acaba dando para no conseguir nada:

-Lo hice todo mal -dijo- y lo entendí todo al revés. La Hija de la Luna me dio muchas cosas pero, con ellas, sólo traje la desgracia sobre mí y sobre Fantasía.

(…)

-No -respondió-, eso no lo creo. Seguiste el camino de los deseos y ese camino nunca es derecho. Diste un gran rodeo, pero era tu camino. ¿Y sabes por qué? Tú eres uno de esos que sólo pueden regresar cuando encuentran la fuente de donde brota el Agua de la Vida. Y ése es el lugar más secreto de toda Fantasía. (…) Cualquier camino que conduzca allí es en definitiva el verdadero” (Ende, 1989, p. 369).

Pero que no sea recto no quiere decir que no sea correcto, pues si después de recorrer varios caminos Bastián no está un paso más cerca de su verdadera voluntad, del último deseo, en realidad ha ganado comprensión, sabe ya los caminos que no debe recorrer:

La Casa del Cambio no se llama sólo así porque se cambie a sí misma, sino porque cambia también a quien entra en ella. Y eso era muy importante para el niño [Bastián], que hasta encontrarla siempre había querido ser otro, pero no cambiar (Ende, 1989, p. 364).

Es entonces, tras mostrarnos secuencialmente la necesidad de aceptar lo socialmente rechazado atravesando nuestra sombra, de ceder ante el empuje de lo incomprensible de nosotros, de encontrarnos con lo negado de nuestro interior y darle un nombre, y de seguir la ruta retorcida de nuestro mundo del deseo, cuando se nos muestra que ser “uno mismo” es lo contrario de una identidad estática: significa también cambiar en la dirección adecuada: “-Ahora has encontrado tu último deseo. (…) Tu Verdadera Voluntad es querer” (Ende, 1989, p, 371).

La única oportunidad de Bastián de regresar a su mundo es encontrar a alguien a quien querer en el cementerio de sueños, alguien de su mundo al que llevarle el Agua de la Vida, pues ésa es la manera de hacerse con ella. Una demanda de amor, quizá, como cimiento de todo el largo camino hacia el cambio y la comprensión de uno mismo:

Rápidamente cogió con las dos manos agua de las Aguas de la Vida y corrió hacia la puerta (...).

-¡Papá! -gritó-. ¡Papá! ¡Soy...Bastián...Baltasar... Bux! (Ende, 1989, p. 392).

Aunque el Agua de la Vida se derrama en el último momento, Bastián es capaz de volver a la realidad, alejarse del mundo sin fronteras de su Fantasía, habiendo aceptado lo negado de sí, sabiendo quién es. El cambio de uno mismo es sutil, pero profundo. Radical, pese a muchas veces no ser espectacular. Cambias sin cambiar quién eres, porque quizá lo único diferente es la dirección en la que se cambia.

Poder apartar una sombra. Poder encontrar en un padre pétreo y distante alguien a quien abrazar:

“El padre se sentaba inmóvil. Bastán se puso en pie y encendió la luz. Y entonces vio algo que jamás había visto antes. Vio lágrimas en los ojos de su padre. Y comprendió que, a pesar de todo, había podido traerle el Agua de la Vida” (Ende, 1989, p. 395).


CONCLUSIONES

La clave de bóveda de este trabajo ha sido la relación entre arte y psicoanálisis, y su meta principal arrojar luz sobre la cuestión de cómo dicha relación no es únicamente unidireccional, en el sentido de aplicar los postulados del psicoanálisis a la creación artística -en este caso, literaria- para el entendimiento de las dinámicas psíquicas que la subyacen sino, precisamente, invertir el sentido de esta conexión y aplicar el arte al psicoanálisis. Es éste carácter de avanzada de la obra literaria en la intuición de vida anímica y en relación con las sistematizaciones teóricas posteriores o paralelas, lo que Jacques Lacan identificó como “el artista precede”, y Carl Gustav Jung denominó “arte visionario”.

En lo concreto, hemos encontrado que La Historia Interminable, novela de fantasía publicada por Michael Ende en 1979, traza las líneas básicas de importantes postulados de estos dos autores. El doble viaje iniciático que propone la novela, es decir, el de Atreyu y el de Bastián, muestra la importancia estructural de la trama simbólico-imaginaria. En primer lugar, y recorriendo toda la obra literaria como su espina dorsal, encontramos que es la dinámica del verdadero deseo el motor principal de los seres humanos, subvirtiendo la lógica general, imaginaria, por la cual somos artífices conscientes de nuestros cambios, iluminados siempre por la luz de la razón y la voluntad. Como le ocurre también a Bastián, son nuestros deseos irracionales y espontáneos los que nos llevan lejos de casa, y de igual modo los que nos muestran el camino de vuelta.

También nos hemos topado por la importancia crucial de lo simbólico. Tanto para el apuntalamiento de las ilusiones de la dimensión imaginaria -como ya ha sido mencionado, las ediciones del libro tienen tinta de dos colores-, como para la estructuración general de la vida anímica: la necesidad de mantener un nombre en la Torre de Marfil para mantener viva Fantasía. La Emperatriz Infantil nos enseña que lo que permanece innominado enferma y hace enfermar nuestro mundo, y la gesta por encontrarle un nombre, por muy provisional que sea, es lo único que puede salvarnos de la angustia de la disolución. La Nada que ciega y devora, un correlato imperfecto, pero claro, de la dimensión anuladora de lo Real.

Asimismo, hemos tratado de exponer cómo La Historia Interminable traza el sendero del proceso de individuación teorizado por C. G. Jung, incluyendo el contacto con los arquetipos del inconsciente colectivo. El objetivo de este proceso -con sus evidentes diferencias en lo concreto- es común a todos los objetivos de curación o integración psíquica de las diferentes corrientes psicoanalíticas: aceptar lo rechazado, unir lo que de escindido hay en los individuos. Es precisamente por eso que la meta de la individuación es hallar el sí-mismo, entendiendo esto no cómo un concepto estático, sino, precisamente, como la necesidad de cambiar en la dirección correcta.

Para ello necesitamos la decisión, no voluntaria ni racional en última instancia, de entregarnos a una búsqueda que no sabemos dónde llevará, de ceder ante un empuje implícito, lo compartido tanto por Atreyu al atravesar la Puerta del Gran Enigma como por la persona que, asumiendo el papel de analizando, acepta la ayuda para explorar los significados ocultos de su inconsciente. Como aprende también Bastián, los caminos verdaderos son muchas veces retorcidos.

Y uno de los pasos fundamentales en este camino es enfrentar la propia sombra que arroja la luz de nuestra razón, no para vencerla ni para anularla, sino para atravesarla. Aceptar lo que de socialmente aberrante hay en nosotros mismos y que ha sido relegado a partes más oscuras de nuestra psique. Uno de los ejemplos más comunes en la línea jungiana es lo monstruoso, lo bestial, o lo incivilizado, pero no hemos de olvidar que ver en el espejo al Bastián que hay en todo Atreyu, el temor que late en toda valentía, es un proceso igualmente necesario para el autoconocimiento.

Sin embargo, esto dista mucho de ser el final. Hay partes más escindidas, divisiones más profundas, relacionadas con la diferenciación de género y lo que se asocia a ella. Aunque resulta evidente que existe una diferenciación biológica básica, tanto anatomía como genética son palabras que hemos dado a algo externo, real, que excede nuestra consciencia, y precisamente su percepción implica un tamiz del que no estamos exentos, y quizá la única herramienta sea ser conscientes (o lo más conscientes posible) de ello. Porque el pasado vive de algún modo en el presente, y esto no se refiere sólo a la historia estrictamente individual, sino también a la social y cultural.

Por ello, los elementos más profundos de nuestra psique, vida anímica abisal radicalmente diferente a lo que nada en nuestra superficie, lo que los jungianos llamaron ánima y ánimus, merece ser reconocido y aceptado: un nombre para nuestra Emperatriz Infantil.

Este paso fundamental hacia la unicidad es necesario para encontrar, como consigue Bastián, la verdadera voluntad, el deseo más profundo que nuclea lo que somos y en base al cual podemos ser nosotros mismos, es decir, cambiar en la dirección adecuada. Y el deseo tiene un objeto, es la forma particular de relación en la cual se estructura nuestra vida psíquica, pues lo objetal es lo único que genera vida en el significado más amplio del término.

Como aprende Bastián al final de su Historia Interminable, el Agua de la Vida sólo puede obtenerse si es para dársela a otro.

 

 
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Diccionario de Fantasia -S-

Sala de la Casa de Ninguna Parte: es un sitio más alto que la mayor de las iglesias y más amplio que la más extensa de las estaciones de ferrocarril. Inmensas columnas sostienen un techo que solo se adivina y la luz dorada que le ilumina proviene de incontables velas cuyas llamas queman con tal inmovilidad como si estuvieran pintadas y no necesitaran consumir cera para arder. Incontables relojes de todos los tamaños y formas están de pie y tendidos sobre largas mesas y cada uno marca una hora diferente.
[Momo y los ladrones del tiempo]

 
Salón del Trono: salón amplio y redondo donde se llevan a cabo las deliberaciones acerca del porvenir de Fantasia, se encuentra en el interior del palacio, un poco por debajo del Pabellón de Magnolia.
[La historia interminable]

 
San Silvestre: anciano elegante con ojos azules claros y cejas blancas muy pobladas, sin barba y con una larga capa bordada en oro, una mitra en la cabeza y un báculo en la mano izquierda. Ayuda a Maurizio y Jacobo, regalándoles una nota de las ultimas campanadas del año.
Silvestre I fue obispo de Roma (314-335), considerado el papa 33 de la Iglesia católica, y venerado como santo por las iglesias católica, ortodoxa, armenia, luterana y anglicana. Su pontificado cubre uno de los más importantes períodos de la historia de la Iglesia y de Occidente, ya que transcurrió durante el imperio de Constantino —primer emperador cristiano— cuando el cristianismo dejó de ser perseguido y obtuvo el reconocimiento del gobierno imperial. Su fiesta se celebra el 31 de diciembre, que coincide con las celebraciones de fin de año, llamadas por ello (en algunos países) "de San Silvestre”
[El ponche de los deseos]

 
Schirk: viento del sur, de nubes color amarillo.
En la mitología griega, Noto es el dios del viento del sur, asociado con el desecador viento caliente del solsticio de verano que, trae las tormentas del final del verano y del otoño, por lo que es temido como destructor de las cosechas. Su equivalente en la mitología romana es Austro, la personificación del siroco, que trae densas nubes y niebla o humedad. A menudo es representado bajo la figura de un hombre joven con una urna invertida, y con parte de su capa levantada, significando a la lluvia que trae generalmente consigo.
[La historia interminable]


Schirkrie: Padre de la Visión, con forma humana y cabeza de águila. Es el más antiguo de los tres pensadores profundos del Monasterio de Guigam que gobierna sobre el día.
En muchas culturas, el l águila es símbolo de la altura, representación del espíritu del Sol y del principio espiritual, se considera esencialmente luminosa y participa de los elementos aire y fuego y trueno. Como se identifica con el sol y la idea de la actividad masculina, fecundante de la naturaleza materna, el águila simboliza también el Padre. Asociada también con la intrepidez y la rapidez, representa el poder, la guerra y la nobleza heroica. El águila enseña a ver todos los problemas desde las alturas, no desde dentro, con sabiduría y por encima de las cosas banales.
[La historia interminable]

 
Schlabuffos: llamados “los que ríen siempre”, son extrañas polillas de colores con la nariz roja. Vestidos de moños y trajes de colores como payasos. Son los Ayayai luego de haber sido transformados por Bastián, quienes lo buscan para exigirle regresar a su anterior estado.
Recuerdan a los Bandar-log del Libro de la Selva de Rudyard Kipling:
“No tienen ley. Son los repudiados por todo el mundo. No tienen lenguaje propio, sino que echan mano de palabras robadas que oyen por casualidad… Su camino no es el de nosotros. No tienen jefes. Carecen de memoria. Alardean, charlan y pretenden ser un gran pueblo ocupado en asuntos importantísimos; pero si cae una nuez desde el árbol, revientan de risa y basta para que todo lo olviden… son numerosísimos, perversos, sórdidos, procaces y desean llamar nuestra atención… si es que puede decirse de ellos que tengan un deseo fijo”
[La historia interminable]

 
Señora Maldiente: es una dragona de gran tamaño, pero muy delgada con el morro cubierto de cerdas y pinchos, ojos punzantes cubiertos con minúsculas gafas centelleantes y un solo diente asomando por su hocico. Mantenía encadenados a niños robados de distintos sitios en su escuela, donde debían repetir sin descanso aquello que Maldiente les enseñaba. Luego de haber sido derrotada por Lucas y Jim, pierde la maldad y se convierte en el Dragón Dorado de la Sabiduría, conociendo todos los misterios y pudiendo resolver todos los problemas. Pero algo así, solo puede ocurrir cada mil años.
El dragón chino simboliza la perversión sublimada y superada, pues, implícitamente, se trata de un «dragón domado», como el que obedece a san Jorge después de haber sido derrotado por el santo. El dragón simboliza la «vida rítmica». La asociación dragón-rayo-lluvia-fecundidad es frecuente en los textos chinos arcaicos, por lo cual el animal fabuloso es el elemento de relación entre las aguas superiores y la tierra. Son asociados a los colores: el dragón rojo es el guardián de la alta ciencia; el dragón blanco es un dragón lunar; los matices se relacionan con los planetas y signos zodiacales.
[Jim Botón y Lucas el maquinista]

 
Señor Manga: habitante de Lummerland que gusta de pasear por la isla, siempre con un sombrero hongo en la cabeza y un paraguas cerrado bajo el brazo. Vive en una casa normal y no tiene empleo fijo.
[Jim Botón y Lucas el maquinista]

 
Señora Queé: habitante de Lummerland, mujer muy simpática, grande y gorda con las mejillas rojas como una manzana, habita la casa de la tienda donde se puede comprar todo lo necesario. Es la madre adoptiva de Jim Botón.
[Jim Botón y Lucas el maquinista]


Serpentina Fuegofatuo: tataratataraprima política de Pantuflo, pariente en decimotercer grado y muy susceptible. En realidad, está emparentada con ambos reyes y vive en otro país lejano, bajo otro nombre y oficialmente es domadora de pulgas pero extraoficialmente y en secreto es un hada mala.
[La historia de la sopera y el cazo]

 
Serpientes blancas: habitantes de Fantasia.
La serpiente blanca conocida como la Dama Blanca, aparece en una historia china sobre el bien y el mal, en la que el monje budista Fahai se dispone a salvar el alma del joven Xu Xian del espíritu de la serpiente blanca, un demonio maligno disfrazado que tentaba a sus víctimas para quitarles la vida. Sin embargo, a lo largo de los siglos, la leyenda ha evolucionado de un cuento de terror a una historia de romance, con Bai Suzhen (la serpiente blanca) como un ser benigno que cura a la gente a través de su medicina herbolaria y Xu Xian, genuinamente enamorados el uno del otro a pesar de que su relación está prohibida por mandato celestial.
[La historia interminable]

 
Sikanda: espada de Bastián que según Graógraman, le esperaba desde tiempos inmemoriales. Parece vieja y oxidada y su empuñadura parece estar hecha de un viejo pedazo de madera, la hoja sin embargo, es de una luz resplandeciente que apenas puede mirarse y su doble filo es capaz de cortar cualquier cosa; solo puede usarse cuando sale por sí misma de su funda y guía la mano que la empuña, desenvainada por capricho conlleva una gran desgracia a su portador y a Fantasia entera. Bastián respeta esta disposición hasta que se enfrenta contra Atreyu, entonces, empuña a Sikanda a la fuerza y logra herir a Atreyu. En ese momento se escucha el espantoso ruido que había oído cuando Graógraman se convertía en piedra. Y la luz de Sikanda se extinguió.
Tras visitar la Ciudad de los Antiguos Emperadores, Bastián escarba la tierra con las manos y coloca a Sikanda dentro. Y allí está Sikanda hasta hoy. Porque sólo en un futuro lejano llegará alguien que podrá tocarla sin peligro.
El nombre Sikanda recuerda a Skanda (Kartikeya), dios hindú de la batalla que dirige las huestes de Shiva contra los ejércitos de los demonios. Es hijo de Agni y posee seis brazos y piernas, cabalga un pavo real y utiliza lanza y flechas en combate.
De acuerdo con una leyenda, su nacimiento se debe a que en una ocasión, el semen de Shiva cayó en el fuego, era tan caliente y brillante que solo podía tocarlo Agni, el dios del fuego. Siguiendo las instrucciones de Shiva, Agni depositó este semen en el río Ganges y la diosa Ganga lo nutrió, hasta que un bebé con forma humana surgió del río. Fue alimentado por las seis Krittikas (Pléyades).
Como espada, es símbolo de exterminación física y decisión psíquica. Durante la Edad Media, la espada se considera símbolo del espíritu o de la palabra de Dios, recibiendo un nombre como si se tratara de un ser vivo (Balmunga, de Sigfrido; Escalibur, de Arturo; Durandal, de Rolando; Joyosa, de Carlomagno, etc.) Por ser un instrumento reservado al caballero, defensor de las fuerzas de la luz contra las tinieblas, se asocia al fuego y a la llama y su empleo constituye una purificación.
Siendo la espada símbolo del ánimo del héroe, la espada rota representa un estado de destrucción de dicho factor. La espada enterrada, suele aparecer en las leyendas como herencia que ha de ser reconquistada por el propio valor.
[La historia interminable]


Silfos nocturnos: numerosos habitantes de Fantasia con muy diverso aspecto. Algunos parecen orugas negras de pie con manos color rosa y ojos son grandes como dos lunas.
Los silfos son espíritus elementales del aire, emblema de la rapidez y con el poder de hacerse visibles o invisibles, a voluntad. Grandes amantes de las ciencias, sutiles, amigos de los sabios, pero enemigos de los necios y de los ignorantes.
[La historia interminable]


Smerg: dragón que vive en Morgul, tiene alas membranosas como de murciélago, mide 32 metros y su cuerpo parece el de una rata sarnosa, con cola de escorpión, patas traseras de saltamontes y manos delanteras pequeñas como de niño, pero con gran fortaleza. Posee un cuello largo y flexible y cabeza de cocodrilo, remontada por dos cabezas más pequeñas: la derecha de anciano para oír y la izquierda de anciana para hablar.
El dragón es una figura simbólica universal, que se encuentra en la mayoría de pueblos del mundo. Son una suerte de confabulación de elementos distintos tomados de animales especialmente agresivos y peligrosos: serpientes, cocodrilos, leones significando la fusión y confusión de todos los elementos y posibilidades.
En multitud de leyendas, el dragón, aparece con el significado de enemigo primordial, el combate con el cual constituye la prueba por excelencia. Apolo, Cadmo, Perseo, Sigfrido vencen al dragón, pues sólo el que vence al dragón deviene héroe.
Se atribuye a los dragones las propiedades simbólicas siguientes: son fuertes y vigilantes, su vista es agudísima y parece ser que su nombre procede de la palabra griega dercein (viendo). Por esta razón, se convierten en guardianes de templos y tesoros y también alegoría del vaticinio y la sabiduría. A veces, el dragón multiplica sus cabezas, empeorando con ello su significación dado el sentido regresivo e involutivo de toda aumentación numérica.
También es un símbolo de los fenómenos telúricos y el mundo inferior.
En alquimia, el dragón representa al elemento fuego en general, el dragón alado simboliza el mercurio y el dragón sin alas el azufre.
[La historia interminable]


Sopera: objeto de porcelana que tiene pintado en color azul, un cazo en el que se ve una sopera y en ésta un cazo y así hasta que ya no se distingue el dibujo. Se llena de sopa sabrosa y nutritiva por sí sola, si se agita con su correspondiente cazo y siempre permanece llena.
[La historia de la sopera y el cazo]

 
Supersapo Sumpf: desapareció con todo su pueblo del Lago de Calidocaldo.
[La historia interminable]


Sursulapitchi: princesa sirena de corta estatura, cara de tez verde casi transparente, muy hermosa y con grandes ojos, ancha boca y nariz respingona (confiriéndole cierto parecido a un pez), su cabello es plateado semejante a algas y es muy alegre. Acompaña a Jim y Lucas hasta el Mar de los Bárbaros para solucionar el problema de iluminación en el mar. Tiene 3,000 años, es hija del rey Lormoral y está comprometida con Uchaurichuuum.
Las sirenas aparecen bajo dos aspectos principales: como mujer-pájaro o como mujer-pez. Son hijas del río Aqueloo y de la ninfa Calíope. Habitan en lugares escarpados y la leyenda les atribuye un canto dulcísimo con el cual atraen a los caminantes para devorarlos. Cuando aparecen con cola de pez, son habitantes de las islas rocosas y de los arrecifes. Parecen especialmente símbolos de las «tentaciones» dispuestas a lo largo del camino de la vida (navegación) para impedir la evolución del espíritu y «encantarle», deteniéndolo en la isla mágica o en la muerte prematura.
El idioma inglés distingue la sirena clásica (siren) de las que tienen cola de pez (mermaids). En la formación de esta última imagen habrían influido por analogía los tritones, divinidades del cortejo de Poseidón.
[Jim Botón y los 13 salvajes]

18.11.21

Luz sonora

Imagen: Edgar Ende



Carl Gustav Jung anota en su libro de memorias: “He visto con mucha frecuencia que los hombres se vuelven neuróticos cuando se conforman con respuestas insatisfactorias o falsas a las cuestiones de la vida. Buscan una buena situación, matrimonio, reputación y éxitos externos o dinero, y permanecen desgraciados y neuróticos, incluso cuando han conseguido lo que buscaban. Tales hombres se sumen las más de las veces en una excesiva estrechez espiritual. Su vida no tiene contenido satisfactorio alguno, ningún sentido. [...] En tales casos estamos obligados a observar si el inconsciente no ofrece espontáneamente símbolos que suplan esta carencia. Entonces queda siempre en pie la cuestión de si un hombre, que tiene los sueños o visiones adecuadas, es capaz de comprender su sentido y aceptar las consecuencias”.

Aquellos “viejos tiempos, cuando los hombres hablaban todavía muchas otras lenguas”, mencionados en la línea inicial de Momo de Michael Ende, aparecen, con una atención hacia lo sagrado tan profunda como la de Ende, en estas líneas de Jung provenientes del mismo libro:
Entre los pacientes de nuestros días denominados neuróticos existen no pocos que en épocas más antiguas no se habrían vuelto neuróticos, es decir, en desacuerdo consigo mismos. Si hubieran vivido en una época y en un ambiente en que el hombre estaba vinculado a través del mito con el mundo del misterio, y por éste con la naturaleza viva y no meramente contemplada desde fuera, se habrían ahorrado la desavenencia consigo mismos. Se trata de hombres que no soportan la pérdida del mito y no hallan el camino en un mundo meramente externo, es decir, en la concepción de las ciencias, de la naturaleza, ni puede satisfacerles el abstracto e intelectual juego de palabras que no tiene que ver en lo más mínimo con la sabiduría.
Es precisamente a este último (y no al neurótico), a quien se dirige Antonio Porchia en una sus más inefables sentencias, a las que llamó voces:
Yo no estoy conforme de ti. Pero si tú tampoco estás conforme de ti, yo estoy conforme de ti.
La capacidad de escuchar salva a Momo: es su principal conjuro contra la Nada; se trata, ante todo, de la básica condición para evitar la pérdida del mito. En el culminante capítulo que narra su revelación, la niña percibe una luz sonora, la música de las esferas:
Cuanto más escuchaba, más claramente podía distinguir voces singulares. Pero no eran voces humanas, sino que sonaba como si cantaran el oro, la plata y todos los demás metales. Y entonces aparecieron como en segundo término voces de índole totalmente diferente, voces de lejanías impensables y de potencia indescriptible. Se hacían cada vez más claras, de modo que Momo iba entendiendo poco a poco las palabras, palabras de una lengua que nunca había oído y que, no obstante, entendía. Eran el sol y la luna y todos los planetas y las estrellas que revelaban sus propios nombres, los verdaderos.
El secreto que aprende Momo consiste en escuchar, es decir, escucharse. Tanto esta novela como La historia interminable son la crónica de seres que buscan no estar “en desacuerdo consigo mismos”, que se vinculan “a través del mito con el mundo del misterio”, que tienen “los sueños o visiones adecuadas” y son capaces de “comprender su sentido y aceptar las consecuencias”. En otras palabras, son seres que encuentran y logran pronunciar (y escuchar) sus nombres verdaderos.

Momo y La historia interminable son susceptibles de numerosas lecturas. En cuanto a una de ellas, la metáfora del poder, Ende se ha propuesto la única actitud capaz de conjurar los equívocos, contaminaciones y trampas ampliamente extendidas: revisar la carga semántica de los términos utilizados y lograr el acceso a una dimensión del lenguaje capaz de transparentarse continuamente; porque no basta aclarar y declarar si ello no se realiza simultáneamente en todos los niveles: en cuanto se descuida un solo nivel, el discurso del poder atrapa los contenidos y opaca su transmisión. De ahí el juego de espejos: el continuo movimiento reflectante logra una transparencia dentro de otra a la velocidad suficiente como para esquivar las inmovilizaciones. ¿Tiene otra definición la magia?

El primer paso (buscar la transparencia) conjura aquello que Aristóteles advierte: ese “hablar como ciertos actores de teatro, los cuales recitan parlamentos aprendidos de memoria sin saber lo que dicen”. La política —entendida como discurso del poder— no pregunta: afirma, impone respuestas y definiciones, confunde y deslava los significados hasta que sólo quedan signos inmóviles. Sin embargo, la lectura política de la historia y del lenguaje —entendida como discurso humano, es decir, como la exigencia de saber lo que se dice— rompe las fronteras de los subsistemas en el instante en que cuestiona (porque al hacer uso de los signos de interrogación, ante todo se está cuestionando a sí misma: urge moverse más rápido que la inmovilizante retórica del poder). Saber lo que se dice es acaso el más subversivo de los actos, el más temido por los aparatos de dominio; tal acto sólo es político en principio, puesto que lo político no es sino una plataforma de despegue cuando se le concibe como saber.

El segundo paso (salvar la transparencia reflejándola en sí misma al infinito) es mucho más arduo. Esta actitud ya no puede conformarse con “saber lo que se dice”, y asume la exigencia de decir lo que se sabe. Lo que se sabe desde siempre, lo que siguen diciendo esas antiquísimas tradiciones (el mito, la leyenda, la historia secreta, la memoria colectiva) para que no se pierda el rumbo de la luz.

En La historia interminable, Gmork, el hombre-lobo, explica a Atreyu lo que sucede cuando la Nada atrae y devora a los habitantes de Fantasia: “¿Sabes lo que pasará con todos los habitantes de la Ciudad de los Espectros que han saltado a la Nada? [...] Se convertirán en desvaríos de la mente humana, imágenes del miedo cuando, en realidad, no hay nada que temer, deseos de cosas que enferman a los hombres, imágenes de la desesperación donde no hay razón para desesperar...”.

Los habitantes de Fantasia, transportados de ese modo al orbe de los hombres, se convierten en ideas, es decir, en mentiras fruto de una razón basada en el vacío: “Y nada da un poder mayor sobre los hombres que las mentiras”, continúa Gmork. “Porque esos hombres viven de ideas. Y éstas se pueden dirigir. Ese poder es el único que cuenta. Con ustedes, pequeños fantasios, se harán grandes negocios en el mundo de los hombres, se declararán guerras, se fundarán imperios mundiales... [...] En cuanto te llegue el turno de saltar a la Nada, serás también un servidor del poder, desfigurado y sin voluntad. Quién sabe para qué les servirás. Quizá, con tu ayuda, harán que los hombres compren lo que no necesitan, odien lo que no conocen, crean en lo que los hace sumisos o duden de lo que podría salvarlos.”

Y acaso toda esta rapiña se concentre en el sentido mismo del devenir y en la propia definición de la existencia temporal. En el capítulo sexto de Momo (llamado “La cuenta está equivocada, pero cuadra”), Michael Ende introduce al tema de esta novela:
Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.
Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora.
Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.
Y nadie lo sabía tan bien, precisamente, como los hombres grises. Nadie como ellos sabía apreciar tan bien el valor de una hora, de un minuto, de un segundo de vida, incluso. Claro que lo apreciaban a su manera, como las sanguijuelas aprecian la sangre, y así actuaban.
Ellos se habían hecho sus planes con el tiempo de los hombres. Eran planes trazados muy cuidadosamente y con gran previsión. Lo más importante era que nadie prestara atención a las actividades de los hombres grises. Se habían incrustado en la vida de la gran ciudad y de sus habitantes sin llamar la atención. Paso a paso, sin que nadie se diera cuenta, continuaban su invasión y tomaban posesión de los hombres.
Los invasores atacan en esos momentos en que un individuo olvida aquello que vuelve singular a su propia existencia (en este capítulo, el hombre elegido como ejemplo exclama: “¿Qué estoy haciendo de mi vida? El día en que muera será como si nunca hubiera existido”); entonces se le presenta uno de los peones de la grisura y le demuestra por medio de cifras cómo aquél ha perdido el tiempo durante toda su vida (esa cuenta “cuadra” porque sólo se ajusta a lo cuantitativo y hábilmente escatima lo cualitativo).

En la retorcida lógica de los “seguros de vida”, el hombre gris propone a su víctima invertir en la “caja de ahorros del tiempo”, lo que significa consagrar al trabajo productivo cada segundo posible, dejando atrás los sentimentalismos y todo lapso reservado a la meditación y a la vida interior. Ser “realista” implica guardar los “instantes no directamente productivos” para disfrutar de ellos algún día (un futuro que nunca ha de llegar: por ello la cuenta está equivocada). Poco a poco los seres humanos olvidan cualquier otro valor que el del dinero y dejan de tener tiempo para sí mismos. Y mientras más tiempo ahorran, más vida pierden.

Hombre de espíritu afín al de Ende, Carl Gustav Jung se refiere en su libro de memorias a la misma predación:
Tanto nuestra alma como nuestro cuerpo se componen de elementos que estuvieron todos ya presentes en la serie de nuestros antepasados. Lo “nuevo” en el alma individual es la recombinación variada hasta el infinito de los ancestrales componentes; cuerpo y alma tienen por ello un carácter eminentemente histórico y no hallan en lo nuevo, en lo recién nacido la adecuada morada; es decir: los rasgos ancestrales se encuentran en el propio hogar sólo en parte. Nosotros no hemos terminado todavía con el Medievo, la antigüedad y el primitivismo tal como nuestra psique exige. En lugar de ello somos lanzados a la catarata del progreso que cuanto más nos impulsa con más salvaje ímpetu hacia el futuro, tanto más nos arranca de nuestras raíces. Pero una vez derribado lo antiguo, generalmente queda también destruido y ya no es posible detenerse en lo absoluto.

Y es precisamente esta pérdida de vinculación, este desarraigo, lo que provoca una especie de “insatisfacción de la cultura” y una prisa en la que se vive más en el futuro y sus quiméricas promesas de una era dorada, que en el presente, en el cual todo nuestro trasfondo histórico-evolutivo ni siquiera se ha alcanzado todavía. Desenfrenadamente se arroja uno a lo nuevo llevado por un creciente sentimiento de insatisfacción, descontento y desasosiego. No se vive ya de lo que se posee, sino de promesas, no a la luz del presente día, sino en las tinieblas del futuro en el que se aguarda el auténtico amanecer.

No se quiere reconocer que todo “mejor” se adquiere a costa de un “peor”. La esperanza de una mayor libertad es frustrada por un acrecentamiento de esclavitud al Estado para no hablar de los terribles peligros que nos ofrecen los más brillantes descubrimientos de la ciencia. Cuanto menos comprendamos lo que buscaron nuestros padres y antecesores, tanto menos nos comprenderemos a nosotros mismos, y contribuiremos con todas nuestras fuerzas a acrecentar la carencia de arraigo e instintos del individuo.

Para Jung, los signos del progreso son en realidad ideas rapiñadoras: “En la mayoría de los casos, [las mejoras tecnológicas] y casi todas las innovaciones que, por así decirlo, ahorran tiempo [...], representan modos pasajeros de endulzar la existencia [...]; aceleran enojosamente el tempo y de este modo nos dejan menos tiempo que antes. Omnis festinatio ex parte diaboli est: ‘toda prisa proviene del diablo’, solían decir los antiguos maestros. [...] El europeo está ciertamente convencido de no ser ya lo que fue en la antigüedad, pero no sabe lo que ha llegado a ser mientras tanto. El reloj le dice que desde la Edad Media se ha introducido en él subrepticiamente el tiempo y su sinónimo, el progreso, y le ha arrebatado lo que para él es irrecuperable. Con equipaje ligero prosigue su camino hacia metas confusas con un progresivo apresuramiento. La pérdida de peso y el correspondiente sentiment d’incomplétitude lo compensan con la ilusión de sus éxitos, como ferrocarriles, motonaves, aviones y cohetes que a través de su rapidez cada vez le van arrebatando poco a poco su permanencia y lo trasladan a otra realidad de velocidades y apresuramientos. [El] dios del tiempo [...] destrozará y destruirá implacablemente, con días, horas, minutos y segundos, [a esa gran] continuidad que todavía recuerda a la eternidad”.

En un cierto sentido, Momo y La historia interminable reivindican la búsqueda de raíces (y del tempo original) como un acto político: el de la demanda de vuelta a la transparencia (vuelta a los “viejos tiempos, cuando los hombres hablaban todavía muchas otras lenguas”, como escribe Michael Ende en la línea inicial de Momo). Si se busca transparentar el mundo como un río para que sea posible ver el fondo (y esto sucede a Beppo Barrendero “a mediodía, cuando todo duerme en el calor”), la búsqueda es menos política que poética, es decir mágica. ¿Qué otra definición puede darse a la magia blanca que el esfuerzo por desentrañar la magia negra emprendida por el poder en los nombres? Apenas hay exceso en emplear el término magia, puesto que la magia negra se basa en anteponer la pasión ciega al entendimiento esclarecedor: primero el aparato artificialmente provoca una oclusión de todos los flujos verbales (vitales); después, promociona y vende formas de desahogo ante la “inevitable ley de la vida”. Antes que devolver el lenguaje a sus fuentes originarias, se nos demuestra que la mudez equivale a la naturaleza humana. En La historia interminable, Bastian “siempre lo había sentido así, sin poder explicarse por qué. Nunca había querido aceptar que la vida fuera tan gris e indiferente, tan sin secretos ni maravillas como pretendían las personas que exclamaban: ‘¡la vida es así!’”.

La búsqueda de raíces implica devolver la memoria a las palabras y a los gestos. En Los nombres del imperio, Patricio Marcos elige ejemplos elocuentes; uno de ellos es el arcaísmo “ósculo”, definido por la Real Academia como “beso de afecto” y proveniente del latín osculum, “beso, boquita”. Esta palabra, que a todas luces implica un “simple y sencillo” acto humano de expresión afectuosa, ha olvidado su historia eminentemente política: un suceso del que ya sólo se recuerda el título, “el rapto de las sabinas”. A raíz del secuestro, por parte de los romanos, de setecientas mujeres de ese pueblo, los sabinos citan a aquéllos en el campo de batalla. Las mujeres, ya para entonces convertidas en madres por sus captores, deciden impedir la matanza: sea quien sea el ganador, ellas serán las afectadas (en un caso perderán a sus familiares; en otro, a los padres de sus hijos). De improviso se presentan en ese sitio en donde ya las espadas tiemblan en el aire, se dispersan entre ambos bandos y besan en las mejillas a los contrincantes, a la vez que solicitan detener el enfrentamiento y olvidar su causa.

La costumbre occidental del beso entre amigos es otro de los actos amnésicos, de los signos automáticos de la reafirmación del poder, de las formas huecas que se transmiten y emplean desconociendo sus orígenes y su sentido metafórico. Desde la antigüedad latina, entonces, el “beso de afecto” queda ligado al discurso del poder: transmite ese detener el enfrentamiento y olvidar su causa aunque sea por un momento (no el rato de la convivencia amistosa sino el instante del saludo); simboliza, pues, un gesto de conciliación, una súplica de tregua en una guerra perpetua. Como el beso de Judas (otro gesto célebre desligado de su historia política: “traición pública antes que refrendo de amistad”), la cotidianidad occidental y sus más íntimos gestos conllevan ya un sobreentendido ideológico: no hay guerra “y” paz (estadios alternados), sino treguas más o menos aceptadas en una guerra subterránea pero permanente. Se trata del bellum omnium omnes, la “guerra de todos contra todos” a la que Thomas Hobbes en Leviathan considera la esencia en la formación de las sociedades.

En el inicio de su quest, Atreyu (protagonista de La historia interminable de Michael Ende) trepa a un alto árbol para “ver” la Nada:
Las copas de los otros árboles que estaban muy cerca eran verdes, pero el follaje de los árboles que había detrás parecía haber perdido ese color, porque era gris. Y un poco más lejos se hacía extrañamente transparente, nebuloso o, mejor dicho, cada vez más irreal. Y detrás no había nada, absolutamente nada. No era un lugar pelado, una zona oscura, ni tampoco una clara; era algo insoportable para los ojos y que producía la sensación de haberse quedado uno ciego. Porque no hay ojos que aguanten el contemplar una nada total. Atreyu se tapó la cara con una mano y estuvo a punto de caerse de la rama. Se sujetó con fuerza y descendió tan de prisa como pudo. Ya había visto bastante. Sólo entonces comprendió el horror que se extendía por Fantasia.
Los hombres de gris, voceros de la mudez, imagineros de la ceguera, impositores de la total ausencia de sonidos (que no del silencio fecundo), detentan el poder precisamente porque éste no puede ser visto, oído, pronunciado. Pero no es imposible ver la Nada y señalar sus predaciones.

En el fondo se trata de lo que implica la sentencia de Marx colocada por los surrealistas al pie de un fotograma de La edad de oro de Luis Buñuel: “La crítica del cielo se transforma en crítica de la tierra, la crítica de la religión en crítica del derecho, la crítica de la teología en crítica de la política”. Una paráfrasis podría agregar: “La crítica del lenguaje del poder se convierte en crítica del poder del lenguaje”. La esencia de los aparatos dominantes ya radica en aquella frase de Epicteto que Laurence Sterne coloca como epígrafe a Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (1760): “No son las cosas en sí lo que perturba a los hombres, sino las opiniones sobre las cosas”.

Es precisamente la más honda relación entre palabra y deseo, entre las opiniones y las cosas, la que centra un relato de Ende, “La meta de un largo viaje” —incluido en el volumen La prisión de la libertad (1992)—; a partir de la sentencia Busquen y encontrarán leída a fondo, un personaje revela:
Dios creó el paraíso y creó al hombre. Como luego quitó el paraíso al hombre, éste creó el mundo para vivir en él. Y todavía está creándolo. [...] ¿Creen que fue Troya lo que [Schliemann] descubrió? ¿Por qué era Troya? Porque la buscó ahí [...]. De este modo los hombres encuentran todo: los huesos de monstruos prehistóricos y de animales-hombre. ¿Por qué? Porque buscan. Y así han creado al mundo, pieza por pieza, y dicen que ha sido Dios. Pero miren qué mundo han hecho, lleno de espejismos y contradicciones, de crueldad y violencia, de avaricia y sufrimiento, sin sentido en lo grande y en lo pequeño. Y díganme: ¿cómo Dios, ese al que llaman justo y santo, va a haber creado tanta imperfección? El hombre es el creador de todo y no lo sabe. No quiere saberlo porque tiene miedo de sí mismo, y con razón. Tampoco Colón, cuando descubrió el Nuevo Mundo, quería creer que lo había creado él a través de su búsqueda, porque pensaba en buscar otra cosa.
Este personaje advierte a su interlocutor: “Deberían darse prisa si quieren encontrar lo que buscan. Pronto ya no habrá sitio, pronto todo estará completado y terminado”. Fascinante relectura de la serendibilidad (el hallazgo inesperado cuando se buscaba otra cosa, fenómeno del que se da precisamente como máximo ejemplo el descubrimiento de América) e imagen gemela de aquellos hrönir que Borges imagina en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” (objetos reales creados por la expectativa de unos reos a los que se promete la libertad si encuentran tesoros en un terreno en donde inicialmente no había nada). El mundo es creado minuto a minuto por el deseo del hombre, del mismo modo en que Bastian va creando a Fantasia sin saber desear. El deseo es poder y ambos se enuncian, son lenguaje: quien domina a las palabras y a sus significados, domina no sólo al mundo sino a la forma de crearlo a cada instante.



 
 
 
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Borges, Jorge Luis. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en Ficciones, Sur, Buenos Aires, 1944. 
 
Ende, Michael. Die Unendliche Geschichte, Thienemanns Verlag, Stuttgart, 1979. [La historia interminable, Alfaguara, Madrid, 1983; trad. de Miguel Sáenz.]
____ Das Gefängnis der Freiheit, Thienemanns Verlag, Stuttgart/Viena, 1992. [La prisión de la libertad, Alfaguara, Madrid, 1993. Trad.: Genoveva Dieterich.] 
____ Momo, Thienemanns Verlag, Stuttgart, 1973. [Alfaguara, Madrid, 1978. Trad.: Susana Constante.]

Hobbes,Thomas. Leviatán: la materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y civil (1651), Alianza Editorial (Filosofía y Pensamiento, El Libro Universitario 64), Madrid, 1999; trad.: Carlos Mellizo.  
 
Jung, Carl Gustav. Erinnerungen, Träume, Gedanken (1961), Walter Verlag, Zürich/Düsseldorf, 2005. [Recuerdos, sueños, pensamientos, Seix Barral, Barcelona, 1964.]

Marcos, Patricio. Los nombres del imperio. Elevación y caída de los Estados Unidos, Nueva Imagen, México, 1991.

Porchia, Antonio. Voces reunidas, Pre-Textos, Valencia, 2006.

Sterne, Laurence. Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman (1759-1767), Penguin, Londres, 1985. [Cátedra, Letras Universales 640, Madrid, 2005; trad.: José Antonio López de Letona; ed.: Fernando Toda.]

14.11.21

Momo, utopía y alternativa

Texto: Mercedes Gasque en La experiencia literaria
Imagen: Vicente Fernando


 
Momo o lo que habrá en los años 90

Había una vez, en los años 70, una generación que, después de haber luchado más de una década por una revolución radical en los valores y modos de vida, por la igualdad y el socialismo, fue derrotada en una gris batalla, por el poder del dinero, por la globalización de la economía de mercado que, como humo, como la nada avanzaba devorando el tiempo de la vida de los seres humanos; así se perdía la esencia humana. Los primeros territorios que cayeron fueron los del Primer Mundo, Japón, Estados Unidos, Canadá y el Mercado Común Europeo. Se les bombardeó con la mayoría del capital mundial y así pasaron al dominio de las empresas y los bancos internacionales. Estos reinos vivieron una polarización social por la mala distribución de la riqueza, y con la sobreexplotación vino la violencia, el saqueo, la barbarie.

¿Qué hacer?

- Un paso adelante y dos atrás.

Y aquella utopía sigue siendo la estrategia ideal: pero en el momento actual la alternativa es la táctica para sobrevivir humanamente, en un mundo dominado por fuerzas oscuras.

La utopía socialista, la esperanza de una solución global para un mundo más justo, tuvo que ser cambiada por alternativas posibles, marginales, con las cuales, conformarse y, entre tanto, salvarse. Solo saliéndose, no participando –ni como cómplices, ni como víctimas- al renunciar al sistema, resolvieron ellos, ya en el presente, en el aquí y ahora, su vida. Al huir de la esclavitud a la que conduce el consumismo, escogen una vida sencilla, en donde puedan tener tiempo para realizar valores auténticos. Crearon grupos en espacios liberados, que son verdaderas zonas liberadas: la paz, la naturaleza, la autogestión, la libertad, son sus trincheras. Ahora no se puede enfrentar al monstruoso sistema en bloque, se opta por una desbandada en múltiples pequeños frentes de resistencia.

Se ha desenmascarado a la falsa utopía invasora, al consumismo, a su imagen televisiva, que es la zanahoria del burro, atrás de la cual se corre sin poder nunca alcanzarla; que hace creer que podrán tener, tener, tener… Pero tan solo pierden su vida presente, su único tiempo, en el espejismo de ganarla, y así se reproduce el monstruo.



¿Y la literatura?

Estaba como hechizada, jugaba con el mal, la realidad imponía degradaciones, lo positivo no tenía lugar.

Parecía no haber salida. Pero si: la alternativa la hace posible en la fantasía, en los cuentos de hadas; éste hechizo, sólo las hadas podían conjurarlo.

Pero ya había habido, hace 50 años, en Inglaterra, un mago Tolkien que en El señor de los anillos inicia un nuevo género narrativo y épico, pero fantástico. Y un día, en los años 70, un joven alemán, Michael Ende, retoma la varita mágica; escribe una novela cuento-de hadas en que decía lo que estaba pasando, y resultó ser un manifiesto poético de la alternativa: Momo. Momo.

Era literatura, pero lo imaginario es real, existe y era libertario. Su lectura libera espíritus, y potencialmente cuerpos y almas. Su voz fue recibida y comprendida por los seres críticos a la globalización, por los que buscaban vivir de otro modo que el oficial.

La universalización del humo del libre mercado, universalizaba también los valores alternativos: ambos trascienden fronteras e idiomas.

Es un signo de alerta ante el humo que avanza, incansable, hacia todos los confines del mundo.

Así, lo que pasó en los años 70 en el Primer Mundo, ya empieza a pasar aquí, y en los años 90 con el tratado de libre comercio, no podemos esperar otra cosa…

Yo he contado todo esto —digo—, como si ya hubiera ocurrido. También hubiera podido contarlo como si fuera a ocurrir en el futuro. Para mi, no hay demasiada diferencia. p.54.
Dice un misterioso joven anciano, como un oráculo fatal para nosotros.



Se predica con el ejemplo

Momo, está escrita en un lenguaje sencillo, como es el lenguaje de la sabiduría: saber vivir, saber escuchar y estar dispuesto a ayudar a los demás.

En una gran ciudad, Momo lucha contra los hombres grises por recuperar las flores horarias, el tiempo del corazón de cada ser humano.

Y es que los hombres grises se fuman en cigarros el tiempo que les roban a los humanos. Ese tiempo creen haberlo ahorrado en un banco, pero ya no es de ellos, es del banco.

Momo desenmascara este juego sucio con la ayuda del Maestro Hora, el que les da el tiempo a las gentes. Con su apoyo y su propia decisión, se atreve a enfrentarse a los hombres grises.

… sintió, de pronto, un cambio dentro de sí. El sentimiento de miedo y desamparo se había hecho tan grande que, repentinamente, se volvió en su contrario. Lo había superado. Ahora se sentía tan valerosa y confiada como si ninguna fuerza del mundo pudiera hacerle nada; o, mejor dicho, ya no le importaba nada lo que le pudiera ocurrir. p.209.

Se para el tiempo, Momo con una flor horaria en la mano y una tortuga de escudera, sale a dar la batalla para liberar el tiempo robado de las flores congeladas, y lo consigue. Las flores salen por los aires y vuelan a los corazones que pertenecen. La batalla de Momo contra los hombres grises, es la de la fuerza de lo suave que vence a lo duro. Un personaje femenino infantil realiza la misión de recuperar el grial, el tiempo robado a los seres humanos.

¿Será que recuperado nuestro ser niño y nuestra parte femenina, se puede salvar lo humano perdido?

Momo es el artista, el niño, lo femenino, lo espontáneo de cada uno de nosotros.



2. En el que Jim inventa un faro que es, al mismo tiempo, grande y pequeño

Texto: Michael Ende en Jim Botón y los 13 salvajes
Imagen: Mathias Weber




A la mañana siguiente el cielo permanecía todavía negro y cubierto.

De lo primero que Jim se acordó al despertarse fue de un sueño extraño que había tenido durante la noche. Estaba debajo de un árbol muy alto, reseco y muerto. No tenía hojas y la corteza resquebrajada dejaba ver la madera desnuda y seca. El tronco estaba agrietado, como si sobre él hubiesen caído miles de rayos. Muy arriba, en lo más alto de la copa del gigantesco árbol muerto, un enorme y siniestro pájaro desplumado, de aspecto miserable, descansaba en una rama. Permanecía muy quieto, pero de sus ojos brotaban continuamente gruesas lágrimas del tamaño de un globo y resbalaban hacia abajo. Jim quiso huir porque temió que cuando las grandes lágrimas llegaran hasta él le cubrieran de agua. Entonces el enorme pájaro gritó:

—¡Por favor, Jim Botón, no huyas!

Jim se detuvo asombrado y preguntó:

—¿Cómo es que me conoces?

—Pero si eres mi amigo —dijo el pájaro.

—¿Qué puedo hacer por ti, pobre pajarraco? —preguntó Jim.

—Ayúdame a bajar de este horrible árbol muerto, Jim —respondió el pájaro—, si no lo haces tendré que morir aquí. ¡Estoy tan solo, tan terriblemente solo!

—¿No sabes volar? —le chilló Jim—, ¡eres un pájaro!

—Pero Jim, ¿ya no me conoces? —respondió el pájaro con voz tremendamente triste.

¿Cómo puedo saber volar?

—Por favor, deja de llorar —dijo Jim sintiéndose muy desgraciado—, tus lágrimas son demasiado grandes. Si me tocan me ahogarán y entonces no te podré ayudar.

—No, mis lágrimas no son mayores que las tuyas —siguió diciendo el pájaro—, ¡míralas otra vez!

Jim siguió atentamente una lágrima que caía y vio con asombro que a medida que se acercaba a él se volvía más y más pequeña. Cuando cayó sobre su mano, era ya tan minúscula que ni siquiera la sintió.

—¿Quién eres, pajarraco? —preguntó Jim.

Y el pájaro chilló:

—¡Mírame bien!

Entonces Jim se dio cuenta, como si lo estuviera viendo claramente, de que el pájaro no era un pájaro sino el señor Tur Tur.

En aquel momento se despertó.

Mientras desayunaba con la señora Quée y la pequeña princesa, seguía pensando en su sueño.

—¿Estás enfadado conmigo por lo de ayer? —preguntó por fin la princesita que estaba arrepentida de haber molestado a Jim.

—¿Ayer? —contestó Jim distraído—, ¿por qué?

—Porque te dije: «¿lo ves?».

—¡Ah! —dijo Jim—, eso no tiene importancia, Li Si.

Lucas llegó y se interesó por cómo habían pasado la noche; lo primero que hizo Jim fue contarle su extraordinario sueño. Cuando hubo terminado, Lucas permaneció largo rato en silencio sacando grandes nubes de humo de su pipa.

—Sí, el señor Tur Tur —gruñó—, pienso muchas veces en él. Sin su ayuda nos hubiéramos perdido en el desierto «El Fin del Mundo».

—¿Cómo estará? —murmuró Jim.

—¡Quién sabe! —dijo Lucas—. Seguramente seguirá viviendo completamente solo y aislado en su oasis.

Cuando terminaron de desayunar, la señora Quée retiró la vajilla de la mesa y la princesita la ayudó a lavarla y secarla, mientras Lucas y Jim se disponían a contestar a las muchísimas cartas. Lucas escribía y Jim le ayudaba lo mejor que podía, pintando como firma su carita negra al final de todas las cartas, las doblaba y las metía en el sobre, les ponía el sello y las cerraba. Cuando hubieron terminado todas las cartas, a Lucas el maquinista, que era verdaderamente un hombre muy fuerte, le dolía la mano de tanto escribir. Y Jim, que había pegado todos los sellos y todos los sobres lamiéndolos con la lengua, se recostó completamente agotado en su silla y exclamó:

—¡Oh, cadamba, que dabajo dan pedado!

En realidad había querido decir: «¡Oh, caramba, qué trabajo tan pesado!». Pero la lengua se le había quedado pegada en la boca. Se tuvo que lavar los dientes y hacer gárgaras, porque si no, no hubiera podido comer con los demás al mediodía.

Por la tarde llegó el cartero acompañado del señor Manga. Habían visitado al rey Alfonso y habían recibido la orden de que avisaran a todos los súbditos para que se dirigieran a palacio. Así lo hicieron.

El rey estaba sentado, como siempre, en su trono vistiendo el batín de terciopelo rojo y calzando las zapatillas de cuadros escoceses. Junto a él, en una mesa a propósito, estaba el gran teléfono de oro.

—Mis amados súbditos —dijo saludando amistosamente con la mano a cada uno de ellos—, os deseo que tengáis muy buenos días.

Entonces tomó la palabra el señor Manga:

—Todos deseamos a Vuestra Majestad unos muy buenos días y le expresamos solemnemente nuestra humilde y devota sumisión.

—Bien —empezó el rey, y carraspeó varias veces mientras ponía en orden sus ideas—, en verdad, mis amados súbditos, me duele hacerlo pero debo deciros que el motivo por el que os he convocado es muy triste. Es, por decirlo así… en cierto modo…

Carraspeó varias veces más y paseó su mirada indecisa por todos los presentes.

—¿Nos quiere Vuestra Majestad comunicar alguna decisión? —dijo la señora Quée, deseosa de infundirle ánimos.

—Eso quiero —respondió el rey—. Pero no es tan sencillo como parece. En realidad he tomado varias decisiones, exactamente dos. La primera decisión es que he decidido haceros partícipes de mi decisión. Esto ya lo he hecho y con ello os he comunicado mi primera decisión.

El rey se quitó la corona, le echó aliento y le sacó brillo con la manga del batín, tal como solía hacerlo cuando estaba muy preocupado y quería ganar tiempo para poner en orden mis ideas. Por fin se volvió a poner, con gesto decidido, la corona y dijo:

—¡Fieles súbditos!: Lo ocurrido ayer con el barco correo nos ha demostrado que de esta forma no podemos seguir. Es demasiado peligroso. En lenguaje real lo llamaríamos «una situación de desastre».

Significa que se trata de algo que no puede seguir.

—¿Y qué es lo que no puede seguir, Majestad? ——preguntó Lucas.

—Os lo acabo de decir —suspiró el rey Alfonso, secándose con su pañuelo de seda unas gotas de sudor de la frente, porque la audiencia le empezaba a cansar.

Los súbditos esperaron silenciosos a que el rey Alfonso se calmara y siguiera hablando:

—No lo podéis entender porque es demasiado complicado. Lo importante es que lo entienda yo, que para algo soy el rey. Bueno, os he comunicado ya mi primera decisión; la segunda es ésta: tenemos que hacer algo.

—¿Qué tenemos que hacer, Majestad? —preguntó Lucas precaución.

—Os lo voy a explicar —dijo el rey—. Los Es-Un-de-Lu-y-Nu-Lu están en peligro.

—¿Los qué? —preguntó Lucas.

—Los Es-Un-de-Lu-y-Nu-Lu. Es una abreviatura, porque en el lenguaje real se usan muchas abreviaturas. Significa Estados Unidos de Lummerland y Nueva Lummerland.

—¡Ah! —exclamó Lucas—, ¿y por qué se encuentran en peligro?

El rey explicó:

—Ayer, a causa de la oscuridad encalló en la playa de Nu-Lu el pequeño barco correo. Antes, el barco correo sólo llegaba aquí de vez en cuando, pero desde que hemos entablado relaciones diplomáticas con China, el tráfico marítimo ha aumentado considerablemente. Casi cada mes llega el barco imperial de mi muy respetado amigo Pung Ging, emperador de China. No quiero pensar en lo que podría suceder si en la oscuridad chocara contra nuestras costas. Por ello he decidido que tenemos que hacer algo.

—¡Muy bien! —exclamó el señor Manga—. Se trata de una decisión muy sabia. ¡Viva nuestro muy amado rey, viva, viva!

—Un momento —dijo Lucas, pensativo—. Majestad, usted no nos ha dicho todavía qué es lo que tenemos que hacer.

—Mi querido Lucas —dijo el rey en tono de reproche—, para eso os he reunido a todos, para encontrar una solución. Al fin y al cabo, yo no lo puedo hacer todo solo y he tenido ya bastante trabajo con tomar mis dos decisiones. Os tenéis que hacer cargo.

Lucas meditó un momento y luego dijo:

—¿Qué le parecería si construyéramos un faro?

—¡Es una idea magnífica! —exclamó el señor Manga—. Tendría que ser un faro muy alto para que los barcos lo pudieran distinguir desde muy lejos.

—Lo difícil será —dijo el rey, preocupado—, decidir en qué lugar tenemos que construir ese faro tan alto. La parte inferior debería ser muy grande para que no se cayera. Y no tenemos sitio para una torre tan grande y tan alta.

—Eso es cierto —murmuró Lucas, pensativo—. Tendríamos que inventar un faro que fuera lo más grande posible y que a pesar de ello casi no ocupara sitio.

Todos se miraron aturdidos.

—Eso no existe —dijo el señor Manga al cabo de un rato—. Las cosas son grandes o pequeñas, pero es imposible que sean las dos cosas a la vez. Eso está demostrado científicamente.

El rey Alfonso Doce-menos-cuarto suspiró preocupado:

—Yo ya lo tengo decidido. Hay que hacerlo porque no puedo pensar en retirar mi decisión, ¡eso un rey no lo hace nunca! Una decisión es una decisión, y yo no puedo permitir que no se cumpla.

—Pero si no es posible —se atrevió a decir la señora Quée para calmarlos—, quizá sea más inteligente dejarlo.

—Eso sería horrible —dijo el rey, estupefacto—, en lenguaje real a eso se le llama crisis, y eso significa casi revolución.

—Espantoso —tartamudeó el señor Manga, palideciendo—. Majestad, en nombre de todos vuestros súbditos le aseguro que en esta revolución estamos todos, sin excepción, de su parte.

—Gracias, gracias —respondió el rey Alfonso Doce-menos-cuarto, haciendo con la mano un gesto de cansancio—, pero por desgracia, eso no sirve para nada. A pesar de ello, seguimos en crisis. ¡Oh! ¿Qué puedo hacer?

—¡Yo lo sé! —gritó de pronto Jim.

Todas las miradas se volvieron hacia él y el gesto de preocupación del rey desapareció. Con una voz llena de esperanza dijo:

—¿Habéis oído? ¡Ha dicho que se le ocurre algo! ¡Tiene la palabra el medio súbdito Jim Botón!

—¿No se podría…? —dijo Jim, nervioso—, ¿no se podría traer al señor Tur Tur a Lummerland y hacerle servir de faro? Ocupa muy poco lugar, pero desde lejos parece una torre enorme. Si por la noche se pusiera sobre el pico más alto de la montaña, con una luz en la mano, se le podría distinguir desde muy lejos. Si se le construyera una casita podría vivir en Nuevo Lummerland. Así ya no estaría tan solo.

Durante un momento reinó un profundo silencio; luego Lucas exclamó:

—Jim, viejo amigo, ¡es una idea maravillosa!

—Es algo más que eso —aclaró el señor Manga, levantando el dedo—, ¡es genial!

—De todas formas es el plan más acertado —exclamó Lucas— que he oído en mi vida.

Y le tendió a Jim su manaza negra. Jim se la estrechó y se sacudieron las manos sonriendo. La princesita, a causa de la excitación se colgó del cuello de Jim y le dio un beso, y la señora Quée, a punto de estallar por el orgullo, no hacía más que decir:

—¡Ah, este chico…, este chico! ¡Tiene siempre unas ideas…!

El rey Alfonso levantó la mano para pedir silencio, y en cuanto hubo cesado el ruido de las voces, exclamó alegremente:

—¡La crisis del reino ha terminado!

—¡Viva, viva, viva! —gritó jubiloso el señor Manga, agitando en el aire su sombrero.

—Antes de dar el asunto por terminado, necesito saber algo más —siguió diciendo el rey—. Por lo que nos han contado Lucas y Jim, resulta que el tal señor Tur Tur es un gigante-aparente.

—Sí —afirmó Jim—, yo mismo lo he visto.

—Bien —respondió el rey—, ¿y se ha ido a vivir al desierto «El Fin del Mundo» para que nadie se asuste de él?

—Sí —dijo Jim—, pero es muy simpático y amable.

—Lo creo —respondió el rey—, pero cuando viva aquí, con nosotros, ¿no le tendremos miedo? Digo esto porque, naturalmente, lo único que me preocupa es el bienestar de mis súbditos.

Entonces, Lucas tomó la palabra.

—Majestad —dijo—, no tiene que preocuparse por ello. Por suerte, Lummerland es tan pequeño que al señor Tur Tur no se le podrá ver desde muy lejos. Desde cerca parece tan normal como usted o como yo. En cambio; los barcos lo verán desde mucha distancia y será muy conveniente que entonces parezca muy grande, sobre todo por la noche, cuando tenga que ser un faro.

—Si es así —dijo el rey Alfonso Doce-menos-cuarto—, ordeno y mando que se vaya a buscar al señor Tur Tur.

—Bien, muchacho —gruñó Lucas, dirigiéndose a Jim—, habrá que ir pensando en ponerse en marcha otra vez.

—¡A la orden! —dijo Jim, y sonrió de tal forma que se vieron todos sus dientes blancos.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó la señora Quée, poniéndose las manos en la cabeza, porque en aquel momento se dio cuenta de lo que significaba todo aquello—, no iréis a emprender ahora de nuevo un viaje en el que correréis tan tremendos peligros.

—Querida señora Quée —dijo Lucas, sonriendo divertido—, esto no tiene remedio. No creo posible que el señor Tur Tur venga solo.

—La audiencia ha terminado —anunció el rey.

Les dio la mano a los súbditos y al cartero, y todos abandonaron el palacio.

Cuando estuvo solo, el rey Alfonso Doce-menos-cuarto se recostó, con un suspiro de alivio, sobre los almohadones del trono. Las numerosas decisiones que se había visto obligado a tomar y la crisis del reino le habían agotado. Pero cuando cerró los ojos para caer en un sueño reparador, en sus labios asomó una sonrisa de satisfacción. 
 
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